Ecos de lo que fui CAPÍTULO 3 La frecuencia de la culpa
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CAPÍTULO 3 La frecuencia de la culpa

El bisturí pesaba menos de lo que Marta esperaba.

Era un instrumento de precisión, no un arma.

El filo, afilado por décadas de óxido, le mordía la palma izquierda.

La sangre había empezado a gotear sobre el suelo de azulejo, un tap-tap-tap casi imperceptible que su oído, entrenado para aislar frecuencias, registró como un metrónomo desincronizado.

Elías no se movía.

Marta podía oír su respiración a menos de un metro.

No era la respiración de un hombre preparado para atacar.

Era irregular. Superficial. Un hombre que llevaba demasiado tiempo conteniendo el aliento.

Podía escuchar el latido de su carótida, acelerado, cerca de los ciento diez por minuto.

Podía oír el roce de la ropa de trabajo contra su piel, el crujido de las botas de seguridad sobre los cristales de sal.

Y podía oír la cojera.

No en los pasos —Elías estaba quieto ahora—, sino en la forma en que distribuía el peso.

Apoyaba el setenta por ciento de su masa sobre la pierna derecha.

La izquierda, la mala, estaba ligeramente flexionada, lista para ceder si hacía falta.

No era la postura de un depredador. Era la postura de un hombre que llevaba años huyendo de algo que nunca alcanzaba a dejar atrás.

—No voy a hacerte daño, Marta.

La voz de Elías sonaba más cerca de lo que debería. Había dado otro paso mientras ella pensaba. Marta ajustó mentalmente la distancia: ochenta centímetros. Podía oler el tabaco negro que fumaba, el aceite de motor de la chatarrería, y algo más. Algo que no encajaba con el resto.

Desinfectante.

Clorhexidina. La misma que usaban en los quirófanos. La misma que había olvido al entrar en el sótano.

—Entonces apaga la puta navaja.

Elías no respondió de inmediato. Marta escuchó el clic metálico, pero no fue el de una navaja cerrándose. Fue el de un mechero. Una llama de butano crepitó, iluminando el pasillo con un resplandor anaranjado que hacía bailar las sombras contra los azulejos.

Elías sostenía el mechero en la mano izquierda. En la derecha, sí, había una navaja. Pero estaba cerrada. Guardada en el bolsillo del pantalón. La mano que había sonado como una amenaza era solo una mano vacía, levantada a la altura del pecho, con la palma hacia fuera.

Un gesto de rendición.

—Apaga la linterna —dijo Elías—. Si viene alguien de la carretera, verán el haz desde la verja.

Marta no obedeció. Mantuvo la linterna frontal apagada, pero apretó el bisturí con más fuerza. La sangre ahora le llegaba hasta la muñeca.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

Elías chasqueó la lengua. Un sonido seco, impaciente.

—Tu coche. Está aparcado donde termina la gravilla. Con las luces de posición encendidas.

Marta maldijo en voz baja. Había olvidado apagarlas. El cansancio le estaba nublando los reflejos. Llevaba treinta y seis horas sin dormir, y las últimas veinticuatro las había pasado escuchando un espectrograma hasta que los colores empezaron a fundirse en sus retinas.

—No has venido a por mí —dijo ella. No era una pregunta.

Elías bajó el mechero. La llama iluminó su rostro desde abajo, acentuando las ojeras, las mejillas hundidas, la barba de tres días. Tenía los ojos rojos. No de ira. De falta de sueño.

—He venido a por él.

—¿Él?

Elías no respondió. Miró hacia la puerta 120. La puerta de aislamiento. El mechero temblaba en su mano.

Marta entendió.

El hombre de la cama. El del respirador. El del ojo en el frasco.

—Llevas tres años —dijo Marta. La deducción salió de su boca antes de que pudiera filtrarla—. Cada noche. Subiendo y bajando la rampa. Cambiando las bolsas de suero. Limpiando...

—Cállate.

La palabra fue un latigazo. Elías dio un paso hacia ella, y Marta levantó el bisturí. El mechero osciló, proyectando sombras que se estiraban por las paredes como dedos negros.

—No sabes nada —dijo Elías. Su voz había bajado a un susurro ronco—. No sabes lo que es subir estas escaleras cada noche. No sabes lo que es oírlo respirar. No sabes lo que...

Se detuvo. Cerró los ojos. Cuando los abrió, había algo en su mirada que Marta no esperaba.

Miedo. No miedo de ella. Miedo de lo que había al otro lado de la puerta 120.

—Tienes que irte, Marta. Ahora. Antes de que...

—¿Antes de que qué?

Elías soltó una risa corta, amarga.

—Antes de que él despierte.

Marta frunció el ceño.

—Está sedado. El respirador...

—El respirador no lo mantiene dormido. Lo mantiene vivo. Hay una diferencia.

Elías se pasó la mano libre por la cara. El mechero proyectó sombras que se movían con el temblor de sus dedos.

—Escúchame. No tengo tiempo de explicarte...

—Entonces explícamelo rápido.

—No. —Elías negó con la cabeza—. No vas a entender. Nadie entiende. Por eso... por eso nadie ha venido antes. Por eso nadie ha...

Se calló. Miró el bisturí en la mano de Marta. Luego miró la sangre que goteaba en el suelo.

—Te has cortado.

—No es nada.

—Dame eso.

Elías extendió la mano. Marta retrocedió un paso.

—No.

—Marta... —Elías suspiró. Un sonido largo, cansado, que pareció vaciarle los pulmones—. No soy tu enemigo. Si quisiera hacerte daño, no habría encendido el mechero. Habría esperado a que abrieras la puerta. Habría...

Se calló otra vez. Marta escuchó el cambio en su respiración. Había dicho demasiado.

—¿Habías qué, Elías?

Elías no respondió. En su lugar, guardó el mechero en el bolsillo. La oscuridad volvió a envolverlos, solo rota por el débil resplandor rojo de la luz de grabación de Marta, que aún parpadeaba en su bolsillo.

—Tienes que irte —dijo Elías. Su voz sonaba más lejos ahora. Había dado un paso hacia atrás—. Olvida lo que has visto. Olvida el sonido. Vuelve a Madrid. Diles que no hay murciélagos. Diles que no hay nada.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No. —Marta apretó el bisturí. La herida le palpitaba al ritmo de su corazón—. He grabado el respirador. He grabado... lo que hay en la bandeja. Si no presento el informe, si no...

—¿Qué informe? —Elías soltó otra risa corta, más amarga aún—. ¿El informe de impacto acústico? ¿El que firma Velasco para que las excavadoras tiren el muro norte mañana a las ocho?

Marta se quedó quieta.

—¿Cómo sabes lo de las excavadoras?

Elías no respondió. Pero Marta no necesitaba una respuesta. Podía oírlo en su respiración. En el temblor de sus manos. En la forma en que su peso se desplazaba hacia la pierna buena, listo para huir.

—Tú le dijiste a Velasco que acelerara la demolición —dijo Marta. No era una pregunta—. Tú le dijiste que yo estaba poniendo pegas. Que estaba retrasando la obra.

Silencio.

—El sanatorio tiene que caer, Marta. —La voz de Elías sonaba quebrada—. Tiene que caer antes de que... antes de que alguien más lo encuentre. Antes de que...

—¿Antes de que qué, Elías?

Elías dio un paso hacia ella. Marta levantó el bisturí. Elías se detuvo.

—Antes de que él empiece a gritar.

Marta parpadeó.

—¿Gritar? Está sedado.

—No siempre. —Elías tragó saliva. Marta pudo oír el clic de su nuez—. Hay noches... noches en las que el sedante no funciona. Noches en las que...

Se calló. Marta escuchó algo. Un sonido. Muy bajo. Casi imperceptible.

Venía de la puerta 120.

No era el respirador. Era algo más. Algo que Marta no había oído antes.

Un gemido.

Débil. Ahogado. Pero humano. Pero no venía del hombre de la cama. Venía de otro lugar. De otro cuerpo. De otra celda.

Marta giró la cabeza hacia el pasillo. Hacia las puertas 121, 122, 123. Las puertas que no había comprobado. Las puertas que, según los planos, no existían.

—¿Qué hay al final del pasillo, Elías?

Elías no respondió. Pero Marta no necesitaba una respuesta. Podía oírlo. Podía oír la respiración de al menos tres personas más. Tres respiradores. Tres ciclos de tres segundos. Desincronizados.

Tres hombres.

No uno.

Tres.

—Dios mío —musitó Marta.

Elías cerró los ojos.

—Tienes que irte, Marta. Ahora. Por favor.

Marta no se movió. Miró la puerta 120. Luego miró a Elías. Luego miró el pasillo, hacia las puertas que no deberían existir.

—No voy a irme —dijo.

Elías abrió los ojos. En la oscuridad, Marta pudo ver el destello de desesperación en ellos.

—No tienes opción.

—Siempre hay opción.

—No esta vez. —Elías dio un paso hacia ella. Marta levantó el bisturí. Elías no se detuvo—. Esta vez, Marta, esta vez no hay opción. Porque si no te vas, si no te vas ahora, tendré que...

Se calló.

Marta escuchó el cambio en su respiración. El cambio en su postura. El desplazamiento de peso.

Pero entonces lo vio.

En la mano derecha de Elías, la que había estado vacía, había algo. Algo que había sacado del bolsillo mientras hablaba.

No era una navaja. Era una jeringuilla.

Llena de un líquido transparente.

La aguja apuntaba hacia ella.

Marta retrocedió. Su espalda chocó contra la pared. El azulejo estaba frío contra su chaqueta.

—No —dijo Elías. Su voz sonaba triste. Cansada—. No quiero. Pero no me dejas opción.

Marta apretó el bisturí. La sangre le llegaba ahora hasta el codo.

—Elías...

—Lo siento, Marta. De verdad que lo siento.

Elías dio un paso hacia ella. La jeringuilla brillaba en la oscuridad.

Marta cerró los ojos.

Fue cuando, en la oscuridad, escuchó algo. No venía de Elías. No venía de las puertas. Venía de arriba. De la planta baja. Del exterior.

El sonido de un motor. De un motor diésel. Grande. Pesado.

Acercándose.

Marta abrió los ojos.

—¿Qué es eso?

Elías se detuvo. Escuchó. Su rostro se contrajo.

—No... no puede ser. No tan pronto.

—¿Qué no puede ser?

Elías miró hacia la escalera. Hacia la rampa. Hacia la salida.

—Las excavadoras —suspiró—. Han venido antes.

Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Cuánto antes?

Elías la miró. En sus ojos, Marta vio algo que no había visto antes. Terror. Puro. Absoluto.

—Demasiado pronto —indicó Elías—. Demasiado pronto, Marta. Ahora no podemos salir. Ahora...

Un estruendo sacudió el edificio. El suelo vibró bajo sus pies. Los azulejos crujieron.

Y en la puerta 120, el hombre de la cama empezó a gritar.