Ecos de lo que fui CAPÍTULO 2 La acústica de lo podrido
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CAPÍTULO 2 La acústica de lo podrido

La carretera que llevaba al sanatorio no tenía asfalto, solo una capa de gravilla blanca que crujía bajo las botas de Marta como huesos secos rompiéndose.

Apagó la linterna frontal a cien metros de la fachada. La luz del motel ya no se veía, tragada por la curva del acantilado. Solo quedaba la masa negra del edificio recortándose contra un cielo sin estrellas, y el faro de Cabo Ostrava lanzando su haz cada doce segundos sobre los tejados hundidos.

Fzzzt. Fzzzt.

El haz de luz no producía sonido, pero la mente de Marta lo asociaba al zumbido de los transformadores eléctricos que había grabado cientos de veces. Sinestesia profesional. Un defecto de fábrica.

El sanatorio de Ostrava había sido construido en 1923 para tratar la tuberculosis infantil con aire marino y baños de sol.

En los años sesenta se reconvirtió en psiquiátrico de larga estancia.

En los noventa, cerró. En los dos mil, se vendió a una sociedad pantalla.

Ahora, en 2026, esperaba convertirse en un resort de lujo con spa de talasoterapia y campo de golf.

Marta se detuvo frente a la verja principal. Los barrotes de hierro forjado estaban torcidos, como si algo muy pesado hubiera empujado desde dentro. El candado que Velasco le había dado esa mañana colgaba de uno de los postes, abierto.

Lo miró. El metal estaba frío, húmedo de salitre. Alguien había estado ahí antes que ella. Recientemente. El óxido de la base del candado estaba raspado, no por el uso, sino por una herramienta. Un alicate de corte.

Guardó el candado en el bolsillo. Empujó la verja.

El chirrido fue un alarido de metal contra metal, tan agudo que Marta tuvo que presionarse los tragus con los dedos para amortiguarlo.

El sonido rebotó contra la fachada de piedra caliza, se multiplicó en los ventanales rotos del primer piso, regresó a ella distorsionado, como si el edificio se estuviera riendo.

Esperó.

Nada. Solo el mar, a doscientos metros, rompiendo contra los espigones de hormigón.

Cruzó el patio de acceso. La gravilla blanca estaba manchada de musgo negro en las zonas donde el agua de lluvia se estancaba.

A la izquierda, la capilla, con el campanario decapitado por un rayo en 2014.

Al frente, la entrada principal, con las puertas de roble podrido entreabiertas.

A la derecha, el ala norte. La de los sótanos.

Marta se ajustó los auriculares. No para escuchar, sino para atenuar.

Activó el modo de compresión dinámica: los sonidos por debajo de los sesenta decibelios pasarían intactos; los que superaran los noventa serían recortados automáticamente.

Una medida de protección. La última vez que había subido a una torre de alta tensión sin ellos, el zumbido de los isoladores le había provocado un episodio de tinnitus que duró tres semanas.

Activó la linterna frontal. El haz blanco reveló la fachada del ala norte: tres plantas de ventanas tapiadas con ladrillo, salvo las del sótano, que estaban ciegas de hiedra muerta.

La hiedra se había secado en el invierno, dejando una red de zarcillos negros pegados a la piedra como venas varicosas.

La puerta del sótano estaba al final de una rampa de acceso para camillas, protegida por un voladizo de uralita que se desmoronaba en fragmentos grises.

Marta bajó la rampa. El suelo estaba cubierto de una capa de cristales de sal, residuo de las mareas altas que en los noventa habían inundado el nivel inferior. Sus botas crujieron.

La puerta era de chapa galvanizada, pintada de verde hospital.

El picaporte estaba oxidado en posición cerrada.

Marta sacó del bolsillo el spray de grafito que había comprado en la ferretería del pueblo esa tarde.

Aplicó una nube fina en la cerradura. Esperó diez segundos.

Introdujo la llave maestra que Velasco le había dado.

No giró.

Forzó. El metal gimió. Giró un milímetro. Otro. Con un chasquido seco, el cilindro cedió.

Empujó.

El olor la golpeó antes que la oscuridad.

No era el olor esperado de un edificio abandonado: humedad, moho, excrementos de paloma. Era algo más denso. Más orgánico. Olía a tierra removida, a cobre, a un dulzor empalagoso que se adhería al fondo de la garganta. Formaldehído, quizás. O fenol. Productos de embalsamamiento.

Marta se ajustó la mascarilla N95 que llevaba colgada al cuello y la subió sobre la nariz y la boca. Respiró hondo por la boca. El sabor metálico persistió.

Encendió la linterna.

El haz iluminó una escalera de hormigón que descendía en espiral. Las paredes estaban revestidas de azulejos blancos, ahora amarillentos y cubiertos de una capa de moho negro que formaba patrones fractales. En el suelo, charcos de agua estancada reflejaban la luz como espejos negros.

Marta bajó el primer tramo. Sus botas resonaban en el espacio cerrado, un eco seco que se repetía tres veces antes de disiparse. Contó los pasos. Doce hasta el primer rellano. Giró a la izquierda. Otros doce.

El pasillo del sótano se extendía ante ella, recto, de unos tres metros de ancho y dos y medio de alto. A ambos lados, puertas de madera numeradas con placas de latón. Las puertas estaban hinchadas por la humedad, atascadas en los marcos. Algunas tenían los números arrancados.

101. 102. 103.

Marta avanzó. El sonido de sus pasos era diferente aquí. Menos reverberante. Más absorbido. Las paredes de azulejo deberían haber creado un eco largo, pero algo amortiguaba el sonido. El techo, quizás. O el suelo.

Se detuvo frente a la puerta 107. Sacó el micrófono de contacto del bolsillo de su chaqueta. Era un transductor piezoeléctrico del tamaño de una moneda de dos euros, conectado por un cable blindado a su grabadora portátil. Lo adhirió con cinta adhesiva a la madera de la puerta.

Se puso los auriculares. Subió el volumen.

Silencio.

Movió el micrófono a la puerta 108.

Silencio.

A la 109.

Silencio.

A la 110.

Y entonces.

Shhh-klik.

Marta contuvo el aliento. El sonido era más claro aquí. Más definido. El ciclo de tres segundos. Inhalación. Chasquido. Pausa. Exhalación.

Pero había algo más.

Un sonido de fondo. Muy bajo. Casi imperceptible. Un zumbido eléctrico, constante, de unos sesenta hercios. La frecuencia de la red eléctrica europea.

Marta frunció el ceño.

El sanatorio estaba desconectado de la red desde 1998. Los contadores habían sido retirados. Lo había comprobado en los registros de la compañía eléctrica.

Entonces, ¿de dónde venía la electricidad?

Siguió el pasillo. El zumbido se hacía más fuerte con cada puerta. En la 115, era un ronroneo audible incluso sin los auriculares. En la 118, las luces de emergencia del techo, cubiertas de polvo y telarañas, parpadeaban débilmente.

Marta se detuvo frente a la puerta 120. La última del pasillo.

La puerta era diferente a las demás. No era de madera, sino de acero reforzado, con una pequeña mirilla de cristal blindado en el centro. No tenía número, solo una placa de latón grabada con una palabra:

AISLAMIENTO

El zumbido eléctrico era fuerte aquí. Y el sonido del respirador.

Shhh-klik. Shhh-klik.

Marta apoyó la mano en el picaporte. Estaba caliente.

Retrocedió un paso.

El picaporte de una puerta de aislamiento no debería estar caliente. A menos que hubiera algo al otro lado generando calor. Algo vivo. O algo eléctrico.

Sacó la grabadora del bolsillo. Pulsó REC. La luz roja parpadeó.

Se acercó a la mirilla. Limpió el cristal con la manga de la chaqueta. Se inclinó.

La oscuridad al otro lado era absoluta. La linterna frontal no lograba penetrarla, como si el espacio estuviera lleno de tinta negra.

Marta ajustó el enfoque de la linterna. El haz se estrechó, concentrándose en un punto.

Entonces lo vio.

No era una celda vacía.

Había una cama. De hierro, con barrotes laterales. Sobre el colchón, una forma humana. Cubierta por una sábana blanca, inmovilizada por correas de cuero en las muñecas y los tobillos.

Y en la boca de la figura, un tubo de plástico transparente conectado a un respirador mecánico. El respirador estaba montado en un soporte de metal, junto a la cama. Una bolsa de suero colgaba de un gancho en el techo, goteando lentamente.

La figura no se movía. Solo el pecho subía y bajaba con el ritmo mecánico del respirador.

Shhh-klik.

Marta retrocedió de la mirilla. Su corazón golpeaba contra sus costillas tan fuerte que podía escucharlo a través de los auriculares.

Sacó el teléfono del bolsillo. Sin cobertura. Por supuesto.

Volvió a mirar por la mirilla.

La figura seguía inmóvil. Pero ahora Marta se daba cuenta de algo.

La sábana que la cubría no era blanca.

Era amarillenta. Manchada de sangre seca.

Pero en el suelo, junto a la cama, había un cubo de metal. Dentro del cubo, algo brillaba a la luz de la linterna.

Marta entrecerró los ojos.

No era un cubo de metal. Era una bandeja de acero inoxidable. De las que se usan en los quirófanos.

Sobre la bandeja, ordenados con precisión quirúrgica, había:

Un bisturí. Unas pinzas hemostáticas. Una sierra para hueso.

Al lado un frasco de cristal, lleno de un líquido ámbar. Dentro del frasco, flotando en el formol, había un ojo humano.

Marta sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó contra la pared. El azulejo estaba frío y húmedo bajo su palma.

El respirador seguía sonando.

Shhh-klik. Shhh-klik.

En aquel momento, por primera vez, la figura en la cama se movió.

Lentamente, muy lentamente, la cabeza giró hacia la puerta. Hacia la mirilla. Hacia Marta.

Y aunque no podía ver los ojos, porque el ojo que le quedaba estaba en el frasco, Marta supo con una certeza absoluta que le heló la sangre, que la figura la estaba mirando.

Que la estaba viendo.

Y que llevaba ahí mucho, mucho tiempo.

Marta se apartó de la puerta. Sus manos temblaban. Guardó la grabadora. Se ajustó los auriculares.

Tenía que salir de ahí. Tenía que llamar a la policía. Tenía que...

Un sonido la detuvo. No venía de la celda. Venía del pasillo. Detrás de ella. Pasos. Lentos. Arrastrados. Con el sonido inconfundible de una cojera.

Arrastre. Paso. Arrastre. Paso.

Marta apagó la linterna frontal. La oscuridad la envolvió. Los pasos se acercaban. Marta se pegó contra la pared, conteniendo la respiración.

Los pasos se detuvieron a cinco metros de ella.

Silencio.

Pero entonces, una voz. Ronca. Cansada.

—Sé que estás ahí, Marta.

Marta cerró los ojos.

Conocía esa voz. Era la voz de Elías, el chatarrero. El ex-enfermero del sanatorio. El que le había dicho que no recordaba la disposición de los sótanos. El que le había dicho que no bajara.

Los pasos reanudaron su marcha. Lentos. Arrastrados. Acercándose.

Marta abrió los ojos. En la oscuridad, sus manos buscaron a tientas algo. Cualquier cosa. Un arma. Una herramienta. Algo.

Sus dedos tocaron el mango frío del bisturí que había dejado caer al suelo.

Lo recogió.

Los pasos se detuvieron a un metro de ella.

Marta pudo olerlo. Tabaco rancio. Alcohol. Y algo más. Algo dulce. Algo podrido.

—No tienes que hacer esto, Marta —dijo la voz de Elías, muy cerca de su oído—. Solo dame la grabadora. Y vete. Olvida lo que has visto.

Marta no respondió. Apretó el bisturí con tanta fuerza que el filo le cortó la palma. La sangre caliente resbaló entre sus dedos.

—Marta... —la voz de Elías sonó triste. Cansada—. No me obligues.

Entonces, en la oscuridad, Marta escuchó el chasquido metálico de una navaja abriéndose.

Sonrió. Porque ella también tenía un cuchillo. Y porque, por primera vez en su vida, el sonido no la asustaba. Lo entendía. Lo conocía. Sabía exactamente cómo usarlo.