Ecos de lo que fui CAPÍTULO 1 Cuarenta y dos hercios
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Ecos de lo que fui

Ecos de lo que fui

Por Juan Vicente Moreno

© inepub.com

CAPÍTULO 1 Cuarenta y dos hercios

El viento del norte no aúlla en los marjales de Ostrava; raspa. Es una lija de grano grueso frotando contra la chapa ondulada de los tejados, un siseo seco que se te mete por los oídos y te araña el paladar.

Marta frotó el puente de su nariz, dejando una mancha de grasa y polvo de yeso en la piel.

Frente a ella, la pantalla del portátil dividía la realidad en franjas de colores.

El espectrograma era un mapa topográfico del ruido: los graves del oleaje rompían en tonos violetas en la base; los agudos de las gaviotas moribundas estallaban como chispas amarillas en la cima.

Pero fue la franja naranja, suspendida en los cuarenta y dos hercios, lo que la mantenía despierta desde hacía treinta y seis horas.

En la habitación del motel, el aire olía a ozono de los amplificadores sobrecalentados y a café rancio.

Había tres tazas sobre la mesa de formica.

En dos de ellas flotaba una película irisada; la tercera estaba vacía, con un poso negro y espeso adherido a la cerámica.

Marta no recordaba haberse bebido la tercera.

Tampoco recordaba haber fumado los tres cigarrillos que reposaban, aplastados y a medio consumir, en el borde del cenicero de vidrio grueso.

Se ajustó los auriculares de cancelación pasiva. Las almohadillas de cuero artificial estaban cuarteadas, pellizcándole las sienes. Cerró los ojos y pulsó la barra espaciadora.

Shhh-klik. Shhh-klik.

No era el viento. El viento es caótico, estocástico. Esto tenía una cadencia. Un ciclo de tres segundos de inhalación forzada, seguido de un chasquido metálico, una pausa de un segundo, y la exhalación.

Marta aplicó un filtro pasa-banda, eliminando el rugido del mar y el crujir de la madera podrida del antiguo Sanatorio de Ostrava. Aisló la frecuencia. Subió la ganancia.

Shhh-klik.

Sonaba húmedo. Profundo. Como si el micrófono parabólico estuviera captando la vibración a través de tres metros de hormigón armado y una capa de agua estancada.

Alguien, o algo, estaba respirando con asistencia mecánica en el subsuelo del ala psiquiátrica.

Un lugar que, según los planos municipales que le había facilitado el ayuntamiento, había sido sellado con escombros en 1998.

Un golpe seco en la puerta del motel la hizo saltar. El lápiz óptico resbaló de sus dedos y cayó sobre el teclado, congelando la forma de onda en un pico agudo.

Marta se quitó los auriculares. El silencio de la habitación fue reemplazado por el zumbido del mini-bar y el goteo irregular del grifo del baño.

—Está abierto —dijo. Su voz sonó rasposa, como si llevara días sin usarla.

La puerta cedió con un quejido de bisagras.

Velasco asomó la cabeza antes de entrar.

Traía consigo el olor a salitre y a una loción para después del afeitado que intentaba, sin éxito, tapar el aroma agrio del sudor nervioso.

Llevaba el abrigo de lana desabrochado y los zapatos de ante manchados de barro blanco. Barro de los marjales.

—Te he llamado tres veces al móvil, Marta.

—Estaba en la cámara anecoica. O eso creía. —Marta giró la silla de escritorio, interponiendo su cuerpo entre Velasco y la pantalla del portátil—. No hay cobertura en el sótano del balneario. Ya te lo dije.

Velasco no miró la pantalla. Miró las tazas de café, los cigarrillos, las bolsas de supermercado con cables XLR enredados como serpientes negras en el suelo. Se pasó la lengua por los labios.

—Los de la constructora me están respirando en la nuca. Mañana a las ocho traen las excavadoras de oruga para empezar a tirar el muro perimetral. Necesito el informe de impacto acústico-faunístico firmado.

—El protocolo exige setenta y dos horas de grabación continua en condiciones de marea baja.

—El protocolo —Velasco soltó una risa corta, carente de humor, mientras se sacaba un sobre marrón del bolsillo interior— es para cuando hay búhos reales anidando en los aleros.

Aquí solo hay ratas y adictos que vienen a pincharse.

Firma que no hay fauna protegida, cóbrate el segundo plazo y vete a Madrid.

Velasco dejó el sobre sobre la cama deshecha. El golpe fue sordo.

Marta observó las manos del intermediario.

Las uñas estaban mordidas hasta la cutícula, los bordes en carne viva.

Velasco siempre había sido un hombre de manicuras impecables y trajes a medida, un fixer que suavizaba los trámites burocráticos para las inmobiliarias.

Ahora parecía un hombre al que el tiempo se le acababa.

—Hay una anomalía en el ala norte —dijo Marta, manteniendo el tono plano, clínico.

Velasco detuvo el gesto de abrocharse el abrigo. Sus ojos, inyectados en rojo, se clavaron en ella. No preguntó qué tipo de anomalía. Eso fue lo que a Marta le heló la sangre. Un hombre inocente pregunta. Un hombre que solo busca un papel firmado, pregunta.

—El micrófono de contacto captó vibraciones estructurales —continuó ella, eligiendo cada palabra con la precisión de un cirujano—.

Puede ser una tubería de la desalinizadora que...

que esté golpeando la cimentación. Necesito bajar a las cisternas esta noche para descartar que sea un nido de murciélagos en los conductos de ventilación.

Si derribáis el muro norte con la ecografía sin hacer, Ecologistas en Acción os paralizará la obra seis meses.

Velasco tragó saliva. El pomo de su nuez subió y bajó.

—No hay cisternas en el ala norte, Marta. Solo hay escombros.

—Los planos dicen que...

—Los planos son de hace treinta años. —Velasco dio un paso hacia la mesa.

Su voz bajó una octava, perdiendo la falsa cordialidad corporativa—.

Escúchame bien. Te contrato para grabar el viento.

Para decirme que el viento suena a mar y a gaviotas, y que no hay ningún puto murciélago que impida que pongamos cemento y cristal.

—Si firmo un peritaje falso y mañana aparece un nido, o una gripe, o un hueso humano... mi licencia se va a la mierda, Velasco.

—Tu licencia ya está en la mierda desde lo de Valdepeñas.

—El silencio que siguió fue denso, casi líquido.

Velasco pareció arrepentirse al instante, desvió la mirada hacia la ventana, donde la luz amarillenta de las farolas de la carretera luchaba contra la niebla—. Lo siento. No... no quería sacar eso.

Marta no parpadeó. Sentía el latido de su propia arteria carótida golpeando contra el cuero de los auriculares que aún descansaban sobre su nuca.

—Vete, Velasco.

—Marta...

—Vete. Diles a los de la excavadora que esperen hasta el mediodía. Bajaré a los sótanos al amanecer. Si no hay nada, tendrás tu firma.

Velasco asintió lentamente, sin mirarla a los ojos. Recogió el sobre de la cama, lo dejó caer de nuevo y se dirigió a la puerta. Antes de cruzar el umbral, se detuvo.

—El suelo de los sótanos es inestable. Hay bolsas de gas metano por la descomposición de las algas. Si bajas sola... si te pasa algo, nadie te va a oír gritar ahí abajo.

—Yo no grito, Velasco. Yo escucho.

La puerta se cerró. El marco vibró, emitiendo un clack seco que resonó en la pequeña habitación.

Marta esperó exactamente dos minutos. Escuchó el motor del Audi de Velasco arrancar, el crujido de la grava bajo los neumáticos y el desvanecimiento progresivo de los graves por la carretera costera.

Se giró hacia el portátil.

No había tuberías golpeando cimientos. Y no había murciélagos.

Abrió un nuevo archivo de audio, uno que había grabado esa misma tarde mientras caminaba por el perímetro exterior del sanatorio, justo encima de donde los planos marcaban los antiguos baños de hidroterapia.

Aplicó un algoritmo de sustracción de ruido ambiental.

Eliminó sus propios pasos. Eliminó el mar.

Eliminó a Velasco hablando por teléfono a lo lejos.

Dejó solo la resonancia del hueso. El sonido que viaja a través de la piedra.

Puso el volumen al máximo.

Shhh-klik. Shhh-klik.

Y entonces, por debajo del ciclo mecánico del respirador, casi imperceptible, atrapado en los dieciocho hercios, en el límite inferior de la audición humana, donde el sonido deja de ser ruido y se convierte en presión física sobre el esternón... lo escuchó.

Un arrastre. Lento. Pesado. El sonido de unas cadenas oxidadas siendo tensadas sobre un suelo de baldosa húmeda.

Y alguien, al otro lado del micrófono, tosió.

Marta miró el reloj. Eran las 3:14 de la madrugada.

Las excavadoras llegarían en cinco horas.

Desconectó el portátil, metió el disco duro externo en el bolsillo de su chaqueta impermeable y apagó la luz.

En la oscuridad, el olor a tabaco frío y ozono pareció adherirse a su piel como una segunda capa de ropa.

No iba a esperar al amanecer.