Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 45 Hamtrah el Eterno
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45 Hamtrah el Eterno

La noche cayó sobre el campamento.

Las hogueras quedaban lejos, separadas por filas de carros, cuerdas tensas y sombras de animales dormidos. El viento arrastraba la esperanza que aún latía en los corazones de los viajeros.

En la tienda de los sanadores ardía una lámpara con poca luz.

Un hombre cruzó la tela de la entrada. Nadie lo vio pasar.

Vestía una túnica vieja de color gris polvo.

La capucha le caía sobre un rostro seco y hundido.

Su piel parecía cuero viejo pegado al hueso y el cabello blanco y fino le caía sobre los hombros.

Hamtrah caminó entre los jergones. Sus sandalias no hicieron ruido.

Un muchacho se agitaba en el suelo. Tenía los labios morados y la respiración corta mientras una mujer sujetaba su mano.

—Por favor… —susurró ella al sanador.

Él negó con la cabeza.

—El desfiladero se llevó toda su fuerza.

Hamtrah se detuvo junto al muchacho y la mujer levantó la mirada hacia él.

—¿Quién eres?

Hamtrah no contestó, solo se arrodilló. El muchacho abrió los ojos. Apenas podía enfocar a la figura encapuchada.

—Tengo frío…

Hamtrah apoyó la palma de su mano fría sobre su frente caliente.

—Ya no lo tendrás.

Poco a poco, la piel del muchacho se volvió gris y un suspiro escapó de su boca. Al fin, su cuerpo se relajó. La esencia del muchacho pasó a alimentar la del Eterno, pero a simple vista lo único que sucedía era que el cuerpo del joven envejecía años en segundos.

La mujer soltó un llanto breve y hundió la cara en el pecho de su difunto hijo. El sanador bajó la cabeza y Hamtrah retiró la mano. En la piel del muchacho quedaron arrugas profundas, como si hubieran pasado décadas en un instante.

Hamtrah le cerró los ojos y durante un momento no habló. Luego alzó la vista hacia un punto vacío del aire.

—El tiempo, siempre el tiempo.

Se levantó despacio. El sanador, alertado, lo miró con recelo.

—¿Quién eres?, ¿qué has hecho?

Hamtrah inclinó la cabeza.

—No vas a saberlo nunca. Olvida que me has visto.

El hombre frunció el ceño. Luego, su mirada se vació y siguió con lo suyo como si nada hubiera pasado.

Hamtrah hizo lo mismo con la mujer y salió de la tienda. La noche del campamento belurio lo envolvió. Pasó entre los carros, entre centinelas y cuerdas. Nadie parecía fijarse en él, pero un guardia giró la cabeza cuando el Eterno pasó a su lado.

—¿Quién…?

Hamtrah levantó un dedo.

—Olvida.

El guardia parpadeó y volvió a mirar el camino vacío.

Hamtrah siguió andando.

Las estrellas cubrían el cielo y a lo lejos se alzaban las sombras negras de las montañas.

Se detuvo, alzó la mano, los dedos se hundieron en el aire y la oscuridad se rasgó.

Lo hizo sin hacer ruido, un corte silencioso en la noche, como una grieta abierta en el mundo real.

Hamtrah apartó la tela de realidad y miró al otro lado.

Un vacío gris y brumoso respiró frente a él.

—El Tercer Umbral… —murmuró.

Atravesó la grieta y la cerró tras de sí.

Cuando volvió a salir al mundo de los hombres, estaba al otro lado del campamento, más cerca de la vanguardia del éxodo y del camino que llevaba al sur.

Hamtrah caminó un rato en silencio, luego se detuvo y alzó la cabeza hacia la oscuridad del horizonte.

—Nela-Shur… —susurró.

Guardó silencio durante un largo rato.

—O Montaña Roca Roja.

Sus dedos tocaron el colgante del sol de Bel-Hur que colgaba de su cuello.

—Las preguntas siempre nacen antes que las respuestas, y las respuestas siempre necesitan sangre

Sus ojos hundidos miraron hacia el centro del campamento. Calló, alzó la cabeza y olfateó como un animal. Hamtrah entrecerró los ojos.

—Ah… huele a Eterno.

Sonrió por primera vez.

—No soy el único que camina de noche.

La sombra se deslizó entre los carros. Era Valcara, pero ella no fue consciente de que la observaban.

Sin duda, Hamtrah estaba empleando sus dones para ocultar su presencia ante ella.

El viento movió una lona y la sombra de Valcara desapareció.

El Eterno se quedó inmóvil y sus dedos tocaron el aire otra vez.

—Interesante…

Miró hacia la oscuridad del campamento.

—Muy interesante.

Luego habló para sí mismo en un murmullo seco.

—Un Eterno no viaja con un éxodo por casualidad.

Alzó la vista en dirección a la Montaña Roca Roja y sonrió.

La noche cubría el campamento del éxodo.

Pocas eran las hogueras que ardían mientras la mayoría dormía, pero una tienda seguía iluminada.

Dentro, varias mesas de madera sostenían tablillas de arcilla, pergaminos y tiras de cuero escritas con tinta oscura.

Un escriba afilaba una pluma con un cuchillo pequeño y otro copiaba un texto antiguo.

Un tercero hablaba mientras trazaba líneas.

—No escribas eso así —murmuró—. La palabra de Bel-Hur no admite dudas.

—No son dudas. Son advertencias.

—Entonces, escríbelas como advertencias.

El escriba más joven levantó la vista.

—¿También sobre los Eternos?

El mayor dejó la pluma.

—Sobre todo, sobre ellos.

Fuera de la tienda, entre las sombras, Hamtrah escuchaba, pero nadie lo veía. El escriba mayor pasó la página del códice que tenía entre manos.

—Los Eternos caminan entre nosotros desde antes del primer éxodo. No envejecen ni mueren como los hombres.

Hamtrah observó su propia mano. Su piel muerta, gris y reseca, mientras el escriba seguía hablando.

—Se ocultan entre los mortales.

Hamtrah avanzó un paso. El centinela que vigilaba la tienda miró hacia otro lado sin saber por qué. Dentro, el escriba anotó la palabra Eternos con tinta roja.

—Se alimentan de la esencia de los vivos.

Hamtrah recordó al muchacho moribundo. Su piel marchitándose bajo su toque de muerte… y el susurro final.

—Algunos creen que roban tiempo de vida, horas, días, semanas, meses, años… Otros dicen que lo que te roban es el alma.

Hamtrah sonrió.

—Ignorantes —murmuró para sí.

El escriba joven tragó saliva.

—¿También es cierto que viajan entre mundos?

El viejo levantó una tablilla con símbolos antiguos.

—Eso dicen los textos de Arresia. Algunos caminan entre planos y cruzan umbrales que los hombres no vemos. La muerte, el sueño, el Tercer Umbral…

Hamtrah alzó la mano. Sus dedos rozaron el aire. Durante un instante, la realidad se tensó como una tela sedosa. La grieta apareció y se cerró en silencio.

Dentro de la tienda, el escriba terminaba la frase.

—Algunos Eternos no viajan por caminos humanos.

Hamtrah desapareció y un instante después apareció al otro lado de la tienda, oculto entre cajas.

—Viajan por las heridas del mundo.

El escriba dejó la pluma.

—Eso escribe Bel-Hur en las sombras del tiempo.

Hamtrah inclinó la cabeza.

—Curioso…

Sus ojos recorrieron la tienda. No solo copiaban textos, también los clasificaban. Había cajas de madera marcadas con símbolos, pergaminos enrollados en tubos y tablillas de piedra, madera y metal, ordenadas por fechas. Hamtrah observó en silencio.

—Orden —murmuró.

Un sistema, una memoria. El conocimiento del éxodo guardado como un tesoro. Sus dedos tocaron el colgante del sol de Bel-Hur que llevaba al cuello.

—Interesante…

Se alejó de la tienda sin que ninguno de ellos se percatara de su presencia.

Caminó entre los carros hasta llegar a otra zona del campamento. Allí no había escribas, sino ataúdes. Ocho, para ser más concreto, colocados en círculo dentro de una amplia tienda. La lona estaba abierta y una lámpara ardía en el interior.

Jarben estaba sentado en el suelo. El sepulturero sostenía un pergamino antiguo. A su alrededor había textos de muchas formas: tablillas, huesos grabados, fragmentos de cuero, hojas cosidas, láminas de metal. Cada ataúd guardaba más. Jarben sacó un códice pequeño y lo abrió con cuidado.

—Esto no encaja…

Hamtrah lo observó desde la oscuridad. Sus ojos se clavaron en él.

—Ah…

El olor llegó antes que el pensamiento. Sangre antigua, bosque, luna. Hamtrah entrecerró los ojos.

—Licantropía Aurimath —escapó en un susurro de su boca seca.

Jarben pasó una página.

—Si Bel-Hur habló a los primeros, ¿por qué estos símbolos no coinciden?

Hamtrah lo estudió de arriba abajo, observando cada detalle del sabio albino.

—Curioso.

Sus huesudos dedos tocaron el aire, pero no cruzó el umbral esta vez. Se acercó caminando. Jarben lo ignoró y no levantó la vista.

El Eterno rodeó los ataúdes. Cada uno tenía unas marcas distintas: runas arresias, iniciales senicias, símbolos belurios y sellos antiguos.

Jarben lo había clasificado todo.

—Sabiduría —murmuró Hamtrah.

Sus ojos regresaron al sepulturero.

—Ordenas la memoria de un pueblo en ataúdes. El saber guardado en el lecho de la muerte…

Jarben pasó otra página sin percatarse de la presencia del Eterno.

—Los muertos guardan mejor los secretos —continuó Hamtrah e inclinó la cabeza hacia Jarben, que tampoco le escuchaba.

—Sí…

El olor a licántropo seguía allí, antiguo, dormido, pero vivo. Hamtrah pensó durante un largo rato.

—Esto puede complicar las cosas… —Sus ojos se clavaron en Jarben—. O hacerlas mucho más interesantes.

El sepulturero levantó la cabeza y, ajeno al ser muerto que lo espiaba, miró hacia la entrada de la tienda, pero Hamtrah ya no estaba. El viento movía la lona y Jarben frunció el ceño.

—Juraría que he escuchado algo…

Pero calló y miró el pergamino otra vez. Fuera, entre los carros, Hamtrah se alejaba.

—El sepulturero tiene un lobo dormido bajo su piel. Pero es un pozo de sabiduría —susurró.

Sus dedos acariciaron el colgante dorado de Bel-Hur mientras miraba hacia la oscuridad del campamento.

—Nela-Shur será nuestro destino. Jarben, aún no lo sabes, pero serás mío.

Luego sonrió.

En su tienda, el Profeta dormía en silencio. Dos figuras encapuchadas vigilaban la entrada. Permanecían inmóviles junto a la lona, con las lanzas negras apoyadas en el suelo. Ninguno vio a Hamtrah. El Eterno caminó entre ellos como una sombra. Uno de los guardias giró la cabeza un instante.

—¿Has oído eso?

Su compañero negó.

—No he oído nada.

Hamtrah ya estaba dentro.

El interior de la tienda olía a incienso. Las telas colgaban pesadas y oscuras sobre el suelo cubierto de alfombras.

En el centro dormía el Profeta. Su respiración era lenta.

A su lado, sentado sobre un taburete, estaba su guardia personal.

Vestía una armadura oscura sin insignias ni adornos.

El metal absorbía la luz de la lámpara. En su costado colgaba una espada ancha de filo negro, con la empuñadura envuelta en cuero viejo.

El hombre levantó la mirada y sus ojos se clavaron en Hamtrah. El Eterno alzó un dedo.

—Duerme.

La palabra cayó en el aire como una piedra en un estanque de agua. El guardia parpadeó. Sus hombros cedieron y la cabeza le cayó hacia el pecho.

Hamtrah se acercó a él.

—Y cuando despiertes, olvidarás haberme visto.

El guerrero respiró profundamente y reinó el silencio.

Hamtrah avanzó hasta la mesa del Profeta. Allí estaba la tablilla. Era pequeña y sin sello, guardada entre pergaminos y un grimorio de tapas negras.

Hamtrah la tomó entre los dedos. Cerró los ojos y el mundo cambió. Las sombras de la tienda desaparecieron y una escena apareció ante él. Un joven escriba con las manos temblorosas y la tablilla en sus manos.

—No… no debería existir…

El muchacho miró a su alrededor, cavó un hueco en la tierra y enterró la tablilla. Su respiración se agitó, su corazón galopaba y luego… vino la muerte. El muchacho cayó sobre la tierra.

La visión cambió. Un escriba veterano desenterraba la tablilla y la leía con ojos abiertos.

—Esto… esto no puede…

La envolvió en tela.

Otra escena.

El traidor le entregaba la tablilla a Torbu a cambio de una bolsa de monedas y el sirviente se la dio al Profeta, que la leyó y sonrió

—Ath-Bel…

La visión se rompió. Hamtrah abrió los ojos y la tienda apareció de nuevo ante él. El Eterno miró la tablilla y sus dedos recorrieron los signos grabados.

—Ath-Bel…

Levantó la cabeza.

—El Nombre Original.

Leyó las líneas despacio. Bel-Hur y Kudram no eran dioses distintos. Habían sido uno. Ath-Bel, una sola voluntad, un solo cuerpo. Hasta que Bel-Hur expulsó a Kudram de sí mismo. Dos dioses nacidos de una herida.

Hamtrah guardó silencio largo rato.

—Interesante…

Podía romper la tablilla y reducirla a polvo. Su pulgar presionó el borde y la piedra crujió, pero la dejó en la mesa.

—No.

Su mirada se volvió oscura.

—El conocimiento no se destruye, y menos la palabra de Bel-Hur.

Su mano se movió por la mesa. Algo más llamó su atención: una daga.

Hamtrah la levantó. Era un arma hermosa.

El acero brillaba con grabados de oro: bestias entrelazadas en combate.

La empuñadura era de plata, gruesa, y tenía rubíes y zafiros incrustados en la guarda. Hamtrah pasó el dedo por el filo.

—Cyra…

El mundo volvió a quebrarse.

Otra visión.

Sucedió hace no mucho. La tienda estaba vacía. Una Eterna de cabello negro y ojos antiguos apareció en la oscuridad. Cyra. La Eterna jersa caminó hasta la cama del Profeta, dejó la daga sobre la almohada y se inclinó sobre él.

—Si tocas a Anara, morirás.

Su susurro rozó el oído del hombre dormido y luego desapareció en las sombras.

La visión terminó.

En ocasiones, lo que se le presentaba era la realidad distorsionada, aunque muy semejante a lo que pudo ocurrir. El leía las escenas impregnadas en el arma y a veces no eran claras del todo. Otras veces, sin embargo, mostraban lo que había sucedido tal cual.

La mente de Hamtrah volvió a la tienda y sostuvo la daga un momento.

—Así que ya estáis aquí…

La dejó exactamente donde estaba. Sus ojos se perdieron en la oscuridad de la tienda.

—Buscando herederos… como yo.

Se alejó un paso, pensó en Jarben y en su olor de lobo Aurimath. En los escribas. En la tablilla.

—El éxodo entero es un vivero. —Hamtrah miró al Profeta dormido—. Y nosotros, los Eternos, los jardineros.

Guardó silencio.

—Cyra…

Una sonrisa seca cruzó su rostro.

—Siempre llegas antes que nadie, pero seguro que no eres la única.

Hay muchos humanos aquí con cualidades especiales para llamar la atención y para ser inmortales.

Espero que no haya ningún candidato elegido por dos Eternos al mismo tiempo.

En ese caso correría la sangre… eterna. —Se giró hacia la salida—.

Pero esta vez, Cyra, no serás la única que elegirás entre el rebaño.

El Eterno caminó hacia la entrada. Los guardias seguían inmóviles y la noche lo recibió con los brazos abiertos. Se detuvo un instante entre las sombras del campamento.

—Ath-Bel —pensó—. Un dios roto.

Sus ojos se alzaron hacia el sur. Hacia la oscuridad donde se alzaba Montaña Roca Roja.

—Algo duerme bajo ella.

El Eterno desapareció entre las tiendas, pero su último pensamiento quedó suspendido en la noche.

—Si el Primer Hijo despierta, no quiero estar allí cuando abra los ojos.