46 Ella
El mar se había calmado, pero no estaba en silencio.
El Desgarrador avanzaba a través de ese murmullo que nunca lo abandonaba, un susurro constante bajo el casco que reverberaba en las cuerdas y en la madera húmeda.
Las velas respiraban con el viento nocturno, y la proa cortaba la negrura con una cadencia que ya parecía propia, ajena a cualquier ruta trazada por hombres.
Gorham no llegó a dar un paso.
El golpe fue seco. Sus rodillas chocaron contra la cubierta y el sonido se perdió en el crujido del barco. Luego cayó hacia un lado, pesado, sin protegerse, como si alguien le hubiera cortado los hilos que lo sostenían.
—¡Capitán! —la voz de Brann rompió la quietud.
El matasanos, que había subido a coger aire, cruzó la cubierta en dos zancadas. Se arrodilló junto a él y le giró el rostro con una mano firme. Le ardía la piel. No era un calor habitual, de haber hecho algún esfuerzo o una fiebre. Era otro tipo de fuego, uno más profundo.
—¿Qué demonios te pasa?
Gorham abrió los ojos un instante. No había blanco en ellos, solo un negro espeso que tardó en enfocar. Respiraba a tirones, de forma entrecortada, como si tuviera algo clavado en el pecho.
—No… lo sé… —arrastró las palabras—. El mar…
Sus dedos buscaron la madera del barco y se aferraron a ella con fuerza.
—El mar reclama su precio.
Brann apoyó dos dedos en el cuello del capitán, luego en la muñeca. Contó y frunció el ceño. Deslizó la mano por el brazo y palpó los músculos y las articulaciones en busca de una reacción.
—Estás vivo —murmuró—. Pero esto no es una herida normal. Has vaciado algo que no vuelve —añadió en voz baja.
Le levantó el párpado y la pupila tardó en reaccionar.
Karel se aproximó con cautela, sin su sonrisa habitual. El ladrón zarego llevaba un rato mirando sin atreverse a acercarse.
—¿Se muere?
Brann ni siquiera lo miró.
—Aún no. —Presionó el pecho de Gorham—. Pero si sigue así, lo hará.
Selvis apareció detrás, con la ropa aún manchada de ceniza verde. Sus ojos recorrieron la escena y se detuvieron en los tatuajes del capitán. Apenas brillaban, eran un pulso débil bajo la piel.
—Me temo que lo que tiene no es una enfermedad —dijo el maestro destilador—. Es otra cosa.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Karel muy nervioso.
—No lo sé, pero seguro que no ando muy desencaminado, ¿verdad, matasanos? —preguntó mirando a Brann, que no contestó.
Gorham soltó una risa entrecortada que se rompió en la garganta.
—Lo sabía…
Brann alzó la vista.
—¿El qué?
—Usar… la mar… —Gorham cerró los ojos un instante—. Tiene un coste.
El viento empujó las velas. El Desgarrador crujió. Brann apretó los dientes. No le gustaba esa respuesta.
—Todo tiene un coste —gruñó—. La diferencia es si eres capaz de sobrevivir para pagarlo.
Le dio una palmada seca en la mejilla.
—No te duermas.
El capitán Gorham abrió los ojos de nuevo. Esta vez se clavaron en Brann, más claros, más presentes, aunque el dolor seguía ahí, tirando de él hacia abajo.
—Si no descanso —murmuró—, nunca llegaremos a puerto.
El silencio fue aterrador.
Karel tragó saliva. Selvis desvió la mirada hacia el mar. Brann bufó.
—Entonces, descansa —dijo al fin el matasanos con voz firme—. O te clavo a la cubierta para que lo hagas.
Gorham no tenía fuerzas para responder y apenas asintió. Brann lo levantó con cuidado. El peso del capitán cayó sobre sus hombros, pero no dudó. Lo sostuvo y empezó a caminar hacia la escotilla.
—Abrid paso.
La tripulación se apartó sin hablar. Algunos bajaron la mirada. Otros siguieron con la vista los tatuajes del capitán, ese brillo débil que ya no imponía, sino que inquietaba.
—No es invencible —murmuró alguien.
—Nunca lo fue —respondió otro—. Solo nos hizo creerlo.
Karel escuchó y no dijo nada. Se quedó quieto, mirando cómo se lo llevaban. Selvis se acercó a él.
—Eso cambia las cuentas —susurró.
—Cierra la boca —respondió Karel, sin apartar la vista.
Brann bajó con Gorham por la escalerilla. El interior del barco los envolvió con olor a madera húmeda. La lámpara del pasillo oscilaba, emitiendo un leve chirrido metálico.
El camarote del capitán se abrió con un empujón. Brann lo dejó caer sobre la litera. Gorham respiró hondo, el aire ahí dentro pesaba más. El matasanos le quitó la chaqueta e inspeccionó su torso. Las runas apenas ardían bajo la piel.
—Esto no me gusta —murmuró.
Buscó en su bolsa, sacó un frasco, lo destapó y lo acercó a la nariz del capitán.
—Respira.
Gorham obedeció. El olor le arrancó un gesto de asco.
—No te matará —dijo Brann—. Mala hierba…
Gorham dejó caer la cabeza hacia un lado. El techo del camarote giró un instante y luego se detuvo.
—Si esto es un pago… —susurró.
Brann lo miró.
—Lo es.
Gorham esbozó una sonrisa cansada.
—Entonces, espero que valga la pena.
El barco crujió en respuesta y algo golpeó suavemente el casco, como una mano lejana. Brann se quedó quieto.
—¿Por qué? —preguntó el matasanos.
Gorham tardó en responder, sus ojos ya se cerraban.
—Por volver a verla.
Brann no necesitó más.
—Descansa —dijo, manteniendo su secreto a buen recaudo.
El matasanos se incorporó, caminó hasta la lámpara y la apagó. La oscuridad llenó el camarote, rota solo por el débil resplandor de las runas. Antes de salir, se detuvo en la puerta. Miró al capitán, inmóvil sobre la litera. Todavía respiraba con dificultad.
—No te mueras —gruñó en voz baja—. Aún no he terminado de entenderte.
Y cerró el camarote del capitán.
Arriba, el Desgarrador no se detuvo.
El mar se abría ante la proa, negro y espeso, con ese brillo apagado que no devolvía la luz. Las velas tensas atrapaban un viento extraño, uno que no rozaba la piel pero sí empujaba el casco. Las cuerdas vibraban con un murmullo constante.
Nadie hablaba al principio, solo se oía el crujido de la madera, el golpe rítmico del agua contra el casco y otro sonido más profundo que subía desde abajo. Selvis fue el primero en romper el silencio sin apartar la vista del horizonte.
—Si cae —dijo a media voz—, este barco no llegará a puerto.
Harok escupió por la borda.
—Bah. Ese bastardo ha sobrevivido a cosas peores.
—No has visto esto —respondió Selvis.
—He visto morir a muchos hombres —gruñó Harok—. Y también he visto levantarse a otros que ya estaban bajo tierra.
Karel apoyó los codos en la borda mirando el agua.
—No es lo mismo —murmuró—. Esto no es cosa de hombres.
Jorvan soltó una risa corta desde la sombra del palo mayor.
—Todo es cosa de hombres cuando se sangra —dijo mientras afilaba el cuchillo de cortar carne.
—Baja a verlo —replicó Karel sin mirarlo—. Luego vuelves y me lo cuentas.
Jorvan no contestó. Su sonrisa se apagó.
Un golpe seco subió desde el casco. Luego otro.
Dargan, en el timón, tensó las manos. Sus nudillos se marcaron bajo la piel curtida.
—Eso no es la mar —dijo.
—No —respondió Selvis—. No lo es.
El sonido volvió, más profundo esta vez. Un latido lento que subía desde las entrañas del Desgarrador, recorría la cubierta y se perdía en el aire.
Arriba, en el mástil, Lysa giró la cabeza.
—Algo se mueve ahí fuera —gritó—. No sigue el oleaje.
—¿Dónde? —preguntó Harok.
—Al frente. Donde la luz no llega.
Todos miraron.
Estaba en la línea del horizonte. Era una mancha, una oscuridad más densa que el resto.
Karel tragó saliva.
—Eso no estaba allí antes.
El murmullo en las cuerdas creció. Ya no era solo una vibración, había algo dentro. Ecos, nombres que no terminaban de formarse.
Alia-Murn, la gata de a bordo, apareció entre las botas de los marineros. Caminó despacio, con la cola baja y el lomo tenso. Sus ojos azules no miraban a nadie, solo se fijaban en el agua.
Bufó con un sonido fino, casi humano.
—Parece que a la gata no le gusta —murmuró Karel.
Harok alzó la voz.
—¡Capitán! —gritó hacia la escotilla—. ¡Capitán!
Pero nadie respondió.
Entonces se escuchó el golpe de una bota y todos giraron la cabeza.
Nairé estaba allí.
La segunda de a bordo había subido sin que nadie la oyera.
Nairé se movía por el Desgarrador con el mismo sigilo con el que desenvainaba una espada.
La luz de la luna perfilaba su figura alta y esbelta, arrancaba reflejos plateados de su piel oscura y resaltaba las cicatrices que cruzaban sus brazos y hombros, recuerdos que no necesitaban palabras.
Sus ojos negros observaban la cubierta, el mar y a los hombres con una atención constante, como si nada escapara jamás a su vigilancia.
Permaneció junto al palo mayor, inmóvil, con el porte firme.
Alzó la mano en silencio e hizo un gesto. Dargan reaccionó al instante. Giró el timón un palmo y ajustó el rumbo sin apartar la vista del frente. Harok corrió hacia el cabrestante.
—¡Arpones listos! —rugió el maestro arponero.
No miró a nadie y los hombres empezaron a moverse. Karel se separó de la borda.
—¿Vamos a obedecerla sin oír una orden? —murmuró.
Selvis lo miró de reojo.
—Al menos hay alguien que tiene claro lo que hay que hacer. Mueve el culo si quieres mantener tu cabeza sobre los hombros.
Nairé avanzó un paso y señaló las velas horizontales con dos dedos. Luego hizo un corte en el aire con ellos.
—¡Recoged trapo! —gritó Dargan, convertido en la voz de Nairé—. ¡Frenad la marcha!
Las cuerdas chirriaron y las velas bajaron lo justo para romper el impulso. El Desgarrador no se detuvo, pero dejó de avanzar a ciegas. Otro gesto. Nairé señaló el mar, luego su propio pecho y luego el horizonte.
—Nos está diciendo que no es el mar —dijo Karel mientras entrecerraba los ojos—. Que es otra cosa.
—Eso ya lo sabemos —gruñó Harok.
—No —replicó Karel—. Nos dice que lo siente.
El silencio era aterrador.
Selvis clavó la mirada en ella.
—Y que el capitán también lo ha sentido —añadió.
Nairé no reaccionó, solo volvió a alzar la mano con el puño cerrado: quietos.
El barco obedeció y el sonido subió otra vez, pero ahora más fuerte. El casco vibró, las cuerdas se tensaron. El mascarón de la proa crujió. Las grietas de su rostro parecieron abrirse un poco más.
Jorvan pasó la lengua por los dientes y guardó su cuchillo en el cinto.
—Esto no me gusta…
—A nadie —respondió Dargan.
Lysa gritó desde arriba.
—¡Se acerca!
La oscuridad del horizonte se movió.
Primero una forma alargada, luego otra, más grande, que se deslizó bajo la superficie sin romperla.
Karel dio un paso atrás.
—Eso no son sombras.
Selvis no dijo nada. Sus ojos ya no calculaban, solo observaban.
Nairé bajó la mano y señaló a Harok con un gesto corto. Él asintió.
—Esperamos —gruñó—. Que nadie lance nada hasta que yo lo diga.
—¿Y si nos arrolla? —preguntó un marinero.
Harok sonrió, enseñando los dientes.
—Entonces sabremos si sangra.
Un murmullo nervioso recorrió la cubierta. Karel miró la escotilla.
—Será mejor que el capitán despierte.
—Si puede —respondió Selvis— Y si no…
No terminó la frase.
Nairé giró la cabeza hacia la escotilla que llevaba al camarote del capitán un instante y luego volvió al frente.
No iba a esperar. El Desgarrador avanzó un palmo más, luego otro, y el latido del casco se aceleró.
Las sombras crecieron y abajo, en la oscuridad del camarote, Gorham abrió los ojos.
Respiró hondo y apretó la madera de la litera entre los dedos.
Entonces pronunció un nombre, uno que no había olvidado. Un nombre que el mar llevaba años susurrando.
—Aish.