44 Kal’thur #2
—No gasto hilo en quien ya ha firmado su sentencia final —respondió Brann, limpiándose las manos en un trozo de tela negra.
Selvis, el maestro destilador, apareció detrás, esquivando montones de cenizas negros y restos con cuidado. Su mirada recorría cada rincón, cada caja rota, cada cuerda.
—Buscad en la bodega y el camarote de mando —dijo—. Si eran senicios de comercio armado, llevaban más papel que acero.
—Y más mentiras que papel —añadió Karel, ya en marcha.
Gorham caminó hacia la escalera que descendía al interior del barco. Entre el humo verdoso, la madera crujió bajo su peso; se tapó la boca y bajó.
El interior del barco apestaba a humedad estancada. El aire apenas se movía, atrapado entre tablones hinchados por el agua. Una lámpara rota oscilaba de un lado a otro, empujada por el balanceo del casco.
Karel abrió un arcón de una patada. Dentro había telas finas, ahora manchadas de sal.
—Basura elegante —dijo—. Esto no pagará ni el viaje.
Selvis apareció detrás y apartó la tela con cuidado.
—Depende de dónde se venda —respondió—. En las islas Zaregas, esto compra favores.
—Prefiero monedas.
—Las monedas compran menos de lo que crees.
Karel soltó una risa breve y siguió buscando.
Gorham cruzó la estancia sin detenerse. Empujó una puerta al fondo. El camarote del capitán senicio se abrió con un golpe seco contra la pared.
Dentro había una mesa clavada al suelo, mapas extendidos y frascos de tinta volcados, además de un cuerpo caído sobre el escritorio, con la espalda atravesada por un enorme fragmento de madera humeante.
Selvis entró detrás y se detuvo al instante. Observó el cuerpo inclinado sobre la mesa, la madera clavada en la espalda, los dedos aún manchados de tinta que se había secado en surcos oscuros.
—Menuda forma de morir, siendo capitán —murmuró, sin apartar la vista.
Karel asomó por la puerta, apoyó un hombro en el marco y ladeó la cabeza.
—Que se joda —escupió—. Por cobarde.
Se acercó un paso más y empujó el cadáver con la punta de la bota. El cuerpo dejó caer un hilo de tinta seca que se rompió al moverse.
Selvis, muy serio, se inclinó sobre la mesa y empezó a apartar mapas con cuidado, uno a uno, sin perder detalle.
—Aquí —dijo, más bajo.
El capitán Gorham se acercó y apartó el cuerpo de un empujón. El cadáver cayó al suelo con un sonido húmedo. Bajo él, los mapas seguían sujetos con pesas de metal. Selvis alisó uno con la palma de su mano.
—Mira esto.
El pergamino mostraba una franja de costa irregular, marcada con líneas y símbolos. Nombres escritos con varias manos, algunos tachados, otros reforzados con tinta más oscura.
—Es un mapa de las rutas muertas —dijo Selvis.
—Donde el agua no tiene fondo —murmuró Karel desde la puerta.
Gorham se fijó bien. Había marcas que conocía. Nombres más antiguos, casi borrados, que le hicieron apretar los dientes. Había una isla en el mapa, en un lugar dónde no debería haber nada.
—Allí las corrientes se cruzan —añadió Selvis—, y hacen casi imposible la navegación
—Casi imposible, pero nosotros lo haremos —dijo Gorham.
Sus dedos tocaron otra hoja, medio oculta bajo el mapa principal. La sacó despacio. Era más pequeña, y estaba escrita con letra firme. Selvis se inclinó.
—Esa ruta no está en los mapas.
—No.
Gorham leyó en silencio. Sus ojos recorrieron las líneas con rapidez.
—¿Qué hay en ese? —preguntó Karel, incapaz de contenerse, mientras se acercaba. Gorham no le respondió y sus dedos se cerraron sobre el borde del papel.
—Una isla —dijo al fin—. Una de alguien que no quiere que la encuentren.
—¿Quién?
Gorham levantó la hoja y la giró hacia la luz.
—Alguien que una vez fue capitana de barco y ahora la llaman bruja.
Selvis entrecerró los ojos.
—La capitana Aish.
Gorham tardó un segundo más de lo necesario en contestar.
—La misma.
El silencio cayó dentro del camarote y Karel soltó una risita.
—¿No está muerta?
—Eso quiere que crean —respondió Gorham. Dobló la hoja y la guardó en el interior de su abrigo.
Selvis lo observó en silencio, mientras Gorham giraba hacia la salida.
—Recoged lo que valga. Quemad lo demás.
—¿Quemar? —preguntó Selvis.
—No quiero que nadie más lea esto —añadió Gorham, tocándose el pecho donde había guardado la hoja.
Selvis dudó un instante.
—Eso reduce los beneficios.
Gorham lo miró.
—Suma vida.
Selvis sostuvo la mirada, luego asintió despacio.
—Entonces se quema.
Cuando volvieron a cubierta, el cielo había oscurecido. Las nubes bajas cubrían el horizonte y el mar había recuperado ese pulso lento que nunca desaparecía del todo.
Los hombres del Desgarrador arrastraban cajas, sacaban barriles, rompían todo lo que no podían cargar y no se había perdido en la batalla.
Brann cosía una herida en el hombro de un marinero tirando del hilo con precisión fría.
—No te muevas —dijo sin mirarlo—, o te dejaré guapo.
El hombre apretó los dientes.
Karel apareció con una bolsa que tintineaba.
—Esto sí que habla —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
Selvis lo miró de reojo.
—Solo le falta cantar. ¡Guarda eso, anda!
Gorham caminó hasta la borda y miró el agua oscura y tranquila… demasiado tranquila.
—¿Capitán? —llamó Dargan desde el Desgarrador—. El viento cambia muy rápido.
Gorham alzó la vista. Las velas esperaban su orden.
—Soltad amarras —ordenó—. Nos vamos.
—¿Y esto? —preguntó Harok, señalando el barco vencido e inclinado.
Gorham lo miró un segundo.
—Que se hunda —dijo.
El fuego, esta vez normal, prendió en la cubierta enemiga. Las llamas subieron por las cuerdas y devoraron tela y madera. El color de las llamas era el habitual, y su movimiento seguía el ritmo esperado.
El Desgarrador se separó con un tirón lento. El agua se abrió entre ambos cascos.
Karel apoyó los codos en la borda.
—Siempre me gusta esta parte —murmuró.
Selvis no sonrió.
—A mí no —dijo—. Cada llama es una moneda que se va.
—Y cada moneda puede comprarte una muerte —respondió Karel.
Selvis no replicó.
Gorham permaneció en silencio mientras los pocos prisioneros que habían sobrevivido eran atados y conducidos a las bodegas.
El barco senicio ardía tras ellos. Era una mancha de luz sobre el mar oscuro.
—¿Quién es esa capitana Aish? —preguntó Dargan cuando el capitán se acercó al timón.
Gorham no lo miró.
—Alguien importante de mi pasado.
Gorham apoyó una mano sobre la madera húmeda del timón.
—Rumbo al este —ordenó.
El Desgarrador giró, las velas se tensaron y el barco avanzó hacia la oscuridad del horizonte.
Detrás, el barco enemigo, envuelto en llamas, comenzó a hundirse lentamente.
Delante, el mar guardaba silencio.