44 Kal’thur
El ruido del combate entre piratas y senicios estalló en la cabeza del capitán Gorham.
No fue un golpe ni un grito. Fue un nombre que subió lentamente desde las profundidades del mar y se abrió paso entre hierro y carne hasta clavarse detrás de sus ojos.
Gorham se quedó quieto un instante, con las manos aún manchadas de sangre, y el mundo pareció caerse a su alrededor.
—No… —murmuró.
El nombre volvió. Sonó más claro esta vez, más cerca.
El mar hablaba.
Gorham alzó la cabeza hacia la línea del agua entre los cascos de ambos barcos. Sus ojos oscuros se cerraron un instante, y cuando se abrieron ya no miraban la cubierta enemiga. Miraban algo que aún no estaba allí.
—¡Atrás! —rugió de pronto, y su voz partió la refriega en el barco enemigo—. ¡Todos atrás! ¡Al Desgarrador, ya!
Un pirata clavó su espada en el cuello de un senicio y giró, jadeando.
—¿Qué…?
—¡He dicho que atrás! —bramó Gorham.
Harok levantó la vista desde la escotilla que estaba a punto de romper.
—¿Te has vuelto loco?
Gorham dio un paso hacia él, y el suelo crujió bajo sus botas.
—¡Atrás, maldita sea! ¡O no vuelves a pisar mi cubierta!
Hubo algo en su voz que no admitía discusión. Harok escupió sangre, miró a los hombres que aún luchaban, y alzó el hacha.
—¡Ya habéis oído al capitán! —tronó—. ¡Retirada!
La orden corrió entre los suyos y empezaron a moverse. Karel apareció entre dos cuerpos con un saquillo colgando del cinturón.
—Esto no me gusta —dijo mientras retrocedía—. Tantas prisas no son buenas.
—Deja de quejarte y muévete —gruñó Gorham.
Uno a uno, saltaron de vuelta todos los que faltaban. Algunos cubrieron la retirada mientras otros arrastraban a los heridos. Otros simplemente corrieron. Los senicios empujaron con rabia, intentaron cerrar la brecha, pero ya era tarde.
El último en cruzar fue Harok. Dio un salto, cayó en la cubierta del Desgarrador y giró para cortar el cable de un arpón que aún los mantenía unidos.
—¡Soltad amarras! —bramó.
Las cuerdas se tensaron, los garfios se soltaron a golpes y los dos barcos comenzaron a separarse, apenas unos palmos al principio.
Gorham no apartó la vista del agua.
El mar se oscureció. Pero no en la superficie, debajo. Una sombra inmensa se deslizó bajo los cascos, lenta, demasiado grande para ser un pez, demasiado profunda para ser un simple animal. El agua dejó de moverse en torno a ella, apartándose.
—Capitán… ¿Qué sucede? —susurró alguien asustado.
El Desgarrador crujió y la madera vibró bajo los pies de la tripulación.
Entonces el mar se abrió, se separó y algo emergió.
Primero una forma, negra, lisa, con grietas que dejaban pasar una luz verde enfermiza. Luego otra. Un arco de carne y escamas, unas placas duras que parecían talladas en piedra viva. Un ojo se abrió, enorme, sin párpado, y su brillo atravesó la cubierta como una lanza.
El aire se llenó de un extraño calor.
—Por todos los dioses… —murmuró Karel, sin sonrisa esta vez.
La bestia alzó más su cuerpo. No cabía en la mirada. Su tamaño borró el horizonte. El agua caía de sus flancos en cascadas pesadas y donde tocaba el mar, chisporroteaba con ese mismo verde pálido. Un aliento salió de su boca, lento y espeso. El barco senicio quedó justo delante del titán.
Gorham dio un paso al frente.
Sus tatuajes empezaron a arder bajo la piel. Las runas se encendieron una a una, como si alguien las recorriera con fuego desde dentro. Su respiración se volvió profunda y pesada. Alzó ambas manos hacia la criatura y sus ojos se volvieron negros por completo.
El mar respondió y las olas empezaron a presionar.
El agua alrededor de la bestia se tensó, la sostuvo y la empujó hacia delante.
—Ven… —susurró Gorham. La palabra salió arrastrada por algo más antiguo que su propia voz.
El aire se volvió espeso. El mar dejó de golpear el casco. Incluso los gritos lejanos se apagaron.
La criatura giró la cabeza hacia él. Aquel ojo enorme lo encontró, y durante un instante todo quedó suspendido en ese cruce de miradas: madera, sangre, viento… Nada se movió.
Gorham bajó el brazo despacio y señaló el barco enemigo sin apartar los ojos de la bestia.
—Ahí.
Kal’thur le sostuvo la mirada un momento más.
Luego, atacó.
Abrió la boca despacio y la oscuridad de su interior se encendió desde el fondo. Fue un estallido que avanzó espeso, como una masa viva que buscaba una salida.
El fuego brotó en silencio.
Una lengua verde, densa y pesada, descendió sobre el barco senicio y se pegó a todo lo que tocaba: madera, cuerda, carne.
No se dispersaba en el aire ni se rompía contra las superficies.
Se aferraba sin remedio. El casco prendió con ese color antinatural y la luz bañó la cubierta con un brillo enfermizo.
Los gritos llenaron el aire.
Un marinero intentó arrancarse las llamas de encima con las manos; el fuego no cedió, trepó por sus brazos y lo cubrió entero hasta carbonizarlo.
Otro corrió hacia la borda y saltó sin pensar, pero el agua tampoco lo salvó: el verde siguió ardiendo bajo la superficie, dibujando su silueta antes de tragársela.
Las velas ardieron sin emitir humo negro. Se doblaron sobre sí mismas, consumidas por esa luz extraña que solo dejaba el resplandor, clavado en los rostros de los hombres mientras huían sin rumbo y chocaban entre ellos o caían de rodillas.
Algunos no llegaron a moverse. Se quedaron donde estaban, envueltos en aquel fuego que no daba calor como lo entiende un humano, y en pocos segundos dejaron de gritar.
El calor seco de aquel fulminante ataque llegó hasta el Desgarrador.
—¡Más distancia! —ordenó Harok tomando la iniciativa.
Las velas se tensaron. El timón giró. El Desgarrador se apartó, lento pero firme, alejándose de aquel infierno verde.
El capitán Gorham se mantuvo con las manos alzadas. La criatura siguió el movimiento del barco enemigo, lo rodeó, descargó otra lengua de fuego sobre la popa. La madera cedió, se abrió, y el agua empezó a entrar en el casco.
En pocos latidos, La Garra de Tyrio dejó de ser un rival y se convirtió en un cadáver en llamas.
La bestia se detuvo.
El fuego aún devoraba lo que quedaba del barco, pero ya no atacaba. Su ojo volvió a girarse hacia el Desgarrador.
El silencio cayó sobre la tripulación.
Gorham bajó despacio las manos, pero no retrocedió. Dio un paso más hacia la borda.
—… Kal’thur esh venar —dijo en voz baja.
Las palabras no pertenecían a ningún idioma de los hombres. El mar se agitó bajo él. Las runas de su piel brillaron con más fuerza, y el agua golpeó el casco en un pulso único y profundo.
La criatura lo observó.
El ojo enorme se entrecerró. Un sonido salió de su garganta, grave, largo, más cercano a un eco que a un rugido.
Gorham no apartó la mirada.
—Esh… Gorham —continuó, y su voz se rompió un instante—. Mar… de las Voces.
El agua respondió otra vez, más suave ahora, y la bestia inclinó la cabeza en señal de reconocimiento al Heraldo del Océano.
Tras Gorham, varios hombres dieron un paso atrás. Otros se arrodillaron sin darse cuenta. Karel no se movió, pero sus dedos temblaron sobre el cuchillo.
—Capitán… —susurró.
Gorham alzó una mano, sin apartar los ojos de la criatura.
—Basta.
El mar se calmó.
La luz verde en las grietas del cuerpo de la bestia perdió intensidad. Su forma empezó a hundirse, lenta y pesada, el agua lo reclamaba.
El ojo fue lo último en desaparecer. Cuando se cerró sobre sí mismo, el mar volvió a ser solo mar.
El silencio duró varios segundos y luego el crujido lejano del barco senicio volvió a oírse, roto y moribundo, pero aún flotaba de forma estable sobre el agua.
Harok soltó el aire por la nariz.
—Pues… —dijo, rascándose la barba con la hoja del hacha—. Eso no lo enseña ningún maestro de arpones.
Hubo varias risas entre los suyos. Karel miró a Gorham con los ojos más abiertos de lo habitual.
—¿Ese monstruo te ha obedecido?
Gorham no respondió. Sus tatuajes se apagaron poco a poco, como brasas que pierden fuerza. Bajó la mano, apoyó los dedos en la borda y miró el agua, oscura y profunda.
—No —dijo al fin—. Solo me ha escuchado.
Se irguió con el cuerpo entero en tensión; algo le quemaba por dentro, lento, constante, y aun así giró hacia el timón.
—Volvemos —ordenó—. Quiero lo que haya quedado de ese barco.
Harok asintió.
—¿Después de lo que ha pasado?
Gorham clavó la mirada en los restos en llamas.
—Tú lo has dicho.
El Desgarrador viró despacio, con cautela, y regresó hacia el cadáver humeante de La Garra de Tyrio.
Detrás de ellos, el mar guardó silencio.
El humo aún flotaba sobre el agua cuando el Desgarrador friccionaba con el casco herido del navío senicio.
La madera ennegrecida crujía con cada ola, y las velas rasgadas y quemadas caían en tiras pesadas que golpeaban los mástiles.
El mar había dejado de gritar, pero guardaba un murmullo inquietante, como una respiración contenida bajo la superficie.
—Lanzad los ganchos —ordenó Gorham.
Las cuerdas volaron y los garfios mordieron la borda enemiga con golpes secos. Harok tiró del cabrestante con las manos desnudas, sus músculos se tensaron bajo la piel curtida.
—Ya no muerden —gruñó—. Ahora tienen miedo, se dejan abordar.
El Desgarrador se pegó al costado del otro barco con un chirrido largo. La madera chocó contra madera y durante un instante todo quedó en un equilibrio precario, dos bestias heridas sujetándose entre sí para no caer.
—Adentro —ordenó Gorham.
Karel fue el primero en saltar. Cayó ligero sobre la cubierta enemiga, rodó entre restos de cuerda y se puso en pie con una sonrisa nerviosa.
—Si hay monedas que hayan resistido ese calor, las quiero —murmuró.
El olor a madera quemada les golpeó fuerte. Un marinero senicio yacía junto al palo mayor con la boca abierta y la cara cubierta de ceniza. Otro se arrastró un palmo más allá, pero ya no tenía fuerza para alzar la cabeza.
Brann, el matasanos, cruzó la cubierta sin prisa, apartando un cadáver carbonizado con el pie. Se agachó junto a un herido que aún respiraba. Le palpó el pecho, luego la garganta.
—Este no vale —dijo, y se levantó sin más.
—Ni siquiera lo intentas —soltó Karel.