43 La sangre de los dioses
Rayhem descendió solo.
La entrada no tenía marca alguna. Dos carros viejos cubrían la trampilla y encima habían apilado sacos de grano. Apartó uno, levantó la madera sobre una losa apartada en el suelo y bajó por la escalerilla. La antorcha chisporroteó y proyectó sombras largas sobre la bóveda baja.
La humedad del terreno impregnaba el aire. Al fondo, una lámpara pequeña marcaba el lugar. La piedra no era gris, sino roja, veteada y antigua. Rayhem pasó la mano por el muro y el polvo rojo le tiñó la piel.
Shuraz ya estaba allí. De pie, inmóvil y de brazos cruzados. Tenía la espada apoyada contra el muro de las viejas ruinas. La luz dibujaba surcos en su piel tostada. Sus ojos azules no parpadearon cuando Rayhem entró.
—Has tardado mucho en llegar.
—Tenía que asegurarme de que nadie me siguiera.
Shuraz no respondió. Se limitó a escuchar los pasos sobre la desgastada escalera de piedra roja.
—¿Y este lugar? —preguntó Rayhem en voz baja.
Shuraz permaneció junto a la escalera tallada en la roca, un poco encorvado con la cabeza casi rozando el techo.
—Anara nos ha traído hasta aquí —respondió—. Pero eras tú quien tenía que contarnos algo, ¿no?
Sus ojos azules buscaron los de Rayhem.
Anara avanzó desde el fondo de la pequeña capilla subterránea y colocó la lámpara en el centro mientras su capa blanca rozaba el suelo rojo.
—Fueron los exploradores —dijo ella—. Encontraron la losa hace tres días, cuando buscaban terreno firme para las tiendas del ala este.
Shuraz frunció el ceño.
—¿Y no informaron?
—Les ordené que no lo hicieran —respondió ella.
El silencio pesó entre las columnas bajas, talladas en la misma roca roja de la colina.
Rayhem levantó la vista hacia la bóveda. En el centro, un círculo incompleto estaba grabado en la piedra.
—¿Por qué no has dicho nada? —preguntó él.
Anara le miró.
—Porque cada día añadimos un miedo nuevo al éxodo —explicó Anara—. Hambre, fiebres, ataques, el recuerdo de la tragedia del desfiladero. No iba a sumar unas ruinas bajo nuestros pies para alimentar las especulaciones.
Shuraz dio un paso y la luz de la antorcha reveló marcas antiguas en el suelo.
—Esto no son simples ruinas —dijo—. Es una capilla.
Rayhem se arrodilló junto a una hendidura en la piedra.
—Lo fue.
Metió los dedos en la grieta y extrajo un fragmento endurecido.
—Sellaron la entrada interior con pigmento rojo. Sangre mezclada con cal.
Anara apretó los labios.
—Cuando bajé por primera vez, el aire estaba suspendido. No había animales ni demasiada humedad, como si nadie hubiera respirado aquí en siglos.
Shuraz señaló el altar, una losa rectangular adosada al muro del fondo.
—Explícame entonces por qué estamos solos los tres bajo el campamento.
Anara se acercó al altar.
—Porque si alguien nos sigue o nos oye, sabrá que hemos encontrado algo que no queremos compartir.
Rayhem se puso en pie.
—No estamos aquí por las ruinas.
Shuraz apoyó la mano en la empuñadura de su espada.
—¿Por qué entonces?
Rayhem caminó hasta el centro de la sala, justo bajo el círculo incompleto del techo, donde este era más alto, y los miró a ambos antes de empezar. Sacó el pliego sin sello y lo dejó sobre el altar de piedra roja. Después colocó la tablilla del círculo partido.
La madera golpeó con un sonido seco.
Shuraz miró el símbolo.
—¿Qué es ese emblema? —dijo señalando la marca.
—No es un emblema —respondió Rayhem—. Es una unión.
Anara se acercó y pasó los dedos por la incisión central.
—Bel-Hur y Kudram —respondió Rayhem—, antes de la fractura.
Shuraz apoyó las manos sobre la mesa.
—Eso suena a herejía.
—Lo sé, pero es lo que hemos encontrado —replicó Rayhem con tono pausado.
Sacó otro pliego. La tinta irregular tembló bajo la luz.
—Los nómadas no evitan la Montaña Roca Roja por superstición. Bajo ella yace algo a lo que llaman el Primer Hijo.
Anara levantó la mirada.
Rayhem sostuvo sus radiantes ojos verdes sin bajar la cabeza.
—Abrí la puerta al otro lado.
Anara cerró los párpados un instante.
—Te pedí que no lo hicieras —le recordó ella—, dijimos que limitaríamos nuestro uso de los dones.
—Necesitaba oírlo —respondió el embajador.
Shuraz golpeó el altar con el puño y la lámpara osciló.
—¿Qué has oído?
Rayhem tragó saliva.
—Pronuncié un nombre.
Anara se quedó quieta.
—¿Cuál?
—Ath-Bel.
El nombre pesó en la estancia. La llama se inclinó hacia un lado y Shuraz rodeó la mesa despacio.
—¿Quién es Ath-Bel? —preguntó el comandante.
—Es el nombre del que existió antes de Bel-Hur y de Kudram.
Shuraz frunció el ceño.
—¿Su padre?
Rayhem negó despacio.
—No. Ath-Bel no engendró a esos dioses. Fue el ser original del que ambos nacieron. Cuando el mundo aún era joven, algo lo partió en dos, y de aquella fractura surgieron Bel-Hur y Kudram.
Shuraz bajó la vista al polvoriento suelo rojo.
—¿Dos mitades del mismo dios?
—Dos mitades, y dos voluntades enfrentadas. Por eso se odian. Porque cada uno recuerda, aunque ya casi lo haya olvidado, que una vez fueron el mismo ser.
—¿Qué más te dijeron los espíritus? —preguntó Anara, confusa.
Rayhem no respondió, pero Shuraz insistió.
—Habla, Rayhem.
—Respondieron —dijo finalmente, lacónico.
Anara dio un paso al frente.
—¿Qué dijeron? —exigió.
Rayhem apoyó ambas manos en el altar para no temblar.
—Que lo que hay bajo la montaña no duerme exactamente. Que nos espera.
La lámpara volvió a moverse.
El silencio se llenó con la respiración de los tres. Shuraz caminó hasta el muro y acarició de nuevo la empuñadura de su espada.
—Entonces, iremos y lo mataremos.
Anara negó con la cabeza.
—No sabes qué es.
—No me importa.
Rayhem levantó la vista.
—No es un monstruo que puedas atravesar con tu espada.
—Todo sangra —respondió Shuraz.
—¿También un dios?
La pregunta quedó suspendida. Anara se acercó a la mesa, cogió la tablilla con cuidado y la leyó.
—Parece ser que Bel-Hur y Kudram fueron uno —pasó el dedo por la unión grabada—, pero al parecer, por lo que pone aquí, tuvieron un hijo.
—¿Juntos? —preguntó Shuraz incrédulo.
—¿No crees posible que dos dioses engendren a un tercero? —preguntó a su vez Rayhem—. Se llama Nair, está de algún modo vinculado a los nómadas y parece que es el ser que duerme bajo la Montaña Roca Roja.
—Bien… —comenzó ella.
El comandante apretó la mandíbula, pero no respondió. Rayhem tomó aire.
—Seguimos como al principio, tenemos dos caminos —continuó Anara.
Señaló hacia arriba, como si el sur estuviera sobre sus cabezas.
—Montaña Roca Roja.
Luego señaló en dirección contraria.
—O Senicia. Tyrio nos abrirá las puertas. Oro, murallas, comercio…
—Y muerte —cortó Shuraz mientras soltaba una risita.
Anara no apartó la vista de la tablilla.
—El veneno de Kudram emponzoñó ya el oído de su rey una vez —les recordó Rayhem.
—Una vez basta —respondió ella.
Anara levantó la cabeza.
—Si vamos a la montaña, nos enfrentaremos a lo desconocido.
—Si vamos a Senicia —dijo Shuraz—, lo haremos con la traición.
Rayhem dio un paso hacia Anara.
—No podemos huir de esto.
El murmullo del campamento llegó amortiguado desde arriba, la tierra parecía respirar sobre sus cabezas. Se escuchaba el murmullo lejano del éxodo, ruedas y animales. Anara cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la lámpara tembló sobre el altar.
—Ya lo hablamos en el consejo. Si vamos a Senicia —dijo con voz firme—, el pueblo creerá que buscamos refugio.
Shuraz apoyó ambas manos en el altar de piedra roja.
—Y si vamos, lo buscaremos.
—No —corrigió ella—. Pediremos permiso y no será gratis.
El comandante apretó los dientes y una vieja cicatriz en su cuello se tensó bajo la luz.
Rayhem no intervino. Observaba el círculo incompleto del techo.
—Tyrio nos recibirá con vino y promesas —continuó Anara—. Nos dará muros y nos pedirá que nos arrodillemos ante ellos. Aún están resentidos porque nuestros antepasados los esclavizaran.
Shuraz soltó una risa.
—Las rodillas se doblan. Las espadas, no.
—Las espadas también se rompen, Shuraz —respondió ella sin alzar la voz.
El silencio se asentó entre las columnas rojas. Rayhem dio un paso hacia el centro.
—Si vamos a Senicia, Nair seguirá bajo la montaña.
Anara lo miró.
—Y si vamos a la montaña, tal vez no salgamos de allí.
—Tal vez —admitió Shuraz—. Pero si lo que duerme nos espera, preferiría mirarlo de frente que sentir su sombra a la espalda.
Anara miró la luz de la lámpara sobre el altar.
—Si Bel-Hur y Kudram fueron uno, y si de esa unión nació Nair, entonces no estamos ante un enemigo.
Rayhem levantó la vista.
—¿Cómo lo sabes?
Anara pasó el dedo por la grieta central de la tablilla.
—No lo sé Rayhem, tengo fe.
La palabra quedó suspendida bajo la bóveda roja. Shuraz negó despacio.
—No deberíamos conducir a miles de belurios hacia una incertidumbre.
—Ya caminamos sobre ella —replicó Rayhem.
Desde arriba cayó polvo fino del techo. El campamento seguía allí arriba, igual de vulnerable. Anara respiró hondo.
—Si Senicia nos traiciona, no podremos contra sus ejércitos, caeremos divididos y volveremos a ser esclavos. Si la montaña nos devora, caeremos unidos, como un pueblo libre.
—¿Hablas de unidad cuando propones entrar en la tumba de un dios? —preguntó Shuraz apretando el puño.
—Hablo de una elección —respondió ella.
Rayhem se acercó al comandante.
—He estado allí, Shuraz. En Senicia otros decidirán por nosotros.
Shuraz le miró a los ojos.
—¿Y en la montaña?
Rayhem no dudó.
—Decidiremos nosotros.
El comandante caminó hasta un muro y apoyó la frente un instante en la piedra roja. Cuando se giró, sus ojos azules ardían.
—Si vamos, no será para suplicar a ningún dios.
—No —dijo Anara.
—Ni para arrodillarnos ante él.
—No.
Shuraz tomó la espada y la levantó lo justo para que la hoja negra captara la luz.
—Iremos a Montaña Roca Roja, debemos atravesarla para llegar a las tierras de los pueblos nómadas, así que es el plan de ruta que teníamos.
La lámpara osciló de nuevo. Rayhem asintió despacio.
—Partiremos al amanecer.
Rayhem miró el círculo incompleto del techo.
—Que el pueblo crea que buscamos paso hacia el sur —dijo—. Solo nosotros sabremos la verdad.
Shuraz envainó la espada.
—¿Y cuál es la verdad?
Rayhem sostuvo la tablilla del círculo partido contra su pecho.
—Que si un dios nos espera, no seremos nosotros quienes huyan de nuestro destino.
El eco de la decisión aún vibraba en la piedra roja cuando Shuraz soltó el aire por la nariz.
—Hay algo más —dijo al fin.
Rayhem levantó la vista.
—Siempre lo hay.
Shuraz no sonrió.
—Crece la esperanza entre los Hijos de Kudram.
Anara se tensó.
—Lo sé.
El comandante se apartó del altar y caminó despacio alrededor de la sala.
—Desde el reciente ataque, hablan del Profeta como si fuera el elegido para la gloria. Dicen que salvó mi vida y la de Sairah, ¡la del Éxodo entero!
Rayhem frunció el ceño.
—¿Es verdad que intervino contra Shaazgath? —preguntó Rayhem.
La lámpara osciló al pronunciar el nombre.
—La Sombra Errante —añadió Shuraz—. La Sombra de Kudram. Nos ayudó a contener lo que su dios creó.
Anara mantuvo el rostro sereno, pero sus dedos se cerraron sobre la tablilla.
—Necesitamos victorias —dijo ella— aunque vengan de los Hijos de Kudram.
—No fue solo una victoria —replicó Shuraz—. Después de vencerlo, fue un espectáculo. Se detuvo frente a los suyos, alzaron sus cuchillos y la sangre animal cayó sobre la piedra sagrada. Para ellos fue una señal.
Rayhem se apoyó en el altar.
—Sus filas crecen.
—Cada noche —confirmó Shuraz—, y cada vez son más radicales. Tienen más jóvenes con ambiciones oscuras. Algunos de ellos fueron belurios.
Anara levantó la mirada.
—¿Temes una revuelta?
Shuraz negó despacio.
—Temo algo peor. Que crean que ya tienen un dios que responde más que el nuestro.
El silencio se instaló entre los tres. Rayhem habló con calma.
—Si vamos a la Montaña Roca Roja mientras el Profeta inflama a los suyos, puede ser peligroso.
—¿No lo es siempre con Kudram? —respondió Shuraz.
—No —dijo Anara—. Pero el pueblo puede creerlo.
Shuraz la miró. Esta vez no había dureza en sus ojos, solo cansancio.
—¿Y tú qué crees?
Anara le miró a los ojos, pero solo el tiempo necesario.
—Creo que un posible enfrentamiento con lo que duerme bajo la montaña puede ser utilizado en nuestra contra.
Rayhem observó cómo la distancia entre ambos se acortaba sin que parecieran notarlo.
—Entonces, debemos movernos antes de que el Profeta coja fuerza —concluyó el embajador.
—Hablaré con los capitanes al alba —asintió Shuraz.
Anara dio un paso hacia él.
—Hazlo con cuidado. Muchos de ellos escuchan ya dos voces.
Rayhem se apartó del altar y recogió todo.
—Yo prepararé el mensaje para enviar a Senicia. Si preguntan, diremos que dudamos.
Shuraz alzó una ceja.
—¿Dudas de verdad?
Rayhem esbozó una media sonrisa.
—Siempre, ¿quién iba a hacerlo si no?
Guardó la tablilla y los documentos en su zurrón, con cuidado de no aplastar a Jarben, que dormía en una esquinita, y los miró a ambos. Cogió la antorcha, dejando la lámpara para ellos, inclinó la cabeza despidiéndose de la pareja y subió por la escalera. La trampilla se cerró con un golpe sordo.
Abajo, la iluminación dio un ambiente más íntimo al lugar. Anara miró la lámpara sobre el altar.
—El Profeta te ha salvado la vida —dijo ella.
—No lo tengo claro —respondió él y la miró a los ojos evaluando la situación—. Cuando Shaazgath descendió, pensé que no saldríamos.
—Me lo imagino —añadió ella.
—Y cuando el Profeta levantó la voz, no supe si agradecérselo o golpearlo.
Anara dio un paso más.
—Teme al hombre, no a sus actos.
—Y a ti, ¿debo temerte? —preguntó él.
Anara alzó la mano y la apoyó sobre la cicatriz de su cuello.
—A mí ya me temiste una vez.
Shuraz atrapó su muñeca con suavidad.
—Te perdí una vez.
La lámpara proyectó sus sombras unidas contra la piedra roja.
—No voy a perderte otra —añadió.
Anara no respondió con palabras y se besaron apasionadamente.
Rayhem caminó entre los carros hasta dejar atrás la entrada oculta de la capilla subterránea. Solo quedó el crujido de las ruedas y el silbido del viento sobre la tierra roja.
Se detuvo junto a un carro abandonado, dejó el zurrón en el suelo y dio un par de golpecitos en la tela.
—Puedes salir —murmuró.
Un pequeño hocico blanco asomó entre los pliegues. El ratón salió con cautela y sus ojos rojos reflejaron la luz de la luna. Rayhem se agachó, lo recogió entre las manos y lo acercó a su cara.
—Dime una cosa, Jarben… ¿Tú crees que Shuraz y Anara volverán? Hablo de estar juntos.
El ratón parpadeó una vez.
Rayhem resopló.
—No, yo tampoco lo creo. Hay demasiado orgullo entre los dos y demasiadas heridas por cicatrizar.
El animal volvió a pestañear, esta vez dos veces seguidas. Sus bigotes temblaron.
Rayhem se quedó mirándolo y una sonrisa cansada le aflojó el gesto.
—¿Ah, sí? ¿Crees que me equivoco?
El ratón ladeó la cabeza.
—Eso pensaba.
Le acarició el lomo con el pulgar y lo dejó volver al interior del zurrón. Después se lo colgó al hombro y echó a andar otra vez.
A lo lejos, bajo la tierra roja, la última lámpara de la capilla secreta se apagó y la noche pareció guardar silencio por ellos.