Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 42 ¡Al Abordaje! #2
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42 ¡Al Abordaje! #2

Nairé llegó antes que nadie. Se detuvo frente a él, inmóvil, con la espada goteando sangre senicia. Sus ojos negros recorrieron la herida, el ángulo del arpón, la cuerda tensa que aún vibraba hacia el barco enemigo.

Rurik intentó sonreír. Un hilo de sangre cruzó su barbilla.

Levantó la mano con esfuerzo y buscó algo en su dedo gordo.

El anillo de hierro oscuro, el que el capitán Gorham le había dado semanas atrás, giró en su falange, con los dedos temblorosos.

Lo apretó, lo sostuvo un instante más, y entonces se le escapó.

El anillo cayó contra la cubierta emitiendo un pequeño ruido que se perdió entre el estruendo. Rurik bajó la mirada hacia él, pero ya no pudo agacharse a recogerlo. Su cuerpo perdió fuerza. La cabeza se inclinó hacia un lado.

El mar siguió rugiendo. El silencio de la muerte envolvió el lugar. El ruido del combate se volvió lejano, se podría decir que el propio Desgarrador contuviera el aliento.

Karel dio un paso atrás; su sonrisa había desaparecido. Tragó saliva y miró al resto sin saber qué hacer. Sus manos, siempre rápidas, se quedaron quietas.

—No… —murmuró—. No era su turno.

Jorvan apareció desde la escalera de proa con un cuchillo de cocina aún en la mano y sangre fresca en el delantal. Sus ojos recorrieron la escena con un brillo extraño, casi curioso. Se acercó sin prisa, observó el hierro clavado, la posición del cuerpo, la sangre que se deslizaba por la madera.

—Buen tiro —dijo en voz baja para sí mismo.

Nairé giró la cabeza hacia él. No hizo falta palabra. Solo esa mirada bastó.

Jorvan alzó las manos con una media sonrisa.

—Tranquila. Solo digo que le han acertado bien.

Harok rugió desde la otra banda.

—¡No os quedéis mirando! ¡Recoged ese maldito cable!

Pero su voz llegó tarde. La cuerda del arpón enemigo que atravesaba al grumete se tensó, arrastró el cuerpo de Rurik contra la borda y arrancó un crujido de madera.

Dos marineros corrieron a cortar la línea con las hachas en alto.

Uno de ellos dudó al ver al muchacho ensartado.

El otro no. El hacha cayó y la cuerda cedió.

El hierro quedó clavado en el pecho de Rurik, pero ya no tiraba hacia el mar enemigo.

El cuerpo quedó inmóvil y entonces apareció Gorham.

Había sangre en su barba, le salía de la boca, también en sus manos, y en la hoja que aún sostenía.

Caminó entre los hombres sin apartar la vista del grumete.

El ruido del combate volvió a crecer entre ambos bandos, pero alrededor del joven grumete herido, se abrió un pequeño círculo de silencio.

Gorham se detuvo frente a Rurik y miró el arpón, la moneda en su cuello y luego bajó la vista. El anillo que le había regalado descansaba en la madera de la cubierta, manchado de sangre.

Se agachó y lo recogió.

El hierro estaba caliente. Lo sostuvo un instante en la palma de la mano. Sus cicatrices, aquellas líneas hundidas en la piel, brillaron con un pulso tenue, casi imperceptible.

Nairé lo observaba. No apartó la mirada. Gorham se puso en pie.

—Cortadlo —dijo.

Nadie cuestionó su orden.

Dos hombres sujetaron el cuerpo mientras otro tomó una sierra corta. El sonido del metal al entrar en la madera y la carne fue breve.

El arpón salió al fin de su cuerpo.

Rurik cayó hacia delante, sostenido por las manos callosas de sus compañeros. Su cabeza quedó apoyada contra el hombro de uno de los marineros.

Parecía dormido.

Un círculo de hombres del Desgarrador se cerró alrededor de la escena, hombro con hombro, acero en alto, protegiendo a su capitán y al grumete herido de muerte.

Rechazaban cada embestida a dentelladas y golpes cortos sin ceder un paso.

Nadie cruzaba ese límite. Lo que ocurría en su centro importaba más que la propia batalla.

Gorham dio un paso adelante. Tomó el cuerpo del joven y lo alzó con cuidado, aunque el muchacho ya no sentía dolor. La sangre empapó su camisa.

—A popa —ordenó Gorham.

Caminaron hacia la parte trasera del barco mientras el combate seguía alrededor. Las ballestas tronaban, las cuerdas chirriaban, los gritos volvían a llenar el aire. Pero aquel pequeño cortejo avanzó sin prisa, con una calma solemne en medio del caos.

Karel los siguió en silencio.

Nairé también.

Jorvan dudó un segundo… y luego fue tras ellos, con la cabeza ladeada, observando cada gesto.

Llegaron a popa.

El mar se abría detrás del Desgarrador, oscuro, profundo, salpicado de espuma y restos de la batalla.

Gorham dejó el cuerpo en cubierta con cuidado. Se arrodilló junto a él. Con una mano limpió la sangre de la cara del muchacho y apartó un mechón de pelo de su frente.

—Querías ser algo más que grumete —dijo en voz baja—, pues vas a serlo.

El mar susurró. Una voz muy débil arrastró el nombre de Rurik entre las olas.

—¿Lo oyes? —susurró Karel, dando un paso atrás.

Nairé no se movió, sus ojos estaban fijos en Gorham. El capitán no alzó la cabeza. Sacó el anillo y lo sostuvo sobre el pecho de Rurik.

—No lo pierdas —murmuró.

Se lo colocó de nuevo en el dedo gordo, donde lo llevaba habitualmente porque los demás eran demasiado finos. Empujó el anillo con firmeza hasta que quedó bien ajustado. Luego deslizó la mano bajo el cuerpo del muchacho y lo alzó otra vez.

Se acercó a la borda.

El viento le golpeó el rostro y el agua salpicó sus botas.

—El mar te toma —dijo—. Y yo te dejo en sus manos.

Hizo una pausa. Sus dedos se tensaron sobre el cuerpo.

—Que no te rompa.

Lo soltó.

El cuerpo de Rurik cayó al agua con un golpe sordo. La superficie se cerró sobre él. Durante un instante, la espuma dibujó un remolino breve y luego, nada.

Silencio.

Solo el mar y el combate de fondo. Karel apretó los dientes.

—No debería ser así —dijo casi sin voz—. Era solo un crío.

Jorvan se cruzó de brazos.

—El mar no cuenta los años —respondió.

Nairé avanzó un paso.

Golpeó su puño contra el pecho una vez, firme, seca, luego miró a Gorham. En sus ojos no había duda. El capitán sostuvo su mirada un segundo y asintió. Entonces se giró hacia la cubierta, hacia el ruido, hacia la guerra que aún no había terminado. Pero algo había cambiado.

Los hombres que lo miraban ya no lo veían solo como capitán. Algunos inclinaban la cabeza y otros evitaban su mirada.

El murmullo se extendió entre ellos.

—El mar le obedece…

—Lo ha visto…

—Eso no es natural…

—Nos ha salvado…

—Nos condenará…

Las palabras se mezclaron, se cruzaron y crecieron. En ellas había devoción, miedo y ambas cosas unidas.

—¡Capitán! ¡Vuelven a cargar! —gritó Dargan desde el timón.

Gorham miró el agua una última vez, hacia el lugar donde había desaparecido Rurik, donde ya no había ni rastro del muchacho.

Pero algo se movía bajo la superficie.

Una sombra.

Las Voces susurraron otra vez. Pero esta vez no dijeron el nombre del muchacho. Dijeron otro, uno que nadie se atrevía a pronunciar.

Kal’thur.

Gorham alzó la cabeza y los Abisales Susurrantes empezaron a desaparecer en las profundidades.

Los ojos del capitán se clavaron en el horizonte, hacia el navío senicio y más allá. Su mano se cerró sobre la empuñadura de su arma.

—A sus puestos —ordenó.

Su voz sonó más grave, más profunda. Y cuando avanzó de nuevo hacia la batalla, el Desgarrador pareció inclinarse bajo sus pies, como si algo en las profundidades hubiera escuchado… y respondido.