Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 42 ¡Al Abordaje!
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42 ¡Al Abordaje!

El estruendo del combate no cedía. El mar golpeaba los cascos con violencia y el aire olía a brea, sal y carne quemada. El Desgarrador avanzaba entre olas encorvadas, empujado por la voluntad de su capitán y por algo más profundo que ningún marinero nombraba en voz alta.

El Desgarrador avanzó contra el oleaje con un pulso extraño y el empuje del mar desde abajo.

Frente a ellos, La Garra de Tyrio se alzaba enorme, un muro de madera oscura que tapaba parte del horizonte.

Cuatro veces mayor, cargado de hierro y velas tensas, su sombra cayó sobre la cubierta y apagó la luz.

Lysa, desde el palo mayor, apretó la ballesta contra el hombro.

—¡Nos va a tragar! —gritó para que el timonel la escuchara.

Dargan escupió a un lado y no apartó las manos del timón.

—Que lo intente.

Gorham no miró al barco enemigo, sino al agua entre ambos cascos. Midió la distancia en un parpadeo, el ángulo de entrada y la fuerza de la corriente.

—Velas horizontales a medio cierre —ordenó—. Quiero que frene y que gire.

—Eso nos deja vendidos —gruñó Dargan.

—¡Hazlo! —ordenó Gorham.

El timonel apretó los dientes, pero giró la rueda haciendo caso a su capitán. Las velas horizontales se tensaron contra el viento y el Desgarrador redujo su avance justo antes del impacto. La proa no chocó de frente; se deslizó, raspó la borda enemiga y buscó un hueco entre los refuerzos.

El crujido fue brutal.

Madera contra madera. Hierro contra hierro. El espolón del Desgarrador se clavó en el costado de La Garra con un golpe seco que recorrió toda la cubierta. El barco mayor respondió con un temblor profundo, pero no cedió. Era demasiado grande y pesado.

—¡Ganchos! —rugió Harok, el maestro arponero.

Los arpones con cable volaron veloces y se clavaron en la borda alta del enemigo, en escudos, en cuerdas y en carne senicia. Los cabrestantes empezaron a girar bajo las manos del arresio.

—¡Tirad, malditos! ¡Que esa montaña baje a nuestro nivel!

Las cuerdas se tensaron hasta cantar. El Desgarrador, más pequeño pero más fiero, empezó a trepar contra el costado del gigante como una bestia que se aferra a otra más grande.

Desde arriba, los senicios respondieron arrojando flechas, piedras y aceite. Una roca cayó junto a Karel y reventó la cubierta en astillas. El ladrón rodó hacia un lado y se levantó con una risita.

—¡Ahora sí que parece un negocio serio!

Lysa disparó su ballesta desde lo alto. Un virote cruzó el aire y se le clavó a un arquero senicio en la garganta. Otro ocupó su lugar antes de que el cuerpo tocara el suelo.

—¡Son demasiados! —exclamó desde lo alto.

—Siempre lo son —respondió Gorham.

Una cadena cortacables descendió desde la borda enemiga. Enganchó uno de los arpones y lo partió con un tirón brutal. El cable saltó hacia atrás y golpeó a un marinero del Desgarrador, que cayó sin aire.

—¡Nos están soltando! —gritó alguien.

Harok escupió sangre por la comisura.

—¡Otro arpón! ¡Más arriba!

Lanzó él mismo el siguiente. El hierro voló y se clavó en una viga del casco enemigo. Tiró del cabrestante con un gruñido, y esta vez la cuerda aguantó.

El Desgarrador subió un palmo más, lo justo. El barco de Gorham estaba clavado contra el costado de La Garra de Tyrio y durante unos segundos el mundo quedó suspendido en ese cruce de maderas, cuerdas tensas y gritos contenidos.

Luego estalló.

—¡Ahora! —rugió Gorham y saltó a la cubierta enemiga.

No esperó a que nadie lo siguiera. Sus botas golpearon la borda de La Garra y se aferró con una mano a una cuerda tensa. Subió de un tirón y cayó al otro lado, entre hombres que aún no habían entendido que ya los tenían encima.

El primero alzó una lanza. Gorham la desvió con el antebrazo y le hundió el puñal bajo la clavícula. El segundo dudó medio segundo y no tuvo otro.

Más arpones salieron disparados, uno tras otro, y los cables chirriaron al tensarse.

Los garfios mordieron la borda enemiga, se hundieron en madera y carne con el mismo sonido seco.

Un marinero senicio intentó cortar uno con un hacha; el cable se tensó y lo arrastró de cara contra la borda. Sus dientes saltaron por el aire.

—¡Tirad, malditos! —bramó Harok mientras clavaba los pies y tiraba del cabrestante con los suyos.

El Desgarrador se pegó aún más al enemigo y la distancia se redujo a un salto.

Karel fue el siguiente en moverse. No dudó.

Corrió, apoyó un pie en la borda y cruzó el vacío con un impulso seco.

Cayó al otro lado entre dos senicios, rodó sobre sí mismo y, antes de que el primero alzara la espada, ya le había abierto la garganta.

La sangre salió en un arco oscuro que manchó la cubierta.

Con el impulso, Karel le dio una patada al segundo en la entrepierna, tirándolo al suelo y dejándolo fuera de combate.

—¡Vamos, ratas senicias! —gritó sin mirar atrás—. Siempre quise subir a algo tan caro —murmuró mientras despojaba a uno de los caídos de su bolsa.

Entonces saltaron los demás.

Harok agarró su hacha deseoso de irrumpir en la refriega.

Dio dos pasos, se lanzó con todo su peso y aterrizó como una piedra arrojada desde una torre.

Su hacha bajó en el mismo movimiento y partió un escudo enemigo junto con el brazo que lo sostenía.

El impacto resonó seco y brutal, salpicando sangre por la cubierta senicia.

—¡Por Gundar! —tronó, y volvió a alzar el arma.

Los hombres del Desgarrador cruzaron en oleadas.

Algunos resbalaron en la sangre, otros chocaron contra los escudos, pero ninguno se detuvo.

El aire se llenó de acero, de gritos y del golpe hueco de madera contra madera.

Las ballestas del barco senicio dispararon a quemarropa; un virote atravesó el pecho de un pirata y lo clavó contra el mástil.

A su lado, otro ocupó su lugar sin mirar a su compañero muerto.

Gorham, tranquilo en medio del caos, avanzó apoyando la mano en la borda con movimientos firmes. El mar bajo ambos barcos respondió. Un temblor subió desde el agua, leve, pero suficiente para que varios senicios perdieran el equilibrio.

Sus ojos oscuros recorrieron la escena. No buscaban enemigos al azar. Buscaban ritmo, puntos de ruptura, lugares donde la lucha podía desequilibrarse.

—Cerrad el flanco izquierdo —ordenó y su voz se oyó entre los gritos.

Un grupo de senicios avanzaba en formación, llevaban los escudos al frente y las lanzas asomando entre los huecos. Empujaban hacia el centro y obligaron a retroceder a varios hombres del Desgarrador.

Gorham alzó una mano.

El agua golpeó el casco desde abajo. Fue un empujón seco que inclinó el barco el tiempo justo para desordenar la línea enemiga. Las lanzas se desviaron y los escudos chocaron entre sí.

—¡Ahora! —gruñó.

Harok entró por ese hueco. Su hacha describió un arco corto y brutal.

La formación se rompió. Uno cayó con el pecho abierto, otro perdió el escudo y salió de su vista y un tercero recibió tal golpe de hacha en la sien que lo despojó de la parte superior de su cráneo. La línea se deshizo en un instante.

Karel reapareció entre sombras con las manos manchadas y una sonrisa nerviosa.

—Capitán —dijo sin dejar de moverse—, estos llevan más oro que juicio.

—Coge lo que puedas —respondió Gorham sin mirarlo—, pero sigue vivo.

Un silbido cruzó el aire.

Gorham giró la cabeza justo a tiempo. Un arpón voló desde la cubierta superior de La Garra de Tyrio, dirigido hacia él.

No levantó la espada, y sin retroceder, sus dedos se tensaron y el mar respondió otra vez.

El arpón desvió su trayectoria en el último instante y se clavó en la cubierta, a un palmo de su pierna.

La madera vibró y el combate continuó.

Un senicio con armadura ligera cargó contra él espada en alto. Gorham avanzó un paso, esquivó el golpe por el interior y le hundió el puñal bajo la sexta costilla. Sintió el cuerpo tensarse contra el acero y lo empujó a un lado sin demasiado esfuerzo.

El suelo estaba resbaladizo. Sangre, agua y astillas. Cada paso exigía atención.

—¡Capitán! —gritó uno de los suyos.

Gorham se giró.

En la popa, un grupo de senicios protegía una escotilla reforzada. No retrocedían. Parecían defender algo. Sus ojos se clavaron en ese punto.

—Harok —llamó.

El arresio alzó la cabeza, con sangre hasta los codos.

—¿Qué?

Gorham señaló con la barbilla.

—Ahí.

Harok escupió al suelo y sonrió.

—Ya tardabas.

Se abrió paso a golpes. Dos piratas lo siguieron. Karel se desvió hacia el mismo punto, pegado a las sombras. El combate no aflojaba. Cada palmo de cubierta costaba litros de sangre. Un hombre del Desgarrador cayó de rodillas, agarrándose el vientre abierto.

Gorham avanzó entre ellos, firme, sin perder de vista la escotilla.

El mar rugía bajo los cascos, más profundo y más oscuro que nunca. En ese ruido, entre hierro y carne, el agua salada susurraba algo más, era el mismo murmullo que había nacido en los remolinos y que aún no había desaparecido.

En el Desgarrador, Dargan mantuvo el timón firme y los ojos clavados en el barco enemigo.

—No nos sueltes ahora —masculló.

El mar golpeó ambos barcos con una ola pesada. Los remolinos seguían girando alrededor de la batalla, esperaban su momento.

Gorham alzó la mirada un instante.

Demasiado cerca.

Si uno de esos monstruos se abría bajo ellos, no importaría el tamaño del enemigo. Ambos barcos caerían juntos.

La lucha se volvió más feroz, más corta, más peligrosa, mientras los dos barcos unidos por hierro y sangre se balanceaban sobre un mar que no perdonaba errores.

En el Desgarrador, un arpón enemigo cruzó el aire con un silbido seco.

El grumete no lo vio venir. El hierro atravesó el pecho de Rurik Aishen y lo clavó contra la borda con un golpe que hizo crujir la madera.

Su cuerpo se arqueó un instante, los dedos se tensaron y el grito quedó atrapado en su garganta.

La moneda que llevaba al cuello golpeó su clavícula y quedó balanceándose sobre la sangre.

Karel, el ladrón zarego, fue el primero en girarse.

—¡Rurik!

El muchacho aún estaba consciente. Sus ojos verdes temblaban, buscaban algo entre el humo y los gritos. Sus labios se movieron, pero de ellos no salió voz alguna. Bajó la mirada hacia el hierro que lo atravesaba, luego alzó la cabeza hacia cubierta, donde sabía que estaba Gorham, su capitán.