41 El Primer Nombre
El carro de Azniel estaba abierto de par en par. Dentro, los rollos, atados con cuerdas, formaban columnas inestables. Tablillas, pliegos de pergamino sin secar y láminas metálicas descansaban sin un orden claro. Danna sostenía un fardo contra el pecho, con gesto firme.
—Si sigues apilándolo así, se caerá todo —dijo ella.
Azniel no levantó la vista.
—El conocimiento no cae, se extiende.
Un rollo rodó hasta el borde y golpeó el suelo. Danna lo recogió.
—Sí, ya veo cómo se extiende.
Azniel suspiró.
—Está bien. Empecemos de nuevo.
Se sentó en el banco bajo y extendió una tela limpia sobre la mesa.
—Primero, las Escrituras Mayores.
Danna colocó tres rollos frente a él. El sello del sol radiante marcaba cada uno.
—Relatos de Bel-Hur en Beluria —enumeró ella—. El sacrificio en la colina blanca. La primera alianza.
Azniel abrió uno con cuidado.
—Copias revisadas por tres manos.
—Y selladas, así que son cuatro —añadió Danna—, y teniendo en cuenta que cada uno tiene dos manos, serían ocho las manos que las han revisado.
Azniel asintió con media sonrisa.
—Estas no viajan en este carro. Irán con guardia, se las daremos a los sacerdotes del Templo para que las protejan.
Las apartó a la izquierda.
—Luego, las Crónicas del Segundo Éxodo.
Danna dejó sobre la mesa varios pliegos más recientes. La tinta aún conservaba el brillo.
—Relatos de la partida del Éxodo desde Alonia. El cruce por el desierto. La reciente batalla contra los arreshim.
Azniel tomó uno.
—Este lo dictó Rayhem.
—Este otro, Anara —dijo Danna.
Azniel alzó una ceja.
—¿Lo has revisado? —preguntó el escriba.
—Dos veces —respondió ella.
Él sonrió ampliamente.
—Entonces, se quedará.
Lo colocó en el centro.
—Después, los Testimonios.
Danna dudó antes de entregar el siguiente fardo.
—No todos coinciden.
—No deben coincidir —respondió Azniel—. Si todos dijeran lo mismo, significaría que alguien ha borrado algo.
Desató el cordel. Eran cartas de soldados, notas de mercaderes y relatos de los Sin Dios, que apenas sabían escribir.
Azniel leyó una línea en voz alta.
—«Vi caer la sombra sobre el campamento y no tenía forma humana».
Miró a Danna.
—Nunca se corrige la vivencia —aleccionó Azniel.
—¿Aunque contradiga la versión oficial? —cuestionó ella.
—Sobre todo entonces.
Danna lo observó un instante.
—Te buscarás problemas.
—Los problemas ya nos han encontrado, querida Danna.
Un golpe de viento sacudió la lona del carro. Danna sujetó los pliegos.
—¿Y lo que no encaja? —preguntó ella, preocupada.
Azniel se quedó quieto.
—Eso va aparte.
Se inclinó, extrajo una caja pequeña de debajo del banco y la abrió.
Dentro había fragmentos sin sello, tablillas con símbolos antiguos y notas en tinta más oscura.
Danna tragó saliva.
—¿También vas a guardar eso?
—Lo clasificaré.
Tomó una tablilla y la colocó sobre la mesa. El símbolo del círculo partido quedó visible bajo la lámpara. Danna bajó la voz.
—Jarben te pidió discreción —recordó ella.
—Jarben pide muchas cosas —dijo él.
—¿Y el príncipe Belbarozh?
Azniel apoyó el punzón sobre la madera.
—Belbarozh necesita la verdad, no silencio.
Danna se acercó.
—¿Cómo lo llamarás?
Azniel tomó un pliego en blanco.
Escribió con trazos firmes:
Escrituras Belurias: Compendio del Éxodo y sus Señales.
Se detuvo y añadió debajo:
Sección reservada.
Danna leyó el encabezado.
—Eso atraerá muchas miradas.
—Ya nos miran —dijo él, haciendo un ademán hacia la entrada.
Un joven sacerdote se asomó por la lona.
—El Sacerdote Mayor pedirá una copia al amanecer.
Azniel asintió.
—La tendrá.
El muchacho se retiró. Danna bajó la voz.
—¿Incluirás lo de Montaña Roca Roja?
Azniel sostuvo la tablilla del círculo partido.
—Incluiré que los nómadas la evitan.
—¿Y lo que hay debajo? —insistió ella.
Azniel la miró.
—Eso aún no es una escritura. Es solo una sospecha.
Danna asintió.
Azniel tomó un nuevo pergamino.
—Empieza a transcribir la crónica de la batalla contra los arreshim. Desde el momento en que Anara habló ante los Sin Dios.
Danna se sentó frente a él.
—¿Todo?
—Todo.
Ella mojó la pluma en tinta.
—«La elegida avanzó entre el polvo…»
Azniel la interrumpió.
—No. Sin adornos.
Danna lo miró.
—Entonces.
—«Anara habló. El campamento escuchó».
Danna corrigió y siguió escribiendo. Azniel ordenó los rollos en tres montones claros. Mayor, crónica, testimonio. La lámpara proyectó la sombra de los tres grupos sobre la lona del carro. Parecían columnas.
—Si caemos —murmuró Azniel—, que al menos quede esto.
Danna no respondió.
El carro crujió cuando Jarben apartó la lona y entró. La luz de la lámpara le hirió sus sensibles ojos rosados; se cubrió con la capucha mientras Azniel seguía inclinado sobre la mesa y Danna alzaba la vista para ofrecerle un cuenco con agua.
—Gracias —dijo el sepulturero.
Jarben bebió, dejó el cuenco sobre el banco y miró las pilas de documentos y tablillas.
—Enséñame lo que guardas aparte.
Azniel dudó un segundo, después se agachó y abrió la caja que tenía apartada. La tablilla del círculo partido quedó entre los tres, con la incisión central atravesándola como una vieja herida. Jarben la tomó con cuidado y pasó el pulgar por la hendidura pulida por otras manos.
—No es beluria.
—Ni senicia —añadió Azniel sin levantar la voz.
Danna acercó la lámpara y la llama reveló trazos casi invisibles, líneas curvas que se cruzaban en una figura central. Jarben inclinó la cabeza.
—Esto no es un símbolo. Es una genealogía.
Azniel alzó por fin la vista.
—Habla claro, Jarben.
El sepulturero apoyó la tablilla sobre la mesa y con el punzón marcó dos líneas que nacían de extremos opuestos.
—Aquí hay dos principios.
—Luz y sombra —propuso Danna.
Jarben negó despacio.
—No. Son dos voluntades.
Señaló el punto donde ambas líneas se unían.
—Y aquí, una tercera.
Azniel frunció el ceño.
—Eso contradice los textos.
Jarben no apartó los ojos de la madera.
—Los textos que guardamos, no los que enterramos.
Danna sostuvo el aire un instante antes de asentir.
—Continúa —pidió ella muy interesada.
Jarben delineó la figura central.
—No es un dios menor, es un origen diferente.
Azniel cerró la caja a medias, temía que la palabra escapara de allí.
—¿Qué es? —preguntó confuso.
Jarben apoyó ambas manos en la mesa.
—Un hijo.
El silencio pesó dentro del carro. Fuera, alguien gritó órdenes y un caballo relinchó; luego, el murmullo del campamento volvió a su cauce.
—¿De quién? —preguntó Danna.
Jarben alzó la vista.
—De los dos, de Bel-Hur y de Kudram.
Azniel dio un paso atrás.
—Eso es blasfemia.
—O memoria —replicó Jarben.
Tomó un pliego sin sello, escrito con tinta irregular, y leyó:
—«El que camina entre tribus sin levantar templos. El que no pide que se arrodillen. El que enseña el nombre a quien lo pierde».
Danna repitió en voz baja:
—Nómadas.
Jarben asintió.
—Los clanes hablan de un dios sin altar, de un guía que no fija leyes.
—Historias de fogata —rechazó Azniel.
Jarben deslizó la tablilla hacia él.
—Entonces, explica esto.
Azniel no respondió.
—¿Tiene nombre? —preguntó Danna.
Jarben recorrió las incisiones con el dedo.
—No aparece completo. Solo fragmentos. «Na»…, «ir»…, y este signo.
Azniel se inclinó sobre la pieza.
—Lo vi en una moneda rota, en el sur.
—¿Qué decía?
—Nada legible. Solo recuerdo la marca.
Jarben cerró los ojos un instante.
—Nair.
La palabra quedó suspendida en el aire tibio del carro. Danna la repitió en un susurro, como si probara su sonido.
—Nair.
Azniel apretó los labios.
—No lo escribas aún.
Jarben lo miró de frente.
—Ya existe. Escribirlo no lo crea.
Azniel guardó la tablilla en la caja.
—Y sin embargo, le da forma.
—El Primer Hijo, el mismo que yace bajo la Montaña Roca Roja, al que temen los nómadas.
Un golpe en la lona interrumpió el momento. Rayhem asomó la cara; el ratón blanco se movió en su zurrón antes de que él dejara caer la capucha y buscara a Jarben con la mirada.
—Os he oído discutir desde fuera. ¿Qué habéis encontrado?
Jarben señaló la caja cerrada.
—Un tercer rastro.
Rayhem subió, saludó sin palabras a cada uno, se acercó y Danna le tendió el pliego. Lo leyó en silencio; luego, sus dedos temblaron.
Los cuatro guardaron silencio.
—Esto no lo habíamos visto antes —dijo Rayhem.
—Porque no queríamos verlo —corrigió Jarben.
Rayhem alzó la mirada.
—¿Qué piensas, Jarben? —preguntó el embajador.
—Bel-Hur y Kudram son dos voluntades enfrentadas, creadas a partir del mismo ser, Ath-Bel, el Nombre Original, y parece que después alguien las reunió una vez más.
—Eso es imposible —dijo Azniel.
—O ya ocurrió —respondió Jarben.
—¿Ath-Bel? —preguntó Azniel sin recibir respuesta.
—Los nómadas no levantan templos —intervino Danna con la lámpara entre ambos—. No juran por ninguno de los dos.
Rayhem asintió despacio.
—Y aun así, sobreviven.
Jarben señaló el pliego.
—Porque siguen a otro.
Rayhem cerró los ojos un instante.
—Si esto es cierto, cambia todo lo que conocemos.
—No cambia lo que es —replicó Jarben—. Cambia lo que vemos.
Rayhem dejó el pliego sobre la mesa.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó el embajador.
—Nair.
El ratón asomó la cabeza y olfateó el aire. Rayhem lo acarició sin apartar la vista de Jarben.
—No pronuncies su nombre fuera de este carro.
—Siempre tan prudente —respondió Jarben con media sonrisa.
Rayhem se sentó frente a él.
—No es prudencia Jarben, esto es algo que cambia todo lo que conocemos sobre nuestra fe.
Jarben inclinó la cabeza.
—Hoy he abierto la puerta al más allá —confesó Rayhem, y apoyó los codos en las rodillas.
—¿Por qué? —preguntó Danna tensando los hombros.
—No lo sé. Algo me atrajo a hacerlo. Fue solo un instante.
Jarben clavó los ojos en él.
—Había más voces y me confesaron secretos —siguió Rayhem, que tragó saliva.
Todos se quedaron callados.
—Ath-Bel, el origen antes de Bel-Hur y Kudram —continuó.
—¿Y si quisieron engañarte? —preguntó Jarben.
—Es posible, pero todo esto corrobora nuestras sospechas —corrigió Rayhem.
—Bel-Hur y Kudram fueron uno, llamado Ath-Bel, el Nombre Original —susurró Danna—, y después de separarse tuvieron un hijo llamado Nair, que duerme bajo Montaña Roja…
Rayhem soltó una risa nerviosa.
—No tenía que haber mirado en el más allá —murmuró, sintiéndose culpable. Jarben se inclinó hacia él.
—¿Recuerdas la teoría que mantenía Maltherion?
Rayhem alzó la vista recordando al hechicero que conocieron camino a Tyrio.
—«El don no es un río. Es un pozo. Cada cuerda que bajas deja marca» —recitó Rayhem de memoria.
—«Bebe solo cuando la sed te mate, y no mires el fondo» —completó Jarben.
Rayhem asintió.
—Ignoré por completo sus palabras.
Fuera, el campamento siguió con su murmullo lejano, ajeno al peso que crecía dentro del carro. Jarben se incorporó despacio.
—Deberíamos hacer caso a Maltherion y limitar el uso de los dones de los dioses —sentenció el sepulturero.
Rayhem apretó el puño.
—¿Es prudente dirigirnos al lugar que puede hacer tambalear los cimientos de nuestra fe? —preguntó Azniel.
Rayhem recogió su capa verde dispuesto a salir.
—¿A dónde vas? —preguntó Jarben.
—Tenemos que contarle todo esto a Anara —respondió el embajador, listo para irse. El ratón se escondió en el zurrón. Apartó la lona y el viento nocturno entró en el carro. Se detuvo antes de salir y se despidió con un gesto. Jarben se quedó quieto junto a Azniel mientras Danna recogía los pliegos.
—Deberíais descansar —dijo ella.
Azniel se acercó a la mesa y apoyó la mano sobre la caja de los textos apartados.
—Me parece que lo de descansar va a tener que esperar.