40 Los guardianes de la Costa Perdida #3
El navío senicio se mantenía firme, más alto, más ancho, con líneas limpias y disciplina férrea. Sus marineros se movían sin gritar, nunca dudaban. Cada orden encontraba siempre manos preparadas y dispuestas.
—Nos van a aplastar —gruñó Dargan desde el timón, sin apartar los ojos del frente—. Ese barco pesa mucho, tiene demasiado hierro.
El timón vibró bajo sus manos. El mar empujaba en direcciones que no obedecían al viento.
—No es el viento —murmuró—. No es el maldito viento…
El agua a estribor se hundió de pronto. Un círculo oscuro se abrió y el Desgarrador escoró hacia él. La cubierta se inclinó, los barriles rodaron, un hombre cayó de rodillas y se agarró a una cuerda.
Lysa bajó la vista un instante.
El hueco giraba. Era un Abisal Susurrante, el último que quedaba. Había permanecido oculto hasta aparecer por sorpresa. El remolino consciente giraba con un pulso lento y en su centro el agua parecía negra, sin reflejo, sin fondo… y dentro… algo se movía.
—¡A babor! —gritó la vigía—. ¡A babor, Dargan!
—¡Ya lo veo! —escupió él y giró el timón con todo el peso de su cuerpo.
El barco respondió tarde, el agua no quería soltarlo. Otro remolino apareció más allá, y luego otro. Habían vuelto, no eran muchos, pero se colocaban en línea, cerrando el paso.
Las voces subieron. Eran susurros en frases cortas, nombres, órdenes incompletas. Uno de los marineros dejó caer su sable.
—Es mi madre… —murmuró—. Me llama…
Nairé apareció a su lado, sigilosa como un gato, y le golpeó el rostro con el dorso de la mano. El hombre parpadeó, cayó de espaldas, respiró hondo y volvió a agarrar la cuerda.
Ella no miró atrás. Señaló a otros dos con un gesto seco y los empujó hacia sus puestos.
El orden volvió en torno a ella, pero el caos seguía en el agua.
—¡Esto no es normal! —gruñó Dargan—. ¡Nos están metiendo en la boca de algo!
Una nueva descarga cayó desde La Garra de Tyrio. Esta vez no buscaban el casco. Apuntaban a los hombres.
Un arpón senicio, más fino y rápido, atravesó el pecho de un marinero del Desgarrador.
Lo levantó medio cuerpo y lo arrastró hasta la borda antes de soltarse.
El hombre cayó al agua y desapareció en el remolino más cercano sin un solo grito, no le dio tiempo, y salió hecho picadillo, como escupido en pedazos rojos.
Harok apretó los dientes.
—¡Capitán! —rugió—. ¡O haces algo, o nos comen!
Gorham no respondió; estaba en la borda, con la mano apoyada en la madera y los ojos clavados en el mar. Las cicatrices de su brazo brillaban con un pulso tenue, algo parecía respirar bajo su piel.
El agua bajo él se tensó igual que una cuerda antes de romperse.
Entonces, las voces cambiaron.
Ya no lanzaban nombres al azar. Se ordenaron y se juntaron todas en un murmullo que rodeó al capitán.
Dargan lo vio de reojo.
—No… —dijo entre dientes—. Otra vez no…
Gorham cerró la mano y el mar respondió.
Primero fue solo una línea, una cresta larga que cruzó entre ambos barcos. Luego, esa línea se alzó, lenta, pesada, hasta formar un muro de agua oscura.
Las catapultas senicias dispararon. Las piedras chocaron contra la muralla líquida y se hundieron sin romperla.
Un segundo muro se levantó a estribor y un tercero a popa. El Desgarrador quedó encerrado en un círculo de agua que respiraba.
Harok soltó una carcajada.
—¡Eso sí lo entiendo! —gritó—. ¡Eso sí!
—¡No te emociones! —escupió Dargan—. ¡Esto no es un juego!
El mar bajo el barco enemigo se agitó salvajemente; algo lo empujaba desde abajo.
El casco del barco senicio se elevó un palmo y volvió a caer con un golpe seco. Las líneas se desordenaron y un grupo de arqueros perdió el equilibrio.
Sus sombras aparecieron primero. Luego, sus lomos oscuros, que cortaron la superficie. Eran criaturas largas, con cuerpos flexibles y placas duras en el lomo. Sus bocas se abrieron al salir, y dentro no había lengua ni carne blanda, solo hileras de dientes que chispeaban con una luz azul.
Los Fulmadragos, serpientes del Mar de las Voces que aparecían atraídas por la sangre y la magia, capaces de generar descargas eléctricas en el agua que las rodeaba.
Siempre se movían en grupos pequeños y coordinados, y atacaban desde abajo, golpeando cascos y presas con embestidas rápidas.
Sus mordiscos no solo desgarraban; quemaban la carne desde dentro.
Uno de ellos chocó contra el casco senicio.
El impacto sonó a madera rota. Una chispa azul recorrió la superficie del agua y dos marineros cayeron de rodillas, rígidos, antes de desplomarse electrocutados.
—¡Por los dioses! —escupió alguien en cubierta.
Harok alzó el brazo.
—¡Apuntad a donde muerden! —rugió—. ¡Aprovechad sus ataques!
Los arpones del Desgarrador volaron otra vez. Esta vez no buscaban solo madera, iban detrás del punto que el mar había señalado. Uno se clavó bajo la línea de flotación enemiga. Otro arrancó parte de una barandilla. El tercero falló y se perdió en el agua.
Gorham, con la mirada oscura, dio un paso adelante.
—Ahora —ordenó con una voz que no parecía la suya.
Dargan sintió el tirón en el timón.
—Maldito seas —murmuró al barco—. Aguanta, viejo… aguanta…
El Desgarrador se lanzó hacia delante empujado por una corriente que no venía del viento y fue directo hacia el enemigo y el centro del caos.
Las murallas de agua se abrieron a su paso y las Voces subieron, y por un instante todos en cubierta supieron que ya no era solamente una lucha de hombres contra hombres.