40 Los guardianes de la Costa Perdida #2
—Capitán —gritó desde su puesto de vigía—. El agua no está bien.
Dargan soltó una risa seca.
—El agua nunca está bien en esta maldita costa.
Pero entonces lo sintió. El timón vibró bajo sus manos. No fue una ola ni una corriente normal, fue un tirón hacia abajo.
Dargan clavó los pies.
—¿Qué demonios…?
El Desgarrador se inclinó un grado y luego otro. Nairé abrió la mano en señal de alerta. La tripulación se agarró a lo que pudo.
El mar habló.
Nada de un sonido claro, fue un susurro arrastrado entre las tablas, entre las cuerdas, entre los huesos.
Dijo sus nombres, uno tras otro.
—Lysa…
La vigía beluria tensó el cuerpo y miró abajo.
—¿Quién ha dicho eso?
Nadie respondió.
Otro nombre.
—Dargan…
El timonel escupió.
—Que se ahogue quien sea.
Y agarró el timón con más fuerza.
El agua se hundió en un punto a estribor, primero despacio y luego más rápido. Un círculo oscuro apareció en la superficie. No tenía espuma ni emitía ruido. El borde giró sobre sí mismo, pero no levantó ola alguna, solo abrió un vacío y ese vacío los miró.
Gorham los reconoció sin saber de dónde venía ese conocimiento, pero lo tuvo claro en cuanto los vio.
Eran remolinos del Mar de las Voces: los Abisales Susurrantes.
Parecían corrientes, pero eran heridas abiertas en el agua.
Giraban sin espuma, con bordes lisos que subían y bajaban con un pulso propio.
En su interior, la oscuridad no devolvía la luz.
Susurraban nombres, recuerdos, culpas. Llamaban con promesas o con miedo, y cuando respondías, el mar te tragaba sin dejar rastro.
Lysa dejó de respirar un instante.
—Capitán…
Gorham ya lo había visto.
—A babor —ordenó.
Dargan no se movió.
—Eso nos mete directamente en su línea de fuego.
—A babor —repitió Gorham.
El timonel gruñó y maldijo en jersa, pero obedeció. El Desgarrador giró forzado mientras varios de esos círculos se abrían más allá. El mar se llenó de ojos y el navío senicio no redujo la velocidad.
—Avanzan —dijo Lysa desde arriba—. No ven el peligro… o no les importa.
Un oficial senicio gritó órdenes desde la distancia. Sus hombres ajustaron las catapultas.
Otro disparo y otra lluvia de hierro.
Uno de los proyectiles cayó cerca de un remolino. La piedra tocó el borde oscuro y desapareció sin salpicar. La superficie se cerró sobre ella sin hacer ruido. Al verlo, un murmullo recorrió ambas cubiertas.
Nairé hizo un gesto seco con su espada, rasgando el aire en dos. Todos sabían cuál era la orden: ¡Arpones!
Los hombres del Desgarrador respondieron. Los arpones con cable salieron disparados hacia el navío enemigo, buscando enganchar su casco.
Uno se clavó y la cuerda se tensó.
—¡Lo tenemos! —gritó un marinero.
No duró demasiado. Desde la cubierta senicia, una hoja curva cayó con fuerza. No podía ser una espada, era una herramienta, un cortacables, y la cuerda se partió con un chasquido limpio.
—Disciplina —murmuró Dargan—. Maldita disciplina.
Otro remolino se abrió entre ambos barcos. Este estaba más cerca, demasiado y el Desgarrador lo rozó por el borde de babor. Nairé sintió el impulso en las piernas. El agua tiró hacia abajo, hacia un punto que no existía en la superficie.
Un marinero perdió el equilibrio. Gritó, cayó de rodillas y luego se desplomó por la borda. No llegó a tocar el agua. El remolino negro lo tragó sin hacer ruido, sin un golpe, sin una salpicadura. Solo quedó el hueco donde había estado.
El mar se cerró.
Unos segundos después, algo subió desde el centro oscuro.
Primero un jirón de tela, después un brazo que no conservaba su forma original; luego, el resto.
El cuerpo salió despedazado, giró en el aire y golpeó la superficie del mar con un sonido hueco.
No flotó. Se hundió en seguida, arrastrado hacia abajo por la misma boca que lo había escupido.
El remolino siguió girando, lento e intacto.
El silencio cayó como un jarro de agua fría y luego alguien vomitó.
Jorvan se inclinó y vio el charco de sangre sobre el mar.
—Interesante —susurró.
Gorham no apartó la vista del mar.
—Nos están guiando —dijo.
Dargan giró la cabeza.
—¿Quiénes?
Gorham no respondió.
Otro susurro cruzó el barco, esta vez más claro, más cercano.
—Gorham…
Nairé vio los ojos del capitán. Durante un instante, dejaron de ser humanos. Eran oscuros y sin fondo. Algo miraba desde su interior y el mar respondió.
Los remolinos se desplazaron, no al azar, se abrieron en línea, cortando la trayectoria del navío senicio.
El oficial enemigo gritó nuevas órdenes, pero sus hombres dudaron por primera vez y la formación se rompió, no estaban preparados para remolinos inteligentes y hambrientos.
Dargan apretó el timón hasta que le dolieron las manos.
—Dime que esto es cosa tuya —gruñó.
Gorham, a su lado, no lo miró.
—Aún no.
El Desgarrador se deslizó entre dos de esos círculos oscuros. Las velas crujieron y la madera vibró, pero el barco no cayó.
El navío senicio intentó corregir el rumbo, pero reaccionó tarde.
Uno de los remolinos se abrió bajo su costado.
El casco, enorme, cedió apenas un grado; intentó enderezarse, pero la madera respondió con un crujido largo, un lamento profundo que recorrió toda la quilla.
No se abrió del todo, pero algo había cedido ahí abajo, fuera de la vista.
Gorham sintió el cambio antes de verlo. La madera vibraba bajo sus botas y el aire olía a sal. Levantó la mirada y miró los remolinos negros que giraban con voluntad propia.
—No —dijo en voz baja, negando con la cabeza.
El casco del navío senicio se inclinaba con cada oleaje, y los remolinos, que habían dejado su formación, giraban a su alrededor, acercándose con paciencia, midiendo la distancia y la fuerza.
Cada giro parecía un ojo que observaba, evaluaba y calculaba.
No era solo un peligro para el enemigo; su propia maniobra quedaba comprometida.
El timonel demasiado confiado podía perder el control, un giro mal calculado y el barco desaparecería sin más.
Gorham tensó la mandíbula. Su experiencia le decía que los Abisales Susurrantes no eran solo corrientes. Las había sentido antes, pero no así, no con tanta concentración ni hambre. Recordó los nombres que susurraban en la cubierta: antiguos capitanes, marinos caídos, secretos de la marea.
—Si nos descuidamos —musitó— esto nos devorará igual que a ellos.
Sintió la vibración bajo el pie, y supo que debía actuar antes de que cualquier maniobra fuera inútil. No solo un enemigo estaba en juego: su barco, sus hombres, su ruta… Valcara, todo dependía de controlar aquello que parecía imposible de contener.
Gorham dio un paso al frente y clavó los pies en cubierta. El ruido de la batalla quedó atrás, ahogado bajo un pulso más hondo que subía desde el casco. Alzó las manos despacio, con los dedos abiertos hacia el mar.
Las cicatrices de su espalda despertaron.
La luz se filtró bajo la piel y recorrió los trazos antiguos, línea tras línea, hasta prender en un brillo frío que no venía del sol ni del fuego.
Cerró los ojos. Cuando los abrió un instante después, no quedaba rastro de blanco en ellos.
Solo un negro denso, profundo, un reflejo sin luz.
El viento cayó.
—Quietos —murmuró, y no quedó claro a quién hablaba.
El agua respondió.
Los remolinos vibraron. Su giro perdió ritmo, luego fuerza. Las superficies lisas temblaron como si algo los sujetara desde abajo. Un susurro cruzó la cubierta, nombres que nadie quiso reconocer.
Gorham tensó los brazos. Sus músculos se marcaron bajo la ropa húmeda y la luz de las runas ardió con más fuerza.
—Basta.
El mar obedeció.
Uno a uno, los Abisales Susurrantes se cerraron sobre sí mismos.
El giro se plegó hacia dentro, la oscuridad se contrajo y lo que habían sido bocas se convirtió en unas líneas, y las líneas, en nada.
El agua volvió a su lugar con un golpe seco, pesado; parecía que el océano respirara tras contener el aliento demasiado tiempo.
El silencio cayó de golpe.
Gorham bajó las manos despacio. La luz de su piel se apagó poco a poco, hasta dejar solo sus viejas cicatrices.
El mar quedó en calma.
Lysa lo veía todo desde arriba y no quitaba ojo al barco enemigo.
—Capitán —gritó—. ¡Van a lanzar fuego!
El mar seguía hablando. Cada vez más alto y claro, y no parecía satisfecho.
Nairé apretó las espadas.
Esto ya no era solo un combate naval, era una trampa, y no estaba claro quién había tendido la red.
El impacto llegó sin avisar.
Una piedra incendiada cruzó el aire con un silbido progresivo y estalló contra la borda del Desgarrador. La madera crujió, saltaron astillas y el fuego prendió en una cuerda enrollada junto a los arpones.
—¡Agua! —rugió Harok, el maestro arponero, ya en acción.
Dos hombres volcaron un barril, pero otra descarga llegó desde el navío senicio. Las catapultas de La Garra de Tyrio no fallaban. Cada disparo buscaba un punto vital: velas, cabrestantes, hombres.
El mar, hasta entonces inquieto, empezó a levantarse en oleadas cortas. No eran olas limpias. Subían encorvadas, con un pulso irregular, y al caer dejaban un murmullo diferente al sonido del agua.
El agua seguía susurrando nombres.
Lysa, en lo alto del mástil, apretó los dientes con todas sus fuerzas. El viento le golpeaba el pañuelo contra la cara, pero no apartó la vista del enemigo.
—¡Preparan cadenas! —gritó—. ¡Van a cortar los arpones!
Bajo la cubierta, Harok ya lo había visto. Tres proyectiles salieron del navío senicio: discos de hierro unidos por cadenas gruesas, giraban en el aire y zumbaban con un tono grave.
—¡Suelta! —ordenó y golpeó el cabrestante con el puño.
Los arpones del Desgarrador se tensaron, las cuerdas metálicas crujieron y uno de los discos chocó contra ellas. El golpe levantó chispas y partió un cable en dos. El arpón perdido cayó al agua con un tirón brusco y arrastró a un marinero.
—¡Malditos perros senicios! —escupió Harok y señaló al frente—. ¡Otra tanda! ¡Quiero ese casco agujereado!
Las ballestas gigantes respondieron. Flechas gruesas, empapadas en aceite, volaron en arco y golpearon la cubierta enemiga. Una prendió cerca de la base del mástil y otra rebotó contra un escudo.
Pero no bastaba.