40 Los guardianes de la Costa Perdida
El amanecer llegó cubierto de niebla. La luz se filtró gris sobre el mar y dejó la superficie sin brillo, plana, sin rastro de viento. El Desgarrador avanzaba despacio, con las velas tensas, cortando el agua en silencio.
Nairé estaba en cubierta antes que el resto. Descalza, con las plantas de los pies firmes sobre la madera húmeda, recorría el perímetro del barco con la mirada. Sus dedos rozaban el pomo de una de sus espadas a cada paso, siempre en el mismo punto, siempre con el mismo gesto.
Nunca emitía voz alguna, pero su cuerpo hablaba por ella, y esa mañana, algo en su postura era diferente.
El mar no olía igual.
No era la sal, ni el fondo oscuro que ya conocía.
Sentía electricidad en el aire, era algo ajeno, algo que no pertenecía a las rutas muertas por las que navegaban.
Se detuvo en la proa. El mascarón, la mujer de madera con la boca abierta, parecía mirar en la misma dirección que ella.
Las grietas de su rostro dibujaban signos antiguos que la tripulación evitaba tocar.
Nairé apoyó dos dedos sobre uno de ellos.
La madera estaba fría. Luego alzó la vista.
Al principio era solo una línea. Una mancha más oscura en el horizonte, recta, demasiado recta para ser una ola o una nube.
Nairé no se movió y contó respiraciones: Una, dos, tres…
La línea creció.
Un mástil, luego otro y luego tres más. Su mano dejó el pomo y trazó un gesto corto en el aire.
Dos marineros cercanos se giraron al instante y siguieron su mirada.
El más joven frunció el ceño, pero no habló.
El otro ya corría hacia la popa. El rumor empezó contenido, como un cuchillo que se desliza suavemente fuera de la vaina.
—Barco a proa…
—No… no es un mercante…
—Por los dioses…
Nairé no apartó los ojos.
Ahora lo veía completo. Tenía el casco alto, la proa reforzada y cuatro veces el tamaño del Desgarrador. Las velas colgaban pesadas, marcadas con un símbolo oscuro que el viento apenas dejaba ver. Era un círculo abierto, atravesado por una lanza. Guardianes.
La palabra no necesitaba ser nombrada en voz alta. El mar se tensó y Gorham apareció a su espalda sin hacer ruido. Nadie lo vio llegar. Solo estaba allí, con los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte.
Nairé no se giró. El capitán dio un paso al frente hasta quedar a su lado. El viento no tocaba su capa y la tela caía recta.
—Tyrio —dijo en voz baja.
No era una pregunta, era una afirmación.
Lysa, la vigía, bajó de la cofa con las manos quemadas por la cuerda.
—¡Navío de guerra senicio! —gritó—. ¡Tiene los colores de la capital!
El murmullo del barco se rompió.
—¡La Garra de Tyrio! —gritó recogiendo el catalejo.
Algunos hombres buscaron sus armas. Otros miraron al mar, midieron las distancias y calcularon rutas que ya no existían.
Nairé levantó la mano y, con un solo gesto en silencio, la cubierta se ordenó en segundos. Espaldas rectas, ojos al frente; el miedo no desapareció, pero se apartó donde no molestaba.
Gorham la observó de reojo.
—Mantenlos así —dijo.
Ella asintió.
El barco enemigo avanzaba despacio. No necesitaba más velocidad, su tamaño bastaba y su presencia llenaba el horizonte.
Entonces llegó el sonido, un golpe seco y luego otro. Metal contra madera. No era ruido de remos, ni de velas.
—Ballestas de cubierta —murmuró uno de los artilleros del Desgarrador, con la voz encogida.
Nairé giró la cabeza.
En la distancia, sobre la cubierta del navío senicio, se alzaban varias estructuras pesadas, unos arcos gigantes montados sobre bases giratorias.
Había hombres alineados tras ellas, quietos, con la disciplina de soldados entrenados para matar en silencio.
No eran piratas ni viajeros improvisados; eran cazadores.
Jorvan apareció desde la escotilla, directo de su cocina. Iba con el delantal manchado y un cuchillo en la mano. Se limpió los dedos en un paño mugriento que colgaba de su cinturón y entrecerró los ojos hacia el horizonte.
Su tic saltó una vez.
—Carne cara —murmuró—. Y bien armada.
Nairé lo miró un instante.
El jersa sonrió ansioso.
—¿Los abordamos o nos abordan ellos? —preguntó, sin dirigirse a nadie en concreto.
El capitán Gorham no respondió. Avanzó hasta la borda y apoyó una mano sobre la madera. Bajo sus dedos, el mar cambió.
Nairé lo vio, aunque no fue un movimiento visible. No fue una ola, sino algo más sutil. Una vibración en la superficie, una presión que subía desde abajo, donde el agua parecía contener la respiración.
Gorham inclinó la cabeza y escuchó. Siempre escuchaba. El viento no soplaba, pero las velas del Desgarrador se tensaron un poco más. Las horizontales crujieron, forzadas en un ángulo que ningún otro barco podía sostener.
Dargan, el timonel, tragó saliva.
—Capitán…
Gorham levantó dos dedos.
—Giro leve a estribor —murmuró Gorham.
El barco obedeció, pero no por la maniobra del timonel. No giró como un navío normal, lo hizo sin perder velocidad. Se deslizó cortando el agua en diagonal con un movimiento que no encajaba con la quietud del mar.
En la distancia, el navío senicio respondió. Una bandera cayó y otra subió. Eran señales de formación.
—¡Nos han visto! —gritó Lysa encaramada a un cabo a media vela.
—Ya nos esperaban —corrigió Gorham.
Nairé sintió el cambio en la cubierta. No fue ningún ruido, sino un pulso compartido. La tripulación entera tensó los músculos al mismo tiempo.
La caza había comenzado.
El primer proyectil cruzó el aire con un silbido grave.
Nairé lo vio antes de que nadie gritara.
Era un virote grueso, negro, con cabeza de hierro.
La segunda de a bordo levantó la mano y dos hombres reaccionaron.
El impacto sacudió la borda. La madera se abrió mientras volaban astillas.
Uno de los marineros cayó hacia atrás con el hombro roto. El silencio duró un instante.
Luego estalló todo.
—¡A cubierto!
—¡Arpones listos!
—¡Cargad las ballestas!
Nairé comenzó a moverse.
Se deslizó entre los hombres, corrigió posiciones con golpes secos en brazos y hombros, apartó a un herido de la línea de tiro y empujó a otro hacia su puesto sin mirarlo siquiera.
Su acero salió de la vaina, no para atacar, sino para ordenar.
La hoja golpeó la madera dos veces. Todo encajaba en un ritmo preciso, marcado por sus movimientos y por el lento compás de su respiración.
Gorham no se apartó de la borda. Otro virote pasó sobre su cabeza, pero ni siquiera se agachó. Sus ojos no estaban en el barco enemigo, miraban el agua y Nairé lo entendió. No iba a huir, no iba a esquivar, iba a entrar en batalla.
El navío senicio avanzaba, enorme, seguro, con sus armas cargadas y su formación intacta. Los guardianes de la Costa Perdida no dejaban cabos sueltos.
Gorham apoyó la otra mano sobre la madera y el mar volvió a responder. Esta vez, Nairé lo sintió en los pies. Fue un temblor leve, profundo, uno que no venía del impacto ni del viento, sino de abajo.
La segunda andanada salió del barco enemigo. Más virotes, esta vez más rápidos y más cerca.
Nairé giró sobre sí misma, levantó la espada y desvió uno en el último instante. El hierro chirrió contra el acero y se perdió en el mar. Cuando volvió a mirar al frente, vio la distancia real. El enemigo ya no estaba en el horizonte. El combate era inevitable y en el rostro de Gorham no había duda.
Solo una dirección: al este, siempre al este. Aunque el enemigo cerrara el paso. Aunque el mar empezara a hablar más alto que nunca.
Bajo la superficie, algo se movió. No parecía una corriente, ni un banco de peces. Era demasiado grande.
Nairé apretó los dedos sobre la empuñadura. El combate aún no había empezado de verdad y puede que no fuera contra un solo enemigo.
Un virote del segundo ataque aún vibraba clavado en la borda cuando el Desgarrador respondió.
—¡Fuego! —ordenó Gorham.
La cubierta estalló en movimiento. Las ballestas pesadas giraron sobre sus ejes con un crujido seco.
Lysa, la vigía, estaba en lo alto del palo mayor y ya había tensado la cuerda antes de que el capitán hubiera terminado de dar la orden.
El viento no soplaba, pero su cabello rubio oscuro se movió.
Miró al navío senicio, desde ahí arriba lo veía todo.
Las filas de soldados, las máquinas de guerra alineadas, los escudos preparados para cubrir los puntos débiles.
Vio que Nairé levantaba el brazo para marcar el ritmo de disparo.
Lysa, con su ballesta cargada, esperó y en cuanto la segunda bajó la mano, su virote salió el primero desde arriba.
Abajo, el resto lo siguió.
Una lluvia de flechas de puntas de hierro cruzó el aire. Los proyectiles del Desgarrador no eran todos limpios. Algunos llevaban tela empapada en brea, otros las cabezas abiertas para enganchar madera o carne.
Varios impactaron en la cubierta enemiga. Otros golpearon un escudo y lo partieron. Una tercera bandada se clavó en una de las estructuras de una ballesta y la dejó torcida.
Pero el navío senicio no dudó y la respuesta llegó con un golpe grave.
Esta vez no eran virotes, sino piedras.
Las catapultas soltaron su carga con un rugido sordo. Bloques de hierro y roca, envueltos en aceite, cruzaron el cielo y cayeron sobre el Desgarrador con un estruendo que sacudió hasta el mástil.
La cubierta tembló.
Uno de los impactos abrió la madera cerca de la proa, otro arrancó un arpón entero de su anclaje y el tercero cayó en cubierta, rebotó una vez y dejó a un hombre aplastado contra la borda.
Jorvan observó el cuerpo sin apartarse.
Su tic saltó.
—Qué desperdicio —murmuró, y se agachó para recuperar el cuchillo que había salido despedido.
Nairé pasó junto a él sin detenerse y golpeó con la parte plana de la espada el hombro de un marinero que había quedado paralizado. El hombre reaccionó y volvió a su puesto.
El ritmo no podía pararse, ahora no.
Dargan escupió a un lado y apretó el timón.
—No vamos a aguantar esto de frente —gruñó—. Nos partirán en dos.
Gorham no miró el daño.
—No vamos a ir de frente.
El timonel apretó los dientes.
—Entonces, dime por dónde.
Gorham no respondió aún. Miró el agua. Siempre el agua. El mar ya no estaba quieto. Ondas largas cruzaban la superficie sin viento que las guiara. Corrientes que nacían y morían en segundos. Reflejos que no correspondían al cielo.
Lysa lo vio desde arriba.