Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 39 Lo que volvió
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39 Lo que volvió

El capullo latió una vez. El sonido fue tan débil que el vigilante pensó que lo había imaginado. Permanecía sentado junto a la entrada de la tienda, con la espalda apoyada en un poste y la espada corta sobre las rodillas.

Entonces, el capullo volvió a moverse. La superficie negra se tensó desde dentro y una ondulación recorrió la masa oscura y viscosa.

Algo empujó bajo la membrana sin llegar a romperla.

Después apareció una punta afilada, una garra negra y escamosa, y la membrana se abrió en una grieta estrecha y palpitante.

El vigilante se incorporó de golpe.

—¿Qué…?

La garra se clavó en el tejido del capullo y tiró con fuerza. La membrana cedió con un desgarro húmedo. Un olor extraño llenó la tienda. No era sangre ni podredumbre. Recordaba a tierra mojada después de una tormenta mezclada con algo antiguo, algo que no debería existir.

La abertura se ensanchó y apareció un rostro cubierto por una sustancia grisácea.

Edoz.

Sus ojos permanecieron cerrados durante un instante. Después, respiró. El aire entró en sus pulmones de golpe. El pecho se alzó una vez y luego otra. Cada bocanada sonó áspera.

La sustancia resbaló por su cara y cayó al suelo en hilos espesos.

Movió los dedos de la mano izquierda, después el brazo y luego el derecho. Las garras negras asomaron un instante y volvieron a recogerse bajo la piel. Edoz giró el cuello hasta que las vértebras crujieron.

—Bien —murmuró con una sonrisa cansada—. Ya estoy aquí después de una larga siesta.

Abrió los ojos.

El vigilante seguía inmóvil frente a él. La mano descansaba sobre la empuñadura de la espada.

—No te acerques —dijo el hombre con voz temblorosa.

Edoz observó la tienda, las telas, las armas apoyadas junto a un arcón y la luz gris que se filtraba por las costuras de la lona.

—Tranquilo…

El brazo negro salió disparado. Ni siquiera pareció moverse. Un instante antes había estado junto al capullo y al siguiente sujetaba al vigilante por el cuello. Lo levantó del suelo y el hombre pataleó en el aire. La espada cayó entre el barro y las pieles.

—Vamos a hacerlo fácil —dijo Edoz mientras lo observaba—. ¿Dónde estoy?

El vigilante intentó responder pero no pudo.

Edoz aflojó la presión.

—La… tienda… de Sairah…

Edoz inclinó la cabeza.

—La guía de los Sin Dios.

El hombre asintió con dificultad.

El brazo demoníaco permaneció inmóvil unos segundos más. Edoz estudió su rostro y después lo soltó. El vigilante cayó de rodillas y comenzó a toser mientras se llevaba ambas manos al cuello.

Edoz ni siquiera volvió a mirarlo. Se sentó en el borde del capullo abierto. La sustancia gris resbaló por su espalda desnuda y cayó al suelo formando pequeños charcos oscuros.

Observó primero su mano humana. Luego la otra. Abrió y cerró la garra. Las escamas reflejaron la poca luz que había dentro de la tienda.

—Aquí también funciona —susurró—. Y sin voces del infierno.

Una sonrisa apareció en su rostro y se puso en pie. Esperaba dolor, rigidez, debilidad, pero no encontró nada de eso. Su cuerpo respondió al instante. Era ligero, rápido y más fuerte de lo que recordaba.

Dio un paso, luego otro. El vigilante retrocedió por el suelo.

—No voy a hacerte daño —prometió Edoz sin mirarlo—. Hoy no.

El hombre tragó saliva, recogió su espada y la sujetó con ambas manos. Edoz llegó hasta la lona de entrada, rozó la tela con la garra y la abrió. La luz del día entró de golpe y tuvo que entrecerrar los ojos.

—Huele distinto…

Salió al exterior.

El campamento de los Sin Dios se extendía ante él. Había barro rojo en el suelo, tiendas húmedas y humo que subía desde algunos braseros. Hombres y mujeres que caminaban entre carros y animales. Durante unos segundos nadie reaccionó, hasta que alguien lo reconoció.

El murmullo comenzó en un extremo del campamento y se propagó entre las filas de tiendas.

Algunos lo miraron, otros no, pero el murmullo empezó a crecer. Edoz lo ignoró y alzó la vista. Buscaba a alguien.

—Así que has vuelto…

Se detuvo. Aquella voz arrancó un recuerdo que ni la muerte había conseguido borrar y sonrió antes de girarse.

—Depende…

La buscó con la mirada y la encontró a pocos pasos, empapada por la lluvia reciente. Con la vara de mando apoyada contra el hombro. Más delgada y cansada que la última vez que la había visto, pero seguía allí.

—¿Me has echado de menos? —preguntó él.

Sairah lo observó en silencio. Sus ojos recorrieron su pecho desnudo, las cicatrices desaparecidas y la garra negra que tenía en lugar del brazo izquierdo.

Durante un instante pareció incapaz de hablar, pero entonces avanzó. Dio un paso, luego otro y antes de que Edoz pudiera añadir nada, se lanzó contra él y lo abrazó con tanta fuerza que casi parecía enfadada.

Edoz tardó un segundo en reaccionar.

Después rodeó su espalda con el brazo humano y apartó la garra negra.

—Vaya… —murmuró con una sonrisa mientras apoyaba la barbilla sobre su cabeza—. Eso es un sí.