Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 38 Bajo la Montaña #3
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38 Bajo la Montaña #3

Se acercó, vio que no tenía sello y la cogió.

Los signos estaban bien trazados, demasiado bien, así que la leyó en silencio.

Cuando lo hizo, se le heló el estómago. Giró la tablilla y comprobó que no tenía ninguna marca.

Tenía que ser un error. Miró hacia la tienda, luego hacia la oscuridad donde habían ido los demás y apretó la pieza contra el pecho.

—Maestro… —susurró.

No obtuvo respuesta. El viento levantó un poco de arena y el aprendiz volvió a mirar la tablilla.

Había una línea final añadida al borde, casi fuera del espacio.

No seguía la forma del resto. La leyó y esta vez no dudó.

No hablaba de Bel-Hur, sino de algo anterior a él: Ath-Bel, padre primero… El Nombre Original.

El joven alzó la cabeza. Eso era una herejía.

Apretó la tablilla con más fuerza y una lámpara cercana se apagó de golpe.

El joven sintió que el aire ya no le llenaba los pulmones.

La tablilla pesaba más que antes, había absorbido la oscuridad de la noche.

Miró hacia la tienda, pero nadie salió. Se volvió hacia el lugar donde los sacerdotes enterraban los textos mal copiados.

Un montículo discreto, sin marcas, a unos pasos de las cajas recién llegadas.

—Es un error —se dijo en voz baja—. Solo eso.

Pero dudaba sobre qué hacer. Si la llevaba dentro, tendría que mostrarla. Si la mostraba, alguien la leería, y si alguien la leía…

Apretó la tablilla contra el pecho y avanzó con miedo. El suelo cedía bajo sus sandalias. Se arrodilló junto al montículo y comenzó a apartar tierra rojiza con las manos. La arena estaba fría y se le metió bajo las uñas.

—Perdóname —murmuró, sin saber a quién hablaba.

Con las manos doloridas, abrió un hueco lo suficientemente grande. Luego introdujo la tablilla en vertical y la cubrió deprisa. Alisó la superficie con las palmas, imitando el descuido de otros entierros.

Se quedó un momento allí, inclinado. A lo lejos, el campamento respiraba y sintió un latido extraño en la garganta. Se llevó la mano al cuello.

—No… —susurró.

El siguiente latido nunca llegó. Su corazón dejó de funcionar. Sus dedos se crisparon sobre la tierra húmeda. La frente cayó contra el montículo recién cubierto. Sus ojos quedaron abiertos, fijos en la oscuridad. El viento pasó sobre él, ya fulminado por la muerte.

Lo encontraron al amanecer.

—Está frío —dijo un sacerdote del Templo mientras le palpaba el cuello con la mano.

—No tiene heridas —añadió el maestro escriba.

—Parece que se le ha parado el corazón —dictaminó uno de los veteranos sin convicción.

Lo levantaron con cuidado. Uno de ellos se fijó en el suelo donde había caído.

—Aquí es donde enterramos los errores.

—Otro más. Pero este error tiene forma de muchacho —respondió el otro, encogiéndose de hombros.

Se lo llevaron con cuidado.

El veterano de barba gris permaneció unos pasos atrás y dejó marchar a los demás con el cuerpo. Esperó y observó a derecha e izquierda para asegurarse de que no había nadie. Luego se agachó donde había yacido el cadáver y apartó la tierra con la punta de su cuchillo ritual.

La tablilla apareció enseguida. La limpió contra la túnica y la giró hacia la luz pálida del amanecer. Leyó la línea final y luego volvió al inicio. Sus labios se apretaron.

—Ath-Bel… —susurró.

Siguió leyendo. El Nombre Original no figuraba en ninguna copia autorizada.

No así, no unido a aquella frase. Tragó saliva.

No era un error. Miró hacia la tienda del consejo, luego hacia el extremo opuesto del campamento, donde las hogueras se encendían antes del alba.

Se guardó la tablilla bajo el manto y se dirigió raudo hacia la tienda oscura, evitando ser visto.

Torbu lo recibió sin ceremonia alguna.

—No tienes aspecto de venir a rezar.

El escriba veterano sacó la tablilla envuelta en tela.

—Esto no debía existir.

Torbu la cogió sin responder. La descubrió y sus ojos recorrieron los signos con rapidez. Una sonrisa lenta le torció la boca cuando leyó aquello.

—¿Quién más la ha visto?

—Nadie más… que esté con vida. Algo paró su corazón después de intentar deshacerse de ella.

Torbu dejó caer una pequeña bolsa de cuero en la mano del escriba. El peso del metal sonó a una cantidad considerable.

—Olvida todo esto.

El veterano dudó un instante.

—Algo paró su corazón…

—Así debía ser —le cortó Torbu.

Guardó la tablilla y se volvió hacia el interior del carro junto a la tienda de tela oscura. El Profeta estaba sentado junto al brasero con el grimorio cerrado sobre sus rodillas.

—Así que está manchada de sangre —susurró el Profeta a su fiel sirviente. Había escuchado la conversación con el escriba.

—Kudram provee, una vez más —respondió Torbu. Se inclinó y le entregó la pieza en silencio. El Profeta la sostuvo con ambas manos y la leyó despacio.

Sus ojos blancos se alzaron.

—Así es, Torbu. Kudram, el dios de la ruina y el caos, intercede para que las cosas sucedan como deben.

Pasó el pulgar por la línea final.

—El Nombre Original…

Sonrió. Abrió el grimorio y colocó la tablilla entre dos páginas marcadas. Luego cerró la cubierta con cuidado.

—Ahora sí —murmuró—. Parece que tenemos entre manos un pequeño tesoro.