Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 38 Bajo la Montaña #2
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38 Bajo la Montaña #2

—Si pago, que sea con siglos de silencio, con eras de olvido —continuó Rayhem, casi sin voz—. No conocerán mi nombre. No me recordarán. Solo habrá polvo y sombra, no aliento y vida.

Jarben dio un paso hacia él.

—Eso no son palabras de Bel-Hur.

Rayhem, con los ojos aún cerrados, pero más fuerte, no respondió y sus labios siguieron moviéndose.

—Ath-Bel, padre primero, no me des tu llama. Dame tu fuego. Que arda bajo mi lengua y que no me consuma.

Cuando terminó de hablar, el silencio pesó como una losa. Jarben no entendía algunas de las palabras, pero reconocía el precio que parecían esconder. Aquello no sonaba a plegaria, sonaba más a pacto antiguo.

La lámpara osciló.

Jarben estaba asustado. Rayhem abrió los ojos, pero no le miraba a él, sino a algo frente a él que no estaba allí.

—La puerta… —susurró Rayhem.

Jarben notó cómo el vello de sus brazos se erizaba.

—Rayhem, ¿qué ves?

El sacerdote alzó la mano, como si tocara una superficie invisible.

—… hacia su tumba.

El sonido del campamento se apagó hasta desaparecer, y entonces llegaron las voces. No venían desde fuera, sino desde el otro lado. Primero fue un murmullo y luego muchos más, superpuestos, lejanos y cercanos a la vez.

Rayhem apretó los dientes.

—No crucéis la puerta —murmuró.

Jarben se puso en pie de golpe.

—¡Cierra eso, Rayhem!

Las voces cambiaron. Una se distinguió entre todas, la más clara y próxima. Pronunció un nombre: Ath-Bel.

Rayhem palideció.

—No lo digas.

El símbolo del sol en su mano perdió brillo y la luz de la lámpara pareció retroceder. Jarben dio un paso hacia él.

—Rayhem.

El embajador vaciló y sus dedos temblaron.

—Nos ven —susurró, frunciendo el ceño con la mirada perdida—. Cada vez que abro, nos ven.

El murmullo se transformó en un roce persistente, como uñas que arañaban sobre madera.

—Rayhem, escúchame: ¡cierra la puerta! —ordenó Jarben muy nervioso.

Rayhem inspiró con dificultad. Sus hombros cayeron y la temperatura subió de golpe. La lámpara recuperó su luminosidad habitual y el sonido del campamento regresó: pasos, una risa lejana, el relincho de un caballo.

Rayhem cayó hacia atrás, apoyado en el arcón. El sudor le corría por la sien. Jarben se arrodilló frente a él.

—Te advertí que no lo usaras.

Rayhem intentó sonreír, pero no lo logró.

—Solo quería confirmarlo.

—¿El qué?

Rayhem tardó en responder.

—He hablado con los del otro lado y me han dicho que no es algo dormido.

—¿Quién es Ath-Bel? —preguntó Jarben—. Lo has llamado padre primero.

—Quizá sea el Nombre Original del que hablan los pueblos nómadas —respondió Rayhem, dudando.

Jarben le sostuvo la mirada.

—¿Qué es?

Rayhem tragó saliva.

—Es algo muy antiguo.

El ratón salió de nuevo y se posó sobre su pecho. Rayhem alzó los ojos hacia Jarben, agotado.

—Está esperándonos.

La tierra rojiza cedía bajo la pala.

El joven hundió el hierro otra vez, apartó un bloque compacto y dejó el hueco listo. A su lado, una caja de madera esperaba abierta. Dentro, varias tablillas de arcilla descansaban envueltas en tela oscura.

—Cava más hondo —ordenó el sacerdote veterano.

El aprendiz obedeció. El sudor le bajó por la nuca y se lo secó con la mano.

—Ahí basta.

El veterano dejó la caja a un lado y tomó una de las tablillas. La sostuvo un instante, como si pesara más de lo que debía.

—Léela.

El joven dudó.

—Maestro, está mal copiada.

—Léela.

El aprendiz acercó la tablilla a la luz de la lámpara. Las incisiones no seguían el patrón correcto. Los signos del sol estaban invertidos y una línea cruzaba por donde no debía.

—Bel-Hur… guía… el… — Se detuvo—. No encaja.

El veterano asintió.

—No encaja porque alguien lo escribió sin entenderlo.

Tomó la tablilla y la giró.

—Y lo que no se entiende, se deforma.

El joven tragó saliva.

—¿La destruimos?

El sacerdote negó con la cabeza.

—La palabra de Bel-Hur nunca se destruye. Por eso la enterramos.

Se agachó y colocó la tablilla en la caja. El aprendiz miró el hueco.

—¿Para qué guardarlo?

El veterano le miró a los ojos.

—Para no olvidar el error.

Cerró la caja con un crujido y entre ambos la bajaron al hoyo. Cayó con golpes secos hasta quedar inmóvil.

En el interior de la tienda, las filas de mesas ocupaban casi todo el espacio. Sobre ellas había rollos de pergaminos, láminas finas de metal y bloques de arcilla húmeda. Las lámparas daban luz a los rostros inclinados y olían a cera.

El joven se sentó en su lugar. Frente a él había una tablilla sin marcar.

A su derecha, una mujer mayor presionaba un punzón sobre la arcilla con precisión milimétrica. Cada signo quedaba idéntico al anterior. A su izquierda, un muchacho soplaba sobre la tinta fresca en un pergamino. El aprendiz alzó la vista.

—Maestro, ¿por qué usamos tres formas de guardar la palabra?

El veterano no dejó de trabajar.

—Porque cada una guarda algo distinto. —Señaló la arcilla—. La tablilla fija la palabra. No arde con facilidad y permanece. —Luego señaló el pergamino—. El rollo viaja de forma ligera. Es capaz de llevar la voz lejos. —Golpeó con el nudillo una lámina metálica—. Y esto… esto no se olvida.

El joven acercó la cara.

—¿Metal?

—Plata y cobre. En él escribimos las palabras que no deben cambiar.

El aprendiz bajó la voz.

—¿Las profecías?

El punzón del veterano se detuvo un instante.

—Algunas, sí.

Miró su tablilla.

—¿Y si me equivoco?

Por fin el sacerdote alzó la vista.

—Te equivocarás.

Los dedos del aprendiz se tensaron.

—Entonces, la enterrarán. Nunca debes dejar pasar un error.

Hundió el punzón en la arcilla y el primer signo salió torcido.

Se quedó quieto.

—Otra.

El veterano empujó una nueva tablilla hacia él.

—Empieza de nuevo.

Asintió y comenzó de nuevo, pero esta vez más despacio.

Cada trazo siguió al anterior con cuidado.

El silencio de la tienda no estaba vacío, sino lleno de pequeños sonidos: raspaduras, respiraciones, el roce de la tela.

El tiempo pasó sin que nadie lo nombrara.

—Ven.

El veterano lo llevó al fondo de la tienda. Allí, varias cajas abiertas mostraban tablillas marcadas con sellos.

El joven se inclinó sobre una.

—¿Estas cuáles son? —preguntó con curiosidad.

—Las correctas.

—¿Cómo se sabe?

El sacerdote señaló una esquina, donde había un sello en forma de sol.

—Tres manos revisan cada copia, y cada una pone su sello si está correcta. Los textos revisados por completo tienen tres sellos.

El aprendiz pasó el dedo por la marca.

—¿Y si las tres personas que lo revisan, fallan?

El veterano lo miró.

—Si lo detectamos, la tierra las recibe en su seno.

El joven apartó la mano pensativo.

—¿Ha pasado alguna vez?

El sacerdote no contestó y cerró la caja.

Un murmullo cruzó la tienda y alguien dejó caer un punzón.

—Otra vez.

El aprendiz giró la cabeza.

Un joven sacerdote sostenía un pergamino.

—No coincide.

—¿Con qué?

—Con la tablilla.

El veterano caminó hacia ellos.

—Lee.

El joven tragó saliva.

—«La luz nace del sacrificio y vuelve a él».

Se detuvo.

—Falta una línea.

El veterano tomó el pergamino y lo comparó con la tablilla. Sus ojos se afilaron.

—¿Quién ha copiado esto?

Nadie respondió. El aprendiz sintió cómo el aire se tensaba. El sacerdote veterano enrolló el pergamino.

—A la caja.

—Pero…

—A la caja.

El joven obedeció. Siguió con la mirada el recorrido del rollo hasta el fondo de la tienda. Otra caja cubierta por otra tela oscura y otra cosa que no debía leerse.

Ya de noche, el aprendiz salió un momento a tomar el aire. El campamento respiraba con lentitud. Algunas hogueras seguían vivas; otras ya hacía tiempo que eran ceniza.

Se apoyó en un poste y cerró los ojos. Las palabras aún le latían en los dedos.

—«Lo que no se entiende… se deforma» —recitó de memoria.

Abrió los ojos. A unos pasos, vio a dos sacerdotes cargar otra caja.

—¿Otra?

—Otra.

Pasaron junto a él sin detenerse. El aprendiz los siguió con la mirada hasta que se perdieron en la oscuridad. Entonces vio una tablilla apoyada contra un saco.