Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 38 Bajo la Montaña
84%

38 Bajo la Montaña

El carro crujió cuando Jarben apartó la lona. El olor a cuero húmedo y tinta lo envolvió. Dentro, los ataúdes abiertos dejaban ver tablillas marcadas, rollos atados con cuerda y láminas de metal grabadas con símbolos antiguos.

Azniel ya estaba inclinado sobre una de ellas, con la espalda encorvada y los dedos manchados de negro. Danna sostenía una lámpara con cuidado de que la llama no tocara el pergamino.

—Llegas tarde —murmuró Azniel sin alzar la vista.

Jarben se sentó. La pierna le respondió sin dolor. De aquella herida infringida por el Aurimath de los Ungidos de Kudram de Alonia ya solo quedaba una molestia tirante bajo la piel, sobre todo cuando se presagiaba lluvia, y una elegante cicatriz.

—He venido por mi propio pie, que ya es algo —se excusó Jarben con cara de cansancio.

Danna alzó sus grandes ojos un instante, lo recorrió de arriba abajo y asintió en silencio antes de volver a la lámpara. Jarben tomó una tablilla y la giró hacia la luz.

—No hay nada sobre los pueblos nómadas en los registros del viejo consejo —dijo—. Ni rutas, ni pactos, ni nombres propios.

Azniel soltó una risa breve.

—Eso no significa que no existan, solo que alguien decidió no escribir sobre ellos.

Danna dejó una jarra junto a Jarben.

—Los mercaderes sí hablan de ellos —susurró—. Pero bajan la voz cuando lo hacen.

Jarben bebió. El agua estaba tibia.

—¿Qué dicen?

Danna dudó y miró a Azniel.

—Dicen que no cruzan la frontera sur de Arresia —intervino el escriba, al fin alzando la vista—. No por peligro de guerra, sino por miedo.

Jarben dejó el vaso.

—¿Miedo a qué?

Azniel deslizó la tablilla hacia él.

—A esto.

La superficie mostraba un símbolo grabado con trazos profundos. Un círculo abierto, atravesado por una línea irregular que lo partía en dos.

Jarben frunció el ceño.

—Lo he visto antes.

—Claro que lo has visto —Azniel apoyó las manos en la mesa—. Está en los altares de Bel-Hur y en los grabados prohibidos de Kudram.

Jarben pasó el dedo por la hendidura y notó el borde afilado.

—Bel-Hur y Kudram no tienen nada que ver.

—No —Azniel negó—. Su origen es el mismo.

El silencio cayó dentro del carro. Danna acercó más la lámpara y la luz bailó sobre el símbolo.

—Los nómadas lo llaman el Nombre Original —siguió en voz baja—. No lo pronuncian por miedo a las represalias de desvelar el secreto.

Jarben alzó la vista.

—¿El Nombre Original de quién?

Azniel se inclinó hacia él.

—De lo que fue antes de dividirse.

Jarben le sostuvo la mirada.

—¿Hablas de Bel-Hur y Kudram?

Azniel no respondió, solo señaló la línea que partía el círculo.

—Uno no nació sin el otro.

El carro se meció con una ráfaga de viento. Fuera, el campamento murmuraba. Jarben apartó la tablilla a un lado.

—Eso es una herejía.

—O una posibilidad —corrigió Azniel—. Y además, encaja.

Danna bajó la mirada.

—Los cuentos dicen que la división no fue limpia —continuó Azniel mientras recogía un escrito que le pasaba Danna.

Jarben sintió un tirón en el pecho, el eco lejano de un aullido. Levantó la cabeza. El sonido no llegó desde fuera, sino que nacía desde su interior, así que apretó los dientes.

—Continúa.

Azniel extendió otro pergamino. Este estaba más deteriorado, con manchas oscuras en los bordes.

—Montaña Roca Roja —siguió—. Sur de Arresia, frontera con los Pueblos Nómadas.

Jarben inclinó el cuerpo hacia delante.

—Vamos en esa dirección.

—Lo sé —Azniel lo miró con gravedad—. Por eso esto importa tanto.

Desenrolló el pergamino del todo. Mostraba un entramado de túneles bajo una masa rocosa.

—Esto no es una montaña —añadió—. Es una estructura.

Danna tragó saliva.

—Los nómadas dicen que algo duerme bajo ella —aportó la joven, que también había estado presente en la investigación.

Jarben sintió otro aullido, esta vez más cerca.

—¿Qué tipo de «algo»?

Azniel apoyó el dedo en el centro del dibujo.

—Algo vivo rodeado de templos y estructuras ancestrales, algo de otra era.

El aire dentro del carro se enrareció.

—¿Un dios? —preguntó Jarben.

—No lo llaman así —respondió Danna—. Lo llaman El primer hijo.

Jarben cerró los ojos un instante. La luna aún no había salido, pero la sentía. Tiraba de él.

—Si Bel-Hur y Kudram antes fueron uno… —murmuró—, ¿qué impide que antes de su rivalidad hubieran creado juntos algo más y siga ahí abajo?

Azniel no contestó.

La grieta originada por el enfrentamiento entre el Profeta y Shaazgath seguía abierta en el suelo cuando Jarben apartó la lona y bajó al campamento. No miró atrás. Únicamente avanzó entre las hogueras hasta la tienda verde del embajador.

Llevaba una tablilla apretada contra el pecho y caminaba con cuidado, no fuera a romperla en un descuido.

El guardia lo dejó pasar sin necesidad de anunciarlo.

Rayhem estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en un arcón.

Tenía la capa verde doblada a un lado y observaba el símbolo del sol radiante sobre las rodillas.

El ratón blanco asomaba la cabeza desde el bolsillo y mordisqueaba el cordón del hábito.

—Vas a gastarlo de tanto mirarlo —dijo Jarben al entrar.

Rayhem alzó la vista del símbolo de Bel-Hur y sonrió.

—Ya estás mejor. Milagro menor, supongo.

—No le atribuyas méritos —bromeó Jarben. Se dejó caer frente a él y con mucho cuidado colocó la tablilla entre los dos.

Rayhem inclinó la cabeza.

—¿Qué es esto? —preguntó el embajador muy interesado.

—Algo que a lo mejor no querrías saber —respondió Jarben—. Y ahí empieza el problema.

El ratón saltó a la tablilla y olfateó la hendidura que partía el círculo.

Rayhem, con mucho cuidado, lo retiró con un dedo.

—Habla, Jarben —le pidió muy serio.

—Los nómadas no cruzan jamás la frontera sur de Arresia. No por miedo a la guerra con los arresios, sino por esto.

Rayhem pasó el pulgar por la línea que dividía el símbolo.

—Parece una herida —apreció el embajador.

—Lo es —sentenció Jarben. Rayhem lo miró con esa paciencia que tenía cuando sabía que Jarben estaba a punto de decir algo que incendiaría media Beluria.

—¿Estás preparado? —preguntó el sepulturero.

Rayhem esbozó una mueca.

—¿Crees que no lo estoy? —sonrió nerviosamente.

—Bel-Hur y Kudram no nacieron separados —soltó Jarben sin apartar la mirada de su amigo.

El silencio fue largo pero no hostil. Rayhem bajó la vista al símbolo del sol que descansaba en sus rodillas.

—Eso es una acusación muy grave para estas horas de la noche.

—Es una conjetura —corrigió Jarben—. Antiguos relatos hablan de un nombre anterior a los veinte. Uno solo. Luego vino la división.

—Los veinte sostienen el orden —replicó Rayhem con calma—. Bel-Hur la luz; Kudram la oscuridad; Gundar el bosque; Senith el comercio; y así todos, cada cual en su lugar.

—¿Y si ese lugar nació de un corte?

Rayhem suspiró.

El ratón trepó por la manga de Rayhem y se acomodó en su hombro olisqueando el aire.

—Si sigues por ahí, terminarás diciendo que Bel-Hur arrancó de sí lo que no quería —murmuró el sacerdote.

Jarben le miró fijamente a los ojos.

—Eso mismo estoy diciendo, Rayhem.

Rayhem no apartó la mirada y pensó en las palabras de Jarben.

—Ambición, caos, discordia —enumeró el embajador perplejo.

—Kudram —concluyó Jarben.

El viento agitó la tela verde de la tienda del embajador. Rayhem apoyó la espalda contra el arcón.

—Si te oyeran los Sacerdotes del Templo, te exiliarían antes del amanecer… ¡o algo peor!

—Por eso te lo digo a ti.

Rayhem dejó escapar una risa nerviosa.

—Enterrador necio.

—Sacerdote ciego.

Se miraron un instante sin dureza y rieron para soltar la tensión acumulada. Jarben inclinó el cuerpo hacia delante.

—Aún hay más.

La sonrisa desapareció del rostro de Rayhem.

—Siempre hay más contigo… ¿Has estado ocupado, eh?

—Bajo Montaña Roca Roja hay algo enterrado.

Rayhem ladeó la cabeza.

—¿Una ciudad?

—No.

—¿Un templo?

—No, algo vivo —dijo por fin bajando la voz.

El ratón se tensó en el hombro de Rayhem.

—Los nómadas lo llaman El Primer Hijo —añadió Jarben—. Evitan la zona por eso. Podría ser el hijo de Kudram y Bel-Hur —soltó.

—Demasiadas suposiciones incendiarias para una sola noche —bufó Rayhem, sobrepasado.

—Sea lo que sea, hay algo bajo esa montaña —continuó Jarben.

—Entonces, ¿seguro que queremos seguir por ese camino? —murmuró Rayhem.

—La otra alternativa es Tyrio —recordó Jarben—, ¿quieres meter al éxodo en esa trampa de corruptos sin escrúpulos?

Rayhem suspiró mientras acariciaba al ratoncillo, que cerraba los ojos rojos cada vez que le pasaba los dedos por la cabeza, y se quedó completamente paralizado.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Rayhem desubicado.

El denso silencio cayó con un peso extraño y el embajador no apartó la vista del suelo.

—No ha sido un temblor aquí, ¿verdad? —murmuró.

—No —negó Jarben—. ¿Dónde si no?

—En el otro lado —dijo Rayhem y cerró los ojos.

Jarben conocía ese gesto. Lo había visto otras veces, antes de usar su don para contactar con el más allá.

—No lo hagas —advirtió el sepulturero— no es necesario…

Pero Rayhem ya no lo escuchaba. Apoyó la palma sobre el símbolo del sol, el metal reflejó la luz de la lámpara y la temperatura dentro de la tienda descendió notablemente.

Jarben sabía que era mejor no interrumpirle y se inclinó hacia delante.

—Rayhem —le llamó al oído.

El embajador respiró hondo.

—Solo un momento, Jarben.

El ratón, inquieto, asomó la cabeza escondido entre su hábito. Rayhem, con los ojos cerrados, apoyó la frente contra los nudillos. El frío empezaba a ser intenso y durante un instante, pareció escuchar algo que no estaba allí.

Murmuró palabras intercaladas en una lengua que le raspaba la garganta y en belurio común.

—Bel-Arhûn… tharek sul… no me mires desde el oro. Mírame desde la piedra.

Jarben frunció el ceño. Aquello no era la armonía clara del templo de Bel-Hur.

—Ishkar vel, ishkar ven… abre la grieta, no la puerta. Bajo la montaña descansaré. Solo… yo solo.

El aire se volvió más frío a su alrededor. Pronto, cada respiración dejó una nube blanquecina que flotó unos instantes antes de desvanecerse en la oscuridad.