37 Ante el dios oscuro #3
Se incorporó del todo. El manto negro cayó a su alrededor y la espada de plata le golpeó el muslo. El brazo oscuro respondió al gesto, tensándose bajo la piel escamada. Las garras asomaron un instante, nerviosas, y se replegaron.
—Ahora seguro que me puedes contar más sobre los Eternos.
La respuesta no llegó en palabras al principio. Fue una sensación. Edoz comenzó a tener hambre, pero no en su estómago, sino en los huesos, en la piel; era un ansia antigua, y Edoz cayó doblado por el hambre extrema.
—Son vida después de la muerte —respondió Kudram—. Carne que no acepta su final. Continuidad. Sangre que se niega a detenerse.
Edoz inspiró despacio y recuperó la normalidad.
—Parásitos —añadió, levantándose para escupir sangre.
Una carcajada cruzó la isla.
—Todos lo sois —rio Kudram. El latido aumentó un poco—. Pero ellos lo saben.
Otra forma emergió. Esta vez estaba completa. Era más alta que la anterior, tan delgada que parecía incapaz de sostenerse en pie. La piel, casi transparente, dejaba entrever algo que reptaba bajo la carne, sombras lentas que recorrían venas imposibles.
La criatura giró la cabeza hacia Edoz. No tenía ojos. Solo dos huecos luminosos donde debería haber estado la mirada.
El brillo palpitó una vez y después desapareció. Pero no fue la única.
El mar volvió a abrirse y una mole surgió entre las aguas. Tenía cuatro brazos desiguales y una boca enorme que ocupaba medio rostro. Varias filas de dientes sobresalían incluso con las fauces cerradas.
Más allá apareció otra criatura cubierta por una piel azul oscura, dura y agrietada. Caminaba sobre seis patas articuladas que chasqueaban al tocar la arena.
Luego surgió una tercera, esta sin forma humana.
Era una araña gigantesca del tamaño de una casa.
Su abdomen estaba cubierto por rostros inmóviles atrapados bajo una membrana translúcida.
Las patas se clavaron en la orilla mientras docenas de ojos negros observaban todas las direcciones al mismo tiempo.
Siguieron llegando criaturas de piel roja, blanca, gris o negra. Algunas arrastraban colas escamosas. Otras poseían alas membranosas plegadas sobre la espalda.
Había cuerpos cubiertos de espinas, gigantes con varios pares de brazos, seres sin boca y otros cuya boca ocupaba todo el torso.
El horizonte comenzó a llenarse de siluetas. Edoz contempló aquella multitud y soltó un silbido bajo.
—Por todos los infiernos…
Edoz observó a los descendientes de Kudram.
—No tienen un reino —dijo Kudram—, tienen muchos.
Otra oleada de Eternos emergió del mar.
Una criatura con cabeza de insecto pasó junto a una bestia de veinte patas sin prestarle atención.
—No tienen una ley, tienen demasiadas.
Más formas aparecieron detrás.
Las criaturas avanzaban, se ignoraban, se observaban y se apartaban unas de otras siguiendo reglas invisibles que solo ellas comprendían.
Kudram cerró la mano.
—No tienen un dios que los ordene ni que los gobierne, y esa es su perdición.
El murmullo del mar creció.
Miles de voces parecieron responder desde las profundidades. Entonces, Kudram alzó la vista hacia aquella multitud imposible.
El suelo se inclinó un grado.
—Solo tienen hambre de esencia humana.
Edoz entrecerró los ojos.
—¿Y qué quieren?
La voz tardó un instante más esta vez.
—Lo mismo que tú.
Edoz sonrió.
—No me compares con esos monstruos.
—Quieren seguir —dijo Kudram—. Quieren extenderse, quieren tocar cada vida y decidir si merece continuar.
El aire se oscureció.
—Quieren elegir por vosotros.
Edoz dejó escapar aire por la nariz.
—¿Quieren el control?
—Equilibrio —corrigió Kudram—. A su manera.
Edoz bajó la vista un instante, observando cómo la superficie bajo sus botas se contraía y se relajaba.
—¿Y tú los detienes? —preguntó al fin.
La risa volvió. Ahora más baja y cercana.
—Los contengo.
Una grieta se abrió justo delante de Edoz. Era profunda y sin fondo visible.
—Porque ella sigue ahí —susurró Kudram—. Y mientras respire, ellos no dejarán de nacer.
Edoz alzó la mirada despacio.
—Te refieres a tu hija ¿verdad? —preguntó.
—Si, Avisha —respondió Kudram.
—¿Y si se libera? —volvió a preguntar Edoz.
El latido se detuvo un instante y luego volvió, más fuerte.
—Entonces —dijo la voz—, ya no hablaríamos tú y yo.
Edoz sostuvo la mirada hacia la nada, sin parpadear.
—Entonces será divertido.
Las imágenes anteriores habían desaparecido y la sangre del mar retrocedió un palmo más, dejando al descubierto grietas que no llevaban a ninguna parte, o a todas.
—Haces muchas preguntas para ser alguien que aún respira —susurró la voz, ya no desde fuera, sino desde todas partes a la vez.
Edoz no apartó la mirada de la superficie abierta.
—Responde las que quieras —murmuró—. Las demás ya me las responderé yo.
Un sonido grave cruzó la isla.
—Eso es lo que más me gusta de los tuyos —dijo Kudram—. Cuando no entendéis algo, decidís igualmente.
Edoz clavó la punta de la bota en el suelo húmedo.
—¿Qué soy ahora mismo?
—Eres un cuerpo que aún no ha decidido romperse del todo —susurró Kudram—. Un cruce, un error que ha aprendido a sostenerse.
Edoz apretó los dientes y entrecerró los ojos.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que te voy a dar.
El brazo negro latió. Las escamas se tensaron y durante un instante Edoz sintió otra voluntad bajo su piel. Edoz bajó la mirada hacia su mano.
—¿Qué llevo realmente aquí y a quién pertenece?
La sangre del suelo se abrió en una línea fina que rodeó su sombra.
—No pertenece a nadie —dijo Kudram—. Reclama.
El brazo reaccionó. Las garras se clavaron en el aire, queriendo agarrar algo que no estaba allí.
—Robaste el orbe a aquella Eterna arácnida —continuó la voz—. Luego le diste forma de arma. La pusiste nombre. Tenía hambre y tú mismo abriste la puerta, ¿y ahora te preguntas qué ha entrado a través de ella?
Edoz alzó la vista fría como el acero.
—Ansia.
El suelo tembló.
—No la nombres como si la entendieras —susurró Kudram—. No te pertenece, ni tú a ella.
Edoz sonrió.
—Entonces, estamos empatados.
Edoz dio un paso más cerca del borde de la isla.
—Rhaegor —dijo, en voz baja—. El soldado gigasulo. ¿Queda algo de él, o ya es solo otra voz de este mar?
El mar no respondió.
—Tomó su decisión —dijo Kudram.
Edoz frunció el ceño.
—Te he preguntado qué ha sido de él. ¿Ha sobrevivido?
—Eligió —repitió la voz—. Y en este lugar, elegir pesa más que sobrevivir.
Edoz no apartó la mirada del mar.
—No me contestas.
Edoz tragó saliva y miró atrás.
—¿Qué parte de todo esto es verdad?
La isla respiró otra vez.
—La que decides seguir —susurró Kudram—. El resto también sirve.
—Conveniente —añadió Edoz dejando escapar una exhalación corta.
—Eficaz —concluyó Kudram.
—¿Morir aquí es el final? —preguntó Edoz y ladeó la cabeza.
—¿Te preocupa? —respondió la voz esta vez desde su espalda.
Edoz no se giró.
—Me interesa.
Un pulso recorrió la isla entera y las grietas se abrieron un poco más.
—Morir aquí no es un final —dijo Kudram—. Es una forma de quedarse atrapado para siempre. Lo que ocurre es que si mueres aquí, también acaban tus días en vuestro mundo humano.
Edoz entrecerró los ojos.
—¿Te quedas atrapado aquí como las voces del mar? —preguntó.
—Como las voces de quienes no saben que lo son.
—Entonces, no pienso quedarme.
El mar respondió con un leve ascenso. La sangre volvió a acercarse a la orilla.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Edoz, con voz firme.
—Un pacto —replicó Kudram, y la isla vibró bajo el eco de su voz—. Yo te sacaré del Tercer Umbral y tú, a cambio, serás mi agente, un ejecutor, un puente.
Edoz apretó los labios y miró el horizonte de la isla: grietas, lava negra y ojos que surgían del suelo.
—¿Y si digo que no? —preguntó, desafiando la gravedad de aquella conciencia.
—En ese caso te quedarás aquí —susurró Kudram—. Fragmentado, atrapado. Y tus pasos se perderán entre las voces, como los de todos los que dudan. La libertad siempre tiene un precio, Edoz.
—No me ofreces libertad, precisamente —apuntó él.
La isla se movió otra vez y la voz de Kudram cambió de tono, más cercana, más seductora:
—Bel-Hur ofrece orden y cadenas. Yo ofrezco verdadera libertad y poder. Pregúntate qué pesa más en tu alma.
Edoz bajó la mirada hacia su brazo negro, la garra palpitaba, y luego volvió a mirar la isla. No dijo nada. Sintió cómo Kudram atravesaba cada grieta, cada roca, tocaba su mente, lo tentaba, lo retaba a entender la paradoja.
—Sabes cómo tentarme —murmuró finalmente Edoz con una sonrisa pícara—. Pero tu oferta no tiene por qué ser una orden.
—No —contestó la isla con un temblor de roca—. Pero si aceptas puede enseñarte el camino. Te ofrecerá una visión, poder y secretos que Bel-Hur nunca te mostraría. Solo tú decides qué camino tomar.
Edoz se quedó inmóvil, el viento levantó su manto negro y el agua roja del Mar de las Voces se agitó, reflejando grietas y ojos por todas partes.
La voz del dios había quedado convertida en un lejano eco, pero Edoz no respondió. Caminó un paso más, midió cada latido de su brazo demonio, cada eco de la isla viva bajo sus pies.
La voz de Kudram bajó a un tono más íntimo, ahora arrastrándose por su mente:
—Si aceptas, nada será igual. Ni tú, ni el mundo.
Edoz inclinó la cabeza y observó cómo la isla respiraba. Sus labios se movieron, pero el sonido se perdió entre el latido del mar de voces y el pulso de la escalera por la que había llegado hasta aquí, que aún descendía hacia lo desconocido.
La isla se estremeció ante la respuesta de Edoz.