37 Ante el dios oscuro #2
—No —admitió Kudram—. Por eso estás aquí.
El aire se oscurecía a medida que hablaban. En ausencia del sol en el firmamento, toda la luz se volvía tinieblas poco después.
Edoz avanzó otro paso.
—Si tanto crees en esa libertad, ¿por qué no dejas de jugar con nosotros?
La isla se tensó bajo sus pies.
—Porque sin presión, no hay elección.
Edoz negó despacio.
—Siempre hay elección.
El ojo de Kudram se abrió un poco más.
—Entonces, elige tú.
La frase quedó suspendida entre ambos. El aire se cerró y el mar dejó de moverse. Edoz no respondió y miró fijamente al ojo, y la isla… esperó.
Edoz no apartó la mirada de aquella masa viva que respiraba ante él. El suelo, si es que a aquello se le podía llamar suelo, latía bajo sus botas mientras tanteaba sus palabras. Midió el aire antes de hablar. La lengua rozó el paladar seco.
—Otra cosa… —murmuró serio—. Los Eternos.
La isla no respondió.
Una grieta se abrió a pocos pasos de él. No en la tierra, sino en un pedazo de isla que parecía estar hecho de carne. De dentro salió un líquido oscuro que no cayó, se quedó suspendido, formando un hilo que subía despacio hacia arriba.
—Escoges bien tus palabras —susurró Kudram con esa voz que no venía de un punto concreto—. Eso ya no es curiosidad. Estás jugando con el peligro.
Edoz ladeó la cabeza.
—Si solo es peligroso para mí, entonces no te molestará hablar de ello.
El latido bajo sus pies cambió. Ahora era más lento, más profundo.
—Los llamáis Eternos —continuó la voz— como si el nombre pudiera contener lo que son, y ni siquiera son eternos de verdad.
La superficie se abrió un poco más, dentro no había oscuridad y profundidad. Algo se movía ahí abajo.
—¿Llamáis? Tuviste que ver con su creación, ¿no? —preguntó Edoz incisivo.
—No son míos —replicó Kudram—, y eso debería decirte suficiente.
Edoz entrecerró los ojos.
—Pero nacieron de tu sangre —insistió el belurio.
Un pulso más fuerte sacudió la isla. El aire se comprimió contra su pecho un instante.
—Nacieron de lo que quedó de ella.
Una forma emergió a medias. No estaba completa. Era un torso alargado, pálido, con la piel demasiado tirante sobre los huesos. Apareció una cabeza con los músculos al aire sobre el cráneo y la boca se abrió sin labios, mostrando unos dientes finos como agujas de coser.
Desapareció antes de terminar de salir.
—Avisha —murmuró Edoz, manteniendo la compostura.
La voz no negó.
—Mi hija —susurró Kudram—. La que se hunde cuando todo lo demás cae. Aún siguen venerándola en todos los reinos que bañan la Costa Perdida y en las Islas Zaregas.
El suelo crujió bajo Edoz. Algo se desplazaba por debajo de la tierra que pisaban sus pies.
—La encerré —continuó—. No fue un castigo. Tenía que ponerle límites.
Edoz soltó una risa seca.
—¿Tú poniendo límites? ¿Y la libertad?
—Todos los padres lo hacen. Incluso el caos necesita una frontera —respondió la voz—. O deja de ser útil.
El silencio volvió a tensarse. Edoz apretó los dientes.
—¿Y creó a los Eternos por capricho?
La superficie a su izquierda se abrió de nuevo. Esta vez salieron manos. Demasiadas. Eran delgadas, pálidas y con dedos largos que se clavaron unas en otras formando una figura que intentaba levantarse.
No tenía ojos, pero buscaba algo.
—No —susurró Kudram—. Lo hizo por rencor.
Las manos se tensaron.
—¿Por venganza? —preguntó Edoz.
Las manos se partieron y cayeron al mar sin hacer ruido.
—Por devolver al mundo lo que le habían quitado.
Edoz no apartó la vista del lugar donde habían caído y vio cómo criaturas acuáticas se daban un festín con ellas.
—Todo esto de los Eternos no me cuadra —dijo Edoz de pronto, sin apartar la mirada de la vorágine—. Suena a excusa. Tu hija, el abismo… Demasiadas capas para no cargar tú con la responsabilidad.
El suelo guardó silencio un instante. Luego latió.
—¿No me crees? —preguntó Kudram, y la voz hizo vibrar la isla desde dentro.
Edoz esbozó una sonrisa.
—¿Al que llaman maestro de las mentiras? —alzó la barbilla—. Llámame loco, pero no.
La respuesta no llegó en palabras. El suelo se tensó bajo sus botas.
Una grieta se abrió a sus pies con un chasquido seco y la tierra se partió en dos.
De la abertura brotó algo oscuro, denso, con un humo verde que no subía, pero se pegaba a la piel.
El brazo surgió sin aviso y se enroscó en la cara de Edoz con tal velocidad que no fue capaz de reaccionar.
Le atrapó la cara, las garras se cerraron sobre su cráneo y la oscuridad lo cubrió de golpe, sin aire ni sonido. El mundo se quebró y Edoz cayó. El aire cambió.
Cuando Edoz abrió los ojos, el mundo ya no era el mismo.
El suelo bajo sus botas era oscuro, liso, sin grietas. No había isla, ni horizonte. Solo una extensión inmóvil que se perdía en todas direcciones. El cielo no tenía luz ni estrellas.
No era su tiempo.
—Has venido lejos para hacer preguntas —dijo una voz.
Edoz giró la cabeza.
Kudram estaba allí.
No caminaba ni respiraba, solo estaba. Su forma no se fijaba del todo. La sombra lo recorría incluso cuando no había nada que la proyectara. Su rostro no tenía rasgos claros, pero la boca estaba entreabierta, detenida en una palabra que no llegaba a nacer.
Edoz lo observó en silencio.
—Otra cosa sobre los Eternos —murmuró, como teniendo un déjà vu.
El mar latió bajo sus pies y luego se abrió. El agua desapareció hacia abajo sin hacer ruido para dejar un vacío que no tenía fondo. Edoz dio medio paso atrás, pero no apartó la vista.
Algo subía.
Primero el cabello, largo, flotaba en una dirección que no era arriba ni abajo. Luego apareció su rostro. Era pálido, fino, hermoso y frío.
Era Avisha.
Salió del abismo hasta quedar suspendida sobre la superficie. Sus pies flotaban sin tocar nada.
—Padre —saludó.
Kudram no respondió.
Edoz cruzó los brazos, atento.
—Los has traído demasiado pronto —dijo al fin Kudram.
Avisha ladeó la cabeza.
—Los he hecho como debían ser.
El mar volvió a latir.
Edoz notó algo bajo la superficie. No lo vio aún.
—Les diste demasiada hambre —insistió Kudram.
—Les di permanencia —se defendió ella—. Tú los haces y los dejas morir. Yo los hago para que continúen.
El silencio cayó entre ambos mientras Edoz miraba de uno a otro.
—Así que es eso —murmuró Kudram—. No te gusta perder lo que creas.
Avisha sonrió.
—No me gusta que se rompan tan pronto.
Kudram alzó la mano. El gesto fue lento y con él, el abismo bajo Avisha creció. La superficie se abrió más, tirando de ella hacia abajo. Su cuerpo se inclinó y el cabello cayó hacia el vacío.
—¡No! —gritó.
Esta vez, su voz cambió. Edoz tensó el brazo oscuro y sus garras negras asomaron un instante.
—¡Debes verlo! —insistió Avisha—. Así lo entenderás.
Kudram no bajó la mano.
—Esto no es un castigo.
El vacío tiró con más fuerza.
—Debo ponerte límites.
Avisha gritó. El sonido no se extendió. Se quebró en cuanto salió de su boca. Su cuerpo descendió mientras sus manos buscaban algo a lo que aferrarse, pero no había nada.
—¡No, padre! —escupió, clavando los ojos en Kudram—. ¡No lo hagas!
Kudram cerró la mano y Avisha cayó. Desapareció sin dejar rastro. El abismo se cerró y siguió un silencio eterno.
Edoz soltó el aire despacio.
—Es verdad que la encerraste.
—La limité —respondió Kudram.
El mar latió de nuevo, pero esta vez, algo respondió. Era un murmullo lejano de muchas voces. Edoz miró hacia abajo y la superficie tembló. Las formas comenzaron a moverse bajo el agua. Alargadas, pálidas, demasiadas.
—No aprendió, ¿verdad? —preguntó Edoz.
—Mejor de lo que crees —respondió Kudram.
Una figura ascendió y rompió la superficie despacio. No era Avisha, era otra cosa. Alta, delgada, con la piel tirante sobre los huesos y los ojos hundidos. Tenía las palmas de las manos rojas como la lava.
Se quedó de pie sobre el mar. No respiraba, no lo necesitaba.
Edoz la observó sin apartarse.
—¿Otra de tus hijas? —preguntó Edoz, con curiosidad.
Edoz observó a la criatura mientras las aguas oscuras se agitaban a su alrededor.
—La primera Eterna —murmuró Kudram.
Edoz abrió mucho los ojos.
—¡Tu nieta!
Soltó una carcajada y dio un par de palmadas.
—¡El abuelo Kudram!
La criatura volvió la cabeza hacia él. Sus ojos vacíos se clavaron en los de Edoz y durante un instante pareció reconocerlo.
El mar reaccionó.
Ondas negras recorrieron la superficie y nuevas formas comenzaron a emerger desde las profundidades. Cuerpos alargados, miembros deformes y rostros a medio formar ascendieron alrededor de la primera criatura.
La sonrisa desapareció del rostro de Edoz.
—Vale, ya no tiene tanta gracia.
Retrocedió un paso, pero no apartó la vista de la descendencia de Kudram.
—Mi hija la creó para que continuara su obra —dijo Kudram—. Para que su sangre no desapareciera con ella.
Otra silueta rompió la superficie y luego otra.
—La convirtió en heredera de todo cuanto había construido.
El murmullo aumentó. Miles de voces lejanas parecían hablar bajo el agua.
—No tenía reino que gobernar.
Las criaturas siguieron emergiendo.
—No tenía un propósito superior.
El sonido creció hasta llenar el horizonte.
Edoz contempló a los Eternos con temor.
—Solo hambre —continuó Kudram—. Un hambre que jamás conoció límite.
La primera criatura dio un paso hacia Edoz y le sonrió mostrando una de su palmas rojas y palpitantes. El agua no se rompió bajo su peso.
Edoz sonrió.
—Eso sí que lo entiendo.
La criatura abrió la boca, pero el sonido no salió de ella, sino de todo el mar.
Sin previo aviso, Edoz comenzó a caer. La caída no parecía tener fin.
El golpe llegó de pronto. Edoz abrió los ojos con un jadeo seco y el aire le entró en los pulmones como un cuchillo.
Se incorporó a medias, con el cuerpo rígido, y las manos en busca de apoyo sobre la piedra fría.
Estaba de vuelta.
El templo lo rodeaba en silencio. Las columnas partidas se alzaban hacia una bóveda abierta por la que se colaba una luz pálida que no calentaba.
El polvo flotaba suspendido, girando despacio en el aire inmóvil.
Edoz escupió a un lado. Sabía a hierro. Se llevó la mano a la cara.
La piel seguía ahí, entera, pero bajo los dedos notó el pulso acelerado.
—Bonito truco —murmuró.
Su voz sonó áspera, fuera de lugar en aquel silencio.