Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 37 Ante el dios oscuro
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37 Ante el dios oscuro

El mar de sangre retrocedió ante sus ojos con un sonido espeso, arrastrándose hacia la oscuridad igual que una herida que se cerraba despacio.

Bajo aquella marea roja quedó expuesta una franja de tierra negra y húmeda, cubierta por restos de sal endurecida y pequeñas grietas que aún rezumaban líquido oscuro.

Karath permanecía detrás de Edoz, con las garras hundidas en la arena ennegrecida. El dragón respiraba con fuerza. El ala herida tembló una vez al plegarse contra el cuerpo y varias gotas de sangre negra cayeron sobre el suelo caliente.

No apartaba la vista del horizonte.

El mar seguía latiendo allá abajo, inmenso y vivo, con aquel pulso lento que parecía subir desde las profundidades del Umbral.

Edoz dio un paso y sintió un pinchazo en las piernas.

Bajó la mirada. Las marcas de los mordiscos seguían allí, oscuras alrededor de la carne desgarrada, pero algo había cambiado. La piel empezaba a cerrarse despacio ante sus ojos. La sangre se retiraba hacia dentro y los bordes de las heridas se unían poco a poco, dejando apenas un rastro rojizo.

Frunció el ceño.

—¿Qué…?

El brazo demonio se agitó inquieto. Edoz pasó los dedos por una de las heridas y notó un calor extraño bajo la piel, ajeno a aquel lugar.

No sabía que, lejos del Umbral, en el mundo de los vivos, un curandero Sin Dios trabajaba sobre su cuerpo inmóvil. Agujas de hueso atravesaban la carne mientras los ungüentos oscuros cubrían los mordiscos uno tras otro, y cada gesto del anciano encontraba eco allí.

En el Tercer Umbral, las heridas de Edoz empezaban a sanar.

Se volvió hacia el dragón y el brazo negro se tensó.

Karath gruñó en voz baja, sin avanzar. Algo en el aire lo retenía, una presión que no se veía, pero que lo clavaba al sitio.

Edoz lo observó en silencio un instante.

—Claro… —murmuró al fin—. Hasta aquí llegas.

Dio un paso hacia él. La mano humana se alzó y rozó las escamas del cuello, donde el calor aún resistía bajo la piel endurecida.

Karath no se apartó.

—No puedes quedarte —añadió en voz baja—. Esta no es tu guerra.

El dragón bajó la cabeza un poco más, hasta casi tocarlo.

El aliento caliente le rozó el rostro. Edoz apoyó la frente un instante contra las escamas y no supo qué más decir.

El brazo negro vibró, impaciente, tirando hacia el sendero que se abría a su espalda, hacia lo más profundo del Mar de las Voces.

Edoz cerró los ojos un segundo.

—Creo que esto es una despedida —murmuró.

No hubo respuesta. Solo ese silencio denso del Umbral y el latido lejano del mar. Edoz se separó despacio. La mano se deslizó por las escamas y cayó a su lado.

—Espero haber estado a tu altura, escamoso.

Karath no se movió, pero sus ojos plateados no se apartaron de él.

Edoz esbozó una leve sonrisa.

—Has sido mi mejor montura.

Se giró sin esperar más y avanzó por aquella enorme playa, por la arena oscura.

A su espalda, el dragón no dejaba de mirarlo.

Edoz dio el primer paso hacia la tierra oscura y entonces Karath lanzó un largo rugido.

El sonido le golpeó la espalda y se extendió por el aire, rompiendo el silencio del Umbral.

Edoz se detuvo un instante y, sin girarse, esbozó una leve sonrisa.

—Igualmente, amigo —susurró y continuó caminando, sin mirar atrás.

La arena blanda y húmeda cedía a cada paso. Las voces no desaparecieron, pero empezaron a cambiar. Ahora sonaban cada vez más cerca. Edoz inclinó la cabeza, atento, afinando el oído entre aquel murmullo apagado.

—Debo elegir una voz —susurró.

Entonces la encontró. Entre todas ellas había encontrado una voz que no gritaba, que no arañaba la mente, solo le llamaba. Edoz avanzó hacia ella sin dudar.

—Senith —murmuró mientras daba otro paso—, más te vale no haberme mentido.

El silencio le devolvió el eco hueco y sin vida. Edoz dio otro paso y luego otro. La niebla se abrió ante él lo justo para dejar pasar la mirada.

Vio una escalera que se alzaba ante él, alta, imposible, formada por huesos clavados unos sobre otros, atravesados sin orden.

Entre ellos, rostros abiertos, congelados en gestos que no terminaban de morir.

Edoz se detuvo a unos metros, con los ojos fijos en aquella estructura que parecía crecer mientras la miraba.

—Así que este es el camino…

El brazo negro latió y le tiró hacia la escalera.

Edoz apretó los dedos un instante, sintió el pulso oscuro en la carne y dio un paso más.

Una vez llegó a la escalera, que parecía subir, no había forma de asegurar si ascendía o descendía.

Edoz se acercó y el suelo cambió bajo su bota, ya no era tierra firme, era hueso pulido.

El primer peldaño reaccionó vibrando bajo su pie.

Edoz bajó la vista y descubrió que estaba pisando un rostro reconocible con los ojos abiertos.

La boca estaba torcida en un gesto roto.

—No puede ser… —dijo Edoz perplejo.

El rostro desapareció, dejando solo el hueso bajo su bota. Edoz soltó aire por la nariz, lentamente.

—Esta mierda empieza pronto —musitó y parpadeó antes de avanzar.

Apoyó el pie y subió, o bajó. La escalera no ofrecía respuesta clara.

Daba la sensación de subir, pero a cada paso Edoz estaba más convencido de que bajaba.

Los siguientes escalones vibraron bajo su peso.

Seguía escuchando el timbre de la voz que había elegido.

Intentaba no escuchar los nombres que empezaban a colarse en su cabeza.

Se centró solo en la voz, solo en esa. Era la única que no mentía. Edoz dejó escapar una sonrisa.

—Vamos, Kudram —dijo—. Seguro que sabes hacerlo mejor.

El aire se cerró a su alrededor. La luz se apagó poco a poco, devorada por la espiral, y siguió bajando por la escalera, seguro que hacia algo peor.

El último escalón desapareció bajo sus botas y Edoz cayó sobre tierra firme, húmeda, negra y ¿viva?

Se encontraba en un lugar rocoso. En el ambiente flotaba un aroma a hierro. Lo primero que le golpeó fue el silencio denso, que luego se llenó de un murmullo que parecía provenir de la tierra misma.

Frente a él, un contorno emergió del suelo. No era lo que Edoz hubiera esperado de un dios. Era una isla viva, llena de grietas que se movían emulando la piel y picos que respiraban.

Un ojo surgió de entre las rocas y lo miró con inteligencia calculada.

—Has llegado —dijo la voz múltiple y profunda que resonaba entre los huesos de la isla—. No muchos lo hacen, y menos aún viven para contarlo.

Edoz dio un paso y ajustó la empuñadura de su espada de plata. Su brazo demonio latió, impulsándolo hacia la conciencia que habitaba bajo la piedra.

—¿Kudram? —preguntó, aunque sabía que no ocupaba un cuerpo como los mortales. La isla se deformó un poco… ¿Se reía?

—Kudram es solo uno de mis nombres —respondió—. Dios de la oscuridad, el Profeta del Caos, el dios de la ambición y la ruina, el dios caído, el maestro de las mentiras, dios divisor, destructor y reconstructor…

—Sé quién eres —contestó Edoz—, te conozco de sobra.

—No soy lo que crees —replicó Kudram—. Soy equilibrio, soy caos… libertad. No puedo pisar la tierra de los hombres, pero puedo habitar sus cuerpos, fragmentos de carne. Tú, humano valiente, eres capaz de entenderlo. Valiente o loco, no hay diferencia.

Edoz mantuvo el tipo. Sus ojos negros buscaron el centro de la isla, donde el ojo parecía fundirse con la roca y el agua roja que la rodeaba.

—¿Por qué los belurios? —preguntó Edoz al fin, sin rodeos—. ¿Qué te hemos hecho para que nos odies así?

La isla guardó silencio un instante. Luego, el suelo crujió bajo sus botas.

—Nada —susurró Kudram, y la palabra recorrió la superficie como una grieta que se abre—. No me habéis hecho nada.

Edoz frunció el ceño.

—Entonces, ¿nos haces daño por gusto?

Un temblor recorrió la isla. Era algo más antiguo que la risa.

—Lo hago porque podéis romperos —respondió Kudram—. Y todo lo que puede romperse, puede cambiar.

Edoz escupió a un lado, sin apartar la mirada.

—Eso no es cambio. Es destrucción.

El ojo en la roca se contrajo.

—Eso es lo que os enseñó Bel-Hur —replicó con voz más baja—. Orden, sacrificio, permanecer en un sitio hasta que el mundo os pase por encima.

Edoz apretó la mandíbula.

—Bel-Hur no arrastra pueblos al abismo.

La isla vibró bajo sus pies. A lo lejos, algo emergió y volvió a hundirse en la sangre.

—Bel-Hur os encadena a una forma —contestó Kudram—. Yo os obligo a elegir.

Edoz ladeó la cabeza.

—¿Elegir entre morir o volverse monstruos?

El silencio volvió pero fue más corto esta vez.

—Entre ser lo que fueron y lo que pueden llegar a ser —corrigió Kudram.

Edoz soltó una risita.

—He visto en qué se convierten bajo tu mano.

El brazo negro latió con fuerza, como si reaccionara a esas palabras.

—Lo has visto y sigues aquí, ante mí —susurró Kudram—. Eso ya dice más de ti que de ellos.

Edoz miró su propia garra, las escamas negras, las zarpas que emergían de su carne.

—No soy uno de ellos —respondió con seguridad.

—No —admitió la voz—. Tú eres lo que queda cuando alguien no acepta ninguna de las dos mentiras.

Edoz alzó la vista.

—¿Dos?

La isla se abrió en una grieta más profunda, y de ella salió un aliento caliente y húmedo.

—La de Bel-Hur… y la mía.

Edoz dio un paso más, acercándose al centro de aquella conciencia.

—Entonces, tú también mientes.

El ojo de la isla lo miró sin pestañear.

—Siempre. ¿No te dice nada lo de «maestro de las mentiras»?

Edoz sonrió.

—Bien. Al menos eres honesto en eso.

El suelo vibró otra vez, más fuerte. Algo dentro de la isla se movió, removiendo su alrededor.

—Los belurios no sois especiales —continuó Kudram—. Solo estáis en el momento exacto, en el borde del abismo, donde todo se rompe o se rehace.

Edoz entrecerró los ojos.

—Y tú nos empujas.

—Y Bel-Hur os tira hacia atrás —replicó la voz—. ¿Ves el equilibrio ahora?

Edoz guardó silencio. El viento levantó su manto y el mar rojo golpeó la base de la isla con un pulso lento.

—Equilibrio —repitió—. Bonita palabra para justificar la matanza.

La isla no respondió de inmediato. El murmullo creció bajo la superficie.

—Dime, Edoz —susurró Kudram más cerca, casi dentro de su cabeza—. ¿A cuántos has matado tú por sobrevivir?

El nombre de Zarhel cruzó su mente como un corte limpio.

Edoz no apartó la mirada.

—Los necesarios —contestó—. No me escondo detrás de dioses.