Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 36 Hambre y lealtad #2
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36 Hambre y lealtad #2

El conejo se tensó con los ojos abiertos de par en par. La vida huyó de él en apenas unos segundos. El pelo del animal perdió brillo. La carne se hundió sobre los huesos y el pequeño cuerpo quedó seco y ligero entre sus manos, consumido desde dentro.

Valcara apartó las manos de golpe.

El cadáver cayó sobre las hierbas húmedas con un sonido débil.

El hambre retrocedió un poco, pero no bastaba. Aquella vida era demasiado pequeña. Demasiado frágil.

Se miró las manos. No había sangre, ni heridas y aun así acababa de vaciar una vida para seguir existiendo.

El vacío regresó enseguida, le arañó el pecho desde dentro y le hizo apretar los dientes.

Valcara levantó despacio la cabeza hacia las luces lejanas del campamento.

El viento le trajo olor a humo, sudor, carne caliente.

Corazones latiendo, demasiados. Su garganta se cerró.

—No —pensó.

Pero el hambre ya había olido el éxodo también.

Un quejido rompió la calma. Valcara se detuvo. No era el sonido de una pelea. Era otro más contenido, con palabras en voz baja.

Se deslizó entre los carros hasta una tienda apartada.

Un Hijo de Kudram había derribado a una muchacha contra la lona. El símbolo del ojo colgaba sobre su pecho mientras sus manos arrancaban su camisa.

—Calla —le siseó—. Es voluntad de Kudram.

—¡No! —forcejeó la joven.

Valcara ya estaba allí. Nadie la vio aparecer. Cubrió los ojos de la muchacha con una mano fría.

—No mires.

El hombre se volvió.

—¿Quién…?

La espada corta mellada se clavó bajo su costilla. No gritó. El aire salió en un silbido roto. Valcara lo empujó contra el suelo. Su rodilla aplastó el símbolo del ojo.

—No uses el nombre de tu dios para esto.

El hombre escupió sangre.

—El Profeta…

No terminó.

Ella dejó caer la espada y le arrancó el hábito. Sus manos tocaron el pecho desnudo del agresor. El Hijo de Kudram se arqueó al sentir el frío de la muerte y Valcara inclinó el rostro sobre él.

Algo denso e intangible se precipitó hacia Valcara, un torrente que le recorrió las venas y la llenó de calor.

La esencia salió a borbotones invisibles.

Más espesa que la del animal. Más fuerte.

Le recorrió los brazos, el vientre y el cuello.

Su piel recuperó el color y el frío interior cedió un instante.

El hombre envejeció bajo ella. El cabello perdió color y la piel se ajó en segundos.

Cuando lo soltó, parecía una cáscara vacía.

La muchacha seguía con los ojos cubiertos.

—Ya pasó —dijo Valcara.

—Gracias… —susurró la joven— Bel-Hur…

Valcara retiró la mano.

—Vístete.

La muchacha se incorporó a trompicones y recogió los restos de su ropa sin mirar alrededor.

Valcara arrastró el cuerpo fuera del lugar y lo arrojó por un boquete entre rocas. El hambre había menguado y ahora podía pensar con más claridad.

La guardiana empezó a dudar de su apoyo en el Éxodo al pensar que en cualquier momento esto se le podía ir de las manos.

Aunque nadie echaría de menos a un malnacido más.

Anara abrió los ojos de pronto. La lona de su tienda se movía con el viento. Se había despertado con la sensación de que alguien la observaba, pero en la tienda no había nadie.

Se incorporó despacio, le dolía el costado. Apartó la tela de la entrada y la recibió el frio de la noche y el olor de la carne que cenaban los guardias que protegían su tienda.

Las hogueras aún ardían. Un grupo de guardias comía en silencio. Uno de ellos dejó un cuenco sobre una roca. La carne humeó bajo la luna.

Anara frunció el ceño. Un olor familiar le vino a la memoria.

No era el estofado, era algo de su pasado, algo que ya había sentido.

Un olor relacionado con la guardiana, pero no podía ser, ella no estaba aquí.

Solo esperaba que no hubiera muerto. Lo último que supo es que la vendieron como esclava durante la toma de Alonia.

Anara suspiró y se acercó al fuego con los guardias.

—¿Todo en orden?

Uno de ellos alzó la vista, con el cuenco de comida aún en la mano.

—Todo tranquilo, mi señora. Demasiado tranquilo, después del ataque de la sombra esa en el frente del campamento.

—¿Ataque? ¿Cuántos han caído?

El hombre negó.

—Pocos. No llegó a abrirse paso. Shuraz y la Sin Dios la contuvieron, y el Profeta remató lo que quedaba.

Anara clavó los ojos en él.

—¿El Profeta? —preguntó estupefacta.

—El mismo —confirmó el guardia mientras Anara hacía evidente su incredulidad.

Tras unos segundos de incertidumbre, ella rompió el silencio.

—Tiene nombre.

El guardia dudó sobre quién hablaba.

—La Sin Dios. Se llama Sairah. Llámala así —apuntó Anara con firmeza.

—Sí, señora. Lo siento. No volverá a repetirse —se disculpó el soldado bajando la mirada.

Otro señaló el suelo con la barbilla.

—Hemos encontrado a uno de los Hijos de Kudram. Estaba seco como una piel vieja.

Anara lo miró interesada.

—¿Quién lo encontró?

—El soldado que hacía la ronda.

Anara cerró los ojos un instante. El medallón de plata en su pecho le pesaba. Dio medio paso atrás y el olor seguía ahí. Más débil. Como un rastro que desaparece.

—Doblad la vigilancia —ordenó—. Que nadie se mueva solo esta noche.

Se giró sin esperar respuesta y volvió a la tienda a intentar descansar.

El sueño la atrapó en cuanto cerró los ojos. No hubo transición. El aire se volvió espeso, irrespirable, y cuando intentó moverse, ya no estaba en su tienda. El suelo bajo sus pies latía, blando como la carne viva. Un latido lento marcaba el ritmo del lugar, profundo, ajeno.

Avanzó.

Las sombras no permanecían quietas. Se arrastraban por las paredes de aquella oscuridad sin forma, subían y buscaban algo que aún no encontraban. Entonces la vio.

Estaba de espaldas. Inmóvil.

La Guardiana.

Anara dio un paso hacia ella.

—Valcara.

La figura no respondió. No solía llamarla así, pero hacía tanto tiempo que no la veía que quería sonar más familiar.

Su cabello, entre oscuro y canoso, caía en mechones rígidos, pegados a la piel. La coraza, que tantas veces había visto alzarse contra el enemigo, ahora estaba abierta, algo parecía haberla desgarrado desde dentro. No había sangre. Había vacío.

Dio otro paso hacia ella. El latido del suelo se aceleró.

—Date la vuelta.

La figura obedeció.

El rostro que encontró no pertenecía del todo a la mujer que recordaba. Su piel era pálida, casi gris, y se tensaba sobre los huesos de una forma enfermiza. Los ojos seguían siendo verdes, pero algo los ocupaba desde dentro, algo que no parpadeaba.

Levantó una mano extendida hacía Anara de forma amenazante.

Anara retrocedió.

—Tú…

La Guardiana inclinó la cabeza. Sus manos colgaban a los lados, pero los dedos se alargaron, se curvaron en garras oscuras que arañaron el aire sin tocarlo.

—Ya no respiro —susurró con una voz hueca y ajena—. Estoy muerta, pero sigo aquí.

El suelo latió con más fuerza. Algo se arrastró bajo la superficie, dibujando formas que huían de la luz inexistente.

Anara sintió frío.

—Esto no es real.

La Guardiana dio un paso, pero no hubo sonido ni huella alguna.

—Me dejaste atrás —acusó Valcara.

—No —balbuceó Anara con el corazón roto—. Te apartaron de mí.

Dio otro paso más cerca de la guardiana.

La distancia se rompió sin transición. De pronto, la tenía delante.

El olor no era de muerte. Era el mismo que había olido hacía un rato.

Una mano se alzó. Las garras rozaron el medallón de Anara, el símbolo de Bel-Hur grabado en la plata tembló bajo ese contacto.

—Él está por encima de mí y tú por debajo.

El susurro le rozó la piel como un filo.

—No te entiendo, ¿te refieres a Bel-Hur? —preguntó mirando el medallón y temblando al ver las zarpas de su querida protectora.

Anara intentó invocar la luz de Bel-Hur, pero no funcionó.

La Guardiana sonrió y entonces el suelo se abrió.

Cientos de manos surgieron desde abajo, atrapando los tobillos de Anara, tirando de ella. Tiraban de ella con fuerza y la enterraban bajo un suelo vivo y húmedo.

—Observa la noche —susurró la guardiana, agachándose para que Anara la escuchara bien—. Ahí vivimos nosotros.

Anara gritó mientras el suelo vivo la devoraba.

Despertó con el cuerpo cubierto de sudor. El aire entró a golpes en los pulmones, áspero; parecía haber salido de un pozo profundo.

La lona de la tienda se abrió de pronto y dos soldados irrumpieron con las lanzas en alto.

—¡Mi señora!

Anara se incorporó, aún con el pulso desbocado.

—Tranquilos —se llevó una mano al pecho—. No hay peligro.

Los hombres se miraron entre ellos y bajaron las armas.

—Hemos oído un grito.

—Ha sido un mal sueño, nada más.

Dudaron un instante, luego inclinaron la cabeza y se retiraron mientras guardaban sus armas sin añadir palabra.

La quietud regresó.

Anara apartó las mantas y apoyó los pies en el suelo frío. Tomó la jarra de barro y vertió agua en un vaso. Lo sostuvo unos segundos antes de beber. El temblor en sus dedos no cesó hasta el segundo trago. El agua le supo a hierro. Cerró los ojos.

Valcara.

Hacía tiempo que algo en su interior se había apagado. No recibió carta ni cuerpo, ni testigo. Solo un vacío súbito, una ausencia que le rozó el alma una noche y no volvió a marcharse.

Aceptó su muerte, la lloró en silencio, pero siguió adelante. Pero esta visión… con la piel pálida y esa mirada sin vida…

Abrió los ojos y dejó el vaso sobre la mesa con cuidado.

—Solo ha sido una pesadilla —susurró para sí.

La frase quedó suspendida en la tienda, pero logró creerla del todo antes de recuperar el sueño.