36 Hambre y lealtad
La noche llegó con rapidez. El campamento se apagó entre susurros, como si algún dios hubiera pasado la mano por encima y hubiese borrado el ruido.
Valcara, inmóvil, sin parpadear, observaba desde lo alto de una roca. El viento le empujó hacia atrás el cabello oscuro y ligeramente canoso y dejó al descubierto su piel pálida, sin rastro de calor.
Abajo, las hogueras dibujaban círculos débiles. Los Sin Dios vigilaban y la Guardia del Éxodo dormía con el acero siempre cerca de la mano.
Inspiró, pero nada, solo el recuerdo del aire, un impulso de cuando estaba viva. Ya no necesitaba el aire para sobrevivir.
Se dejó caer. El descenso no hizo ruido. Sus botas tocaron la tierra rojiza y su silueta se deshizo entre las sombras antes de que una antorcha girara en su dirección.
Un centinela se detuvo y frunció el ceño.
—¿Has oído eso? —preguntó a su compañero.
Solo había silencio. Valcara era imperceptible entre las sombras. Sus uñas se alargaron hasta convertirse en garras negras y sus ojos verdes se enturbiaron un instante. Al principio dudó, pero al notar que le picaban las manos, supo que tenía hambre.
—Inocentes no —se dijo Valcara.
Miró sus manos temblorosas y se apartó de la pareja de centinelas. No serían su alimento.
Cerca del perímetro, una figura pequeña se escabullía entre los carros.
Valcara se detuvo en seco.
El niño avanzaba con sigilo, con pasos cortos. Estaba demasiado lejos de su grupo. Era delgado y tenía la cabeza rapada. Llevaba una tinaja de agua y sus ojos estaban atentos a cada ruido.
Era Enen.
Valcara ladeó la cabeza.
—¿Qué hace este chiquillo tan lejos de su campamento? —se preguntó la guardiana.
El niño miró por encima de su hombro, pero no vio a Valcara. Tres sombras se deslizaron tras él. Olían a alcohol y a sudor. Uno de ellos sonrió al ver al niño.
—Silencio —susurró—. Este no va a gritar mucho.
Valcara ya no estaba en su sitio. Apareció entre ellos como un fallo en la noche.
El primero no llegó a entender lo que ocurría. La espada le abrió el vientre antes de girarse. El segundo levantó el arma, pero fue demasiado lento. La hoja larga de hierro trazó un arco limpio y le cortó el cuello.
El tercero retrocedió y tropezó con el cuerpo de uno de los caídos. Cayó de espaldas sobre el barro, arrastrándose hacia atrás mientras sus manos buscaban algo a lo que aferrarse.
—¿Qué eres?
Valcara avanzó despacio.
Sus ojos verdes brillaron un instante bajo la oscuridad del bosque. La sangre le manchaba las manos y el borde de la coraza de cuero. A sus pies, el hombre destripado aún se retorcía entre jadeos húmedos, intentando sujetarse las entrañas.
La guardiana se agachó junto a él.
Le sostuvo la cabeza con una sola mano y el moribundo soltó un gemido roto cuando ella le giró el cuello hasta arrancarle el último aliento. El crujido resonó entre los árboles. Entonces, Valcara alzó la vista hacia el superviviente.
—Lo que queda —susurró con una voz fría, hueca—, cuando ya lo has perdido todo.
El tercer hombre intentó gritar, pero no llegó a emitir sonido alguno.
Valcara ya estaba sobre él.
No atacó con las espadas. Su mano se cerró alrededor del cuello del hombre y las garras negras atravesaron carne y tendones con un sonido húmedo.
Lo alzó del suelo con una sola mano. Las botas del hombre patalearon en el vacío mientras intentaba respirar.
Sus dedos arañaron el brazo de Valcara, inútiles. Ella lo sostuvo frente a sí.
—Dime —susurró sin esfuerzo—. ¿A cuántos pensabais matar esta noche?
El hombre escupió sangre sobre la coraza de cuero y una sonrisa torcida le abrió la cara.
—A todos los que pudiéramos.
Valcara permaneció inmóvil unos segundos.
El viento agitó los mechones grises de su cabello oscuro. Sus ojos verdes brillaron en mitad de la noche y luego acercó su rostro al de él hasta que casi pudo olerle el miedo bajo la sangre.
—Ni a uno más.
Se lo dijo al oído. El hombre abrió la boca, pero el sonido murió cuando Valcara le partió el cuello de un giro seco.
El cuerpo quedó flácido al instante. Ella lo soltó y el cadáver cayó al suelo rojo con un golpe pesado.
El olor a sangre llenó el lugar.
Valcara bajó la mirada hacia los muertos. El hambre tiró de ella desde dentro, clavándole las garras en el pecho. Podía sentirlo. La esencia aún seguía ahí, débil, flotando alrededor de los cuerpos calientes.
Sus dedos se tensaron. Entonces recordó que alguien observaba.
Valcara alzó despacio la cabeza hacia el niño. El hambre no desapareció, pero retrocedió un paso dentro de ella.
Aún no entendía del todo las reglas de aquello en lo que se había convertido. No sabía cuánto tardaba la esencia de un ser vivo en abandonar un cadáver ni cuánto tiempo podía alimentarse antes de que solo quedara carne vacía.
Y tampoco pensaba descubrirlo delante de los ojos de aquel pequeño.
Enen seguía allí, perplejo. No emitía un sonido y miraba a la mujer en guardia. Había dejado la tinaja en el suelo y tenía la mano derecha en Ansia aún cubierta por su paño embrujado.
Sus ojos atentos no mostraban miedo.
Valcara limpió la hoja en la ropa de uno de los muertos.
—Deberías estar con los tuyos.
El niño se señaló la herida del pecho.
—Los míos están muertos.
Valcara frunció el ceño.
—No puedes hablar de mí —dijo ella arrastrando los cuerpos a un lugar menos visible.
—No me gusta hablar de nadie —murmuró Enen, pero ella le escuchó perfectamente.
Un susurro pareció cruzar el aire entre ambos. Valcara sintió un escalofrío que no pertenecía a su cuerpo. Se acercó un paso a él. El niño no retrocedió.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó, señalando con el mentón la mano que tenía escondida bajo las ropas.
—No te importa.
Valcara soltó una carcajada ahogada y luego asintió.
—Tienes razón.
Enen inclinó la cabeza.
—No respiras.
Valcara, sorprendida por la astucia y el coraje del niño, no respondió y se giró hacia él.
—Vuelve al campamento de los tuyos.
El niño cogió la tinaja y obedeció sin más preguntas.
Valcara lo observó marcharse y cuando salió de su vista, arrastró los cuerpos fuera del perímetro y los dejó donde el terreno caía hacia la oscuridad.
Más tarde, desde una sombra más profunda, Valcara observaba la tienda de la Suma Sacerdotisa.
Las antorchas cercanas apenas iluminaban la lona húmeda. Dos guardias vigilaban la entrada con las lanzas apoyadas contra los hombros, cansados tras horas de marcha y lluvia. Ninguno vio a Valcara avanzar hacia ellos.
La guardiana pasó entre ambos. Ni siquiera giraron la cabeza.
Era como si la oscuridad la tragara a cada paso. Sus ojos resbalaban sobre ella sin llegar a verla, incapaces de fijarse en su presencia mientras Valcara no lo permitiera.
La lona apenas se movió cuando entró. Dentro olía a cuero mojado, hierbas medicinales y humo apagado.
Anara dormía.
La luz débil de una lámpara dibujaba sombras suaves sobre su rostro. Su cabello castaño descansaba desordenado sobre la manta y el Amuleto de la Unidad brillaba débilmente junto a su pecho con cada respiración tranquila.
Parecía ajena al barro, a la guerra y al miedo que arrastraba el éxodo.
Valcara dio un paso hacia ella y se detuvo. La observó en silencio. Había sangre y muerte pegadas a sus propias manos, pero Anara seguía allí, intacta. Pura a los ojos de la guardiana. Tan viva.
La calma que desprendía la golpeó con más fuerza que cualquier recuerdo.
El aroma de su piel y el sonido lento de su respiración le dolieron en el pecho.
Y entonces llegó el hambre. La sintió abrirse dentro de ella igual que una herida. Fría, vacía y hambrienta.
Sus dedos se tensaron despacio.
Podía percibir la esencia viva bajo aquella piel cálida. El latido constante de su sangre. La vida respirando frente a ella.
Valcara retrocedió un paso al instante. El horror cruzó sus ojos verdes.
—No… —pensó.
Quiso despertarla, arrodillarse junto al lecho y decirle que seguía allí, que no había desaparecido, que aún vigilaba cada sombra cercana a ella, igual que cuando Anara era una niña y corría y jugaba sin saber que el mundo ya intentaba devorarla.
Pero ahora era ella quien podía devorarla.
Apretó los dientes. Ya no sabía qué vería Anara si abría los ojos, ni qué podría hacer ella misma si permanecía allí demasiado tiempo.
Así que salió.
Retrocedió hacia la lona y abandonó la tienda con el mismo silencio con el que había entrado antes de que el hambre terminara de romper aquello que aún quedaba de Valcara.
Los dos soldados continuaron vigilando la noche sin sospechar que la muerte acababa de pasar entre ellos.
La carne asada que estaban cenando los guardias pasó frente a su rostro.
Valcara giró la cabeza.
El olor le abrió la garganta con una náusea. Un soldado dejó el cuenco sobre una roca sin verla. La carne humeó bajo la luna.
Aquella comida ya no podía sostenerla. El hambre le arañó el pecho otra vez, profunda y cruel, porque no era pan ni carne lo que su cuerpo reclamaba ya.
Se apartó del campamento y dejó atrás el círculo tembloroso de las antorchas. La noche la recibió sin ruido.
La llanura aún respiraba humedad tras la lluvia. El barro cedía bajo sus botas.
Entonces vio un conejo que permanecía quieto entre unos matorrales bajos. Tenía las orejas erguidas y el hocico nervioso. Sus ojos negros reflejaron la silueta de Valcara un instante antes de que ella se abalanzara sobre él.
Lo atrapó contra el suelo.
El animal chilló, presa del pánico. Las patas traseras golpearon la tierra mojada mientras intentaba escapar.
Valcara lo sostuvo entre ambas manos y el hambre despertó.
Sus dedos se clavaron bajo el pelaje húmedo y el mundo se apagó alrededor de ambos. Todo desapareció. Solo quedó aquel latido pequeño y frenético bajo sus manos.
Entonces ocurrió de nuevo. Algo invisible salió del conejo y se precipitó hacia ella.
Valcara cerró los ojos al sentirlo entrar en su cuerpo. Aquel calor denso le llenó el pecho y descendió por sus venas. El vacío retrocedió durante un instante y su carne muerta recuperó algo de firmeza y color.