35 Mar de sangre #2
Luego el mar volvió a moverse. Debajo, las sombras regresaron, pero esta vez eran muchas más.
Edoz miró alrededor e hizo aspavientos con los brazos para llamar la atención del dragón.
—¡Vale, nos vamos! —gritó.
Karath descendió en picado, directo hacia él.
Edoz se dio impulso sobre el agua. La mano negra se agarró a las escamas del dragón y el tirón lo sacó del mar en el último segundo. Las fauces de varios tiburones negros rozaron sus botas y se cerraron en el aire.
Karath batió las alas con violencia y el aire respondió bajo ellas, sosteniendo el enorme cuerpo negro mientras ascendían lejos del Mar de las Voces.
El océano rojo quedó atrás poco a poco, retorciéndose bajo la niebla, aunque las voces no desaparecieron.
Primero llegaron débiles, apenas susurros rotos entre el viento.
Después volvieron con más fuerza, arañando los oídos desde abajo.
El dragón rugió.
Una de sus alas descendió con menos fuerza que la otra. La membrana estaba desgarrada cerca del hueso y la sangre negra resbalaba entre las escamas antes de perderse en el vacío.
Edoz se dejó caer sobre el lomo de Karath, agotado. Respiraba con sacudidas irregulares. Escupió sangre hacia un lado y el viento la arrancó antes de que pudiera verla caer.
Las piernas le ardían. Bajó la mirada. Las marcas de los mordiscos seguían abiertas sobre la carne, oscuras y profundas, allí donde las cosas del mar habían llegado a atraparlo antes de que Karath le sacara de allí.
Edoz soltó una risa seca que murió enseguida en su garganta.
—Casi nos quedamos ahí abajo…
Karath volvió la cabeza un poco. El ojo plateado brilló entre las escamas negras mientras seguía ganando altura.
Edoz respiró hondo y, tras unos segundos, giró la cabeza hacia el dragón.
—No ha estado mal.
El brazo negro se relajó sobre las escamas. Karath no giró la cabeza, pero mantuvo el vuelo firme.
Edoz alzó la vista hacia la niebla que se abría ante ellos.
—La próxima vez, elegiremos mejor el sitio.
El dragón mantuvo el vuelo firme, con las alas abriéndose paso en la niebla, y siguió avanzando sin detenerse.
Volvieron a la costa. El viento cambió antes de que la vieran y Karath descendió un poco con las alas tensas, aún heridas tras el reciente duelo, mientras la niebla se abría en franjas irregulares que dejaban ver algo sólido al fondo.
Edoz entrecerró los ojos.
—Ahí estás…
La Costa Perdida apareció de nuevo bajo ellos. No parecía un puerto, sino un recuerdo retorcido.
Las casas se apilaban unas sobre otras, inclinadas, abiertas por grietas que no cerraban.
Los muelles se extendían sobre un mar que no era agua, clavados en una superficie roja que respiraba despacio.
Barcos encallados quedaban suspendidos a medio hundir, con las velas rotas y las cuerdas tensas hacia ningún sitio.
Nada estaba en su lugar. Todo parecía haber sido arrastrado y abandonado a su suerte.
Karath batió las alas una vez más y descendió, pero el movimiento no fue limpio; una de ellas se abrió con retraso, dañada, y el aire se quebró a su paso. La herida tensó su cuerpo y el rugido que soltó no fue de aviso, sino de dolor contenido.
Edoz apoyó la mano negra sobre su cuello.
—Despacio, no me apetece caer otra vez a ese mar de sangre dulce.
El dragón no respondió, pero redujo el ritmo.
El suelo apareció bajo ellos. Las garras tocaron piedra húmeda y el sonido tardó en alcanzarlos.
Edoz bajó del lomo con cuidado. Estaba empapado en sangre, la suya y la del mar rojo en el que había caído, y cada movimiento dejaba un rastro oscuro sobre las escamas. Aún le escocían las heridas de las piernas.
Sus botas tocaron el suelo, pero la piedra cedió un poco bajo su peso. Miró a su alrededor.
—Bonito sitio para retirarse.
Karath plegó las alas con dificultad, pero no relajó el cuerpo. Sus ojos plateados no se apartaron del mar.
Las voces seguían allí, aunque ya no golpeaban con la misma fuerza. Habían quedado más lejos, pero no en silencio.
Edoz avanzó unos pasos y el puerto se abrió ante él, con calles estrechas que subían en ángulos imposibles y fachadas torcidas que parecían observarlo desde cada ventana vacía.
Una puerta se cerró sola con un golpe seco y otra se abrió despacio, sin que nadie la tocara.
Pero no había nadie.
—Claro, están todos de vacaciones —soltó Edoz junto a una leve risa. El brazo demonio se tensó un poco y le dio un tirón breve bajo la piel. Edoz lo miró de reojo.
—Sí, yo también lo veo.
Siguió caminando sin prisa y entonces vio una estatua que se alzaba al final del muelle principal, medio hundida en la piedra.
Una mujer yacía tumbada de espaldas, con la corona torcida sobre la cabeza y los pies apoyados contra un muro inclinado hacia ella.
A su lado, tirada, su balanza partida en dos.
Al otro lado del muro, esculpido en la misma piedra, un hombre empujaba con todo el cuerpo, atrapado en un esfuerzo que no terminaba. Estaba más cerca de vencer, más cerca de aplastarla.
Edoz se detuvo y la observó en silencio un instante.
—Me resultas familiar —murmuró.
Se acercó un poco más. La piedra estaba agrietada, pero el rostro seguía reconocible. Demasiado. Edoz ladeó la cabeza.
—Senith. En persona tenías mejor aspecto.
Karath resopló detrás de él.
Edoz se fijó bien en la estatua.
—Esta batalla contra el hombre no la ganaste, ¿eh?
Se agachó junto a la balanza rota y la tocó con la punta de los dedos.
—Qué curioso… —chasqueó la lengua—. Esta historia se te olvidó contármela.
Alzó la vista hacia el muro.
El hombre empujaba con todo el cuerpo, con los músculos tensos y el rostro oculto, atrapado en un esfuerzo que no terminaba nunca.
Edoz entrecerró los ojos.
—El avance del hombre al mar —susurró—. Siempre gana. Incluso aquí. Así que este es tu fracaso como diosa del mar, ante el hombre que no para de ganarte terreno…
Edoz pensó en ella y giró la cabeza hacia el mar. Las voces habían cambiado, ahora se escuchaban más bajas, pero más cerca. Se levantó despacio y se giró hacia Karath.
—No creo que este sitio nos quiera aquí mucho más tiempo.
El dragón no se movió, pero estaba inquieto por tanta calma.
Sus ojos miraban hacia el mar. Edoz siguió su mirada.
El aire cambió. Un sonido profundo surgió de la orilla, un susurro que se volvió rugido mientras las aguas del Mar de las Voces comenzaron a abrirse.
No era agua. No del todo. Era un pulso rojo que respiraba, que palpitaba como un corazón gigantesco.
El agua del mar se fue retirando lentamente.