35 Mar de sangre
El mar rojo se cerró sobre Rhaegor sin dejar rastro. No hubo ni un grito, ni una mano que regresara; la superficie se onduló una vez y volvió a quedar lisa, como si nada hubiera ocurrido.
Karath rugió y retrocedió en el aire con un batir violento. Las alas cortaron el viento espeso, negándose a descender más.
Edoz no se movió. Sus ojos seguían fijos en el punto exacto donde el soldado había desaparecido.
El silencio se alargó hasta volverse casi insoportable, y entonces las voces subieron desde el mar, más claras, más cercanas, arrastrándose dentro del cráneo de Edoz con nombres que no quería recordar.
Edoz inclinó la cabeza.
—¡Ya basta! —exclamó con furia.
No hubo respuesta.
Apretó los dientes, avanzó un paso sobre el lomo de Karath y miró al abismo rojo sin parpadear.
—¡Aquí tienes tu maldito sacrificio, Kudram! —escupió, con la voz rota—. ¡Ahora, déjate ver!
El eco no se perdió y el mar respondió con movimiento en sus aguas rojas. La superficie se tensó y se abrió en una línea oscura que avanzó despacio, como una herida que se arrastraba hacia él.
Karath gruñó, incómodo, con el cuerpo rígido. El brazo demonio reaccionó y tiró hacia abajo. Edoz no luchó esta vez, sino que dejó que la presión guiara al dragón en un descenso lento, directo hacia la grieta que se abría en el mar.
—Eso es —murmuró, con una sonrisa—. Enséñame el camino.
Las voces cambiaron y dejaron de solaparse unas con otras hasta ordenarse en un murmullo único, una sola tonada baja, lejana y firme que se impuso sobre el resto. Edoz cerró los ojos, afinó el oído en medio de aquel silencio extraño y ladeó la cabeza lo justo para encontrarla.
—Te oigo —susurró.
Sin apartar la mirada, la siguió.
Karath descendió otro poco. El agua roja bajo ellos se movía con formas que no terminaban de definirse.
Algo cruzó bajo la superficie, una forma enorme que se deslizó demasiado cerca como para ignorarla. Karath dudó en el aire, el batir de sus alas perdió ritmo por un instante y Edoz respondió en el acto, apretando la mano negra contra su cuello hasta que se movió en la dirección deseada.
Las palabras de Senith regresaron sin aviso, clavándose en su cabeza con la misma claridad que entonces.
Dentro del Mar de las Voces hay criaturas que no deberían existir. Formas nacidas de lo que se pierde ahí dentro… y no regresa.
Karath descendió otro poco. El rojo del mar rozaba ya la sombra de sus alas.
El aire dejó de soplar y el mar se tensó bajo ellos, algo se preparaba para romperlo desde dentro. Edoz entrecerró los ojos.
—Algo viene.
No hubo margen para reaccionar.
La superficie estalló.
Una masa surgió desde abajo con un golpe brutal.
La criatura emergió como una aberración sin forma definida, con un cuerpo de carne desgarrada que parecía reconstruirse a cada movimiento.
Sus mandíbulas se abrían en ángulos imposibles, mostrando filas irregulares de dientes, mientras ojos amorfos brillaban bajo la superficie roja.
Karath rugió y giró en el aire, pero la criatura ya estaba sobre ellos y los golpeó. El impacto sacudió al dragón y el aire se rompió alrededor de ambos. Edoz se sujetó, y el brazo negro reaccionó al instante, clavándose más profundo en las escamas.
—¡Arriba!
El dragón giró de golpe. Sus alas golpearon el aire con un rugido que hizo temblar la superficie roja.
La criatura lo esperaba con las garras extendidas y unos ojos sin forma que brillaban bajo un mar de sangre.
Al chocar las escamas contra la carne desgarrada, el ser acuático hundió los dientes en el hombro de Karath.
Un rugido desgarró el cielo y el mar respondió con salpicaduras que mojaron la piel de Edoz.
Karath lanzó un zarpazo que arrancó trozos de carne mientras la criatura enroscaba su cola alrededor de la pata del dragón, tirando con fuerza. Cada impacto hacía temblar el lomo bajo la mano negra de Edoz; el calor del dolor vibraba hasta su brazo.
El dragón se soltó la pata enredada de un tirón y la criatura giró, mordió la cola del dragón, arrancándole escamas con un chasquido húmedo.
La sangre salpicó el aire, cayendo como lluvia roja sobre la superficie del mar.
Karath rugió, le embistió con la cola y arrastró a la bestia varios metros antes de que esta se impulsara con fuerza para volver.
Edoz sintió el dolor de cada corte, cada dentellada que marcaba la carne del dragón.
Apretó la mano negra, guiando los movimientos con precisión.
Un golpe lateral lanzó a la criatura al aire; las mandíbulas se abrieron y buscaron la cabeza del dragón, pero Edoz tiró con fuerza y Karath lo esquivó por poco.
El viento cortaba la piel y arrastraba gotas de sangre alrededor.
—¡Cuidado, amigo escamado! —gritó Edoz, exaltado.
El monstruo cayó al agua, pero volvió a elevarse sobre el mar como si la gravedad no le afectara.
Rugió con un sonido que hizo vibrar todos los huesos de Edoz.
Estaba furioso y tensó cada músculo de su irregular cuerpo.
Karath descendió y le dio un coletazo en los dientes, hundiéndole varios en la carne, que se regeneraba a cada instante.
La superficie roja se agitó con olas de sangre y espuma.
Edoz sonrió con los dientes apretados.
—Ahora sí que nos lo jugamos todo —susurró.
El brazo negro se tensó y tiró del dragón con fuerza hacia el monstruo.
La criatura chilló, un sonido que cortó el aire mientras se enroscaba para esquivar al dragón, que golpeó de nuevo.
Carne y escamas volaron por los aires. El mar se agitaba con cada embestida, con cada dentellada, con cada giro.
El monstruo rugió y se abalanzó otra vez, más rápido, más salvaje, mientras Karath respondía con embestidas precisas.
Garras contra mandíbulas, colas que se arrancaban miembros, dientes que desgarraban carne hasta que el aire se volvió un vendaval de sangre y vísceras suspendidas.
Edoz sintió la fuerza de cada golpe, sorprendido por la resistencia del dragón; cada impacto era una coreografía brutal entre instinto y control.
El brazo negro se agitó, tiró, giró y empujó; Karath se movió en sincronía. La criatura mordió otra vez, le rasgó un trozo del ala, y el dragón rugió, golpeó con la cola, sacudiendo a la bestia hacia atrás. La sangre salpicó a Edoz, caliente, pegajosa, y el olor metálico llenó el aire.
El mar rojo se agitaba, y bajo ellos, la criatura no cedía. Edoz apretó los dientes, tiró de nuevo y Karath embistió directo, lanzando al monstruo contra el vacío. La lucha no había hecho más que empezar.
El combate continuó. Karath volvió a embestir y el aire se partió bajo el impacto. La criatura giró sobre sí misma, su cuerpo torcido se recomponía a cada golpe. Lanzó las fauces hacia el cuello del dragón, donde los dientes chocaron contra escamas negras que cedieron lo justo.
Edoz apretó la mano negra contra el cuello de Karath para intentar esquivar una nueva embestida.
—¡No… por ahí no! —ordenó inquieto.
El tirón llegó al instante. Karath giró en seco y las mandíbulas fallaron por un dedo.
El dragón rugió y la criatura volvió a atacar, esta vez más rápida y más cerca. Un latigazo de carne golpeó el lomo y Edoz perdió el equilibrio. Su mano libre buscó apoyo en las escamas, pero no encontró nada firme.
El brazo negro tiró con violencia. Karath ascendió de golpe y el viento se abrió bajo sus alas. La criatura siguió el movimiento, pero llegó tarde, y aun así, demasiado cerca.
Las fauces se cerraron sobre el ala. El chasquido partió el aire. Karath rugió y el dolor subió por el brazo de Edoz hasta clavarse en su pecho.
—Vale, eso no me gusta nada —dijo Edoz.
El dragón descendió sin querer. La criatura tiró hacia abajo y el mundo cayó con ellos.
El Mar de las Voces se abrió bajo su peso. No hubo margen de maniobra. Impactaron contra la superficie y la sangre del mar lo engulló sin salpicar, atrapando medio cuerpo de Karath mientras las alas golpeaban una superficie que no cedía del todo.
Edoz perdió el agarre y cayó.
La sangre lo recibió con un calor tibio que sabía dulce y transmitía una inexplicable calma. Pero desde el momento en el que Edoz se encontró dentro del agua roja, a merced de la marea, se dio cuenta de que algo tiraba de él desde abajo.
Miró alrededor y vio sombras bajo la superficie, moviéndose.
—No, no, no —murmuró, pataleando sin dejar de nadar.
Con dificultad, sacó la espada de plata, que le pesaba en la cintura.
El primer tirón llegó desde abajo. Edoz bajó la hoja y cortó sin ver. La resistencia cedió y algo vibró bajo el líquido espeso.
—¡Fuera!
Otro tirón desde detrás. Giró y clavó la espada. Algo se apartó y volvió a por él.
Karath rugió a su espalda. Edoz no se giró.
—¡Ocúpate de lo tuyo! —exclamó mientras luchaba por su vida sin saber exactamente contra qué.
Antes de que terminara la frase, Karath se alzó medio cuerpo fuera del mar y mordió a su oponente. La criatura gritó, pero el sonido no llegó del todo, amortiguado por la densidad del agua.
Algo se cerró sobre la pierna de Edoz y el tirón le tensó el cuerpo al instante. Bajó la mirada y alcanzó a ver pequeñas formas que se movían bajo la superficie, rápidas, casi imposibles de seguir, hasta que los dientes negros asomaron y se hundieron de nuevo en la carne.
—Mierda.
Clavó la espada hacia abajo. Una, dos, tres veces. El agua se agitó y más formas aparecieron. Muchas más.
—Soy comida…
Intentó avanzar, pero el mar lo retuvo en el sitio.
Otro mordisco en el muslo, más profundo esta vez. Edoz apretó los dientes y giró la hoja hacia lo que le mordía. La forma se soltó y desapareció en las profundidades.
—¡Karath, cuando quieras! —gritó, tragando sangre.
El rugido del dragón atravesó el aire y le hizo alzar la vista.
La criatura se elevó fuera del mar. Karath la sostenía entre las fauces, con el cuello tenso y las alas abiertas para no caer.
Un tirón seco recorrió el aire y el crujido llegó justo después, breve, definitivo, antes de que la cabeza de la criatura se separara del cuerpo y quedara suspendida un instante entre las fauces de Karath. El resto cayó sin peso, y el mar se lo tragó en cuestión de segundos.
Durante un instante hubo una calma tensa.