Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 34 Nacido de las Tinieblas #4
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34 Nacido de las Tinieblas #4

En lo alto de un risco, lejos del alcance de las antorchas, una figura observaba. Era Valcara, que permanecía inmóvil, envuelta en la noche. El viento agitó levemente su capa gris. Sus ojos se fijaron en el símbolo del suelo… luego siguieron al Profeta.

La lona de la tienda apenas se movía. Fuera, el campamento respiraba en la noche. Mulos inquietos, ruedas que crujían sobre el barro seco y alguna tos en la distancia.

Dentro, Lyria no podía dormir. Estaba sentada sobre la manta con sus botas negras aún puestas.

Tenía la espalda apoyada contra el poste central y la cabeza inclinada hacia delante.

Sus ojos ardían, enrojecidos, abiertos desde hacía horas.

El látigo de Zarhel descansaba sobre sus rodillas.

Lyria pasaba sus dedos temblorosos por el cuero una y otra vez.

—Maldito seas… —murmuró.

Sacó una piedra en forma de corazón de debajo de su catre. La forma encajaba en su palma. Era el pedazo de piedra que se llevó del mural de Gundar y Senith. Era oscura, pulida y muy pesada para su apariencia. La miró y luego cerró los dedos alrededor de ella.

Entonces, el mundo cambió. El muro volvió a levantarse ante ella. Llevaba una antorcha en su mano. Estaba en aquel patio hundido del templo en ruinas con las columnas caídas. La imagen apareció con extrema claridad.

El mural con Gundar y Senith. Entre ellos, el hueco. Un corazón arrancado de la piedra. Lyria avanzó en el recuerdo.

—¿Qué sois?

La voz de Lyria rebotó contra las ruinas del templo. La antorcha tembló en su mano y la luz anaranjada recorrió el mural roto hasta detenerse en el hueco del corazón. Dudó un instante, pero al final alzó la mano y tocó la piedra.

La luz azul estalló otra vez.

El golpe le sacudió el pecho. El aire se le escapó de los pulmones y un retumbar profundo llenó el mundo.

Se escuchaban tambores de guerra.

Los nombres volvieron a su cabeza con la fuerza de un martillo.

Gundar y Senith.

Las voces rugieron dentro de su mente y la visión la arrastró.

El mar apareció ante ella. Un puerto antiguo surgió bajo un cielo limpio. Casas de madera alineadas junto al agua, redes extendidas al sol, barcas cargadas de pescado. Hombres y mujeres que caminaban entre los muelles con las manos llenas, pero nadie vigilaba cofres ni discutía por monedas.

En lo alto del puerto se alzaba la estatua. La balanza de oro brillaba sobre la ciudad.

Entonces, el mar se abrió.

Las aguas se apartaron y una figura caminó sobre la superficie tranquila. Senith avanzó hacia el puerto con pasos serenos, descalza sobre el mar abierto. Cada vez que apoyaba el pie, la superficie se volvía lisa bajo ella y las olas agachaban la espuma, dóciles ante su presencia.

Era alta y el cielo entero pareció llenarse con la luz azulada que nacía de su propio cuerpo.

No era un brillo cálido; recordaba al reflejo frío de la luna sobre monedas recién acuñadas.

Su piel relucía como bronce pulido bajo agua salada, atravesada por líneas finas que latían despacio, iguales a rutas comerciales marcadas sobre un mapa antiguo.

Algunas recorrían sus brazos, otras descendían por el cuello y desaparecían bajo la tela oscura que envolvía su cintura.

Su cabello negro caía pesado sobre la espalda, movido por una corriente invisible que no pertenecía al viento.

Entre los mechones brillaban pequeñas piezas de oro y plata, monedas de distintos reinos fundidas unas con otras para formar la corona que descansaba sobre su cabeza.

Cada moneda mostraba rostros, barcos, animales y símbolos de tierras lejanas, tributos arrancados a generaciones enteras de mercaderes y reyes.

Sus ojos no tenían compasión. Eran duros, antiguos, del color del lapislázuli húmedo. Miraban a los hombres del puerto y parecían pesar sus almas igual que un comerciante pesa el oro sobre una balanza.

En una mano sostenía una balanza azul brillante.

Los platos flotaban sin cadenas, suspendidos por una fuerza imposible, y en ellos danzaban pequeñas luces semejantes a monedas fundidas.

En la otra llevaba una cuerda trenzada de oro oscuro, gruesa como una amarra de navío, cubierta de nudos y marcas de antiguos pactos.

Las cadenas del puerto comenzaron a vibrar cuando pasó cerca. El hierro respondió con chasquidos tensos, casi vivos. Los barcos se balancearon suavemente y las velas dejaron de agitarse.

Era Senith, diosa del comercio y del mar, protectora de los senicios, señora de los pactos, las rutas y las monedas. La fe y la riqueza caminaban unidas a ella, atadas por la misma cuerda.

Senith avanzó hacia el puerto con pasos serenos y nadie se atrevió a hablar mientras la diosa caminaba entre ellos.

—Los hombres necesitan la balanza —dijo la diosa.

Lyria quiso hablar, pero el bosque rugió detrás de ella.

El suelo tembló, los árboles se abrieron entre crujidos violentos y una figura gigantesca irrumpió entre los troncos arrancados.

Gundar salió de la selva.

No caminó, avanzó empujando el bosque a su paso. Las raíces se levantaron bajo sus pies y la tierra húmeda se agrietó alrededor de sus piernas desnudas, cubiertas de barro, sangre seca y viejas cicatrices que cruzaban su piel en capas, unas sobre otras, hasta formar marcas imposibles de contar.

Era enorme.

Su torso parecía tallado en roca negra y carne viva.

Los músculos se tensaban bajo una piel oscura, curtida por siglos de guerra.

De sus hombros nacían cicatrices profundas que bajaban por los brazos hasta unas manos gigantescas, llenas de cortes mal cerrados y dedos deformados por antiguas batallas.

Dos hachas colosales descansaban en sus manos.

Los filos estaban mellados. Había trozos de hierro incrustados en ellos, huesos partidos y manchas oscuras que jamás desaparecieron. Cada movimiento arrancaba un zumbido grave al aire, pesado, capaz de hacer vibrar los dientes.

Su pecho subía y bajaba despacio.

De su espalda colgaban pieles arrancadas a bestias enormes y cadenas cubiertas de dientes de presas golpeaban contra sus piernas con un sonido seco. El símbolo rojo oscuro de Gundar, las cuatro zarpas del garrazo, estaba marcado a fuego sobre su abdomen y latía con una luz apagada bajo la lluvia.

Levantó la cabeza y los arreshim que avanzaban tras él callaron al instante.

Su rostro parecía nacido de una pesadilla del bosque.

La mandíbula ancha sobresalía bajo unos colmillos amarillentos, grandes como cuchillos cortos.

La nariz estaba rota hacia un lado y uno de sus ojos permanecía cubierto por una cicatriz hundida.

El otro brillaba rojo, vivo, observándolo todo con hambre.

Dos cuernos negros surgían de su frente, curvados hacia atrás, agrietados y cubiertos de pequeñas marcas rituales.

El aire cambió cuando respiró. Olía a tierra recién abierta.

A su alrededor, las sombras del bosque comenzaron a moverse solas. Entre las raíces aparecieron ojos rojos y manos verdes aferradas a lanzas. Los arreshim golpearon sus tambores de guerra con más fuerza, siguiendo el pulso de aquel dios hecho carne.

Gundar clavó una de sus hachas en el suelo y la tierra rugió.

Y cuando habló, su voz sonó igual que un árbol gigantesco al partirse durante una tormenta.

—¿Quién entra en mi bosque sin traer sangre para mis raíces?

Miró a ambos lados y sus ojos salvajes se detuvieron en Senith.

—Los hombres necesitan furia.

Senith levantó la balanza.

—Necesitan orden.

Gundar alzó las hachas hacia el cielo.

—Necesitan guerra.

Los dos dioses giraron la cabeza a la vez. Sus miradas cayeron sobre Lyria y ambos la señalaron.

—Tú.

Las voces golpearon su mente.

—Tú llevas las cicatrices del futuro.

La luz explotó.

El rugido la arrancó del sueño y Lyria abrió los ojos de golpe.

La tienda del campamento volvió a su alrededor: el poste central, la lona manchada, la manta caída sobre sus piernas. Su respiración golpeó el pecho con fuerza. Bajó la mirada hacia su mano.

El corazón de piedra seguía allí. Lo apretó con tanta fuerza que le dolieron las manos.

—No…

Intentó soltarlo, pero sus dedos no obedecieron. Un espasmo le recorrió el brazo y el latigazo de dolor la obligó a inclinarse hacia delante.

La lona de la tienda se abrió y entró un Ungido Ciego. La venda negra le cubría sus ojos y en sus manos llevaba una pequeña caja de madera.

Lyria lo miró con odio.

—Llegas tarde.

El hombre dejó la caja sobre la mesa baja y levantó la tapa. Dentro reposaba un pequeño frasco oscuro. El líquido negro brilló bajo la lámpara.

Lyria tragó saliva. El estómago se le contrajo.

—No necesito esa mierda.

El Ungido extendió la mano hacia el frasco.

—El Profeta dice que sí.

El temblor en las manos de Lyria empeoró. El látigo resbaló de su cinto y cayó al suelo.

—¡Que se pudra el Profeta! —rugió.

El Ungido tomó el frasco y se lo acercó.

—Sin esto no dormirás bien.

Lyria soltó una risa seca.

—Hace días que no duermo.

El hombre mantuvo el frasco frente a su rostro.

—Por eso. Tómalo.

Lyria miró el líquido negro mientras sus dedos temblaban. El corazón de piedra seguía atrapado en su otra mano.

—Devolvedme a Zarhel.

El Ungido no habló.

Lyria golpeó la mesa con el puño.

—¡Dijo que podía hacerlo!

—El Profeta abre puertas.

—¡Pues que la abra de una vez!

El hombre inclinó la cabeza.

—Primero debes cumplir tu parte.

Lyria agarró el frasco y lo bebió de un trago. El líquido ardió en su garganta. Luego cayó de rodillas, el mundo giró a su alrededor y la piedra en su mano vibró con un latido profundo.

Las voces volvieron.

Gundar, Senith y algo más, algo que estaba por debajo de ambos. Algo más antiguo.

El latido del corazón de piedra se aceleró.

Lyria levantó la cabeza y sus ojos negros brillaron en la penumbra.

—La montaña…

El Ungido se quedó inmóvil.

—¿Qué has visto?

Lyria apretó la piedra contra su pecho.

—No está vacía. Algo late bajo la Montaña Roca Roja.

Su respiración se volvió pesada.

El Ungido dio un paso atrás.

—¿Qué?

Lyria alzó los ojos hacia él.

—Un dios antiguo.

El silencio llenó la tienda mientras el viento agitaba la lona.

—Y no está dormido. Nos espera —susurró.