34 Nacido de las Tinieblas #3
La sombra se irguió frente a él y recuperó su altura. Sus ojos rojo pálido se abrieron más y las garras se alargaron hasta rozar el suelo.
Un murmullo cruzó las filas.
—¿Qué hace?
—¡Que lo aparten!
La sombra inclinó su forma hacia el Profeta. Una de sus garras se estiró hasta casi tocar su pecho.
—Dime tu nombre —susurró dentro de su cabeza.
El Profeta sonrió.
—Debo pronunciarlo para darte poder…
El Profeta agarró el talismán de hueso con el ojo de Kudram que colgaba de su cuello y se lo arrancó, mostrándoselo a la Sombra Errante.
El aire se comprimió alrededor de ambos. Las hogueras cercanas se apagaron y la luz de la zona se extinguió. El barro vibró bajo los pies de todos.
Shaazgath lanzó un zarpazo dirigido a su pecho y el Profeta saltó hacia atrás. Las garras de la sombra le arañaron los ropajes. El bordado en hilo plateado sobre su túnica se rasgó y la estrella de ocho puntas con un ojo en su centro quedó irreconocible, pero no le tocó la piel.
El Profeta alzó la mano libre y la posó sobre garra de la sombra. Al tocarla, la oscuridad chisporroteó con una luz rojiza.
—Yo soy… La voz de Kudram —pronunció.
El nombre salió como una piedra que cae en un pozo profundo.
El cielo limpio se extendió y un latido atravesó el campamento.
La sombra se replegó, pero la mano del Profeta siguió pegada a ella. Sus labios se movieron con palabras que nadie entendió.
—Shaazgath vel un-kaar.… thren azhul mor’ek…
Kudram esh vaal… nereth kha… nereth kha…
Ul’zar… ul’zar…
Bajo sus pies, el barro rojizo se agrietó y dejó ver tierra seca, antigua, marcada con líneas que no estaban allí antes.
La criatura lanzó un alarido que esta vez sí rompió el aire. Sus garras descendieron sobre el Profeta en un golpe final.
Lyria salió a toda velocidad y gritó interponiéndose entre el Profeta y Shaazgath. Entendió que si él moría, difícilmente cumpliría su parte del trato.
La garra se detuvo a un dedo de la cara marcada de ella. Una luz gris brotó desde la grieta del suelo y atravesó el cuerpo de la Sombra Errante desde abajo. La forma se tensó. Sus ojos se abrieron de par en par.
El Profeta no se movió.
—Te llaman —murmuró en voz baja, mirando a la grieta—. Debes volver.
La luz se expandió en líneas que recorrieron la oscuridad. La sombra intentó dispersarse. Cada fragmento que huía, ardía y regresaba al centro.
Shuraz logró ponerse en pie. Sairah avanzó un paso, tambaleante.
La Sombra Errante se contrajo hasta quedar del tamaño de un hombre, luego de un niño y finalmente, de un puño.
El Profeta extendió la mano y la cerró con ella dentro. La oscuridad quedó atrapada en su palma un instante y luego estalló en un polvo negro que cayó al suelo rojizo y se deshizo en cenizas.
La oscuridad se apoderó de todo mientras las hogueras y las antorchas humeaban apagadas.
El Profeta respiró hondo y dejó caer la mano en la tierra agrietada. A su alrededor, decenas de ojos lo miraban. La luz gris del suelo se apagó.
En la grieta, apenas visible bajo el barro, quedaron marcas trazadas con precisión. Un círculo, y en su interior, un símbolo: una estrella de ocho puntas con un ojo en su centro.
Cuando el polvo negro se disipó, Lyria respiraba con intensidad mientras lo observaba todo con los ojos muy abiertos. Durante un minuto, nadie habló.
Shuraz dio dos pasos y arrancó a Oscuria del barro. La hoja estaba manchada de escamas secas de sangre negra. La miró un instante y luego alzó la vista hacia el Profeta.
Sairah se sostuvo en su vara. La sangre le corría por la espalda y empapaba su piel tatuada. Sangre se colocó delante, entre su dueña y el Profeta.
Los primeros en reaccionar fueron los Hijos de Kudram.
—¡Kudram ha vencido! —gritó uno.
—¡El Profeta lo ha expulsado!
El murmullo creció. Algunos cayeron de rodillas. Otros levantaron los brazos. Varios soldados de la Guardia del Éxodo intercambiaron miradas, aún con el miedo en el cuerpo.
El Profeta permaneció inmóvil unos segundos más, el peso de su último acto aún lo sujetaba al suelo. Luego retiró la mano humeante de la grieta, se levantó y dio un paso atrás.
Al elevar su mirada del suelo vaciló, parecía perder pie.
Shuraz avanzó y lo sostuvo por el brazo antes de que cayera.
—No caigas ahora —dijo el comandante—. Lo has hecho bien.
El Profeta apoyó parte de su peso en él. Su rostro estaba pálido y una fina gota de sangre descendía desde su nariz.
—No lo he hecho yo solo —murmuró—. Hemos sido todos.
Sairah, encorvada, soltó una risa áspera.
—Nos dejaste desangrarnos mientras decidías si intervenir o no.
Varios Sin Dios la miraron esperando una orden. Otros asintieron en silencio. En contraposición, varios Hijos de Kudram comenzaron a rodear a su líder.
El Profeta alzó la cabeza hacia ella.
—Si hubiera salido antes, no me habría dado tiempo a prepararme y ahora habría más cadáveres.
Sus ojos se deslizaron hacia los cuerpos tendidos en el barro. Dos Puntas de Flecha de los Sin Dios, un soldado de la Guardia del Éxodo y un civil. Nadie se atrevió a contarlos en voz alta.
Lyria salió de la nada y se colocó junto al Profeta. Sus manos temblaban, pero su voz no.
—La Sombra vino por sus nombres —dijo la mercenaria pelirroja—. Kudram respondió.
Sairah dio un paso al frente y la vara tembló en sus manos. La sangre le corría por la espalda y empapaba sus piernas. Sangre gruñó a sus pies, con el lomo erizado.
—¡No te acerques más! —exclamó Lyria, clavando los ojos en Sairah.
Ninguna retrocedió. Lyria se quitó el sombrero despacio y dejó ver las cicatrices de sus pómulos. Sus pupilas aún estaban dilatadas.
—Te ha salvado —dijo en voz baja—. A ti y a todos.
—Nos ha usado como cebo —respondió la líder de los Sin Dios.
El murmullo creció alrededor. Algunos Sin Dios avanzaron medio paso. Los Hijos de Kudram cerraron filas junto a su líder.
Shuraz se colocó entre ambos bandos, con Oscuria baja, pero lista.
—¿Por qué fue directo a por ti? —preguntó el comandante belurio mirando al Profeta—. ¡Responde!
El Profeta se limpió la sangre de la nariz con el dorso de la mano. Sus dedos se cerraron sobre el talismán roto y lo dejó colgar, inerte.
—Porque yo era la puerta —contestó—. Lo atraje para poder cerrarla.
—No mientas. Esa cosa nos olió desde el primer segundo. Nos probó, y luego te buscó a ti.
El Profeta inclinó la cabeza como si aceptara el golpe.
—Las criaturas sin carne buscan un ancla —dijo—. Un nombre, un símbolo, una voluntad que las sostenga. Yo le ofrecí eso, y se lo quité.
Lyria asintió a su lado.
—Sin guía no habría salido de su guarida —añadió—. Y sin alguien que la llamara, no habría venido hasta aquí.
Sairah apretó los dientes.
—Entonces… —escupió—. ¿Has sido tú quien lo ha invocado?
—Cuidado —advirtió Shuraz—, estás perdiendo mucha sangre.
—Me da igual. —Sairah avanzó otro paso, tambaleante—. Que hable. Que diga en voz alta lo que todos estamos pensando.
Lyria dio un paso al frente.
—No entiendes nada.
—Entiendo lo suficiente —replicó Sairah—. Huelo la trampa desde aquí.
Sus ojos brillaron con rabia.
—Si vuelve a pasar, te atravieso antes de que abras la boca.
Lyria alzó la barbilla obviando a Shuraz, que se encontraba entre ellas.
—Inténtalo, perra —provocó la mercenaria.
Sangre dio un paso más, enseñando los colmillos. Dos Hijos de Kudram alzaron sus cuchillos, listos para atacar a la orden de su señor. Un Sin Dios tensó la cuerda de su arco de hueso con su flecha apuntando al Profeta.
Shuraz levantó la mano.
—Basta.
Nadie obedeció.
Sairah alzó la vara.
—Aquí y ahora —dijo ella, mirando a Lyria y dando un paso lateral.
La madera descendió, pero no llegó a golpear nada. Sus piernas cedieron, la vara resbaló entre sus dedos y su cuerpo cayó de bruces contra el barro rojo.
Sangre lanzó un aullido ronco y se abalanzó hacia ella. Empujó el hombro de Sairah con el hocico, nervioso, manchándose de barro y sangre.
Shuraz reaccionó al instante.
Corrió hasta ella y cayó de rodillas junto al cuerpo.
Sangre enseñó los colmillos en cuanto el comandante alargó la mano. Un gruñido grave salió de su garganta y el lomo se le erizó bajo la lluvia.
Shuraz no retrocedió.
—Tranquilo —murmuró sin apartar la vista de la herida—. Voy a ayudarla.
El lobo mantuvo el gruñido un instante más. Sus ojos claros permanecieron clavados en los de Shuraz, tensos, desconfiados. Luego, olfateó el aire y el gruñido se apagó poco a poco.
Sangre retrocedió medio paso, aunque permaneció pegado a Sairah, vigilando cada movimiento del comandante.
Shuraz le dio la vuelta con cuidado y vio la herida abierta en su espalda. La sangre seguía brotando, lenta pero constante.
—¿No crees que ya es suficiente? —preguntó Shuraz con voz firme—. Quita esa mano del arma.
Clavó los ojos en Lyria primero, luego en el Profeta.
—Esto ha terminado.
Lyria le miró un segundo más y luego bajó el látigo. El Profeta no dijo nada.
Shuraz señaló a dos guardias.
—Llevadla con los sanadores, ¡ahora!
Uno de los hombres dudó al ver a Sangre. El lobo gruñó, pero no atacó cuando Shuraz apoyó una mano sobre su cabeza.
—Déjales.
El animal resopló, aceptando la autoridad del comandante, y se apartó medio paso.
Poco a poco, el ruido volvió al campamento. Alguien encendió una antorcha y otra chispa prendió en una hoguera. La luz regresó a tirones y el campamento comenzó a respirar otra vez.
Todos empezaron a moverse. Los heridos, a gemir, los vivos a hablar en voz baja y los muertos, a arder ante las plegarias de Bel-Hur, al menos para los guardias del Éxodo.
De los cuerpos de los Sin Dios se encargaban ellos mismos, que solían arrojarlos lejos del campamento, para que alimentasen a las alimañas.
Nadie pisó la grieta.
El círculo seguía allí, marcado en la tierra seca bajo el barro. La estrella de ocho puntas con el ojo en su centro no se había borrado.
Shuraz la miró un instante, en silencio, y luego apartó la vista.
—Que vuelvan todos a sus puestos —ordenó—. Esto no ha terminado.
Todos obedecieron.