Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 34 Nacido de las Tinieblas #2
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34 Nacido de las Tinieblas #2

Atacó con un corte limpio al cuello del ser. La hoja pasó a través de humo y quedó atrapada. La sombra se cerró sobre el acero y lo sostuvo en el aire. El muchacho forcejeó y la criatura lo miró a los ojos.

—Dime tu nombre —susurró una voz que no vibró en el aire, sino en la cabeza del joven.

El muchacho abrió la boca.

Un cuerno largo y grave sonó desde el interior del campamento. La sombra alzó la cabeza hacia el sonido. Desde la retaguardia, entre tiendas y carros, surgió la figura de una esperanza.

El cuerno volvió a sonar.

La sombra soltó al muchacho y giró hacia el interior del campamento. Avanzó sin prisa, alta, alargada, sus garras rozaron el suelo, dejaban surcos negros en el barro.

Alguien se interpuso en su camino.

Shuraz.

Su coraza dorada reflejó la luz pobre de las hogueras. Su cabellera rubia le caía sobre los hombros de acero. Con Oscuria en la mano, en guardia. Sus ojos azules no parpadearon.

—Atrás —ordenó sin alzar la voz.

Dos guardias dudaron un segundo y luego retrocedieron.

La sombra se detuvo frente a él. Sus ojos rojo pálido buscaron los suyos.

—Tu nombre… —susurró en su mente.

Shuraz se concentró en su siguiente movimiento y dio un paso lateral.

No atacó de frente, sino que lanzó un corte oblicuo a la base de la garra derecha.

Oscuria silbó en el aire y esta vez encontró resistencia real.

El filo oscuro penetró. Un desgarrón atravesó la bruma y la criatura emitió un sonido hueco. Sangre oscura y humo brotaron del tajo.

—Oscuria te hace sangrar —afirmó Shuraz.

La sombra respondió con un zarpazo horizontal. Shuraz se agachó, dejó que la garra pasara sobre su cabeza y giró sobre el talón. Dio un golpe corto y seco a lo que podía ser el codo de la forma oscura. La hoja arrancó un fragmento de oscuridad que se disipó en el aire.

Una vara golpeó al ser desde el otro flanco.

Sairah irrumpió en el círculo de luz con Sangre pegado a su pierna. Su capucha cayó hacia atrás y sus tatuajes brillaron bajo el fuego. Sus ojos, uno verde claro y otro color miel, ardieron fijos sobre la criatura.

—No mueras sin mí —escupió ella hacia Shuraz.

—Llegas tarde —murmuró el comandante entre dientes.

La sombra se dividió en dos brazos largos y descendió sobre ambos.

Sairah avanzó en diagonal. Su vara interceptó la garra izquierda y la desvió hacia el suelo. El impacto sacudió sus hombros, pero no cedió. Con la otra mano, el estilete de Rall-gur buscó la herida abierta por Oscuria y la hoja fina entró hasta el fondo.

Un alarido en un tono excesivamente grave sacudió el aire.

Shuraz aprovechó ese instante, cogió a Oscuria con las dos manos y descargó un tajo vertical desde arriba. No buscó cortar; buscó partirlo en dos. El filo oscuro abrió la masa central y la empujó hacia atrás.

La sombra estalló en jirones de humo negro… y volvió a unirse.

—No cae —gruñó Sairah.

La criatura se alzó más alta, su forma se ensanchó. Garras nuevas brotaron desde su torso. Una se lanzó contra Sangre. El lobo rodó para esquivarla y la mordió con fuerza. Sus colmillos arrancaron un trozo que se deshizo en humo negro.

Otra garra descendió sobre Sairah.

Ella soltó la vara, cayó hacia atrás y se apoyó sobre una mano. Su cuerpo describió un arco bajo la garra y desde el suelo lanzó el estilete hacia arriba. La hoja atravesó lo que debía ser el pecho.

La sombra la golpeó con el dorso de la garra.

Sairah salió despedida y chocó contra un escudo abandonado. Se incorporó dolorida y sangrando de la boca, sin apartar la vista de su enemigo.

—A la herida —dijo, señalando el punto donde Oscuria había abierto carne y ella había vuelto a herir.

Shuraz avanzó con tres pasos cortos e hizo una finta a la derecha. La sombra mordió el aire y lanzó su peso hacia ese lado. El guerrero belurio cambió el eje y entró por el centro. Oscuria trazó un corte horizontal a la altura de la herida. Esta vez, la hoja se hundió hasta la mitad.

La criatura atrapó la espada con ambas garras. Oscuria vibró, pero no se partió. La oscuridad trepó por el acero hacia las manos de Shuraz.

Sairah recuperó su vara, la empuñó a dos manos y golpeó la rodilla de la sombra con todas sus fuerzas. El impacto hizo que la forma cediera un palmo.

—¡Ahora! —rugió ella.

Shuraz tiró de la espada hacia abajo y giró la empuñadura. El filo desgarró desde dentro y un chorro oscuro y caliente salpicó su coraza.

La sombra retrocedió, pero no cayó. En lugar de huir, se comprimió. Su cuerpo perdió altura y ganó densidad. Las garras se hicieron más cortas, más gruesas. Los ojos rojizos se fijaron en Sairah…

Y desapareció.

Sangre aulló confuso.

La sombra emergió detrás de la mujer, pegada al suelo. Una garra le alcanzó la espalda y abrió tres surcos en su piel. Su sangre salpicó el suelo.

Sairah apretó los dientes, pero no gritó.

Shuraz cargó desde el frente. Oscuria descendió en un arco brutal hacia el punto donde la sombra tocaba el suelo. El golpe levantó barro y humo. Cuando el aire se despejó, la criatura seguía allí.

Herida, furiosa y aprendiendo de sus ataques.

El choque del acero oscuro de Shuraz y la vara de Sairah resonaban hasta el corazón del campamento.

Más atrás, lejos del círculo de antorchas, un toldo oscuro permanecía cerrado.

Dos Hijos de Kudram encapuchados custodiaban la entrada de la tienda del Profeta.

No prestaban atención a la lucha, solo miraban a la gente.

Nadie se acercaba a pesar de los ruidos y los gritos que se escuchaban en su interior.

Dentro, Lyria apartó el pelo de su cara y se inclinó sobre un cuenco de barro humeante.

El líquido oscuro en su interior tembló sin que nadie lo tocara.

Lo habían preparado los Ungidos Ciegos especialmente para ella.

El olor a especias dulzonas que salía de aquella mezcla llenó el aire.

El líquido quemó su garganta como el fuego helado y sus pupilas se dilataron al instante.

Sus manos, manchadas de polvo negro, dejaron huellas en la tela del suelo.

—Ya está aquí —masculló ella con dificultad.

El Profeta no respondió. Permanecía sentado sobre un cojín de cuero negro, con los ojos cerrados y los dedos entrelazados sobre el Talismán de hueso con el ojo de Kudram que llevaba puesto.

Lyria gritó con todas sus fuerzas y se estremeció. Su grito atravesó la tela oscura de la tienda. La visión la golpeó sin aviso. Ya no se encontraba en el mundo de los vivos.

El Tercer Umbral había abierto sus puertas para ella.

Lyria volvió al interior de la tienda con un jadeo seco, el cuenco estaba a su lado, con un poco de líquido en el fondo, y ella tenía el sabor del frío aún clavado en la garganta.

—Ya está aquí —murmuró hacia el Profeta—. Ha salido del Tercer Umbral por el Desfiladero Rojo, alimentándose de la muerte de los desgraciados que fueron tragados por el agua roja.

El Profeta abrió los ojos muy despacio.

—Kudram te ha bendecido con su sabiduría. Sabía que podías hacerlo.

—Hay cosas que no deberían venir a este mundo —masculló ella con la mirada perdida.

—Si lo hacen, es por una buena razón —contestó el Profeta.

Otro impacto sacudió el suelo. El cuenco casi vacío rodó por él. El líquido que quedaba se derramó y dibujó una figura oscura que se movió un instante antes de que el cuenco se quedase quieto.

Lyria retrocedió un paso.

—Shaazgath —dijo ella con la voz rota—. La Sombra de Kudram ha sido soltada por él, pero no abandonará su guarida sin guía.

El Profeta la miró sin parpadear.

—Toda criatura responde a una llamada —dijo él, emocionado.

Un Hijo de Kudram asomó por la entrada.

—Mi señor, la avanzadilla cae. Las armas mundanas no pueden hacerle daño.

El Profeta se puso en pie con lentitud y se ajustó la capucha sobre la cabeza.

—Que nadie entre en esta tienda —ordenó.

El hombre dudó.

—¿Y si…?

—Que nadie entre.

El guardia bajó la mirada y salió.

Lyria se acercó al Profeta y le sujetó el antebrazo.

—No sabes lo que haces —susurró—. Esto te queda grande. Ese bicho solo responde ante su creador.

El Profeta apoyó la mano libre sobre la mejilla de ella.

—Esto, mi pequeña Lyria, es por lo que existo.

Un temblor recorrió el toldo oscuro y polvo rojo cayó de la parte alta. Afuera, un rugido ahogado se mezcló con un aullido de lobo.

Lyria cerró los ojos.

La droga que había bebido del cuenco le proporcionó imágenes rotas: Shuraz de rodillas, Oscuria atrapada; Sairah cubierta de sangre; la sombra alzándose sobre todos, y detrás de esa imagen, otra: un círculo de cuerpos con símbolos trazados con sangre y el Profeta en el centro.

Lyria abrió los ojos de golpe.

—Esto no es un ataque —dijo—. Es una ofrenda.

El Profeta no lo negó.

—Por fin lo entiendes, niña —dijo él, que se limitó a caminar hacia la salida de la tienda.

La tela se abrió y dejó entrar la luz temblorosa de las antorchas. Desde allí, la lucha se veía como una danza desesperada: acero oscuro que cortaba, vara que golpeaba, humo que se desgarraba y volvía a unirse…

La Sombra Errante de Kudram se comprimió otra vez y giró la cabeza hacia el toldo.

Sus ojos oscuros se clavaron en la figura encapuchada del Profeta y Lyria, desde dentro, sintió un tirón en el pecho.

—Te ha visto —susurró ella, cerrando los ojos.

El Profeta dio un paso fuera. La Sombra Errante abandonó el combate contra Shuraz, que cayó sobre una rodilla al perder el equilibrio tras su último ataque.

Oscuria quedó clavada en el suelo. Cerca, Sairah respiraba con dificultad, tumbada en el suelo boca abajo, con la espalda abierta en tres profundos surcos que manaban sangre.

El lobo cojeó hasta su lado y enseñó los colmillos hacia la oscuridad que se alejaba.

—¡Vuelve aquí! —escupió Sairah, incorporándose mientras la espalda le ardía.

La criatura no respondió. Se deslizó por el barro, baja, compacta, directa hacia el toldo oscuro de la tienda del Profeta como una polilla hacia la luz de una antorcha.

El Profeta avanzó un paso más allá de la tela.

No tenía miedo, más bien sentía emoción, pero aun así no se precipitó, esperaba su momento. Se detuvo en mitad del espacio abierto, entre las hogueras y la noche.