34 Nacido de las Tinieblas
El grito aún vibraba en el aire del mundo de la piel cuando el suelo desapareció bajo los pies de Lyria. No cayó, pero el campamento se apagó como una llama ahogada entre las sombras.
Abrió los ojos. No había fuego, ni tienda. No había cielo.
Un arco de piedra se alzaba ante ella, suspendido en una negrura sin fondo. Tres escalones conducían a un umbral sin puerta. El aire pesaba y cada aliento raspaba al respirarlo.
—¿Dónde estoy? —susurró atemorizada.
Su voz no produjo eco y sin querer cruzó el primer escalón; el segundo latió bajo su bota y en el tercero, la oscuridad tomó forma.
Estaba en un templo sin techo que emergió de la sombra. Tenía columnas retorcidas, el suelo agrietado y había un silencio que no era ausencia de sonido, sino vacío.
Al fondo, dos estatuas enfrentadas. Una clara, serena.
La otra devoraba la luz. Frente a la figura de piedra blanca de Bel-Hur, la estatua oscura se erguía como una herida abierta en el mundo.
La piedra negra parecía absorber el aire.
Sus contornos no eran fijos; el borde del torso se deshacía y volvía a unirse, era como humo atrapado en roca.
El rostro carecía de rasgos definidos, salvo una boca entreabierta que insinuaba palabras prohibidas.
Sobre la frente tenía una estrella de ocho puntas con un ojo tallado que miraba fijamente.
En el pecho vio serpientes que se enroscaban con un nudo eterno.
A sus pies, varias figuras humanas se alzaban en un gesto eterno de súplica o de terror.
Lyria sintió un temblor en las manos.
—Bienvenida seas, devota —la saludó una voz de ultratumba desde un lugar indefinido.
—No soy ninguna devota —contestó ella—. No sé quién eres, pero no me arrodillo ante ningún dios.
La oscuridad bajo la estatua se espesó y algo descendió. No cayó desde arriba, sino que se separó de la sombra misma. No tenía forma fija. Era un perfil que surgía y se disolvía continuamente. Dos ojos se abrieron en las tinieblas y la miraron sin brillo alguno.
—Has cruzado al Tercer Umbral —dijo la voz, que no venía de un punto concreto. Vibró en sus huesos y Lyria apretó fuerte los dientes.
—¿Cómo he llegado hasta aquí? —preguntó ella, desconcertada.
—Por varias razones que confluyen en ti —respondió la voz.
—No por mi fe —insistió ella.
—La fe es una jaula que otros aceptan. Tú, no.
El aire se enfrió.
—Vienes por él. Zarhel.
El nombre no fue pronunciado en voz alta, pero le atravesó el pecho y ella ató cabos.
—¿Eres Kudram? —preguntó ella entrecerrando los ojos. No hubo respuesta—. ¡Cumple lo que me prometió! —exigió Lyria, dando por hecho que era el dios al que rezaba el Profeta—. Tu Profeta dijo que podías devolvérmelo aunque hubiera muerto.
Una risa burlona recorrió el templo.
Las figuras de piedra a los pies de la estatua parecieron retorcerse.
—Nada se devuelve sin más. Todo se transforma.
Lyria dio un paso adelante.
—No me hables con acertijos —masculló sin pensar con quién estaba discutiendo. En el fondo no creía que el dios fuera real, pero ella tenía que intentarlo.
La sombra se inclinó hacia ella.
—Tu Profeta ha abierto una puerta.
—No es mi Profeta —gruñó ella.
El suelo vibró y en la grieta del templo apareció un rastro oscuro que se deslizó entre las columnas.
Dos ojos rojo pálido asomaron y se ocultaron.
—Mi Sombra Errante ha aceptado la llamada —siguió la voz—. No abandona su guarida para emerger en vuestro mundo sin una mano que la dirija.
Lyria apretó el mango del látigo.
—Si eso va a traer a Zarhel de vuelta, entonces, hazlo.
Hubo silencio y el aire crepitó.
—Los hombres creen en el bien y en el mal —dijo la voz—. Necesitan límites para no mirarse por dentro. Mi sombra les recordará lo que son. La dejaré actuar en vuestro mundo.
Las serpientes de la estatua parecieron moverse bajo la piedra.
Lyria miró fijamente a la oscuridad.
—¿A cambio de qué?
La sombra se acercó tanto que el frío atravesó su piel.
—Tu lealtad no basta. Tu miedo, tampoco.
Un susurro rozó su oído.
—Susurras un nombre cuando estás dormida.
Lyria dio un paso atrás.
—No…
—Lo pronuncias en sueños. Él lo escucha: Zarhel.
El templo crujió.
—¡¿Qué quieres de mí?! —exclamó ella.
—Quiero tu alma —respondió el dios—, y mi sombra os ayudará. Hará que el éxodo belurio clame por su salvación. Hará que tu Profeta sea necesario. Pero cada vida tomada será una semilla. Y cuando el fruto madure, reclamaré lo sembrado.
La oscuridad se inclinó más hacia ella, que alzó la barbilla.
—¿Y si no acepto?
El silencio fue más frío que antes. Las figuras de piedra a los pies de la estatua abrieron todas la boca al mismo tiempo.
—Ya has cruzado el umbral. Ya no hay vuelta atrás… —dijo el dios.
El suelo se agrietó bajo sus botas y Zarhel apareció al otro lado del umbral, encadenado a un suelo que no existía.
Su cabeza calva brillaba bajo una luz sin origen; la barba pelirroja, trenzada, goteaba sombras.
El tatuaje en forma de almendra latía en su cuello.
Sus ojos buscaron a Lyria pero no la encontraron.
Tensó las cadenas y abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella.
Entonces, el espejismo se resquebrajó y se lo tragó la oscuridad.
Lyria estiró los brazos para agarrarlo, pero ya se había desvanecido.
—Si… —empezó ella desamparada oliendo el aroma de Zarhel.
La sombra retrocedió hacia la estatua.
—Dile a tu Profeta que la puerta está abierta. Shaazgath, mi sombra, ya puede cruzar.
Los ojos se apagaron.
Antes de que todo se disolviera, la voz habló una vez más.
—Yo soy quien cayó por cuestionar la luz. Yo soy quien encontró verdad en la sombra. Yo soy Kudram.
El templo estalló en negrura.
Por fin había dejado de llover.
El barro aún se tragaba las botas de la avanzadilla, donde las Puntas de Flecha, los Sin Dios de Sairah, montaban guardia junto a varios hombres de la Guardia del Éxodo. Las hogueras ardían bajas y el humo subía recto hacia un cielo limpio por primera vez desde el Desfiladero Rojo.
—Si vuelve a llover, juro que me entierro yo mismo —murmuró un soldado mientras clavaba una estaca.
—Calla y vigila —escupió Zarya.
La oficial de lanceros del éxodo no solo era la única mujer en su unidad, era la única mujer oficial, algo poco habitual, pero muy respetado.
Tenía los ojos grises y el cabello negro trenzado con cuentas metálicas.
Sus hombros eran anchos y su cuerpo ágil y musculoso.
Una cicatriz cruzaba su frente, recuerdo de una emboscada en las llanuras rocosas.
Vestía cuero oscuro reforzado con placas verdes y siempre empuñaba un martillo de guerra, con el que era mortal.
El bosque respondió. No parecía el viento ni el ruido de un animal.
Una sombra cruzó entre las rocas y se detuvo justo fuera del círculo de luz. No tenía contorno fijo. Se estiró contra el suelo, trepó por una de las paredes de la garganta y se encogió otra vez. Dos ojos de color rojo pálido flotaron dentro de ella, abiertos y sin párpados.
Sangre, el lobo rojo de Sairah, que se encontraba junto a los Sin Dios, alzó la cabeza. Sus ojos celestes se clavaron en la oscuridad y gruñó.
—¿Qué ves, chico? —le preguntó un muchacho al lobo.
El primer hombre cayó sin gritar.
Algo lo agarró por los hombros y lo arrastró hacia la oscuridad. Solo quedaron surcos en el barro rojo. La lanza giró una vez y cayó.
—¡Formad! —ordenó un capitán de la Guardia.
Tres soldados con antorchas apuntaron al bosque. Las sombras retrocedieron y regresaron multiplicadas.
La cosa entró en la luz.
No tenía carne ni huesos. Su cuerpo parecía humo denso, pero cuando uno de los Sin Dios lanzó su hacha hacia ella, el metal rebotó con un sonido seco. Unas garras surgieron desde la negrura, largas, brumosas, y atravesaron el escudo de un guardia como si fuera de tela.
El hombre tras el escudo se desplomó. Su boca se abrió, pero no salió sonido alguno. Sus ojos miraron algo que nadie más veía.
—¡Atrás! ¡Que no os toque! —gritó una guerrera de las Puntas de Flecha.
Una lanza se clavó en el torso oscuro. El asta vibró, pero el hierro de la punta no dejó herida alguna. La sombra se deslizó por el arma, alcanzó el brazo del lancero y lo envolvió. El hombre cayó de rodillas y sus labios se movieron.
—Me llamo Dakel —susurró, y se quedó en blanco. Su mirada se apagó, y también lo hizo su corazón. Mientras el hombre caía muerto, la sombra lo soltó y buscó a otro.
Sangre saltó hacia delante. Sus colmillos atravesaron el humo y mordieron algo sólido sin causar herida. El lobo rodó por el barro, se levantó y volvió a gruñir.
—No es de carne —dijo un Sin Dios—. No sangra.
—¡Rodeadla! —ordenó Zarya.
Formaron en media luna. Espadas desenfundadas, lanzas prestas y hachas listas. El ser se alzó más alto que un hombre. Sus ojos rojos recorrieron los rostros y se detuvieron en uno. El soldado bajó el arma, escuchando su voz en su cabeza.
—¿Por qué reconozco tu voz? —murmuró, temblando, sin quitar ojo al ser.
La garra le atravesó el pecho y salpicó la sangre, que cayó espesa sobre el barro.
La sombra se inclinó sobre el cuerpo y pareció absorber algo de color azulado, una especie de humillo translúcido que salía del soldado moribundo, como si fuera su esencia vital, y mientras abandonaba su cuerpo, su piel envejecía años en segundos.
Otro Sin Dios le atacó por la espalda con un cuchillo oxidado que se hundió hasta la empuñadura. El hierro se partió. La sombra giró sin prisa y lo golpeó con el dorso de una garra. El impacto lo lanzó contra un carro y con un feo sonido de fractura, le rompió el cuello.
—¡Buscad fuego! —gritó Zarya, viendo cómo la criatura evitaba las antorchas tiradas por el suelo.
Una antorcha voló hacia él. Su llama lo atravesó y cayó al suelo, pero no ardió.
Los hombres retrocedieron paso a paso. Nadie sabía qué hacer.
—No es una bestia —susurró la mujer de las Puntas de Flecha—. Es una maldición.
La sombra se deslizó hacia el centro del círculo. Las hogueras bajaron su luz, el aire parecía espesarse.
Uno de los guardias, uno muy joven, dio un paso al frente con la espada en alto.
—¡Por el éxodo!