Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 33 La Costa Perdida #3
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33 La Costa Perdida #3

Rhaegor apretó los dientes y bajó la mirada. El dolor no estaba localizado en un punto definido de su cuerpo, se encontraba disipado en lo más profundo de su alma.

Y esta vez, no quedaba nada dónde volver.

Deambuló entre la niebla por los callejones retorcidos de una ciudad extranjera. Se encontró con oscuros transeúntes que no le hicieron el menor caso.

Entre la bruma, una figura tomó forma frente a él.

Rhaegor entrecerró los ojos. No era otro espectro ni un recuerdo atrapado en la piedra, sino un hombre de carne y hueso, de melena morena bien peinada, alto, envuelto en un manto negro que le quedaba grande.

La tela caía pesada, ajena a la niebla, y al cinto llevaba una espada de plata.

Rhaegor se detuvo y ajustó el pie sobre la piedra antes de alzar la lanza poco a poco. Midió la distancia, midió al hombre y se pensó si atacarle.

El otro no retrocedió. Sostuvo su mirada, oscura y fija, y llevó la mano a la empuñadura. La espada salió lo justo y el metal mostró un brillo frío que parecía latir bajo la superficie.

El aire quedó suspendido entre ambos.

Rhaegor no apartó los ojos de aquel hombre. No era como los demás que había visto por allí, no dudaba ni mostraba temor.

El extraño dijo algo en otro idioma; no parecía querer problemas.

La voz cruzó el espacio sin alzarse.

Rhaegor mantuvo la lanza en alto sin avanzar. Lo miró atentamente, estudiando cada gesto, y al final asintió una vez, despacio.

Así fue como Rhaegor conoció a Edoz.

El aire se quebró bajo sus pies. Rhaegor ni siquiera llegó a gritar. La oscuridad lo reclamó primero. Después vino el impacto.

El Mar de las Voces se abrió bajo él y el cuerpo golpeó la superficie roja sin levantar salpicaduras. El agua se deformó despacio, espesa, densa, y lo absorbió igual que una herida que se regenera.

—¡Rhaegor! —gritó Edoz. Se lanzó hacia delante y alargó el brazo, pero no llegó a alcanzarlo. Sus dedos rozaron el aire vacío mientras el mar rojo tiraba del gigasulo hacia abajo.

Rhaegor se hundió hasta la cintura y trató de moverse, pero aquella masa roja no era agua. Cedía bajo el cuerpo y, al mismo tiempo, lo retenía. Cada intento por salir lo arrastraba más. Era algo parecido a unas arenas movedizas.

Entonces llegó el primer tirón.

El pecho se le cerró de golpe. El aire escapó de sus pulmones y los ojos se le abrieron con una sacudida muda.

El mar empezó a moverse a su alrededor. Sombras, brazos, manos humanas que no pertenecían ya a ningún hombre emergieron desde la profundidad roja y se aferraron a su cuerpo, a sus piernas, al cuello, a su piel descubierta. Dedos largos y pálidos se cerraron sobre él con hambre antigua.

Rhaegor abrió la boca. No salió ningún sonido. Otra mano surgió del mar y le cubrió el rostro, después otra, y otra más.

El agua roja tembló alrededor del cuerpo mientras aquellas formas sin ojos ni rostro tiraban de él hacia abajo.

Edoz avanzó un paso dentro del mar y el brazo demonio rugió con las garras abiertas hacia la oscuridad.

—¡Suéltalo!

Las voces respondieron. Miles de ellas. Susurros rotos que atravesaron el aire húmedo y golpearon los oídos igual que cuchillos.

Rhaegor desapareció poco a poco bajo aquella masa viva. Primero su pecho, después su rostro.

Lo último que Edoz vio fue una mano extendida hacia él antes de que el Mar de las Voces terminara de tragárselo.

El agua de la fuente siguió cayendo. Golpeaba la piedra con el mismo sonido constante de siempre, ajena al paso de los años, al dolor y a los muertos.

El bosque respiraba despacio alrededor del claro.

Las hojas se movían bajo el viento nocturno y la humedad seguía aferrada a las raíces negras que rompían la tierra.

Nada parecía distinto.

Rhaegor permanecía apoyado contra el borde de la fuente, allí donde había caído.

El cuerpo no se movía.

No le quedaba fuerza en los músculos ni aire en los pulmones. La cabeza descansaba ladeada sobre la piedra húmeda y la armadura, antes brillante bajo el sol de Gigasul, se había cubierto de polvo y pequeñas manchas de musgo. El tiempo había pasado por encima de él sin detenerse.

La lanza yacía entre la hierba alta, olvidada a pocos pasos, medio oculta bajo las hojas secas.

Un pájaro descendió desde las ramas y picoteó el pequeño frasco oscuro que descansaba junto al cadáver. El cristal rodó un poco sobre la piedra, golpeó una raíz y terminó inmóvil sobre la tierra mojada.

El olor amargo del veneno aún seguía allí.

Los dedos de Rhaegor continuaban apoyados sobre el borde de la fuente, en el mismo lugar donde había jurado no amar jamás a otra mujer.

Donde había esperado noche tras noche a que la muerte le devolviera un rostro imposible.

Donde todavía parecía quedar atrapado el recuerdo del perfume de ella entre el agua y las flores húmedas del bosque.

Sannah.

El pecho no volvió a alzarse. El aire jamás regresó, y aun así, el bosque no cambió.

El agua siguió cayendo entre las piedras. Los grillos continuaron su canto entre las raíces y la noche cubrió el cuerpo poco a poco, tranquila, silenciosa, igual que una mano que termina de cerrar unos ojos cansados.

Pero Rhaegor ya no estaba allí.

Solo quedaba lo que el tiempo había dejado atrás.