33 La Costa Perdida #2
Rhaegor no miró a Edoz, solo al horizonte que se perdía en rojo.
Edoz tiró del brazo negro. Karath respondió con un rugido y batió las alas con violencia.
Algo se movió bajo el mar, una forma demasiado grande.
El dragón planeó sobre su superficie con las alas abiertas. El líquido rojo se extendía bajo ellos, vivo, agitado, lleno de susurros que se oían sin descanso.
Edoz no apartó la vista, ni Rhaegor tampoco.
—Aquí termina —dijo el soldado en voz baja.
Edoz giró la cabeza lo justo.
—¿El qué?
Rhaegor no respondió.
Edoz tiró del brazo negro y Karath descendió un poco más.
Las voces subieron desde el mar, atravesaban el aire con un murmullo que llegaba claro y directo. Eran más cercanas.
Rhaegor respiró hondo y dio un paso sobre el lomo de Karath, firme, sin dudar.
—Baja.
Edoz frunció el ceño y no apartó la mirada del frente.
—Aún no.
—Baja —repitió Rhaegor sin alzar la voz, pero sin dejar lugar a la duda.
Edoz guio a Karath, que dudó un instante en el aire; sus alas temblaron en un batir irregular, pero el brazo negro tiró hacia abajo y el dragón obedeció.
El descenso fue lento al principio, pero constante, y fue aumentando la velocidad. El aire se volvió más difícil de atravesar.
El mar se encontraba cada vez más cerca. Las formas bajo la superficie empezaron a distinguirse.
Rhaegor dejó la lanza sobre el lomo. El metal vibró con el viento antes de quedar quieto.
—¿Qué haces? —preguntó Edoz mientras giraba la cabeza hacia él.
El soldado no respondió. Se quitó el escudo, lo dejó caer al agua y desapareció en el rojo sin hacer ruido alguno.
Luego se llevó las manos al pecho y desató la correa del peto. El cuero cedió con un chasquido seco.
La armadura fue soltándose poco a poco, pieza a pieza, hasta quedar despojado de toda protección, mostrando su cuerpo como algo que ya no le pertenecía.
El viento golpeó su torso desnudo, marcado de cicatrices, antiguas y nuevas.
Edoz entrecerró los ojos.
—Rhaegor…
El soldado alzó la vista. Sus ojos estaban fijos, pero ya no había rabia en ellos.
Solo paz.
—Sannah —susurró.
El nombre quedó suspendido entre los dos, más pesado que el aire, más fuerte que las voces.
Y el soldado saltó.
El bosque seguía igual cuando Rhaegor regresó.
El agua descendía por la fuente en hilos finos que resbalaban sobre la piedra cubierta de musgo.
Las raíces se aferraban a la tierra húmeda y las hojas apenas susurraban bajo el viento nocturno.
El mismo olor a agua limpia y tierra mojada seguía allí, intacto, atrapado entre los árboles desde el día en que juró volver.
Nada había cambiado. Nada, salvo él.
Rhaegor avanzó entre los troncos con el paso roto de un hombre que llevaba demasiadas batallas encima. El escudo resbaló de su brazo poco después y quedó apoyado contra un árbol, olvidado entre los helechos.
Allí no hacía falta, no había ninguna guerra.
—He vuelto —murmuró y su voz se quebró antes de terminar.
La fuente apareció entre los árboles. La piedra seguía húmeda. El borde conservaba las marcas erosionadas donde tantas veces habían apoyado las manos. Rhaegor se acercó despacio, se arrodilló junto al agua y dejó la palma sobre la superficie fría.
—Sannah…
El nombre murió en el bosque y no hubo respuesta.
Rhaegor cerró los ojos un instante y el aire cambió alrededor de él. Un frío suave le recorrió la piel y le subió por la nuca. No era viento.
Abrió los ojos y ella estaba allí, al otro lado de la fuente, quieta bajo la luz azulada de la noche, con aquel vestido oscuro que el agua del río agitaba siempre alrededor de sus piernas cuando aún vivía.
El cabello negro caía sobre sus hombros y la luz atravesaba partes de su cuerpo, débil, irreal. Sus pies no tocaban la hierba.
Pero los ojos seguían siendo los mismos.
Rhaegor dejó de respirar.
—Sannah…
Ella inclinó la cabeza un poco.
—Has vuelto.
La voz no salió de sus labios. Resonó dentro de él, clara y fría, como el agua que corría entre las piedras.
Rhaegor tragó saliva.
—Te lo prometí.
Sannah avanzó un paso. La hierba no se movió bajo sus pies.
—Has tardado demasiado, amor.
Rhaegor bajó la cabeza un instante. Apretó los dientes hasta hacerlos rechinar.
—La maldita guerra no terminaba nunca.
Ella alzó la mano y rozó su rostro. Su piel no desprendía calor, solo un frío lento que atravesó la piel y se le clavó en el pecho.
—La guerra no te mató.
Rhaegor cerró los ojos al sentirla.
—A ti sí.
El agua siguió cayendo entre ambos.
Sannah retiró la mano despacio.
—Mi cuerpo murió.
Rhaegor volvió a mirarla.
—Tú también.
Ella negó una vez.
—No del todo.
Rhaegor dio un paso hacia la fuente.
—Entonces, quédate.
Sannah le miró a los ojos sin moverse.
—No puedo.
—Yo sí.
Ella guardó silencio.
Rhaegor avanzó otro paso.
—Me quedaré aquí, contigo.
La sombra de Sannah pareció apagarse un poco.
—Este lugar no pertenece a los vivos.
Rhaegor alzó la barbilla.
—Tampoco el mundo al que vuelvo.
El frío aumentó alrededor de la fuente y las hojas dejaron de moverse.
Sannah lo observó largo rato.
—Vienes cada noche.
Rhaegor frunció el ceño.
—No.
—Sí.
—Es la primera vez que regreso.
Ella levantó la mano y señaló el agua. La superficie de la fuente se agitó. Entonces Rhaegor se vio a sí mismo sentado junto a aquella piedra.
Solo.
La misma armadura. El mismo rostro vacío. Noche tras noche, inmóvil frente al agua, esperando verla aparecer entre los árboles mientras el sueño le vencía poco a poco.
Rhaegor retrocedió.
—Eso no ha pasado.
—Aún no.
La voz de Sannah sonó más lejana.
—Pero ocurrirá. Volverás aquí una y otra vez, hasta olvidar el resto del mundo.
Rhaegor miró el reflejo.
El hombre del agua parecía muerto incluso antes de morir.
—Y tú vendrás a buscarme…
Sannah asintió.
—Siempre.
El silencio cayó sobre el bosque.
Rhaegor bajó la mirada y se llevó la mano al cinturón. Sacó un pequeño frasco oscuro y lo levantó ante ella.
—Entonces, puedo quedarme ahora.
Sannah observó el veneno sin cambiar el gesto.
—Eso no te traerá conmigo.
—Acabará con esto.
Ella negó despacio.
—Solo te empujará a otro lugar.
Rhaegor arrancó el tapón. Un olor amargo subió hasta su nariz.
—No me importa.
Sannah avanzó hacia él.
—A mí sí.
La mano de Rhaegor tembló un instante.
—He llegado tarde, pero no volveré a hacerlo.
Apretó el frasco con fuerza y alzó la botella.
Sannah extendió la mano para detenerlo, aunque ambos sabían que no podía tocarlo. Sus dedos atravesaron el cristal.
—Rhaegor…
Él bebió.
El líquido descendió por su garganta y el cuerpo reaccionó al instante. El pecho se le cerró. El pulso golpeó con violencia bajo la piel y después empezó a fallar.
El frasco cayó sobre la piedra y rodó hasta el agua.
Rhaegor se dejó caer junto a la fuente, con la espalda apoyada contra el borde húmedo.
—Ya está…
Sannah cayó de rodillas frente a él. Sus manos buscaron su rostro y volvieron a atravesarlo.
—No… así no…
Rhaegor levantó los ojos hacia ella. La vista empezaba a nublarse.
—Ahora sí podré verte.
Sannah cerró los ojos.
—No entiendes nada.
Rhaegor intentó tocarla. Sus dedos cruzaron el cuerpo de ella sin encontrar resistencia.
—Te encontraré.
La noche cayó sobre el bosque con un frío más profundo. El agua de la fuente pareció oscurecerse.
—No iremos al mismo lugar —susurró Sannah.
El pulso de Rhaegor se debilitó, pero aun así sonrió.
—Entonces, te buscaré allí también.
La respiración se apagó poco a poco.
Sannah inclinó la frente hacia la suya sin llegar a tocarla.
—Yo no crucé, amor.
El bosque quedó en silencio. Solo el agua siguió cayendo sobre la piedra.
El bosque desapareció, la fuente se rompió y la noche se deshizo en fragmentos de sombra.
Rhaegor abrió los ojos. Solo había un suelo de piedra cubierto de niebla. Se encontraba en el Tercer Umbral.
Se incorporó con un jadeo seco y se llevó la mano al pecho; el latido no sonaba igual. Miró sus manos, sólidas y vacías. Sannah no estaba, y el eco de su voz había quedado suspendido en el aire.
—No es el mismo lugar —murmuró temblando.