33 La Costa Perdida
Karath avanzó entre corrientes invisibles con las alas abiertas y el cuerpo tenso. El aire dejó de soplar y se hizo más pesado.
Edoz apoyó la mano humana sobre las escamas del cuello y tensó la otra, fusionada con la piel del dragón.
Karath obedeció y descendió un poco.
Rhaegor no dijo nada. Permanecía detrás, con el cuerpo inclinado hacia delante y la lanza sujeta con fuerza. Sus ojos miraban al frente, pero estaban perdidos en el infinito.
Edoz giró la cabeza lo justo para verlo.
—Si sigues así, te vas a caer.
El gigasulo no respondió.
Karath batió las alas con un golpe seco.
—Bien, me encanta el silencio —dijo Edoz con sarcasmo.
El brazo negro se agitó, marcando un rumbo leve hacia la derecha.
Edoz se dejó llevar.
—Por lo menos, uno de los dos coopera.
Rhaegor cerró los ojos un instante. Su mano apretó la lanza hasta que los nudillos se tensaron.
Edoz lo observó de reojo.
—¿Cómo se llamaba la mujer?
El viento arrastró el silencio entre ambos. Karath rugió incómodo, haciendo vibrar todo su cuerpo.
Rhaegor bajó la cabeza. Sus labios se movieron sin apenas emitir sonido, pero dijo su nombre.
—Sannah —murmuró el soldado con suavidad.
—Sannah —repitió Edoz—, bonito nombre.
El soldado alzó la vista de golpe. Sus ojos brillaron con algo más que rabia.
—No… —escupió, con la voz áspera— ¡No!
Edoz arqueó una ceja, recordando que desde su visita a la ciudad invertida, se entendían.
—Captado, no quieres hablar de ella.
Rhaegor avanzó un paso sobre el lomo del dragón, en equilibrio.
—Cállate —escupió, clavando la mirada en él.
—Ya veo que hablar no es lo tuyo —sonrió Edoz.
Karath descendió otro poco. El vacío bajo ellos se abrió en capas de sombra que se movían sin forma definida.
El brazo demonio tiró con más fuerza. Edoz no luchó contra ello.
—Vamos hacia la Costa Perdida —murmuró—. Nos guste o no.
Rhaegor no apartó la vista de él.
—No tienes ni idea de lo que vamos a encontrarnos una vez que lleguemos allí —susurró el soldado.
—Claro que no —respondió Edoz con una risita—. Ni tú tampoco.
El soldado apretó los dientes.
—Ahí abajo… —su voz se quebró un instante—, no hay nada bueno.
Edoz inclinó la cabeza.
—Arriba tampoco.
Karath rugió y el aire vibró a su alrededor. Durante un instante, el mundo pareció pararse y un destello cruzó bajo ellos, rápido, imposible de seguir.
Edoz entrecerró los ojos. No era ninguna luz, era una forma, una figura.
Una mujer de espaldas, con el pelo oscuro sobre los hombros.
Rhaegor se tensó de golpe.
—No…
Edoz no veía la figura, pero vio cómo la expresión de él se había descompuesto por completo.
—No mires —le advirtió—, ¡no es real!
Pero ya era tarde.
La mujer giró la cara hacia ellos y donde debían estar los ojos no había nada, ni párpados, ni sombra, solo un vacío liso; la boca tampoco existía, parecía que alguien la hubiera borrado antes de darle forma.
Rhaegor gritó y dio un paso hacia el vacío.
Edoz se estiró hacia atrás y lo agarró por el antebrazo antes de que cayera.
La brusquedad del movimiento sacudió a Karath.
—¡Sujétate! —gritó Edoz.
El gigasulo forcejeó, con la mirada fija en algo que ya no estaba.
—Está ahí… —susurró.
—¡Ahí no hay nada! —gruñó Edoz, tirando de él—. ¡Mírame! El maldito Umbral está desordenado tu cabeza.
Rhaegor no obedeció.
Edoz se estiró más. Las escamas del brazo negro, fundido al cuerpo del dragón, se tensaron y golpeó el pecho del soldado con la palma de su mano humana.
No lo hizo con fuerza, sino con autoridad, un impacto seco que detuvo a Rhaegor en el acto.
Sus ojos parpadearon, perdidos un instante, y el vacío se desvaneció como si nunca hubiera estado allí.
Karath recuperó el control con un batir de alas brusco, que sacudió con fuerza el aire a su alrededor. Edoz agarró y tiró del gigasulo hasta devolverlo al lomo.
—Si quieres morir, espera a que lleguemos al Mar de las Voces. Allí será mucho más espectacular.
El soldado respiró hondo, una vez… y otra. Sus manos aún temblaban, incluso con la lanza en ellas.
—La he visto —murmuró.
—No —respondió Edoz sin volverse.
—Era ella —insistió el soldado.
—¡Te he dicho que no! —exclamó Edoz.
—No era ella —corrigió Rhaegor con la voz rota y bajó la cabeza.
Edoz asintió.
—Así mejor.
Karath se estabilizó en el aire y siguió rumbo hacia la Costa Perdida; esta vez volaba más lento, el viento en contra lo obligaba a hacerlo.
Karath mantuvo el vuelo bajo, con las alas tensas y el cuerpo rígido, sin oponer apenas resistencia al aire. Edoz, con la mano negra fundida con su cuello, notó el pulso del dragón bajo las escamas, un latido antiguo que no le pertenecía del todo.
El brazo respondió y giraron un poco hacia el este.
—¿Qué sabes de la Costa Perdida? —preguntó Edoz al fin, rompiendo el silencio.
El gigasulo tardó en responder. Sus ojos no estaban en el horizonte.
—Mi madre… —empezó, pero se detuvo.
Edoz alzó una ceja.
—Mi madre me contaba historias. Su madre era remendadora de redes de pesca.
Karath descendió un poco más.
El vacío bajo ellos empezó a mostrar formas, sombras que no se movían entre callejuelas empinadas.
Edoz entrecerró los ojos.
—Continúa.
Rhaegor bajó la vista, como hablando para sí mismo.
—El puerto estaba abajo. Después, solo había el gran azul. Pescadores, vendedoras, gente que vivía del mar —sus dedos se cerraron sobre la lanza—. Todos olían a sal.
Edoz soltó una risita.
—No me lo digas, esos eran los que realmente trabajaban.
Rhaegor no reaccionó.
—Por encima había más calles.
Karath rugió en bajo.
Las sombras tomaron forma ante las palabras del soldado. Se veían cuestas y escaleras. Casas de paredes blancas apiladas unas sobre otras.
—Cada calle más alta que la anterior —continuó Rhaegor—. Cada paso hacia arriba te daba más valor sobre los de abajo.
—¿Valor o dinero? —preguntó Edoz, inclinando la cabeza.
—Es lo mismo.
El viento arrastró esa última frase entre ellos.
Edoz sonrió.
—Me gusta ese sitio.
Rhaegor negó lentamente.
—No te gustaría, créeme.
Karath batió las alas y el aire se abrió bajo su cuerpo, dejando ver con más claridad la forma que emergía entre la bruma.
Era un pueblo que se alzaba situado sobre una ladera.
Las casas se apilaban escalonadas, unas sobre otras, trepando hacia lo alto, cada nivel más elevado que el anterior, y las callejuelas ascendían en espiral, y en zigzag, estrechas, desafiando a la gravedad.
—Casaban a sus hijos con los de más arriba para subir de posición —continuó Rhaegor—. Para cambiar de calle.
Edoz lo miró.
—Eso pasa en todas partes.
Rhaegor apretó los dientes.
—Allí no podían decir que no.
—¿Y si lo hacían? —preguntó Edoz.
El soldado no levantó la vista.
—Morían.
Karath descendió un poco y el aire se volvió más denso alrededor de sus alas.
Las casas dejaron de ser simples sombras y tomaron forma ante ellos: tenían las paredes blancas como la leche, sus ventanas siempre estaban abiertas de par en par, y las puertas nunca cerradas con llave.
Sin embargo, no había luz en ninguna de ellas, ni una vela, ni un candil, ni un reflejo; solo huecos oscuros que observaban en silencio.
—¿Mataban a todos los que se negaban? —preguntó Edoz intrigado.
Rhaegor negó.
—Algunos saltaban al mar con los bolsillos llenos de piedras.
Edoz dejó escapar el aire por la nariz.
—Siempre hay alguien que se adelanta al final.
El brazo negro se tensó y tiró con fuerza, una sacudida seca que no dejó espacio a la duda. Karath respondió sin esperar la orden y descendió en picado varios metros. El aire les golpeó con violencia y el mundo cambió bajo ellos.
Las calles ya no estaban vacías. Figuras inmóviles ocupaban cada tramo, cada escalón de piedra, alineadas en silencio. No se movían, no respiraban, pero miraban hacia arriba.
Los miraban a ellos.
—No me gustan sus miradas —confesó Rhaegor incómodo.
Edoz no apartó la vista.
—No creo que sean de verdad.
Las figuras permanecían quietas, pero sus cabezas giraban al unísono, siguiendo el vuelo del dragón con una precisión antinatural, todas coordinadas de una forma imposible.
Edoz sintió el tirón en el brazo y ascendió ligeramente para continuar.
—¿Por qué nos miran así? —preguntó Edoz, inquieto.
—Me recuerdan. —Rhaegor negó despacio, con la voz más baja.
El silencio cayó de golpe y hasta Karath dudó en el aire por un instante, sus alas frenaron con un batir irregular que rompió el ritmo del descenso.
Edoz apretó la mano negra contra el cuello del dragón.
—Baja.
Karath obedeció y Edoz lo guio cerca de la orilla y entrecerró los ojos.
—Cuando toquemos suelo, no mires a nadie más de lo necesario.
Rhaegor asintió.
La niebla que velaba el horizonte se disipó dejando ver el Mar de las Voces.
Karath descendió con un batir de alas pesado y la temperatura bajó al cruzar la última franja de niebla. Bajo ellos, la Costa Perdida se abrió en escalones de piedra blanca, casitas blancas apiladas unas sobre otras.
—Ahí lo tenemos, ¡el Mar de las Voces! —exclamó Edoz.
Más allá de la costa, el horizonte se abrió, el mundo dejó de tener forma de tierra y apareció el mar rojo.
Era espeso, vivo, y se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Ondas lentas recorrían su superficie y bajo ellas, algo se movía sin dejarse ver. Las olas rompían con fuerza contra la nada, abriéndose y cerrándose sobre sí mismas mientras el mar rojo se agitaba bajo ellos.
Y las voces.
Edoz las oyó antes de comprenderlas. Eran susurros que se colaban en los oídos. Nombres que no había oído en años, promesas que parecían hechas para él.
Cerró los ojos un instante.
—Senith… —murmuró Edoz.
Rhaegor giró la cabeza hacia él.
—¿Qué?
—La diosa me dijo que este lugar podía dar luz si sabías escuchar —respondió Edoz sin mirarle.
Karath descendió otro poco, le costaba el doble atravesar el aire frio.
Las voces subieron de volumen. Sonaban más cerca y más claras.
—¿Y qué pasa si no sabes escuchar? —preguntó Rhaegor.
Edoz abrió los ojos y clavó la mirada en el mar.
—Que no vuelves.
El soldado apretó la lanza.
—Explícate.
Edoz señaló con la barbilla hacia abajo, sin apartar la vista.
—Si dejas que te guíen, te quedas aquí, y en el mundo real, tu cuerpo se vacía y muere.