Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 32 La Sombra de Kudram #2
67%

32 La Sombra de Kudram #2

Entonces clavó los ojos en el guardia.

—Que nadie entre aquí —ordenó en voz baja, señalando con un gesto la tienda a su espalda.

El guardia le sostuvo la mirada y, durante un instante, el tiempo pareció tensarse entre ambos. Luego, muy despacio, inclinó la cabeza una sola vez.

No hubo más palabras.

La grieta quedaba lejos del campamento, donde el murmullo del éxodo ya no llegaba.

La tierra se abría en una herida irregular sobre la roca rojiza, y su interior descendía en una negrura espesa que parecía tragarse la luz.

El aire allí era distinto, más frío, cargado de un olor antiguo que no pertenecía a la superficie.

El Profeta llegó primero. No dudó. Se inclinó un poco y se internó en la abertura, dejando que la oscuridad lo envolviera paso a paso.

Lyria se detuvo un instante en el borde.

Observó el interior, midiendo la profundidad con la mirada, y luego se volvió hacia atrás.

Con un gesto seco, apartó a unos curiosos que se habían acercado demasiado.

Cuando no quedó nadie a su espalda, descendió tras él y se encargó de cerrar el paso recolocando las piedras sueltas y tensando una lona oscura que ocultaba la entrada desde fuera.

Torbu llegó después, arrastrando un pesado saco. Lo dejó caer junto al borde con un golpe húmedo antes de bajar con torpeza, sujetándose a la roca para no resbalar.

Alrededor de la grieta, los Ungidos Ciegos se arrodillaron en círculo. Sus bastones descansaron sobre la piedra mientras inclinaban la cabeza hacia la abertura, aun sin ver, podían sentir lo que ocurría bajo tierra.

—Que nadie más baje —ordenó Lyria desde el interior, su voz emergió apagada entre las paredes de roca.

Los Ungidos permanecieron inmóviles y el silencio que siguió fue tan absoluto que parecía custodiar la grieta por sí mismo.

El aire dentro de la hendidura no olía a lluvia, sino a piedra antigua, a algo que llevaba demasiado tiempo enterrado sin ser perturbado. La oscuridad no era completa; una débil luz rojiza palpitaba contra las paredes como un latido.

El Profeta, con la túnica púrpura, la de las ocasiones especiales, se movió con calma en el centro del espacio.

Partió el hueso en pedazos y lo colocó formando un círculo irregular, ajustando cada pieza con cuidado para que cada una encajara en el lugar exacto.

Cuando terminó, clavó la daga en el centro; su filo oscuro vibró al hacerlo.

Vertió la sangre sobre el metal y la hoja la absorbió con rapidez; tenía sed.

—No se le llama —susurró sin apartar la vista— se le abre paso.

Cogió la daga, la limpió con la lengua, relamiéndose, y se cortó la palma de la mano izquierda sin dudar. La sangre brotó y cayó sobre los símbolos trazados en la roca. Al instante, el suelo se la bebió.

El grimorio, que hasta entonces había permanecido cerrado bajo su brazo, se abrió por sí solo. Las páginas pasaron una tras otra, agitadas por una fuerza invisible, hasta detenerse en un punto concreto. Allí, las letras comenzaron a arder con un resplandor rojo y frío.

El Profeta alzó la cabeza.

Cuando habló, la voz no era del todo suya.

—Shaazgath vel un-kaar… thren azhul mor’ek… Kudram esh vaal…. nereth kha… nereth kha… Ul’zar… ul’zar… Ven a través de la carne abierta… Lo ofrecido no vuelve… lo visto ya es tuyo…

Las palabras surgieron cada vez más graves, más profundas, arrastrando sonidos que no parecían hechos para una garganta humana.

Torbu, aterrorizado, retrocedió un paso.

—No… eso no…

Lyria no se movió. El corazón le palpitaba con fuerza. Su mano se cerró firmemente sobre el látigo y el cuero crujió bajo sus dedos.

—Sigue —murmuró ella.

Los ojos del Profeta permanecían fijos en la oscuridad del fondo.

—Traedlo.

Torbu dudó un instante, pero obedeció. Se volvió hacia la entrada y arrastró el pesado saco desde la penumbra. El cuerpo golpeó la roca al avanzar.

Del saco liberaron a un hombre atado, amordazado y empapado.

Su pecho subía y bajaba con violencia, aún luchaba contra el recuerdo del batallar contra el agua rojiza. Era uno de los que habían sobrevivido por poco al Desfiladero Rojo.

Sus ojos estaban abiertos de par en par. Demasiado vivos.

El Profeta se inclinó ligeramente hacia él.

—Mírame.

El hombre negó con desesperación.

Torbu le sujetó la cabeza con ambas manos y le obligó a levantarla.

—Mírale.

El hombre clavó la vista al frente, hacia la negrura.

Al principio no había nada, solo vacío. Luego aparecieron dos puntos lejanos e inmóviles.

Eran dos ojos.

El cuerpo del hombre se tensó. Intentó gritar, pero el sonido no salió de su boca. La garganta se le cerró como si algo la apretara desde dentro.

El Profeta sonrió.

—Ya te ha visto.

Las sombras del fondo se movieron sin avanzar. Se estiraron, alargándose por la roca como dedos que buscaban algo que agarrar. El aire se volvió frío y pesado, irrespirable.

—No se le ordena… —susurró emitiendo vaho blanco por su boca— se le ofrece.

Empujó al hombre hacia el centro del círculo. Su cuerpo cayó, pero no llegó a tocar el suelo, ya que algo lo tomó antes.

Un tirón seco y luego, nada, solo silencio.

Torbu jadeó, incapaz de apartar la mirada del vacío donde había estado el hombre.

—¿Dónde ha ido?

El Profeta alzó una mano, pidiendo silencio.

—Ahora es el momento.

La daga giró entre sus dedos. Trazó un corte en el aire.

—Aquí no es el lugar.

Otro corte, más rápido.

—Es allí.

Otro más, irregular.

—Entre ellos.

Las sombras respondieron y se agitaron con más fuerza. Los ojos ya no estaban tan lejos. Se acercaban.

El Profeta inclinó levemente la cabeza para escuchar algo que los demás no podían oír.

—Ve —ordenó—. Ve y caza donde yo no esté.

Un susurro recorrió la grieta. No eran palabras, pero tenían forma y sentido.

Algo había respondido.

Lyria dio un paso atrás sin apartar la vista de la oscuridad.

—Eso no obedece.

El Profeta esbozó una leve sonrisa.

—Paciencia, está aprendiendo.

El talismán de hueso vibró contra el pecho del Profeta. El grimorio ardió con más intensidad, proyectando sombras que no seguían ningún cuerpo.

Poco a poco, las sombras del fondo comenzaron a retirarse y los ojos se desvanecieron.

La presencia desapareció. Solo quedó el frío. Un frío profundo que se quedó atrapado en la grieta.

Algo aún observaba desde el otro lado.

El Profeta cayó de rodillas y Torbu lo sostuvo.

—Mi señor… Dame vida.

El Profeta respiró hondo.

Torbu acercó el cuenco, el Profeta bebió y la sangre manchó sus labios e hizo que el color volviera a su rostro. Luego se puso de pie.

—Ya está —susurró—. Ahora veremos quién necesita salvación.

Al salir de la grieta, el campamento seguía intacto, la noche lo había envuelto todo sin perturbar nada.

Los fuegos todavía parpadeaban, arrojando un calor anaranjado sobre los cuerpos cansados y las tiendas de lona mientras el murmullo constante de la vida recorría las filas de los belurios, los Sin Dios y los guardias del Éxodo.

Nada parecía haber cambiado, pero en el aire flotaba un silencio distinto, más pesado y cargado de presagios.

Lyria lo observó con la mano aún apoyada sobre el látigo.

—¿Y ahora? —preguntó en voz baja, rasgada por la tensión.

El Profeta no levantó la mirada. Se inclinó sobre la daga enjoyada y la limpió con un paño negro, dejando que la luz de los fuegos reflejara un destello rojizo sobre el filo. Cada gesto suyo parecía medido, preciso y cargado de significado.

—Ahora, esperamos —respondió con calma.

Torbu alzó la vista hacia la oscuridad del desfiladero, donde la tierra descendía en sombras densas y silenciosas. Un escalofrío recorrió su espalda.

—¿Vendrá? —murmuró, casi para sí mismo.

El Profeta dejó escapar una sonrisa apenas perceptible, fría y segura.

—Ya está aquí.

El aire pareció vibrar un instante. Las sombras mismas confirmaron sus palabras mientras el campamento, ajeno a todo, seguía ardiendo en su rutina y algo invisible se acercaba desde la penumbra.

En la lejanía, entre las rocas húmedas y los restos fangosos del paso inundado, una sombra se deslizó en silencio absoluto; el aire mismo se apartaba a su paso. No había luz, ni sonido, solo la humedad que se pegaba a la piedra y el eco apagado del agua estancada.

La sombra se detuvo. El espacio a su alrededor se tensó y de la negrura surgieron dos puntos que brillaron con un rojo pálido, fijos y penetrantes.

Se abrieron lentamente, observando cada fuego, cada movimiento del campamento de los humanos.

La mirada flotaba sobre las tiendas y las figuras que caminaban entre ellas, inmóvil, sin cuerpo visible que la sostuviera, pero consciente de todo.

El viento murmuró entre las rocas y pareció reverberar con los ojos que escrutaban, anunciando la presencia de algo que no pertenecía a este mundo.