32 La Sombra de Kudram
«Donde la luz no alcanza, allí nace su nombre.
No se le llama, se le abre paso.
No se le ordena, se le ofrece carne y recuerdo.
Shaazgath no camina: se desliza entre lo olvidado.
Quien lo mira, pierde su nombre.
Quien lo alimenta, cree gobernarlo…
…hasta que la sombra decide aprender su rostro.»
El carro no se movía. Fuera, el éxodo emitía un pequeño murmullo. El barro se pegaba a las ruedas y el hedor a agua estancada llenaba el aire.
Dentro, el Profeta pasó una página mientras la luz roja del grimorio le iluminaba los ojos blancos.
—Así que aquí estás —susurró con los ojos entrecerrados.
El Profeta quería ultimar los detalles con el Grimorio de Kudram, un libro antiguo que un Ungido Ciego protegió durante años y que él obtuvo tras robarlo de un botín oculto en la Gran Torre de Alonia.
Bajo la luz de las llamas, abrió el volumen y leyó un pasaje marcado donde las letras ardían con un pulso débil; no se apagaban, sino que parecían querer ser leídas.
Deslizó el dedo por el párrafo marcado y a pesar del fuego que manaba de las páginas, no se quemó.
—No se le llama, se le abre paso —leyó en voz alta y sonrió.
El talismán de hueso golpeó su pecho cuando se inclinó hacia el brasero. Sacó la daga y el filo devolvió el rojo del libro.
Un golpe seco sonó en la lona.
—Mi señor —llamó el sirviente desde fuera.
—Entra —ordenó el Profeta.
Torbu apartó la tela; su silueta llenó la entrada mientras el fuego dibujaba sombras en las cicatrices de su torso al aire.
—He visto al río rojo llevarse a los débiles.
—El río no elige. Yo sí. —corrigió el Profeta sin alzar la vista.
Torbu ladeó la cabeza con una sonrisa inquietante que le partió el rostro.
—¿A quién quieres que te consiga esta vez?
El Profeta cerró el grimorio con mucho cuidado. El metal de la cubierta sonó como un golpe de campana.
—No quiero a alguien, quiero algo. Varias cosas. Vas a traerme un hueso viejo de una tumba abierta, no puede ser de tierra reciente.
—Ahora, durante el viaje, no se entierra a nadie, los cuerpos se queman —se excusó Torbu, riéndose nerviosamente.
—Busca donde sea. Hay aldeas arresias por el camino y ellos también entierran a sus muertos.
El Profeta se levantó, caminó muy despacio hasta el borde del carro, apartó la lona con el dedo índice y observó el campamento.
Los Sin Dios permanecían al frente, abriendo camino; los guardias del Éxodo avanzaban en formación y los sacerdotes de Bel-Hur murmuraban oraciones de despedida por los desaparecidos tragados por el agua.
—También quiero ojos —añadió—. Que no sean frescos, los quiero secos, y es importante que en vida hayan visto morir. Deben ser de alguien entrado en años.
Torbu se llevó la mano a la cicatriz de la nariz.
—Eso puedo hacerlo.
—Y sangre —pidió el Profeta.
—Siempre hay sangre —respondió Torbu con la barbilla levantada.
El Profeta lo miró.
—Esta vez no quiero sangre de cualquiera.
—¿De niños? —susurró Torbu con una mueca malévola.
El Profeta negó muy despacio.
—No. Esta vez no. —Dejó la frase suspendida en el aire—. Trae la de los que han sobrevivido por poco a la catástrofe del desfiladero. Necesito la de alguien que haya estado a punto de morir, esa sangre ha mirado a la muerte de cerca y ha vuelto.
—Esa sabe mejor —respondió Torbu inclinando la cabeza, y se marchó sin más.
—No me gusta —dijo Lyria desde la sombra del carro. Parecía que siempre hubiera estado allí; nadie la había visto entrar.
El Profeta no se volvió. Mantuvo la mano apoyada sobre el grimorio, sintiendo el pulso tenue bajo la cubierta.
—No te pago para que te guste.
Lyria avanzó un paso. El cuero del látigo colgaba de su cinto, inmóvil, y la daga permanecía oculta. La luz roja rozó su rostro y las cicatrices parecieron abrirse ante ella.
—No me pagas.
El Profeta pasó los dedos por el borde del libro, sin apartar la vista de las páginas.
—Tenemos un trato y te necesito viva.
Ella dejó escapar una leve exhalación, y se detuvo frente a él.
—Me necesitas —añadió—. Y me prometiste algo.
El Profeta apartó la vista del grimorio muy despacio.
—Y lo tendrás.
Lyria inclinó la cabeza, escrutándolo.
—Ya no me conformo solo con la venganza. Lo quiero de vuelta.
Él giró el rostro hacia ella.
—¿A quién?
El silencio se tensó. Lyria no respondió al instante; su mirada se endureció antes de soltar una sola palabra.
—A Zarhel.
El nombre del carcelero muerto quedó suspendido entre los dos.
El Profeta sonrió levemente.
—Primero, esto —dijo, señalando el grimorio con dos dedos—. Después, todo lo demás.
Lyria apretó los dientes y un músculo le tembló en la mandíbula.
—¿Puedes hacerlo? —preguntó ella, asombrada.
—¿Acaso dudas del poder de Kudram? —replicó él sin alzar la voz y acariciando el grimorio.
Durante un instante, ninguno de los dos se movió. Luego Lyria giró sobre sus talones y la sombra volvió a tragársela mientras se alejaba.
—Nadie se acercará a ti sin pasar por mí.
El Profeta volvió a posar la mano sobre el libro.
—Que así sea.
Los Ungidos Ciegos formaron un círculo cuando la luz del día terminó de desangrarse.
La oscuridad cayó sobre el campamento y ninguno de ellos dudó ni por un momento.
No veían, pero tampoco lo necesitaban. Sus rostros, siempre alzados y orgullosos, vacíos, se orientaron hacia un punto que solo ellos parecían sentir.
Entre los seguidores de Kudram eran la vertiente más radical: se arrancaron los ojos para ver con los de su dios, vestían túnicas negras con detalles rojos, el símbolo de la sangre, y afilaban sus dientes haciéndolos más fieros para los demás.
Solían cubrir sus cuencas ensangrentadas con vendas.
Algunos usaban bastones grabados con espirales, aunque otros caminaban sin guía visible y nunca parecían torpes o impedidos.
Todos elevaron las manos poco a poco y temblaron al mismo tiempo.
—Kudram ve sin ojos…
Las voces surgieron desacompasadas al principio, cada garganta caminaba por su cuenta.
—Kudram escucha sin oídos…
El murmullo empezó a unirse, a encajar y a tomar forma.
—Kudram toma lo que es suyo…
El Profeta caminó entre ellos descalzo. El barro rojizo, frío, se le pegó a los pies, y dejó huellas irregulares a su paso. Rozó un brazo y luego el otro; sintió el temblor que recorría cada cuerpo, era la fe de Kudram convertida en carne.
Se detuvo en el centro del círculo.
—Más alto —ordenó sin alzar demasiado la voz.
Las cabezas se alzaron aún más, sus dedos se tensaron, y el aire pareció comprimirse en sus pechos antes de estallar.
—¡Kudram!
El grito se expandió como una onda. Atravesó las tiendas, sacudió las cuerdas, se coló en el interior de los carros. Algunos alzaron la cabeza desde la distancia, otros se persignaron con gestos torpes, y no faltaron quienes se apartaron en silencio, temiendo ser vistos o llamados.
El Profeta observó el efecto sin moverse. Su sonrisa apareció despacio.
La distracción ya estaba en marcha.
Torbu regresó cuando la luna desapareció tras las nubes. Su figura era alta y delgada. Siempre llevaba el torso desnudo, que mostraba cicatrices de antiguos castigos y rituales. Solo vestía un viejo pantalón oscuro sujeto con una faja de cuero y un manto oscuro que cubría el resto de su cuerpo.
No anunció su llegada; apartó la lona y entró sin pedir permiso. El saco que llevaba cayó al suelo del carro con un golpe húmedo y pesado.
—Hablan mucho —murmuró mientras se limpiaba la sangre de las manos en el pantalón—. No paran.
El Profeta, en silencio, se arrodilló frente al saco y lo abrió con calma, consciente de que dentro había algo frágil.
El olor denso salió primero; luego, el contenido.
Un hueso ennegrecido, agrietado por el tiempo; un saquito con dos ojos secos, hundidos en sí mismos, y un pellejo enrollado que aún conservaba manchas de sangre espesa, oscura, casi negra bajo la luz rojiza del interior.
El Profeta observó cada pieza sin tocarlas al principio, evaluando sus tesoros. Ingredientes necesarios para su ritual de invocación.
—Bien. Además de esta —preguntó el Profeta mientras cogía el pellejo—, ¿has conseguido sangre viva?
Torbu inclinó la cabeza sin ocultar su sonrisa.
—No ha sido fácil, maestro. Pero sí, tengo sangre viva del tipo que me pediste.
El Profeta alzó la vista hacia él, deteniéndose en las manchas que aún no había logrado limpiarse.
—¿Y cómo te sientes?
Torbu mostró los dientes, satisfecho.
—Orgullosos de servir a Kudram.
El Profeta dejó escapar una risa contenida que no llegó a sus ojos. Luego extendió la mano hacia lo extraído del saco.
Era el momento de empezar.
El guardia de cabello blanco permaneció inmóvil cuando el Profeta apartó la lona y descendió del carro.
No cambió la postura, no giró la cabeza, no dio señal alguna de haberlo visto, y aun así parecía consciente de cada movimiento a su alrededor.
Su presencia imponía por ese silencio absoluto que no se quebraba nunca.
Alto, de hombros anchos, con la piel pálida, sostenía una quietud que no parecía humana. El cabello blanco le caía en mechones lisos sobre la espalda, enmarcando un rostro inexpresivo, detenido en una calma inquietante. Sus ojos grises, opacos, no reflejaban nada. Nunca parpadeaban.
La armadura oscura que vestía carecía de símbolos o adornos; no buscaba impresionar, solo servir.
A su costado, la espada ancha de filo negro descansaba envainada, con la empuñadura envuelta en cuero gastado.
No la tocaba, pero su mera presencia bastaba para advertir lo que ocurriría si alguien se acercaba más de la cuenta.
El crujido de la madera al ceder bajo el peso del Profeta no provocó reacción alguna. Tampoco el leve chapoteo del barro rojizo bajo sus pies descalzos. Nada alteraba al guardia. Ni siquiera parecía respirar.
A su lado, dos encapuchados armados mantenían la misma disciplina rígida. Permanecían alineados, con los rostros ocultos en sombras y las manos escondidas bajo las telas oscuras.
El Profeta se detuvo frente a ellos y los observó mientras su mirada recorría el perímetro. Luego se detuvo en los límites de la tienda levantada junto al carro, midió las distancias y escuchó el silencio que se extendía a su alrededor hasta asegurarse de que nada escapaba a su control.