Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 31 La ciudad invertida #3
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31 La ciudad invertida #3

Las voces de los jóvenes regresaron al unísono, deshaciendo el juramento palabra por palabra.

Rhaegor respiró hondo. Sus dedos temblaron alrededor de la lanza.

El muchacho levantó la cabeza y le miró directamente a los ojos.

La escena se deshizo y volvió a formarse.

El estruendo de la guerra se tragó a sí mismo y el mundo empezó a retroceder otra vez.

El fuego abandonó las ruinas y regresó a las antorchas. La sangre salió de la arena en hilos oscuros que volvieron a los cuerpos abiertos. Los muertos respiraron hacia atrás y se incorporaron antes de caer. Las lanzas abandonaron la carne y regresaron a las manos de los soldados.

Los templos se alzaron desde montones de piedra rota.

Columnas gigantescas ascendieron hacia el cielo, encajando bloque sobre bloque con un ruido grave que sacudía las dunas.

Las estatuas de guerreros y dioses recompusieron sus rostros quebrados mientras la arena descendía por ellas en cascadas invertidas.

Miles de hombres avanzaban marcha atrás sobre el desierto. Las filas retrocedían perfectas, los escudos se separaban, las lanzas bajaban poco a poco y los cánticos regresaban a las gargantas antes de ser pronunciados.

Entonces, el suelo vibró y una figura apareció entre las filas.

No descendió del cielo; regresó a él.

La luz dorada que cubría el campo se recogió alrededor de su cuerpo y las grietas abiertas en la tierra se cerraron bajo sus pasos invertidos.

La armadura dorada absorbía el resplandor del sol y las dos espadas que llevaba en las manos dejaban rastros de luz en el aire, heridas brillantes que se cerraban tras cada movimiento.

Azhor.

Rhaegor cayó de rodillas antes incluso de darse cuenta. La lanza escapó de sus dedos y volvió a su espalda.

—Azhor… —susurró.

La voz le salió rota.

El Dios Emperador se movió entre sus guerreros mientras las heridas desaparecían bajo su sombra. Hombres mutilados recuperaban brazos y rostros. El acero abandonaba los cuerpos y los gritos se convertían en respiraciones ahogadas.

Edoz permaneció inmóvil, pero no inclinó la cabeza.

Azhor pasó junto a soldados que levantaban los ojos hacia él con devoción absoluta. Algunos lloraban, otros golpeaban el pecho con el puño cerrado. El dios los observaba sin emoción, alto entre todos ellos, imposible de ignorar.

En ese momento, llegó la batalla. O más bien, su final al revés.

Las espadas de Azhor se movieron y el mundo empezó a recomponerse alrededor de cada golpe. Montañas de cadáveres se levantaron. Los incendios retrocedieron. Las murallas destruidas se reconstruyeron piedra a piedra mientras el dios avanzaba entre un ejército que caminaba hacia atrás.

Rhaegor respiraba con dificultad.

Edoz lo miró de reojo y vio algo extraño en él.

Miedo. Pero no el miedo de un hombre hacia un monstruo, sino el de un hijo frente a algo demasiado grande para comprenderlo.

Azhor se detuvo y giró la cabeza muy despacio.

La luz dorada cubrió el rostro del dios y durante un instante el tiempo entero pareció atascarse.

Edoz sintió que el brazo negro se tensaba. Las garras se abrieron y el talismán de Rhaegor ardió contra su pecho.

Luego, los ojos de Azhor se clavaron directamente sobre ellos.

Rhaegor apretó la mandíbula cuando el mundo volvió a desgarrarse ante sus ojos.

El bosque apareció desde la nada y, aun así, no nació: retrocedió hasta existir.

Las hojas ascendían desde el suelo hacia las ramas, el agua abandonaba el río y trepaba por las piedras hasta recomponer la corriente.

El viento arrastró el aroma húmedo del musgo y la tierra mojada mientras el claro recuperaba la forma bajo una luz dorada.

Una fuente de piedra emergió en mitad del bosque. El musgo retrocedió por sus bordes y el agua volvió a elevarse en hilos cristalinos hasta la copa superior.

Entonces apareció ella.

La mujer caminaba hacia atrás entre los árboles, con el cabello oscuro deshaciendo su movimiento al viento. Su risa regresó a la garganta antes de escapar y sus labios se cerraron sobre una sonrisa que dejaba de existir.

Rhaegor dejó caer la lanza.

El arma golpeó el suelo y luego volvió a su mano, arrastrada por aquel tiempo roto.

—Sannah… —susurró.

Ella estaba frente a él. Sus dedos abandonaron la mano del gigasulo y regresaron despacio hacia su propio cuerpo. Un beso se deshizo entre ambos; los labios se separaron antes de haberse unido. La felicidad desapareció poco a poco de sus ojos, absorbida hacia un instante anterior.

Rhaegor avanzó con paso torpe.

—No… no…

La mujer no podía escucharlo. Retrocedía dentro de su propio recuerdo. Sus pies borraban huellas del barro mientras el bosque rejuvenecía alrededor de ella.

Edoz observó la escena en silencio. El brazo negro permanecía quieto por primera vez desde que todo aquello había comenzado.

Sannah levantó la cara hacia algo que aún no había ocurrido. El sol descendió hacia el horizonte al revés y las sombras regresaron bajo los árboles. Después, ella empezó a alejarse.

No caminaba, más bien parecía que el tiempo la arrancaba de allí.

Rhaegor extendió la mano, pero sus dedos solo atraparon aire.

—Sannah…

La voz se le quebró en el pecho. Apretó el talismán que colgaba sobre él. Los dedos le temblaban.

—Amor… —repitió con dificultad, buscando la palabra correcta en la lengua de Edoz.

Edoz asintió despacio, sin apartar la vista de la mujer que desaparecía entre los árboles y el tiempo.

—Sí —murmuró—. Amor.

La escena empezó a romperse. El agua dejó de sonar, las hojas ascendieron hacia un cielo que se agrietaba y el bosque entero se dobló sobre sí mismo. Pero antes de desaparecer, Sannah se giró y durante un instante imposible pareció mirar directamente a Rhaegor.

El soldado cerró los ojos con el alma rota, vino la oscuridad y se escucharon golpes.

Un campo de batalla incompleto se desplegó ante ellos, roto en fragmentos. Un cuerpo caía, pero la sangre no llegaba al suelo. Un grito surgía y se perdía antes de escucharse.

Rhaegor dio un paso atrás.

—Muerte…

La ciudad no mostró nada más, solo ese instante, el peso de lo ocurrido.

Edoz lo observó impresionado.

—¿Moriste?

Rhaegor no respondió con palabras, pero su mirada lo dijo todo. Apretó los dientes y finalmente habló en belurio.

—Culpa.

Edoz repitió la palabra, probando su forma en sus labios.

—Culpa.

El silencio cayó entre ambos mientras la ciudad volvía a moverse. Las calles giraron, las sombras cambiaron de lugar y todo volvió a latir en ese ritmo extraño.

Las palabras llegaron de forma clara y sin esfuerzo. Rhaegor levantó la cabeza.

—Ahora te entiendo.

Edoz lo miró, sorprendido.

—¿Me entiendes?

El soldado asintió.

—La ciudad habla por nosotros.

Edoz dejó escapar una leve sonrisa.

—Ya era hora.

Rhaegor recogió la lanza y golpeó el suelo con la base.

—Edoz.

—Rhaegor.

Se miraron un instante.

Edoz señaló la ciudad, las calles que no obedecían a nada.

—Nos muestra lo que hemos pagado en la vida.

Rhaegor negó despacio y apretó la lanza.

—No. Nos muestra por qué estamos aquí.

Edoz no respondió. Miró a su alrededor. Las calles seguían moviéndose, las sombras seguían adelantándose y en algún lugar…

Edoz dio un paso.

—Entonces, avancemos.

Rhaegor asintió y por primera vez caminaron juntos, entendiéndose.

La ciudad no se detuvo, pero algo en su pulso cedió. Las calles dejaron de girar y entre los arcos invertidos apareció el dragón negro. Karath los esperaba, inmóvil, con los ojos plateados fijos en la distancia.

Edoz apoyó la mano negra sobre su cuello. Las escamas respondieron al instante, con un pulso lento.

—Nos vamos.

Rhaegor subió tras él y ajustó el escudo. Sus dedos rozaron el talismán.

—Costa Perdida.

Karath rugió, abrió las alas y el suelo desapareció bajo ellos.

La ciudad quedó atrás, con sus sombras invertidas y sus vidas suspendidas entre dos mundos.

Edoz no volvió la vista. El viento les golpeaba la cara y las voces regresaron. Primero lejanas y luego más claras, cada vez más cerca, mientras los tres se alzaban hacia el Mar de las Voces.