Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 31 La ciudad invertida #2
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31 La ciudad invertida #2

El brazo negro de Edoz crujió. Las garras se cerraron despacio mientras algo oscuro se agitaba bajo las escamas.

—No puede ser… —susurró.

La figura siguió alejándose hacia atrás, perdiéndose entre calles húmedas y fuego invertido, pero Edoz ya no veía el resto de la escena.

Solo aquel rostro.

—Recuerdo esto…

Rhaegor se acercó despacio, sin tocar nada, observando la escena con cautela, temiendo que cualquier movimiento desencadenara algo incontrolable.

Edoz avanzó un paso más y el mundo volvió a romperse ante sus ojos.

Las paredes de la calle se doblaron hacia atrás. Las sombras retrocedieron por los muros y el fuego desapareció dentro de las antorchas apagadas. El barro seco recuperó color hasta convertirse en arena caliente.

La escena cambió.

El sol golpeaba un patio abierto rodeado de columnas bajas. El aire olía a aceite de pintura. Sobre el suelo había telas manchadas, cuencos con pigmentos y pinceles abandonados junto a cubos de agua turbia.

Un niño permanecía frente a un caballete.

El lienzo estaba cubierto de trazos oscuros, pero el tiempo corría hacia atrás. Las líneas desaparecían una a una bajo el pincel hasta dejar la tela limpia otra vez.

Edoz frunció el ceño.

El niño movió la mano al revés, retirando el pincel del lienzo hasta dejarlo suspendido en el aire. Sus dedos eran finos, manchados de negro y rojo.

A su lado, un hombre mayor de larga barba blanca, observaba en silencio con un bastón bajo el brazo.

No levantó la voz.

—Más cerca del cuerpo.

Las palabras llegaron invertidas, arrastradas por aquel flujo imposible, y aun así Edoz las entendió.

El niño corrigió la postura hacia atrás. El brazo se pegó al torso. El pincel retrocedió con más precisión.

—No fuerces la mano. Deja que fluya.

La pintura abandonó las cerdas y regresó al cuenco. El siguiente trazo desapareció del lienzo hasta dejar solo tela blanca.

—Otra vez.

El niño deshizo el movimiento.

—Mil veces.

El patio entero respiraba al revés. El viento levantaba arena que regresaba al suelo. El sudor desaparecía de la frente del muchacho. Incluso la luz parecía retirarse poco a poco hacia el cielo.

Edoz sintió un nudo seco en el pecho.

—Maestro…

El hombre seguía inmóvil, con el bastón sujeto bajo el brazo, pero no tenía rostro. Allí donde deberían estar los ojos y la boca solo había sombra, una superficie lisa atravesada por grietas oscuras.

Entonces giró la cabeza hacia Edoz y el aire se volvió frío. Y cuando Edoz parpadeó… el maestro ya no estaba.

Solo quedó el niño, el pequeño Edoz quieto frente al lienzo vacío, con el pincel suspendido en mitad del aire mientras el tiempo seguía retrocediendo a su alrededor.

La ciudad volvió a quebrarse.

Las calles húmedas desaparecieron hacia atrás y los edificios se deformaron hasta convertirse en murallas de piedra roja y hierro ennegrecido. El humo descendió desde el cielo hasta las almenas. Los ecos de miles de voces atravesaron el aire, todos invertidos, todos imposibles de entender.

Entonces la reconoció: La Torre Roja.

Edoz se quedó inmóvil mientras la escena terminaba de reconstruirse ante él.

El patio de ejecuciones apareció primero. Después, los soldados. Luego la multitud, que recuperó el aliento al revés, tragándose sus propios gritos.

En el centro, un hombre permanecía atado a un poste de hierro.

La sangre abandonó la madera y regresó a su cuerpo en largos hilos oscuros. La espalda abierta se cerró poco a poco. La carne volvió a unirse bajo cicatrices que desaparecieron ante sus ojos.

El ejecutado levantó la cabeza hacia atrás, recuperando fuerza donde antes solo había muerte.

Delante de él, el verdugo retrocedía.

La enorme herramienta de hierro abandonó el cuello del condenado y volvió sola a sus manos con un sonido metálico. Las cadenas del patio ascendieron desde el suelo hasta los pilares. Incluso las brasas apagadas recuperaron fuego.

Edoz sintió que el pulso le golpeaba en la garganta.

—No me lo puedo creer…

El verdugo se detuvo.

Llevaba una armadura oscura cubierta por restos de ceniza y sangre seca que regresaba lentamente a las ranuras del metal. La capucha ocultaba parte de su rostro.

Alzó la cabeza y Edoz dejó de respirar: era él. Tenía los ojos hundidos bajo un cansancio brutal.

El verdugo lo miró directamente desde aquella escena invertida.

Y sonrió.

Una sonrisa pequeña, agotada, casi triste.

El mundo entero siguió retrocediendo a su alrededor, pero aquella mirada permaneció fija sobre Edoz, como si supiera que estaba allí.

Rhaegor golpeó el suelo con la lanza y el sonido llegó antes esta vez, seco, real, pero Edoz no apartó la mirada.

La escena siguió retrocediendo: el hombre se liberó, la celda se cerró, las cadenas se tensaron y todo desapareció.

Entonces se hizo la oscuridad y la ciudad volvió a moverse, deformándose entre calles invertidas.

Entre las formas inestables de la ciudad apareció una figura, solo una silueta pequeña avanzando entre calles que se reconstruían al revés. Los cascotes ascendían desde el suelo hasta los muros derruidos y las antorchas absorbían el fuego de vuelta hacia sus mechas ennegrecidas.

Edoz lo reconoció antes de verle el rostro.

El niño caminaba hacia atrás entre la niebla roja del Umbral, arrastrado por aquel tiempo roto que deshacía cada instante.

Era demasiado flaco. Las costillas se marcaban bajo la piel sucia y la camisa hecha jirones se recompuso poco a poco sobre su cuerpo a medida que los hilos regresaban a las costuras.

Un cinturón de cuerda se desenrolló lentamente de su cintura antes de volver a cerrarse.

Sus manos manchadas dejaron de temblar. El rostro perdió algunas heridas recientes, pero los ojos siguieron iguales. Fieros, vivos, demasiado viejos para un niño.

Edoz no apartó la mirada.

Ansia.

La daga abandonó la mano del muchacho y retrocedió hacia la tela en la que el niño la envolvió y la guardó.

Edoz sintió el latido igual que si aún la sujetara él mismo. El hambre seguía allí. La necesidad de sangre. El impulso oscuro que respiraba dentro del acero.

El brazo negro reaccionó de inmediato. Las escamas se tensaron y las garras se abrieron con un chasquido seco.

Edoz apretó los dientes.

—Ya no estás conmigo…

La figura del niño comenzó a deshacer un paso. No avanzaba, retrocedía.

La bota abandonó el barro antes de tocarlo y el cuerpo se inclinó hacia atrás, recuperando una posición anterior que aún no había ocurrido.

Entonces, el niño giró despacio la cabeza hacia Edoz y sonrió. Una sonrisa pequeña, vacía, con demasiada calma.

El aire del Umbral vibró.

Detrás de Edoz, Rhaegor levantó la lanza. El talismán que colgaba de su cuello ardió bajo la armadura y proyectó destellos rojizos sobre las paredes deformes de la ciudad.

Edoz no se movió. Miraba fijamente al niño.

—No… —susurró con la garganta seca—. Eso no pasó así. Enen no tiene la daga…

El niño dio un paso hacia él, pero el paso ocurrió antes de darse.

La ciudad tembló. Las calles se torcieron aún más y las sombras se adelantaron, corrían por delante del tiempo.

Y por primera vez en su vida, Edoz no supo si lo que venía a continuación ya había ocurrido o estaba por ocurrir.

Enen, con Ansia en la mano, no avanzó más.

Se detuvo y el aire cambió otra vez. Se volvió más denso, más pesado, más caluroso.

Mientras Edoz se recomponía, Rhaegor dio un paso al frente y bajó la lanza un instante.

Sus ojos se apartaron de Edoz y se clavaron en otro punto de la ciudad, algo parecía tirar de él desde dentro de la piedra.

Edoz lo miró fijamente, intentando entender qué veía el gigasulo más allá de aquellas ruinas que se deshacían y reconstruían sin descanso.

—¿Qué pasa?

Rhaegor no respondió. Su respiración se volvió más pesada y la mano que sujetaba la lanza aflojó un instante la presión sobre la madera, y entonces la ciudad respondió por él.

La piedra bajo sus pies dejó de agrietarse. Los fragmentos saltaron desde el aire hacia el suelo y encajaron unos con otros. El polvo regresó a las paredes derruidas. Las sombras retrocedieron por las calles torcidas y el hierro oxidado recuperó parte de su brillo apagado.

Después, todo volvió a cambiar.

El suelo rojo desapareció bajo una corriente de arena que avanzó hacia atrás, tragándose las calles. El viento arrastró el calor del desierto y las dunas comenzaron a levantarse desde la tierra lisa, creciendo ante ellos bajo un sol blanco que descendía lentamente hacia el cielo.

Voces que no llegaban desde delante, sino que volvían.

Un grupo de muchachos corría hacia atrás sobre la arena. Retrocedían con las lanzas en las manos mientras las huellas desaparecían bajo sus pies. Uno de ellos cayó de espaldas, pero el golpe se deshizo; la arena lo expulsó hacia arriba y el joven regresó al choque anterior.

Las lanzas se apartaron unas de otras.

Los jadeos volvieron a los pulmones.

Un hombre enorme caminaba entre ellos con un bastón bajo el brazo. Cada paso deshacía otro instante del entrenamiento. El palo regresó desde el hombro de uno de los jóvenes hasta la mano del maestro.

—¡Otra vez! —rugió la voz, aunque el eco parecía tragarse las palabras al revés.

Otro golpe retrocedió.

—¡Más alto!

Rhaegor avanzó un paso sin darse cuenta. El talismán de Azhor golpeó su pecho y el soldado apretó los dientes.

—Maestro… —murmuró en su lengua áspera.

Su voz sonó distinta. Más joven. Más frágil.

Edoz lo observó en silencio.

El gigasulo ya no miraba las dunas. Miraba a los muchachos. Sobre todo a uno de ellos, el más alto.

Retrocedía entre los demás mientras la arena borraba el sudor de su piel y las heridas desaparecían de sus brazos. Su lanza giró hacia atrás hasta colocarse en posición de guardia y el muchacho terminó frente al maestro.

El bastón descendió desde el aire hasta apoyarse bajo su barbilla.

El joven levantó la cabeza. Los ojos de Rhaegor se abrieron un poco más.

Era él.

Más joven, más delgado y sin cicatrices.

El muchacho dio otro paso atrás y acabó arrodillado frente al maestro mientras decenas de aprendices hacían lo mismo alrededor.

El viento arrastró arena entre ellos.

El maestro habló.

—Azhor observa.