Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 31 La ciudad invertida
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31 La ciudad invertida

El viento golpeó primero y después llegó el vacío. Karath abrió las alas y el Tercer Umbral se extendió bajo ellos, un extraño mar de niebla desgarrada con columnas enclavadas al revés y caminos que nacían y morían casi en el mismo punto.

Edoz no miró atrás. Mantenía el equilibrio mientras la mano negra seguía unida al cuello del dragón. Las escamas latían vivas bajo sus dedos.

Karath gruñó.

—Sí… yo también lo noto —dijo Edoz, inclinando la cabeza un poco.

El brazo se tensó y las garras se cerraron sobre la piel negra. Karath giró sin dudar, no hizo falta una sola orden.

El gigasulo se agarraba detrás. Su escudo chocó contra las escamas cuando ajustaba los pies y guardaba el equilibrio para no caerse. Llevaba la lanza bien agarrada, recta, firme, igual que en tierra.

Edoz miró por encima del hombro.

—Nos estamos entendiendo.

El soldado no captó las palabras, pero alzó la barbilla.

—Karath.

—Karath —repitió Edoz—, los gigasulos sois hombres de pocas palabras. Y las pocas que decís, son las mismas. Aún no sé ni cómo te llamas. Edoz —se señaló el pecho con la mano libre.

El soldado lo observó un instante, luego golpeó su propio pecho con el puño.

—Rhaegor.

Edoz arqueó una ceja.

—¿Rhaegor?

El soldado asintió.

—Rhaegor.

Edoz dejó escapar una risa.

—Bien, Rhaegor —señaló el horizonte. La niebla se abría en franjas alargadas—. Vamos a ver hasta dónde llegamos.

Rhaegor entrecerró los ojos. Su talismán azul empezó a brillar sobre su pecho.

—Azhor…

Edoz siguió su mirada.

A lo lejos, el Umbral cambió. La niebla dejó el color gris y tomó un tono azul apagado. No se movía como lo hacía el aire que conocían, se ondulaba de forma extraña.

Karath descendió un poco. El aire dejó de soplar y se hizo más pesado.

Edoz frunció el ceño, clavando la mirada al frente.

Karath descendió otro poco y luego se detuvo en seco, con las alas abiertas y tensas.

—¿Qué pasa? —preguntó Edoz mientras entrecerraba los ojos.

El dragón no avanzó. Gruñó de forma profunda, algo parecía cerrarle el paso.

Rhaegor apoyó una mano sobre el lomo del animal. Su talismán brilló con más fuerza.

—No… bien —dijo con acento de su tierra.

—Buen momento para empezar a hablar belurio —sonrió Edoz y siguió su mirada.

Entonces lo vio.

El color azul no era otra niebla. Bajo ellos se abría un abismo.

Era un remolino inmenso, lento, que giraba sobre… ¿voces?

Miles de voces surgían de él. Susurros que subían en espiral, gritos atrapados en sus capas de aire, palabras que se rompían antes de llegar a oírse.

Edoz tensó el cuello.

—¿Qué mierda es eso? —preguntó afinando la vista.

Karath retrocedió en el aire, batiendo las alas con más fuerza.

El remolino respiraba, se expandía, se contraía y en cada latido algo asomaba en su interior.

Eran formas, sombras difíciles de describir, rostros que se abrían paso entre la masa azul y luego volvían a hundirse.

Rhaegor apretó la lanza.

—Segorr.

Edoz no entendió lo que dijo, pero seguro que tenía que ver con lo que el mismo estaba pensando al ver aquello: almas atrapadas.

Edoz se inclinó un poco hacia delante y el brazo negro reaccionó al instante. Las garras se clavaron en las escamas de Karath.

La criatura rugió, se resistió y no descendió.

—Tranquilo —masculló Edoz entre dientes.

Pero él tampoco lo estaba.

El remolino cambió ante sus ojos y una columna comenzó a alzarse desde el centro, era demasiado alta. Estaba formada por sombras comprimidas y cuerpos que no terminaban de tomar forma. En su interior, entre las voces, algo les miraba.

Edoz lo sintió antes de comprenderlo: era un peso, una atención fija, el abismo se había fijado en él. El silencio en su cabeza se tensó hasta el límite y, por un instante, creyó que su voluntad iba a romperse.

—No… —murmuró.

La columna se inclinó hacia ellos.

Rhaegor golpeó con fuerza las escamas del dragón con la lanza.

—¡Arriba! —ordenó Edoz, consciente del peligro.

Karath no dudó esta vez. Batió las alas con violencia y ascendió de golpe. El viento regresó de inmediato, cortando el rostro de Edoz mientras las voces se quedaban bajo ellos. No desaparecieron, seguían allí. Sonaban más débiles, más lejanas, pero seguían presentes.

Edoz no apartó la mirada hasta que el remolino se cerró sobre sí mismo y el azul empezó a apagarse poco a poco. Solo entonces soltó el aire.

—Eso nos habría tragado.

Rhaegor asintió, entendiendo su tono.

Karath siguió ganando altura mientras Edoz miraba al frente. La niebla volvió a abrirse en largas franjas y, más allá, algo oscuro cortaba el horizonte.

¿Tierra firme?

—Sigamos dirección a la Costa Perdida —susurró Edoz con una leve sonrisa.

Rhaegor clavó la mirada en la distancia.

Karath rugió sin detenerse, descendió sin aviso y el aire cambió otra vez. El remolino de almas había quedado atrás cuando la niebla se cerró y después se abrió mostrando algo insólito.

Una ciudad apareció ante ellos, pero no se alzaba desde el suelo, sino que caía desde el cielo.

Las calles colgaban unas de otras, los balcones invertidos se sostenían sin apoyo y las puertas abiertas no daban a ningún sitio.

Las antorchas ardían hacia abajo y las sombras nacían a contraluz.

Toda la ciudad se suspendía desde las nubes oscuras y parecía desparramarse de forma caótica sin tocar tierra.

Edoz tensó el cuello, y mientras Karath volaba a ras de la ciudad flotante, Rhaegor se preparó para saltar.

—¿Qué haces? —preguntó Edoz.

El soldado no respondió. Clavó la lanza en una grieta del suelo flotante y saltó con agilidad. Karath aterrizó sobre una roca, plegó las alas y observó en silencio.

Se oían pasos, pero no había nadie.

Al ver que no había peligro, Edoz descendió del lomo del dragón y sus botas tocaron la piedra, aunque el sonido llegó antes de tiempo. Frunció el ceño y miró al suelo.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó extrañado.

Rhaegor negó con la cabeza sin comprender las palabras y señaló una calle que ¿subía hacia abajo?

Una figura apareció al fondo de la calle. Primero fue solo una sombra entre la niebla rojiza. Luego, un hombre tomó forma bajo la lluvia oscura del Umbral. Corría hacia atrás, torpe, arrastrado por una fuerza invisible que lo obligaba a deshacer cada paso.

Edoz se detuvo en seco cuando se dio cuenta de que el hombre no huía, si no que retrocedía.

La sangre que le cubría el cuello ascendió por la piel en finos hilos rojos. El corte se cerró ante sus ojos, la carne volvió a unirse y el cuchillo salió solo de la herida con un sonido húmedo para regresar a la mano de otro hombre situado varios pasos atrás.

Edoz entrecerró los ojos.

—No me lo puedo creer…

La escena continuó deformándose.

Los cuerpos se levantaron del suelo. Un cadáver volvió a ponerse en pie mientras la lanza que le atravesaba el pecho salía despacio de la carne. Los gritos regresaron a las gargantas abiertas y el miedo desapareció de los rostros, sustituido por confusión.

Todo iba hacia atrás.

Un guerrero cayó de espaldas sobre una mesa rota y después volvió a incorporarse mientras las astillas se unían otra vez bajo su peso. Una botella recompuso su cristal antes de regresar entera a la mano de una mujer. El fuego se apagó solo, absorbido por las antorchas ennegrecidas.

Edoz avanzó un paso, incapaz de apartar la vista.

El aire vibraba alrededor de aquellas figuras. Cada movimiento dejaba un rastro borroso, antinatural. El sonido también se rompía. Voces invertidas llenaban la calle, palabras imposibles que parecían surgir desde el fondo de un pozo.

Entonces lo entendió. No estaba viendo solo recuerdos, estaba viendo el tiempo retroceder.

La pelea se deshizo ante él. Los puños abandonaron mandíbulas ya partidas, las hojas dejaron cuerpos intactos y la sangre regresó a venas abiertas. El miedo abandonó los ojos de todos aquellos hombres mientras el instante de violencia moría antes incluso de haber comenzado.

Edoz sintió un escalofrío recorrerle la espalda, dio otro paso y la calle cambió ante sus ojos. Una casa pequeña tomó forma, construida con madera vieja, con herramientas colgadas en la pared.

Sus dedos se tensaron.

—No…

La puerta de la casa se abrió de golpe y una mujer cayó hacia dentro, pero el tiempo corría al revés.

La sangre abandonó las tablas del suelo y volvió a subir por sus piernas y su vientre en hilos oscuros que regresaban a la herida abierta bajo las costillas.

El vestido roto se cerró poco a poco. La carne se unió.

Un hombre gritó en algún punto de la estancia, aunque el sonido murió antes de nacer del todo. El miedo se retiró de su rostro. Sus ojos dejaron de mirar el cadáver y recuperaron una calma absurda, vacía.

Edoz dio un paso hacia delante sin darse cuenta.

Las velas crecieron. El humo descendió hasta las mechas. Una silla rota se recompuso junto a la mesa con crujidos secos.

Entonces, alguien salió de la casa.

El hombre cruzó el umbral con calma, ajeno a la muerte que acababa de deshacerse a su espalda. La lluvia subía desde el barro hacia el cielo oscuro y las gotas resbalaban al revés sobre su armadura negra. Las placas reflejaban destellos anaranjados de un incendio cercano.

Sobre el peto brillaba el emblema de Alonia.

El cuchillo abandonó la madera de la puerta, salió despedido hacia su mano y regresó a la funda con un movimiento preciso.

Edoz dejó de respirar.

El verdugo se volvió.

Bajo el casco apareció un rostro duro, cansado, marcado por años de guerra. Edoz lo reconoció al instante, otra vez era él. Cada arruga junto a los ojos. Cada sombra hundida bajo las cejas. El pliegue torcido de sus labios. La cicatriz fina que descendía desde la oreja hasta la mandíbula.

El desconocido observó la calle reconstruirse a su alrededor mientras los cadáveres recuperaban el aliento y las llamas regresaban a las ventanas rotas. No parecía un asesino acorralado. Parecía alguien que había cumplido una orden.

Entonces echó a andar.

Retrocedía entre las sombras mientras la ciudad entera se deshacía alrededor de sus pasos. La gente apartaba la mirada antes de cruzarse con él.

Y Edoz comprendió algo peor que la propia visión.

Reconocía aquella forma de caminar.