30 Terror bajo la lluvia #3
La fila obedeció. Un paso más arriba, el agua perdía fuerza.
Otro trueno. Este cayó más cerca. El río subió hasta que dejó de hacerlo; se mantuvo y, durante unos instantes, nadie respiró.
Luego empezó a bajar.
Primero un dedo, después otro. Las corrientes se aflojaron y el rugido perdió fuerza. Las botas volvieron a sentir la piedra bajo el barro rojo.
—¡Salid! ¡Ahora!
Sairah alcanzó la orilla y ayudándose con su vara tiró del primero de los suyos. Los Sin Dios formaron una cadena humana y comenzaron a sacar a todos.
Shuraz soltó la lanza, dejó la cuerda en manos de un guardia y empujó a un muchacho que no conseguía subir.
Anara fue la última en cruzar ese tramo. Bela trepó con esfuerzo y salió al terreno alto. El agua quedó atrás, todavía viva, pero ya sin peligro.
Nadie supo qué decir al principio.
La niña que había perdido a su padre seguía en brazos de su madre. Ya no gritaba, solo miraba el río, esperando verlo aparecer, pero no había nadie, ni siquiera un cuerpo al que llorar.
Tampoco apareció el anciano y tantos otros que fueron engullidos por las furiosas aguas rojizas.
Algunos nombres quedaron en el aire. El Desfiladero Rojo se los quedó para siempre.
Shuraz pasó la mirada por la gente y asintió, una sola vez.
—Contad las bajas.
Las cifras llegaron en voz baja. Pocas… y demasiadas.
Anara cerró los ojos un instante. El Amuleto golpeó su pecho. Cuando los abrió, señaló el paso que se abría más adelante, una curva estrecha donde la roca ascendía.
—Seguimos.
Rayhem se colocó a su lado.
—Hemos cruzado lo más difícil —dijo el embajador.
—No todos… —añadió Anara afectada al recordar las escenas dramáticas del río tragándose gente.
—Nos esperan en el más Allá, junto a Bel-Hur.
Anara no respondió, apretó las riendas y continuó pensativa.
El cielo gruñó otra vez, pero el río ya no subía.
La columna volvió a moverse paso a paso, sin mirar atrás. El suelo dejó de temblar bajo sus pies. El rumor del agua quedó atrás, aún feroz, pero ya no los alcanzaba.
La marcha se detuvo en una franja de roca más ancha. Algunos cayeron de rodillas. Otros se abrazaron en silencio mientras lloraban a los desaparecidos.
Sairah soltó el brazo de un muchacho y miró hacia el desfiladero. Sangre, a su lado, mantenía las orejas erguidas y el hocico apuntando al río, como si aún esperara un ataque desde el agua.
Los Sin Dios se reagruparon sin orden aparente. Había rostros alicaídos entre ellos, todos tenían la ropa empapada y las manos aún tensas.
Anara avanzó entre la gente. Bela iba dejando huellas oscuras sobre la piedra rojiza y húmeda.
Se detuvo frente a Sairah.
Durante un instante no habló. Miró las manos de la otra, arañadas, rojas y aún temblorosas. Miró al lobo, empapado. Miró a los hombres y mujeres de cabezas rapadas que habían abierto paso cuando nadie más se atrevía.
Anara bajó de la yegua. Sus botas tocaron la roca roja y dio un paso al frente.
—Si no fuera por vosotros, no habríamos cruzado.
El murmullo cercano se apagó.
Sairah no inclinó la cabeza pero tampoco apartó la mirada.
—No lo hemos hecho por vosotros.
Anara asintió despacio.
—Lo sé.
Alzó la voz sin gritar y se dirigió a la multitud.
—Abrid paso, por favor —pidió Anara.
La gente se apartó. Algunos dudaron antes de hacerlo. Otros lo hicieron sin pensar. Un corredor se abrió entre ellos.
Anara señaló a los Sin Dios.
—Agradezcamos a los Sin Dios. Hoy han marchado delante para que nosotros vivamos.
Un Sacerdote del Templo frunció el ceño.
Anara lo miró. Hubo silencio y el hombre bajó la vista.
Un niño se soltó de la mano de su madre y se acercó a Sangre. El lobo no se movió. El niño extendió la mano. Dudó. La apoyó sobre el lomo del animal y lo abrazó mientras el lobo se lo permitía.
Gurn, con el tambor colgado al costado, soltó una risa seca.
—Parece que ya ni los lobos muerden.
Vayra alzó la flauta, aún llena de agua sucia.
—No le quedan ganas después de tanta lluvia.
Algunos del éxodo intercambiaron miradas con los Sin Dios. Uno de los guardias de Shuraz dio un paso al frente y alzó la lanza.
—Si ellos abren la marcha como puntas de flecha, yo iré con ellos.
Otro hizo lo mismo y luego otro.
Sairah observó la escena apoyada en su vara, sin cambiar el gesto, mientras los soldados belurios y los Sin Dios se unían. Solo cuando miró a Anara, algo cedió en sus ojos.
—No nos pongas en un pedestal —dijo la guerrera sonriendo.
—No lo haré —contestó la suma sacerdotisa.
Sairah dio media vuelta y chasqueó la lengua. Sangre se adelantó a su lado. Los Sin Dios retomaron la marcha, esta vez con el camino despejado ante ellos.
La columna se reorganizó sin necesidad de órdenes. Nadie apartó la mirada al pasar junto a ellos.
Anara volvió a montar y Bela avanzó despacio. Rayhem se colocó a su lado.
—Ha cambiado algo.
Anara siguió mirando al frente.
—Tenía que hacerlo.
Más adelante, el desfiladero se estrechaba de nuevo. Las paredes se cerraban hasta casi tocarse. La luz caía en franjas finas.
Habían sobrevivido al Desfiladero Rojo y el Éxodo hacia Nela-Shur continuaba su camino, con menos almas.