30 Terror bajo la lluvia #2
El tronco pasó y la cuerda siguió en su sitio. Anara avanzó hasta la orilla. Bela resopló. El agua seguía subiendo cuando ocurrió. Un crujido seco se alzó entre el golpear del río. Nadie lo vio al principio. Solo un grito breve, cortado de raíz.
—¡La grieta!
Un hombre desapareció de la fila. Donde había suelo, ahora se abría una boca oscura. El agua, turbia y rápida, la cubría a medias. Sus manos emergieron un instante, arañaron el aire y resbalaron contra la piedra mojada.
Su hija se lanzó tras él.
—¡Papá! —gritó desesperada.
Dos exploradores la sujetaron por los hombros antes de que diera otro paso. Ella pataleó, gritó, clavó las uñas en los brazos que la retenían.
El hombre volvió a asomar, esta vez más lejos, pero el río ya lo había atrapado. Su cuerpo golpeó contra un saliente y se oyó un chasquido seco. La corriente lo giró y lo arrastró hacia el estrechamiento.
Durante un segundo, sus ojos encontraron a los de la niña, luego desapareció bajo el agua.
El silencio no duró mucho.
Sonó otro golpe. Una mula perdió pie. El animal resbaló, chocó contra un carro y lo empujó de lado. Las ruedas se elevaron. Los sacos cayeron al agua, un anciano quedó atrapado bajo la madera y sus dedos asomaron entre las tablas.
—¡Levantadlo!
Primero cuatro manos tiraron, luego ocho. El río subió otro palmo. El carro cedió, y entonces la corriente lo arrancó entero.
El anciano no salió con él. Había desaparecido.
La niña que había perdido a su padre seguía gritando cuando el relámpago partió el cielo. El trueno retumbó entre las paredes rojas y el eco pareció cerrar la garganta sobre ellos.
—¡No os detengáis! ¡Seguid las marcas! —gritó Shuraz.
Las lanzas con paños rojos asomaban entre la lluvia. Apenas se veían, pero estaban ahí. Un explorador se adelantó y golpeó la roca con su asta.
—¡Por aquí! ¡Piedra firme!
Sairah cruzó primero. El agua le golpeó la cintura. Sangre avanzó a su lado, gruñó al río como si pudiera morderlo. Había veces que no tocaba el suelo y nadaba entre el agua turbia, pero sin alejarse de su dueña. Ella alzó el brazo y los Sin Dios entraron tras ella, uno a uno sin mirar atrás.
—¡Rápido! —su voz cortó el miedo—. ¡Si dudáis, el río os engullirá!
Un niño resbaló y quedó con un pie en el vacío.
El brazo afortunado de Rayhem lo atrapó en el último instante.
La madre había dejado de respirar durante el instante eterno en el que había pensado que perdía a su hijo y con una sonrisa nerviosa dio las gracias al embajador mientras apretaba a su hijo contra su pecho.
Rayhem supo que Bel-Hur había guiado su brazo y eso le llenó de tal forma que era difícil de asimilar.
El agua ya no corría, golpeaba.
Bajaba desde lo alto del desfiladero con fuerza renovada, cargada de barro y ramas. Las lanzas con paños rojos apenas asomaban sobre la espuma rojiza.
—¡Pegaos a la cuerda! —gritó un guardia.
Un ladrido agudo cortó el estruendo.
Una perra parda, flaca, con el lomo marcado por viejas cicatrices, patinó entre dos piedras. Intentó volver hacia la fila, pero el agua la giró y la empujó hacia el centro del cauce.
—¡Lira!
El muchacho soltó la cuerda.
—¡No! —alguien intentó agarrarlo del jubón—. ¡Vuelve!
Él no escuchó. Lira era un miembro más de su familia y no iba a dejarla marchar, ella habría hecho lo mismo por él.
Se metió en el agua hasta la cintura en tres zancadas. El frío le arrancó el aire del pecho. Avanzó con los brazos abiertos y luchó contra la corriente. La perra intentó nadar hacia él, pero el río la lanzó contra una roca y gimió.
—¡Vuelve! —su madre gritó desde la orilla—. ¡Déjala!
El joven alcanzó el lomo mojado del animal. Lo agarró con un brazo y alzó la cabeza.
—¡La tengo!
El agua les golpeó de lado.
Un tronco bajó girando desde la parte alta. Nadie lo vio hasta que estuvo encima de ellos y golpeó al muchacho en la espalda.
El abrazo de ambos se rompió para siempre.
Durante un instante eterno, él volvió a aferrar el cuello del animal. Sus dedos se clavaron en el pelo empapado. La perra abrió la boca, sin emitir sonido alguno.
La corriente los levantó y en un segundo desaparecieron bajo la espuma rojiza.
—¡Ahí! ¡Ahí! —un explorador señaló río abajo.
Una mano asomó un instante. Luego se cerró en el aire vacío.
El agua siguió bajando.
La madre cayó de rodillas en la piedra. Dos mujeres la sujetaron por los hombros cuando intentó lanzarse al agua.
—¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
El río no devolvió sus cuerpos, solo barro y el eco de los gritos quedó atrapado entre las paredes rojas de aquella enorme tumba.
Más atrás, Shuraz clavó la lanza en una grieta y la usó como ancla.
—¡Atad cuerdas aquí!
Dos guardias fijaron nudos y empezaron a pasar a la gente de uno en uno. Luthar relinchó, tenso, pero no retrocedió. Shuraz, a pie junto a su caballo, avanzó medio paso en el agua y sostuvo a un anciano que temblaba.
—Mírame —le dijo Shuraz al anciano—. Da el paso ahora.
El señor obedeció tembloroso.
Anara, sobre Bela, no avanzó. Se quedó donde el río golpeaba con más fuerza y alzó la mano.
—¡Aquí!
Una mujer dudó, con dos niños agarrados a su falda. Anara extendió el brazo. La yegua resistió el empuje del agua. Uno de los pequeños cruzó primero, luego el otro. La madre pasó después, con un sollozo que le rompió el alma a la suma sacerdotisa.
Rayhem avanzó entre rezos apagados.
—No miréis atrás ni bajéis la cabeza. El camino está delante.
Jarben, empapado, apretaba una tablilla contra el pecho y señaló una línea más alta en la roca.
—¡Subid un paso! ¡Allí no hay grietas! —exclamó el sepulturero.