Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 30 Terror bajo la lluvia
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30 Terror bajo la lluvia

La lluvia comenzó sin aviso y empapó a la primera fila del éxodo.

El Desfiladero Rojo abrió su boca delante de todos. Las paredes de piedra devolvieron el eco de los truenos, y el barro empezó a tragarse las huellas.

Enen cojeaba junto a los Sin Dios. La pierna vendada se tiñó de rojo bajo la tela húmeda, pero el pequeño no se quejó.

Un curandero lo agarró del brazo.

—Si no te sientas, la herida no se cerrará.

—Cerrará —contestó Enen.

El hombre tiró de él hasta una roca plana. Le arrancó la venda vieja, revisó la herida, la olió y abrió los bordes con cuidado. Estaba inflamada.

—No eres de los que lloran, ¿eh?

Enen no respondió.

El curandero vertió un líquido oscuro que olía a rayos en la herida. El niño apretó los dientes, pero no gritó.

Sangre cruzó a pocos pasos, con el lomo erizado. Más allá, Sairah daba órdenes. La columna se apretó antes de entrar en la garganta.

Enen bajó la mirada hacia su fardo de tela y esperó a que el curandero atendiera a otro herido. Entonces desató el nudo. Dentro, envuelta en el retal de tela gris, estaba Ansia. Su hoja negra no reflejaba la luz de los relámpagos, parecía absorberla.

Enen la sostuvo cerca del pecho.

—No hables tan fuerte.

La voz no sonó en el aire, sino detrás de sus ojos.

—Tengo hambre.

—No es hora de comer —respondió el niño en voz alta.

—Siempre es hora de comer.

El niño tragó saliva.

—No me vas a ordenar lo que hacer.

—Ríe. Sangra. Corta.

Enen apretó la empuñadura.

—¡Calla!

La hoja vibró en su mano.

—Vas a quedarte solo.

Enen miró alrededor. Solo había gente con cabezas rapadas y tatuajes, a lo suyo, pero nadie le observaba.

—Ya estoy solo.

El trueno cayó encima de ellos y en ese momento la lluvia golpeó más fuerte.

Ansia rozó su piel.

—Yo no te dejaré solo, pero dame de comer.

Enen se abrió la camisa, bajó la hoja hasta su pecho. Buscó el lugar entre las costillas donde aún se le marcaban los huesos.

Recordó la noche que Edoz les reclutó, estaban todas las ratas que antes habían sido informadores de Zarhel. Recordó el círculo dibujado por Edoz con una rama ardiente en la tierra.

—Aquí se entra, pero no se sale —dijo Edoz en el recuerdo de Enen y cruzó el círculo con una equis.

Todas las ratas estaban a su alrededor, cuando aún estaban vivas.

Ahora estaban todos muertos, menos él, Enen. Igual que en la Chopera, su pueblo natal, ahí también fue el único en sobrevivir, pero eso no lo recordaba tan bien.

Enen clavó la punta de Ansia en la piel de su pecho y la hoja entró sin resistencia.

Al principio no dolió, pero luego sí. Con cuidado, trazó un círculo lo más redondo que pudo.

La sangre brotó y Ansia la bebió sin dejar que una sola gota cayera al suelo.

Luego hizo una línea cruzando el círculo y otra en forma de equis, como la marca de Edoz.

La hoja vibró de nuevo.

—Sí.

Enen respiró hondo y bajó la daga. El símbolo quedó rojo sobre su pecho, limpio, sin sangre, pero era una herida abierta y escocía mucho.

Enen envolvió a Ansia en su tela y la guardó.

El curandero regresó con vendas limpias. Se detuvo al verlo y sus ojos se fijaron en la marca.

No preguntó. Todos los Sin Dios estaban llenos de tatuajes y cicatrices y cada uno tenía una razón de ser. Tomó un paño y limpió alrededor de la herida, extrañado de que no hubiera sangre.

—¿Te lo has hecho tú?

—Sí —respondió Enen con la mirada clavada en sus ojos.

—Aguanta —asintió el hombre, y le vendó la pierna con firmeza y luego le curó el pecho—. Te va a quedar una buena cicatriz.

Un crujido recorrió el Desfiladero Rojo, pero esta vez no fue un trueno. Las paredes de la garganta de roca roja temblaron. Desde lo alto, algo cayó. Una piedra grande, seguida de alguna más pequeña.

Hubo un grito y la columna se detuvo.

Enen alzó la vista.

Falsa alarma. Solo un susto, la caravana continuó su camino, ya no había vuelta atrás.

La boca del Desfiladero Rojo se alzó ante ellos como una herida abierta.

La roca, alta y húmeda, cerraba el paso a ambos lados.

El cielo quedó reducido a una franja estrecha.

El sonido del éxodo cambió al cruzar el umbral.

Las ruedas dejaron de rodar con soltura y, de vez en cuando, los cascos de los caballos golpeaban piedra dura.

El agua corría entre las grietas.

—No os detengáis —gritó un guía desde una roca grande—. Seguid las marcas.

Varias lanzas alineadas clavadas por los exploradores señalaban el paso. Tenían paños rojos atados en lo alto que ondeaban bajo la lluvia fina.

Sairah avanzó la primera, vara en mano. Sangre caminaba a su lado, mostrando los dientes. Detrás, los Sin Dios abrían camino en silencio; sus pasos marcaban el ritmo.

—Por aquí —indicó uno de los exploradores—. El fondo cede más adelante.

Sairah no miró atrás.

—Clavad más señales. Que nadie pise fuera de ellas.

Dos Sin Dios obedecieron al instante. Las lanzas entraron en la tierra húmeda con facilidad.

Un trueno rodó por la garganta de piedra roja. El eco era aterrador.

Más atrás, Shuraz alzó el brazo sobre Luthar, su corcel negro. La Guardia del Éxodo cerró filas con los escudos al frente y las lanzas bajas.

—Que nadie rompa la línea —ordenó—. Si alguien cae, se le saca rápido.

Zarya cabalgaba a su lado. Su martillo de batalla colgaba de su mano derecha, siempre listo incluso cuando no había combate.

—La pared derecha tiene grietas —advirtió—. El agua las tapa.

Shuraz asintió.

—Márcalo todo.

Un soldado corrió con un paño rojo en la mano. Resbaló, cayó de rodillas y se levantó al instante. Clavó la lanza junto a una fisura oscura.

—Que los soldados que cierran la columna recojan las lanzas que los exploradores han clavado para marcar el paso seguro —ordenó Shuraz sin apartar la vista del desfiladero.

Zarya se giró hacia los últimos guardias y alzó el martillo sobre su cabeza.

—¡Ya lo habéis oído! No quiero ni una lanza olvidada en este maldito paso. Recogedlas todas. Las necesitaremos cuando vuelva a correr la sangre.

El agua rojiza del suelo subió un dedo, luego otro. Anara avanzaba sobre Bela, despacio. La yegua bufó al sentir el frío en las patas. Rayhem caminaba a su lado. Jarben, envuelto en vendas mojadas, se apoyaba en un bastón corto.

—Miradme —alzó la voz Anara hablando hacia su pueblo—. Que nadie corra, que nadie grite. Mantened el paso firme. Conseguiremos atravesar la garganta sanos y salvos.

Mientras unos la escuchaban, otros transmitían el mensaje hacia atrás.

Un niño rompió a llorar.

Rayhem se inclinó hacia él tras recibir el permiso de su madre, también atemorizada. El embajador le apoyó una mano en la cabeza.

—Tranquilo, pequeño. Respira. Mira esa lanza, solo esa. ¿Ves su pañuelo rojo? ¿sabes lo que significa?

El niño negó entre sollozos.

—Es el camino que nos marca Bel-Hur, hacia la salida. Lo conseguiremos.

El niño asintió y su madre se lo agradeció a Rayhem con una mirada llena de afecto.

Más atrás, un grupo de sacerdotes alzó las manos.

—Bel-Hur, danos paso —susurraron—. Bel-Hur, guarda a tu pueblo.

Rayhem no se volvió.

El agua subió un palmo.

—¡Más rápido! —gritó un guía.

El murmullo creció. Un carro se atascó al encajar una rueda entre dos piedras. La bestia tiró con fuerza y el eje crujió…

—¡Empujad!

Tres hombres entraron en el agua, que les cubría hasta la rodilla, y empujaron con todas sus fuerzas. La rueda superó el obstáculo y el carro avanzó a trompicones.

Sairah giró la cabeza. Vio una mano desaparecer bajo el agua turbia de un remolino.

—¡Allí!

Se lanzó sin dudar. Se agachó, metió el brazo hasta el codo, atrapó un trozo de tela, tiró con fuerza y sacó a una mujer que tosió agua y barro.

—Ve hacia la marca —ordenó Sairah, abrazándola con su vara y empujándola hacia una lanza—. No mires abajo.

Sangre, empapado, gruñó hacia la pared.

Un trueno cayó cerca.

El agua golpeó con más fuerza mientras la corriente empujaba desde arriba.

—¡Está subiendo! —gritó alguien—. ¡Sube muy rápido!

Las lanzas con paños rojos temblaron.

Shuraz alzó la voz.

—¡Guardia del Éxodo! ¡Proteged los carros!

Zarya, descabalgó, avanzó dos pasos, apoyó el martillo en una roca para sostenerse y señaló con el brazo.

—¡Por la izquierda! ¡El suelo aguanta más en esa zona! —exclamó la oficial.

Los soldados desviaron la línea. Anara se inclinó sobre Bela y la guio hacia la marca.

—Por aquí. Uno a uno.

—¡Que nadie empuje! ¡Dejad paso! —gritó Rayhem.

Jarben señaló hacia el fondo de la garganta.

—Eso no estaba antes.

Todos miraron.

Más adelante, donde el desfiladero se estrechaba aún más, el agua no corría igual. Giraba y formaba un remolino oscuro.

—Es profundo —murmuró un explorador.

Una lanza voló y cayó dentro. Desapareció succionada.

—Rodeadlo —ordenó Shuraz.

—No hay margen —replicó Zarya—. La pared se cierra.

El agua subió otro palmo. El murmullo se convirtió en voces.

—No pasaremos —se oía.

—Nos vamos a ahogar —dijo otro.

—¡Tenemos que volver atrás! —exclamó alguien, agobiado debido a que el paso estaba atestado de gente.

Anara apretó el amuleto de Bel-Hur contra su pecho. No brillaba ni emitía poder alguno, pero pesaba.

—¡Miradme! —gritó—. Vamos a cruzar.

Rayhem la miró de reojo.

—¡Anara! ¡Recuerda, no uses más de lo pactado! —gritó el embajador, preocupado de que pidiera poder a Bel-Hur

Anara no respondió y cerró los ojos mientras rezaba.

En primera fila, Sairah avanzó hasta la orilla del remolino y clavó una lanza justo antes del borde. En lo alto amarró un paño rojo con tirones secos.

—Por aquí —dijo con el agua hasta los muslos mientras la corriente la empujaba. Clavó los pies y su vara, dio un paso y luego otro.

El agua le llegó a la cintura.

Sangre dudó un segundo y saltó tras ella con el agua al cuello.

—¡Una cuerda! —gritó alguien.

La maroma voló desde la retaguardia. Sairah la atrapó, la ató a la lanza y tiró de ella.

—¡Uno a uno! ¡Atados! —ordenó la guerrera.

Los Sin Dios se ataron entre ellos y cuando uno caía los demás le ayudaban a levantarse entre el agua. Era un pulso contra la madre naturaleza que con crueldad extrema deseaba verlos a todos muertos.

El agua golpeó más fuerte.

Un tronco bajó arrastrado desde arriba y chocó contra la cuerda, haciéndola vibrar.

—¡Aguanta! —gritó Zarya.