Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 29 El rastro de Kudram #3
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29 El rastro de Kudram #3

—Fue desterrada al abismo del Mar de las Voces. No como castigo, sino como encierro. Allí abajo no existe el tiempo —siguió en voz más baja—. No existe la forma. Solo presión, memoria, dolor. Lo que queda cuando todo lo demás termina por romperse.

Su voz descendió.

Edoz guardó silencio. Intentaba seguirla, pero cada palabra abría otra pregunta.

Senith lo vio en sus ojos.

—Y desde allí hizo algo imposible. Creó al primero —le contó tras una pausa.

El brazo negro sufrió un espasmo seco. Edoz notó el movimiento bajo la piel, aunque no apartó la mirada de la diosa.

—¿El primer Eterno?

—Sí.

Senith se inclinó un poco más hacia él.

—No lo creó por necesidad. Lo hizo por odio.

Sus dedos volvieron a tocar la piel de Edoz, pero ahora el contacto resultó frío.

—Quería devolverle al mundo el daño que le habían hecho.

Edoz apretó la mandíbula.

—¿Y después?

—Después, aprendió.

Las palabras salieron más lentas.

—Aprendió a hacerlos eternos. A permitir que siguieran existiendo dentro del mundo mortal. Aprendió a propagarlos.

Los susurros del mar parecieron acercarse al templo.

—Dejaron de ser únicos. Empezaron a alimentarse de la esencia de los humanos para crear más de los suyos.

El silencio cayó otra vez.

Más pesado.

—No son dioses —continuó Senith—. No tienen un reino. No mantienen un orden. No protegen nada.

Sus dedos descendieron por el brazo de Edoz y se detuvieron sobre la piel negra del miembro demonio.

—Son hambre que aún recuerda a su creadora.

Las garras se cerraron de golpe.

Edoz sujetó el brazo con la mano humana hasta obligarlo a quedarse quieto.

—¿Y Avisha?

Senith tardó unos segundos en responder.

—Sigue allí. Encerrada… pero no precisamente callada.

El viento oscuro atravesó las columnas invertidas del templo.

Edoz la miró fijamente.

—Entonces todo esto… el Mar de las Voces, los Eternos, este Umbral…

No terminó la frase.

Senith negó despacio antes de que continuara.

—No sigas por ahí. —Se inclinó hasta quedar a un suspiro de su rostro—. Es mejor que no sepas más. Hay verdades que entran en tu cabeza y empiezan a decidir por ti.

Sus ojos no parpadearon.

Edoz sintió un escalofrío recorrerle la espalda y apretó los puños.

—Quiero salir de aquí.

La frase salió firme, aunque el pulso le golpeaba con fuerza en la garganta.

Senith no apartó la mirada. Sus dedos subieron hasta el pelo de Edoz y apartaron un mechón oscuro de su frente.

—No puedes hacerlo solo.

—Bel-Hur, entonces —murmuró él.

Ella negó despacio.

—No está aquí. Quizá permanezca en el Sueño.

—Kudram.

El nombre sonó más duro.

Senith dudó por primera vez.

Sus ojos buscaron algo más allá de las ruinas del templo, algo que Edoz no podía ver.

—No cuentes con su ayuda —dijo al final—. Es el señor de las mentiras.

Edoz sostuvo su mirada sin vacilar.

—Lo buscaré igual. Si debo morir, moriré.

El brazo demonio crujió otra vez.

Senith respiró hondo y sonrió. No fue una sonrisa cálida. Fue antigua, triste y peligrosa.

—Solo un sacrificio hará que te reciba.

La diosa se inclinó hacia él.

Sus labios rozaron los de Edoz en un beso lento, cargado de sal, fuego y algo mucho más antiguo que ambos.

Durante un instante, el Tercer Umbral entero pareció contener la respiración.

Entonces, el golpe seco de una lanza sonó lejano contra la piedra.

El soldado gigasulo esperaba en algún lugar del templo. El sonido regresó convertido en eco.

Las columnas invertidas empezaron a resquebrajarse.

Edoz apartó la vista de Senith justo cuando el templo comenzó a deshacerse alrededor de ellos.

Las piedras no cayeron hacia abajo, sino que ascendieron. Fragmentos de mármol y bronce flotaron hacia el vacío oscuro del Umbral mientras grietas negras recorrían el suelo. Las estatuas se partieron en silencio. El aire olía a tormenta.

Karath rugió en la distancia.

Edoz dio un paso atrás y observó el caos alrededor.

—¿Por qué yo?

Senith ya empezaba a desvanecerse.

Los bordes de su cuerpo se rompían en sombras negras que el viento arrastraba hacia arriba.

—Porque pagaste lo que te pedí.

Su voz llegó desde todas partes a la vez.

Edoz frunció el ceño.

—¿Qué te he dado?

La sonrisa de la diosa se deshizo junto a su rostro.

—Todo.

La palabra atravesó el templo vacío.

Senith desapareció.

El mundo se quebró. El viento volvió, fresco, cortante, llevando consigo olor a metal fundido.

Karath descendió entre las ruinas flotantes con un rugido grave. Sus alas negras cortaron la niebla del Umbral mientras el soldado gigasulo observaba alrededor con desconcierto, incapaz de recordar con claridad qué había sucedido dentro del templo.

Edoz apareció entre los restos de piedra completamente desnudo.

Parpadeó una vez.

Después alzó los brazos y soltó una carcajada ronca hacia la oscuridad infinita.

—¡He vuelto!

Karath rugió en respuesta.

El eco recorrió el vacío.

El gigasulo apartó la vista un instante mientras Edoz recogía sus ropas y empezaba a vestirse con rapidez. El brazo demonio seguía latiendo bajo la piel negra, más despierto que antes.

Cuando terminó, ambos subieron otra vez sobre el lomo del dragón y Karath alzó el vuelo.

El Tercer Umbral quedó bajo ellos, cubierto por la niebla roja, ruinas suspendidas y voces lejanas que aún seguían susurrando desde el mar oscuro.