Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 29 El rastro de Kudram #2
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29 El rastro de Kudram #2

—Será tu final.

No hubo tono de amenaza en su voz, solo una certeza.

El brazo demonio se tensó con violencia. Las garras arañaron la piedra y dejaron marcas negras sobre la superficie húmeda.

Edoz soltó una risa.

—Perfecto.

Senith se incorporó apenas lo justo para observarlo mejor.

—Aquí el mar ha cambiado.

Edoz frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que no está hecho de agua.

El rumor de las voces pareció crecer alrededor de ellos.

Edoz guardó silencio unos segundos.

—Entonces… ¿de qué está hecho?

Senith no dudó.

—De sangre.

El viento oscuro agitó parte de su cabello.

—El Mar de las Voces ya no busca guiar a nadie. Ahora arrastra, devora, rompe todo lo que entra en él.

Edoz apretó la mandíbula. Notó el pulso golpeándole la sien.

—¿Y qué más hay ahí dentro?

Los ojos de Senith no se apartaron de los suyos.

—Entidades.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

—Criaturas nacidas de todo lo que se pierde en el mar y nunca regresa. Cosas sin forma fija. Hambre, ecos y fragmentos rotos.

El brazo demonio se abrió despacio. Las garras quedaron tensas, vueltas hacia la oscuridad, atraídas por algo invisible.

Edoz observó el movimiento y soltó aire.

—Justo lo que necesitaba.

Senith se inclinó hasta quedar a un suspiro de su rostro.

—Si entras, no luches contra el mar.

Edoz entrecerró los ojos.

—¿Y qué se supone que debo hacer?

Los labios de la diosa casi rozaron los suyos.

—Escoge una voz y síguela. —Hubo una pausa mínima—. Y reza para que no sea la de Avisha.

Edoz permaneció callado unos instantes. El sonido del mar llenó el silencio entre ambos mientras intentaba ordenar todo lo que acababa de oír. Al final volvió a mirarla, más serio.

—Háblame de vosotros. De los dioses.

Los dedos de Senith recorrieron despacio el bíceps de Edoz.

—¿Qué quieres saber?

—Cuántos sois, y si de verdad os conocéis entre vosotros.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de la diosa.

—Nos conocemos lo suficiente para temernos.

—Su mano descendió un poco más—. Y lo bastante poco para no confiar nunca en uno de los nuestros.

—Se incorporó sobre él y dejó caer el pelo hacia un lado—.

Somos veinte dioses principales. Y después vienen los menores.

Cientos de nombres olvidados incluso por sus propios fieles.

Edoz la observó sin moverse.

—Empieza por los que importan.

Senith sostuvo su mirada un instante, valorando cuánto debía decir.

—Todo comienza con un nombre que casi nadie pronuncia ya.

El viento dejó de soplar.

—Ath-Bel.

Edoz notó el cambio en el aire.

—El Nombre Original —continuó ella—. La raíz de todo lo que vino después.

—¿Y de ahí salen…?

—Bel-Hur —lo interrumpió Senith con suavidad—. Luz. Sol. Sacrificio. Justicia. Redención. —Sus dedos dibujaron un círculo lento sobre la piel de Edoz—. Fuego y destino. Beluria nació bajo su sombra.

Edoz asintió despacio.

—Y Kudram ya sé quién es.

Una sombra cruzó los ojos de Senith.

—No. Solo conoces lo que cuentan de él.

Bajó la voz.

—Oscuridad. Ambición. Caos. No destruye las cosas, las transforma hasta que dejan de reconocerse.

El brazo negro reaccionó al nombre. Las placas vivas palpitaron bajo la piel.

—Poder. Corrupción. Discordia. Alonia respira por él.

Edoz ignoró el movimiento del brazo.

—Has dicho veinte.

—Nair, el Hijo.

Edoz frunció el ceño.

—¿Hijo de quién?

Senith no apartó los ojos de él.

—De Bel-Hur y Kudram.

El silencio se volvió pesado.

—Lo que debería ser imposible… y aun así existe.

Edoz soltó una exhalación lenta.

—Eso suena a problema.

Senith no respondió.

—Gundar. Bosque. Guerra. Furia.

Sus dedos se clavaron un poco más sobre el brazo de Edoz.

—Terror. Fuerza. Ferocidad. Arresia le pertenece… o quizá sea al revés.

—¿Y tú? —preguntó Edoz ladeando apenas la cabeza.

Ella sostuvo la mirada sin apartarse.

—Senith. Comercio. Mar. Equilibrio. —La luz roja del Umbral brilló sobre su piel oscura—. Protejo a los senicios y a todo aquel que comprenda el valor de un pacto. Rutas. Oro. Intercambio. Deuda. —Su mano descendió un poco más sobre el pecho de Edoz—. Senicia es mi reflejo.

Edoz esbozó media sonrisa.

—Eso ya lo había notado.

Ella no le devolvió el gesto.

—Azhor. —El nombre cayó distinto. Más pesado—. Dios Emperador. Gigasul vive bajo su voluntad. Orden absoluto. Control. Jerarquía.

Edoz recordó al soldado gigasulo y guardó silencio.

—Avisha… —continuó Senith, más despacio. Sus dedos se detuvieron—. Abismo. Profundidad. Lo que espera bajo todo.

Edoz la observó con más atención.

—¿Tiene relación con ese mar?

Senith asintió.

—La Costa Perdida sigue adorándola. Allí, el Mar de las Voces nunca calla.

Tardó unos segundos en continuar.

—Es hija de Kudram.

Edoz soltó una risa breve.

—Todo queda en familia.

Senith no sonrió.

—No entiendes lo que significa eso.

Sus ojos se endurecieron.

—Hay herencias que nadie elige. Solo se sufren.

Edoz guardó silencio.

—¿Y los demás? —preguntó él.

Senith negó despacio antes de que terminara la frase.

—No necesitas conocerlos a todos.

Se inclinó otra vez hacia su rostro.

—Perfecto.

Hubo otra pausa.

—Con los nombres que ya has oído, tienes suficiente para morir varias veces.

Edoz permaneció inmóvil, dejando que aquellos nombres se asentaran en su cabeza igual que piedras hundiéndose en agua negra. Luego volvió a mirarla sin apartar la mano del brazo demonio, que aún seguía latiendo bajo la piel.

—Entonces dime otra cosa —murmuró Edoz sin apartar los ojos de ella—. Los Eternos.

Los dedos de Senith dejaron de moverse sobre su pecho.

Hasta ese momento habían recorrido su piel con una calma lenta, casi juguetona, pero ahora se cerraron en un puño.

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó.

La suavidad de su voz desapareció.

Edoz la miró desafiante.

—¿También son dioses?

Senith bajó la vista durante un instante. Parecía escoger cada palabra antes de entregársela.

Cuando volvió a mirarlo, su rostro había cambiado.

—Eso es lo que muchos creen —dijo al fin—. Que estaban antes que nosotros. Antes que los propios dioses.

Edoz entrecerró los ojos.

—¿Y no es verdad?

—No —la palabra cayó sin matices.

Edoz siguió observándola.

—Entonces, ¿qué son?

Senith inspiró despacio. Por primera vez desde que habían entrado en el templo, pareció incómoda.

—Son restos de algo que nunca debió existir, voluntades atrapadas en un ciclo que jamás termina.

Las sombras del templo se movieron detrás de ella. El reflejo rojo del mar oscuro cruzó sus ojos.

Edoz frunció el ceño.

—Sigues sin responderme.

Los ojos de Senith se endurecieron.

—Los creó Avisha.

El nombre quedó suspendido entre ambos.

El brazo demonio reaccionó al instante. Las placas negras palpitaron y las garras se abrieron despacio.

—La hija de Kudram —murmuró Edoz.

Senith asintió.