Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 29 El rastro de Kudram
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29 El rastro de Kudram

Cuando todo se calmó, Edoz permaneció tendido sobre la piedra lisa del templo invertido, desnudo, con el pecho aún subiendo y bajando despacio.

El sudor brillaba sobre su piel bajo la luz rojiza que descendía desde las grietas del techo imposible.

Aquella claridad extraña recorría las líneas de su cuerpo, las cicatrices de otra vida, los hombros firmes, el abdomen marcado por años de dedicación… hasta detenerse en el brazo negro.

Las escamas oscuras devolvían un brillo húmedo y enfermizo.

El otro brazo, humano, descansaba abierto sobre la piedra, vulnerable en comparación.

Senith seguía junto a él.

Su cuerpo desnudo se apoyaba contra el suyo, cálido, suave, todavía envuelto en el eco de lo que acababan de compartir. El pelo oscuro le caía por la espalda y algunos mechones rozaban el pecho de Edoz cuando ella inclinó la cabeza hasta apoyar la frente sobre él.

Durante un instante ninguno habló.

Solo se oía el rumor lejano de las cadenas del templo y el pulso lento del brazo demonio.

—Ya está —susurró ella.

Edoz mantuvo la vista fija en el vacío oscuro sobre sus cabezas.

—Entonces, ¿ya no volveré a escuchar esas voces?

La desconfianza seguía allí, escondida bajo el cansancio.

Senith deslizó los dedos sobre su pecho desnudo.

—He cerrado la puerta.

Edoz bajó la mirada hacia el brazo negro. Las escamas se movieron un poco, igual que la piel de algo dormido.

—¿Y esto?

Ella negó despacio.

—Eso se queda.

El silencio volvió a caer entre ambos.

Edoz observó las garras curvas, la carne oscura adherida a su antebrazo, las venas negras que se hundían bajo la piel humana.

Parecía vivo y respiraba con él.

—Ya te dije que si te lo quito, mueres —murmuró Senith—. Si vuelves a pedírmelo, lo haré.

Edoz soltó una risa baja por la nariz.

—Tú ganas.

Senith apoyó entonces la mano sobre las escamas y el brazo reaccionó al instante.

Las garras se tensaron con un chasquido metálico y los músculos negros se contrajeron bajo la piel de Edoz. Durante un segundo pareció querer incorporarse por sí solo.

Luego se calmó.

—Tranquilo —susurró ella—. No te poseerá.

Edoz giró la cabeza hacia ella.

—Eso suena poco convincente.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de la diosa.

—Solo reacciona ante lo que reconoce. Dioses, poder, presencias poderosas cercanas. Ahora me siente a mí.

Edoz respiró más despacio. El calor de Senith seguía pegado a su cuerpo, dejando que la proximidad de su piel y la de ella lo anclara al presente.

—¿Qué es, entonces? —preguntó mientras rozaba las escamas con la punta de los dedos.

Apenas notó el tacto.

Senith observó el brazo unos segundos.

—Un huésped.

Edoz frunció el ceño.

—Hablas de esto igual que un curandero habla de la fiebre.

—Porque no nació contigo. Solo vive en ti.

Edoz dejó escapar aire por la nariz y volvió la vista hacia arriba.

Seguían desnudos sobre la piedra tibia del templo, con la respiración acompasada y el sudor enfriándose despacio sobre la piel. Por debajo de ellos, en alguna parte de aquella estructura imposible, las cadenas seguían crujiendo entre la oscuridad.

—¿Así que los dioses vivís aquí? —preguntó al cabo de un rato.

Senith trazó una línea lenta sobre su mandíbula.

—El Tercer Umbral no es único.

Edoz ladeó un poco la cabeza.

—Ya me parecía demasiado cómodo para vosotros.

Ella soltó una pequeña risa.

—No es un reino. Es una orilla.

—¿Una orilla?

—Uno de los muchos lugares donde recalamos cuando dejamos de pertenecer a un sitio… o pertenecemos a demasiados.

Edoz guardó silencio unos segundos.

—Hablas igual que un borracho culto.

Senith apoyó la barbilla sobre su pecho.

—Son grietas. Hendiduras entre lo que existe y lo que insiste en existir.

El brazo negro dio un pequeño tirón.

Edoz lo ignoró.

—Joder… no entiendo nada.

—No hace falta que lo entiendas todo.

—Eso lo dicen siempre los que saben más que tú.

Ella no respondió. Los dedos de Senith se detuvieron un instante cuando Edoz volvió a hablar.

—¿Y Kudram también cruza esas… grietas?

La expresión de la diosa cambió.

—También camina por estas orillas.

Edoz soltó aire por la nariz.

—Claro. Tenía que aparecer ese hijo de puta.

—No camina igual que yo —continuó ella—. Su presencia deforma lo que toca.

El templo pareció oscurecerse un poco más al pronunciar su nombre.

Edoz notó el cambio.

—Lo has visto.

Senith tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Él giró la cabeza hacia ella.

—¿Qué has visto?

Los dedos de la diosa descendieron por su cuello.

—El mundo mortal sangraba, y algo cruzó hasta aquí.

Edoz frunció el ceño.

—Habla claro.

—El Bosque Sagrado. Los arreshim. El Profeta de Kudram.

El nombre quedó suspendido entre ambos.

Edoz apretó la mandíbula.

—¿Qué ha hecho ese cabrón ahora?

Senith cerró los ojos un instante.

Parecía mirar algo muy lejos de allí.

—Despertó algo.

Edoz se incorporó un poco sobre el codo.

—¿A quién?

La diosa abrió los ojos.

—A Xorhez. Su Heraldo.

El brazo negro crujió despacio.

—Sin embargo, murió poco después —continuó ella—. Lo destruyeron, pero el eco permaneció.

Edoz soltó una risita.

—Eso me lo perdí. Me estaban arrancando el brazo.

La mano negra respondió con un espasmo cuando él la agarró por el antebrazo.

—De todos modos, suena fatal.

—Lo fue.

Senith apoyó la palma sobre el pecho de Edoz, justo encima del corazón.

—La imagen llegó hasta aquí rota, lejana, pero suficiente para abrir una grieta.

—¿Qué viste exactamente?

La diosa guardó silencio unos segundos.

—Luz devorada. Tierra hundiéndose sin caer. Y algo que no debería tener forma… tomando una.

El templo crujió en la oscuridad.

Edoz notó que el aire pesaba más.

—¿Todo eso puede cruzar hasta este sitio?

—Solo cuando el equilibrio cede.

Sus dedos presionaron un poco más sobre el pecho de él.

—Cuando lo que ocurre abajo amenaza también estas orillas.

Edoz cerró los ojos un instante.

No entendía la mitad de lo que Senith decía.

Pero entendía el miedo escondido detrás de sus palabras, y eso bastaba.

—Los dioses también teméis… —murmuró.

Senith no apartó la mirada de él.

—Siempre ha sido así, solo que tú apenas acabas de empezar a verlo.

El aire del templo pareció tensarse.

—La oscuridad se expande —susurró ella—. No como un fuego que consume, sino como una deuda que se acumula, y hay quien debe demasiado.

Edoz dejó caer la cabeza hacia atrás, exhalando.

—Siempre hay alguien que carga con demasiadas deudas —murmuró, con un hilo de resignación.

Senith se inclinó un poco más, rozando su rostro con el suyo.

—Sí… y esta vez, alguien podría querer cobrar por adelantado —añadió la diosa.

Edoz cerró y abrió los ojos despacio, su pulso aún le latía en la sien, y giró la cabeza hacia ella sin apartar el cuerpo del suyo.

—¿Y hay alguna salida para este infierno? —preguntó él en voz baja.

Senith no se movió. Sus dedos descendieron por su pecho con una lentitud medida, siguiendo líneas que solo ella parecía reconocer, deteniéndose encima de su corazón.

—Hay un lugar —dijo al fin, sin alzar la voz.

—Claro que lo hay. Siempre hay otro maldito lugar —bromeó Edoz con una familiaridad inusual.

Ella alzó la mirada y por un instante sus ojos pesaron más que el propio aire del Umbral.

—El Mar de las Voces, en la Costa Perdida.

El nombre quedó suspendido entre ambos. El brazo negro reaccionó con un espasmo seco y las garras se abrieron solas con un leve chasquido.

Edoz lo notó, pero no apartó los ojos de ella.

—Suena peor que todo lo que ya he visto por aquí.

—Lo es —respondió Senith pensativa—. Y aun así, puede darte luz si sabes escucharlo. Puede equilibrar lo que llevas dentro.

Edoz observó con detalle, estudiando su cuerpo perfecto.

—Nada sale gratis. ¿Cuál es el precio?

—Las voces —explicó Senith sin parpadear—. Puedes seguirlas —continuó—. Si lo haces y dejas que te guíen, que te envuelvan, que decidan por ti…

Edoz ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Qué pasa entonces?

—Que no vuelves.

El aire pareció desaparecer.

—Tu cuerpo se queda atrás —añadió ella con calma—. Se vacía y muere.

Edoz dejó escapar una risa seca, sin apartarse.

—Perfecto. Justo lo que necesitaba oír. No seguir las voces. Me queda claro.

Senith no respondió a la ironía. Sus dedos retomaron el recorrido sobre su cuerpo, pero ahora más lentos.

—Dentro… dicen que descansa Kudram.

El nombre cayó entre ambos y el aire pareció enfriarse alrededor.

Edoz negó despacio.

—¿Descansa? No me lo creo.

Senith mantuvo los ojos clavados en él. La luz rojiza del Tercer Umbral le recorría el rostro y convertía sus pupilas en dos manchas oscuras.

—No duerme como vosotros entendéis el sueño —murmuró—. Solo espera.

Edoz apoyó el peso sobre un brazo.

—¿A qué?

—A decidir.

—¿Decidir qué?

Ella tardó un instante en responder.

—Si recupera todo el poder que ahora mismo usan en su nombre dentro del mundo mortal.

El brazo demonio crujió al instante. Las placas negras se tensaron y las garras se cerraron despacio, una contra otra.

Edoz bajó la vista hacia el brazo y luego volvió a mirarla.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

Senith se inclinó un poco más sobre él. Su cabello negro cayó entre ambos y el olor salado del mar oscuro le llenó el pecho.

—Porque no quiere que vuelva a escapársele de las manos.

Hubo un silencio breve.

—La última vez que ocurrió… —continuó Senith, Edoz esperó sin apartar la mirada— todos los dioses fuimos desterrados de la tierra.

Sus dedos rozaron la clavícula de Edoz y descendieron despacio sobre su pecho.

—Por eso ya no caminamos entre vosotros. La tierra pertenece a los hombres.

Edoz frunció el ceño.

—Pero seguís apareciendo.

—No nosotros. —Senith negó con suavidad—. Solo representaciones. Cáscaras de carne vacías. Ecos de lo que fuimos. Los verdaderos dioses quedaron atrapados lejos del mundo mortal —añadió bajando un poco la voz.

Edoz soltó aire por la nariz.

—Y os limitáis a vagar por…

—… los Umbrales —terminó ella—. La muerte. El sueño. Y este lugar. —Alzó una mano y señaló la oscuridad infinita más allá de las ruinas—. El Tercer Umbral. El Ente.

Hubo un latido extraño entre ambos. No vino del pecho de Edoz, sino del brazo negro.

—Si Kudram está en ese mar… —murmuró él.

La frase murió sola.

Senith le miró a los ojos.