28 El emisario del sur #3
—Recogedlo todo. Nos movemos ya. El primero que dude, que lo haga mientras corre hacia delante.
El campamento empezó a romper filas. Entonces, una voz surgió desde el fondo.
—Tu padre me rompió la cara y me echó a dormir bajo la lluvia.
Varias cabezas giraron. Una mujer avanzó despacio. Tenía el labio torcido y una cicatriz vieja cruzándole la mejilla.
Sairah no apartó la vista.
—Lo sé.
La lluvia le corría por las pestañas, pero no parpadeó.
—También vi cómo moría. Lo vi partirse en dos delante de los mismos belurios que odiaba.
La mujer apretó los puños.
—Nos trató como perros.
Sairah bajó la voz.
—Y aun así murió defendiendo a un pueblo que nos vendió y nos apartó por no creer en sus dioses.
—Otro trueno sacudió el desfiladero—. Yo no soy él.
—Señaló hacia el terraplén donde había desaparecido el cadáver del hombre—.
Pero tampoco olvidaré lo que hizo. Aquí nadie volverá a golpear por capricho —siguió, dando un paso hacia la mujer—.
Aquí nadie expulsará a otro para dormir más ancho.
Y si alguien vuelve a hacerlo… caerá bajo mi hoja.
Sacó la Zarpa de Rall-gur y la levantó bajo la lluvia.
El silencio respondió por todos.
La mujer la miró a los ojos unos segundos y terminó por asentir.
Sairah guardó la daga.
—Cargad lo que tengáis. Nos ponemos en marcha.
Sangre mostró los colmillos hacia la oscuridad del desfiladero.
El viento arrastró olor a tormenta.
Entonces, uno tras otro, los Sin Dios empezaron a caminar hacia el Desfiladero Rojo.
La lluvia aflojó hasta quedar reducida a una bruma fina que dejó olor a barro. El éxodo descansaba desperdigado entre las rocas del desfiladero. Los carros formaban medias lunas irregulares y las bestias dormitaban con la cabeza baja, agotadas por el viaje.
Los Sin Dios no encendieron hogueras. Permanecían sentados sobre mantas oscuras y piedras cubiertas de agua, envueltos en el silencio mientras el viento arrastraba hasta ellos el rumor lejano del campamento: niños llorando, ruedas que aún crujían, voces cansadas que pedían agua o vendajes.
Entonces sonó una cuerda de laúd. La nota cruzó el aire gris con suavidad.
Kalthis apoyó un pie sobre una roca y acercó el instrumento al pecho. El borde de madera estaba desgastado por años de viaje y sus dedos encontraron la melodía sin vacilar. A su alrededor, los Arrepentidos aguardaban atentos, tal y como habían ensayado durante las noches del camino.
Otra cuerda respondió, luego una flauta, después el tambor.
La música se abrió paso entre las filas de cabezas rapadas.
Gurn marcó el ritmo con golpes suaves al principio, apenas un pulso constante sobre el cuero tensado.
Vayra dejó escapar una nota larga desde la flauta y el aire húmedo pareció moverse con ella.
El muchacho del violín dudó un instante al mirar una grieta vieja cerca del puente del instrumento, pero terminó por unirse a la canción y sostuvo una melodía aguda que flotó entre las rocas.
La música no pidió permiso para sonar.
Sangre alzó la cabeza junto a Sairah. El lobo olfateó el viento y sus orejas se movieron hacia el sonido.
Ella permanecía de pie, con los brazos cruzados y la vara apoyada contra la pierna.
El agua resbalaba por los mechones oscuros de su coronilla rapada.
Observó a su gente en silencio: algunos cerraban los ojos, otros golpeaban el suelo con los nudillos siguiendo el ritmo.
Kalthis cambió el tono. El laúd sonó más firme, más vivo.
—No es una canción para los dioses —dijo sin dejar de tocar—. Es para que nadie olvide el paso.
Gurn golpeó el tambor dos veces, esta vez con más fuerza.
—Pues toca mejor, bardo —gruñó un hombre desde el fondo—. Aquí nadie tiene ganas de bailar.
Kalthis sonrió sin mirarlo.
—No hace falta bailar. Basta con seguir caminando.
La melodía creció. El violín encontró su sitio entre el tambor y la flauta; las notas subieron por las paredes rojas del desfiladero y regresaron convertidas en ecos suaves. Incluso algunos niños empezaron a acercarse poco a poco.
Sairah avanzó un paso.
La música calmaba a los suyos. Lo veía en los hombros menos tensos, en las miradas que dejaban de buscar sombras entre las rocas.
—Sigue tocando —le pidió—. Nos hace bien.
Kalthis levantó la vista hacia ella.
—Tu padre fue quien me permitió quedarme con los Sin Dios.
—Mi padre ya no manda.
—Lo sé —respondió él con una leve sonrisa—. La música tampoco.
Sus dedos no dejaron de moverse sobre las cuerdas.
—Me pidió que enseñara a los tuyos que el ruido no tiene por qué ser solo acero contra carne.
Sairah sostuvo su mirada unos segundos.
—Bien, enséñales.
—¿Me dejarás quedarme?
—Puedes quedarte cuanto quieras, bardo, siempre que aportes algo útil.
Kalthis inclinó la cabeza y siguió tocando.
El acuerdo quedó sellado sin más palabras.
La melodía cambió otra vez. Esta vez sonó más lenta, más cercana. El tambor perdió fuerza y dejó espacio a las voces bajas del grupo.
—Edoz quería ruido de apuestas —comentó Kalthis.
Sairah no apartó los ojos de él.
—Quería su Jauría.
—Sí.
El tambor dejó caer un golpe seco.
—El primer combate ni siquiera terminó.
—El Bosque Sagrado lo rompió todo —murmuró Sairah.
—El Bosque Sagrado —repitió Kalthis.
El muchacho del violín tensó una cuerda y dejó que vibrara largo rato.
—Sin Edoz, nadie ocupará su lugar.
Sairah miró hacia su tienda.
La lona se movía despacio con el viento húmedo. Dentro, oculto entre telas y vendas, el capullo oscuro que envolvía a Edoz seguía inmóvil desde hacía días.
—Nadie —susurró ella.
Kalthis bajó un poco el instrumento.
—Gracias.
Sairah frunció el ceño.
—¿Por qué?
La mirada del bardo se desvió hacia la tienda.
—Por protegerlo. Si hubiera caído en manos del Profeta, ya estaría muerto.
Ella no respondió.
El viento agitó la tela de la entrada y durante un instante creyó escuchar la respiración irregular de Edoz desde dentro.
Kalthis retomó el ritmo antes de que el silencio creciera demasiado.
El laúd se volvió rápido y alegre. Gurn respondió golpeando el tambor con fuerza y la flauta entró por encima, aguda y salvaje. El violín siguió detrás de ellos y la música llenó el desfiladero.
Algunos Sin Dios empezaron a marcar el ritmo con los pies, otros golpeaban las piernas con las palmas. Uno soltó una carcajada breve, luego otra.
La lluvia regresó convertida en gotas finas y un trueno rodó sobre las montañas rojas.
Sangre se levantó de golpe. El lobo giró las orejas hacia la garganta del desfiladero y enseñó brevemente los colmillos.
La música continuó animando a los Sin Dios.