Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 28 El emisario del sur #2
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28 El emisario del sur #2

Entre las piedras, algo dorado se movió. Luego apareció otra figura, y otra más, saltando entre los cantos rojizos con movimientos rápidos y nerviosos.

No eran hombres, sino criaturas pequeñas y redondas cubiertas por un pelo dorado que atrapaba la luz gris del cielo.

Se sostenían sobre cuatro patas cortas y fuertes, mientras dos brazos pequeños palpaban las piedras del suelo sin descanso.

Sus enormes ojos rosados observaban todo con atención enfermiza.

Una de ellas atrapó una roca entre las patas y comenzó a triturarla con chasquidos secos. Luego, un polvo rojizo cayó de su boca y flotó en el aire.

Otra mordió directamente la pared del desfiladero.

—¿Qué demonios son esas cosas? —murmuró uno de los lanceros.

Zarya no bajó el arma, aunque su expresión cambió por completo.

—Por Bel-Hur…

Las criaturas siguieron saltando entre las grietas. Algunas rodaban cuesta abajo y chocaban unas con otras, soltando sonidos agudos que parecían carcajadas infantiles.

Entonces apareció Jarben.

Llegó casi tropezando entre soldados, cargando un pequeño cofre abierto contra el pecho.

—¡Esperad! ¡Esperad! —jadeó mientras dejaba el cofre sobre una roca—. Los he visto antes.

Comenzó a rebuscar entre tablillas y pergaminos enrollados hasta sacar un papel amarillento.

Lo extendió sobre la piedra.

—Aquí.

Todos se inclinaron.

El dibujo mostraba criaturas idénticas.

Jarben señaló el texto escrito junto a ellas.

—Comepiedras.

Levantó un dedo sin apartar la vista del pergamino.

—Comen roca y minerales. Son curiosos, pero no agresivos. Se acercan a cualquiera que no les asuste.

Una de las criaturas dio un salto hacia un casco abandonado y empezó a morderlo con entusiasmo.

Shuraz observó cómo dejaba pequeñas marcas sobre el acero.

—Muy tranquilizador.

Jarben ignoró el comentario.

—Pero odian el agua. Las tormentas las vuelven locas.

Un trueno lejano rodó sobre las montañas.

Las criaturas se quedaron inmóviles.

Cientos de ojos rosados alzaron la vista hacia el cielo oscuro.

El silencio cayó sobre el desfiladero.

Abajo, varios niños del éxodo ya habían bajado entre las rocas. Reían mientras ofrecían pequeños guijarros a las criaturas, que los aceptaban con chillidos rápidos.

Otro trueno sacudió el aire.

Los Comepiedras salieron disparados al mismo tiempo y desaparecieron entre las grietas invisibles con una velocidad imposible.

Las risas se apagaron.

Los niños se quedaron quietos unos segundos y luego comenzaron a llorar uno tras otro. Una niña levantó una piedra roja entre las manos.

—¡Se han ido!

Anara soltó aire despacio y miró a Rayhem de reojo.

—Tu emisario deja de parecer sospechoso.

Rayhem observó las grietas vacías del desfiladero.

—Esta vez tú tenías razón.

Anara sonrió un poco.

—Empieza a acostumbrarte.

Rayhem dejó escapar una risa cansada.

—Ojalá siempre la tengas.

El eco de su voz sonó tímido por el desfiladero.

El campamento de los Sin Dios ocupaba el borde del éxodo, allí donde terminaban los carros y empezaba la piedra roja del desfiladero. No había telas de colores ni humo de hogueras. Aquella noche tampoco sonaban tambores ni canciones. Solo quedaban acero, barro y rostros cansados.

Desde esa posición veían avanzar la columna entera hacia el Desfiladero Rojo. Bestias agotadas tiraban de carros cubiertos con lonas húmedas. Los guardias caminaban junto a las ruedas sin soltar las lanzas. Delante de todos marchaban ellos.

Los Puntas de Flecha.

El nombre nació como una burla entre soldados belurios. Ahora corría de boca en boca con otro peso, uno que hablaba de los primeros en sangrar cuando el camino se volvía oscuro.

Un trueno rodó a lo lejos.

Sairah salió de su tienda y la lona cayó tras ella con un golpe seco. Dentro, el capullo ocupaba casi todo el espacio. Aquella masa negra y viscosa envolvía el cuerpo de Edoz por completo. La superficie latía despacio, con un pulso enfermizo.

Sangre alzó la cabeza junto a sus botas. Sus ojos claros permanecían clavados en el horizonte.

Sairah no miró atrás.

Apretó la vara entre los dedos y el recuerdo volvió sin pedir permiso: la noche anterior a la batalla contra los arreshim, el calor de la piel de Edoz, su voz ronca cerca de su oído mientras el viento sacudía las tiendas.

También recordó la última conversación.

Hablaron de Shuraz, de Anara y de las Ratas que servían como espías entre el éxodo. Ahora, muchas de aquellas Ratas estaban muertas… y Edoz tampoco despertaba.

«No te fíes de nadie».

Las palabras regresaron con claridad.

Sairah apretó la mandíbula hasta que el recuerdo se quebró.

Avanzó hacia el centro del campamento.

Los Sin Dios ya formaban un círculo amplio sobre la tierra húmeda. Las cabezas rapadas brillaban bajo la lluvia fina y los tatuajes oscuros trepaban por cuellos, brazos y rostros. Ninguno llevaba símbolos divinos.

—Hasta la raíz —dijo uno de ellos.

—Hasta la raíz —respondieron varios más.

Sairah se detuvo frente al círculo.

—Mi padre ya no está.

Nadie bajó la mirada.

El viento cruzó el campamento y agitó las telas mojadas de los carros cercanos.

—Pero yo sigo aquí.

Un murmullo recorrió al grupo.

—No he venido a pediros obediencia —continuó—. Estoy aquí para que nadie decida por nosotros.

Entonces, un hombre avanzó entre los demás.

Tenía la piel negra y tatuajes blancos que le subían desde el cuello hasta la mandíbula.

Sus ojos azules resaltaban bajo la lluvia y dos espadas cortas descansaban en sus manos.

Los filos mostraban mellas viejas, heridas de otras luchas.

Un grillete de hierro cerraba su cuello.

Alonia seguía colgando de él.

—¿Tú quieres guiarnos? —escupió—. Te sientas con creyentes en el Consejo del Éxodo.

Sairah sostuvo su mirada.

—Hablo donde hace falta.

El hombre soltó una risita ronca.

—Les lames las botas.

Varias cabezas asintieron alrededor.

—Prefiero eso a ver morir de hambre a los nuestros.

El hombre levantó las espadas.

—Si te venzo, mando yo. Y dejaremos de inclinarnos ante cualquiera que rece a un dios.

Sairah entregó la vara a uno de los suyos y bajó la vista hacia la daga de su cadera.

La Zarpa de Rall-gur.

La hoja larga y estrecha devolvió un brillo oscuro bajo el cielo cubierto.

El recuerdo de Edoz regresó junto al peso del acero.

—Te queda bien —escuchó la voz de Edoz en la memoria—. No sirve para lucirse, pero sí para saldar deudas.

El hombre inclinó la cabeza y levantó las dos espadas.

—Empieza.

El círculo se abrió alrededor de ellos.

Sangre se tensó de inmediato. El lobo adelantó las patas y enseñó los colmillos, pero Sairah le hizo una señal firme.

—Quieto.

El animal obedeció.

Otro trueno rugió sobre las montañas.

El primer choque llegó sin aviso. Acero contra acero. Una chispa breve saltó entre ambos.

El hombre giró rápido y buscó el costado de Sairah con la espada izquierda. Ella entró por dentro del ataque y la Zarpa abrió un corte bajo las costillas. La sangre brotó, pero él siguió avanzando. La segunda hoja cayó en diagonal hacia su rostro.

Sairah retrocedió medio paso.

El filo le cortó un mechón de cabello mojado.

La arena roja crujió bajo sus botas.

El hombre sonrió enseñando sangre entre los dientes.

Sairah cambió el peso del cuerpo y volvió a entrar. La daga trazó un arco bajo. Él cruzó ambas espadas y bloqueó el golpe, pero ella giró la muñeca y encontró un hueco entre los filos.

Otro corte, esta vez en el hombro.

El grillete del hombre tintineó.

—¿Eso es todo? —provocó mientras la sangre le corría brazo abajo.

Sairah no respondió. Miró sus pies y luego los de él.

Dio un paso. Otro.

El hombre lanzó una estocada directa al cuello. Ella amagó hacia un lado y él corrigió el movimiento buscando las costillas con la otra espada.

Sairah ya había leído el ataque.

Desvió una hoja con la daga, dejó pasar la otra junto a su cuerpo y atacó desde abajo.

La Zarpa de Rall-gur entró hasta la empuñadura.

El hombre se quedó inmóvil. Sus ojos claros se abrieron despacio, incrédulos.

Sairah retiró la hoja ensangrentada.

El silencio cayó alrededor del círculo. Solo quedó el sonido de la lluvia.

Entonces, un trueno estalló encima del campamento.

Sangre gruñó y el hombre cayó de rodillas.

Sairah le tomó por la frente, echó su cabeza hacia atrás y le abrió la garganta de un solo corte.

La sangre salpicó barro y piedra roja y el cuerpo se desplomó de lado.

Nadie habló.

Sairah mantuvo la daga mientras la lluvia limpiaba parte de la sangre del filo.

—¿Alguien más?

Nadie avanzó. Solo el cielo respondió con otro trueno.

Ella pasó el pulgar por la hoja, la limpió en el antebrazo y guardó la daga en la cadera. Después recuperó la vara de mando.

Dos Sin Dios entraron al círculo, agarraron el cadáver por los brazos y lo arrastraron fuera del campamento. El grillete del cuello golpeaba las piedras a cada tirón.

Sangre siguió el rastro con las orejas erguidas.

En el borde del terraplén soltaron el cuerpo y este desapareció entre rocas y barro.

Un relámpago abrió el cielo y la lluvia arreció.

Sairah avanzó un paso. El agua le resbaló por la cara y empapó la piel de su cuerpo.

No levantó la voz. No le hizo falta.

—Mi padre me enseñó a no inclinar la cabeza. Me enseñó a morder antes que pedir. —Se golpeó el pecho con el puño cerrado—. Lo quemamos sin cánticos y sin dioses. Solo con fuego y memoria.

Miró uno a uno a los que la rodeaban.

—No quiero vuestra fe. Quiero brazos firmes. Ojos abiertos. Hambre de seguir vivos.

Señaló hacia el desfiladero.

—Ahí delante está el paso. Si lo rodeamos, moriremos de hambre. Si cruzamos… sangraremos. —Apretó la vara—. Y elegimos sangrar.

El viento azotó el círculo.

—Seremos los primeros en entrar. Somos los Puntas de Flecha. Abriremos camino para todos, también para nosotros.

Algunos golpearon el pecho con el puño, otros asintieron en silencio.

—Hablaré con creyentes cuando sea necesario —continuó—. No para arrodillarme ante ellos. Hablaré para que no decidan sin nosotros. —Clavó la mirada en el círculo—. Nadie volverá a ponernos cadenas.

Alzó la vara sobre su cabeza.

—Hasta la raíz.

—¡Hasta la raíz! —rugió el campamento entero.

Sairah bajó el arma.