Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 28 El emisario del sur
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28 El emisario del sur

El Carro de Mando crujía sobre la tierra roja mientras las ruedas abrían surcos entre piedras y raíces secas. El polvo se colaba por las rendijas de la madera y cubría los mapas sujetos con clavos sobre la mesa central. Cada bache hacía vibrar pergaminos, brújulas y tinteros.

Anara mantenía una mano apoyada sobre el mapa. El Amuleto de la Unidad descansaba sobre su pecho y el metal golpeaba contra la coraza con el traqueteo del carro. No apartaba la vista de las rutas marcadas.

—Si entramos por aquí, perderemos carros —dijo señalando una garganta estrecha dibujada junto a Montaña Roca Roja.

Rayhem deslizó dos piedras negras hacia el borde del desfiladero.

—Y si rodeamos la zona, perderemos días.

El ratón blanco asomó el hocico desde el zurrón del embajador. Olfateó el aire cargado de polvo y volvió a esconderse entre las telas.

Un golpe seco resonó en la madera exterior.

—¡Jinete al frente!

El carro no redujo la marcha. La lona se abrió y un guardia cubierto de polvo rojo apareció jadeando.

—Trae la marca de los emisarios.

Rayhem alzó la vista.

—¿Cuál de ellos?

—El del sur.

El silencio se hizo dueño del interior del carro. Todos aguardaban noticias de las tribus nómadas.

—Que suba —ordenó Anara.

El guardia desapareció y, unos segundos después, un hombre trepó al interior. Era delgado, de piel curtida por el viento y el sol. Tenía los labios agrietados y la ropa cubierta de arena rojiza. La cinta trenzada de los emisarios colgaba de su cuello.

Se detuvo frente a Rayhem y llevó el puño al pecho.

—Mi embajador. He vuelto.

Rayhem dio un paso hacia él.

—Recuérdame tu nombre.

—Karev.

El embajador le miró a los ojos durante un instante demasiado largo.

—Te envié al sur.

—Y el sur respondió.

Anara señaló el banco sujeto a un lateral del carro.

—Cuéntanos.

Karev no se sentó. Rechazó la invitación con una leve inclinación de cabeza y avanzó hasta la mesa. Observó el mapa unos segundos antes de hablar.

—No hay un solo jefe. Hay muchos. Cada tribu guarda su fuego y cada fuego tiene su propia ley.

Se inclinó sobre el pergamino y señaló varias marcas al sur del Desfiladero Rojo.

—Aquí viven los Hueso Seco. Vigilan la frontera con Arresia día y noche. Si ven acero, se apartan. Si ven debilidad, rodean y atacan hasta dejar los huesos limpios.

Movió el dedo hacia el este.

—Los Hijos del Viento cambian de campamento cada tres lunas. Intercambian agua por sal y caballos por hierro. Para ellos, una promesa vale más que el oro. Si alguien rompe su palabra, no vuelven a tratar con él jamás.

Rayhem memorizó cada nombre sin interrumpirlo.

Karev descendió por el mapa hasta una zona marcada con tinta descolorida.

—Y aquí están los Cuervos Rojos.

Anara levantó la vista.

—¿Guerreros? —preguntó Rayhem.

Karev negó despacio.

—Supervivientes. O eso dicen ellos.

Golpeó dos veces el pergamino con el dedo.

—Viven cerca de barrancos y tierras secas. Cubren sus tiendas con pieles teñidas de rojo y levantan postes llenos de huesos enemigos. No atacan primero, pero jamás olvidan una deuda de sangre.

Rayhem frunció el ceño.

—No suena prometedor.

—Si uno de los suyos muere, toda la tribu carga con la venganza —continuó Karev—. Pueden esperar años. Incluso generaciones. —Hizo una pausa—. Pero también protegen a quienes aceptan bajo su fuego. Si nos dejan cruzar sus tierras, nadie nos tocará allí.

Rayhem cruzó los brazos.

—Entonces, tendremos que convencerlos de que no somos invasores.

—¿Y cómo se convence a gente así? —preguntó Anara.

Karev levantó la mirada.

—Sobreviviendo a la primera conversación.

El carro dio un salto y el amuleto de Bel-Hur tintineó sobre el pecho de Anara.

—¿Y los clanes grandes? —preguntó Rayhem.

—Nunca se sientan juntos. Se vigilan entre ellos y luchan para recordar quién manda. Hay más tribus de las que pude visitar, pero estas controlan la frontera con Arresia. Son las primeras que encontraremos si seguimos esta ruta.

Anara apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Crees que nos atacarán?

—No, mientras no les quitemos nada. Temen las cadenas más que la muerte.

El silencio pesó dentro del carro.

Karev siguió hablando:

—Hablan mucho de Beluria. Recuerdan cuando nuestro reino era fuerte.

Rayhem entrecerró los ojos.

—¿Qué recuerdan exactamente?

Karev miró al embajador.

—Recuerdan grilletes. Cuerdas en las muñecas. Marcas hechas con hierro caliente. Recuerdan cánticos en una lengua que no era la suya.

Nadie habló durante unos segundos.

Anara bajó la vista hacia el mapa.

—No sabía eso.

—Ellos no lo han olvidado —respondió Karev—. Temen que cuando Beluria vuelva a levantarse, vuelva a hacer lo mismo.

—Eso no ocurrirá —replicó Anara con dureza—. Nosotros también llevamos marcas de cadenas.

Karev observó el amuleto sobre su pecho.

—Ellos no creen en palabras. Solo creen en actos.

Rayhem dejó una pequeña bolsa sobre la mesa. Dentro no sonaron monedas, sino grano seco.

—¿Qué piden?

Karev dudó antes de responder.

—Quieren pruebas.

—¿Qué clase de pruebas? —preguntó Rayhem.

El emisario miró directamente a Anara.

—Quieren que nuestra líder espiritual camine entre ellos sin escolta.

Rayhem negó al instante.

—Eso no ocurrirá.

—¿Por qué no? —preguntó Anara.

—Porque puede ser una trampa —contestó el embajador—. Jersia mató a uno de nuestros emisarios. Senicia mutiló a otro. Arresia nos recibió con una guerra. Y ahora aparece un hombre diciendo que las tribus del sur quieren hablar.

Anara le miró.

—Quizá Karev solo hace bien su trabajo.

Rayhem negó despacio.

—O quizá demasiado bien.

Karev guardó silencio aunque hablaran de él como si no estuviera presente; todos se percataron de ello.

El traqueteo del carro llenó el vacío entre ellos.

—¿Qué más viste? —preguntó Anara.

El emisario señaló varias líneas junto a Montaña Roca Roja.

—Hay pozos ocultos bajo la piedra. Rutas que cambian cada estación. Lugares donde el viento borra las huellas en una noche.

Movió el dedo hacia una garganta estrecha.

—Evitad este paso secundario. Los carros caerán si llueve.

Rayhem soltó aire por la nariz.

—Eso ya lo sabíamos.

Karev lo miró sin alterarse.

—Vosotros lo sabíais. Yo casi muero allí.

Anara levantó la vista.

—¿Y los otros emisarios?

Rayhem respondió antes que él.

—Todos muertos o desaparecidos. Excepto el de Senicia.

Karev bajó la cabeza un instante.

—Lo lamento.

Luego alzó la vista otra vez.

—El sur es distinto.

—¿Por qué? —preguntó Rayhem.

Karev tardó unos segundos en responder.

—Porque nos esperaban.

El ratón blanco asomó de nuevo y quedó inmóvil.

—¿Cómo que nos esperaban? —preguntó Anara.

—Decían que sabían que volveríamos. Incluso antes de que los jersas rompieran nuestras cadenas.

Rayhem se inclinó sobre la mesa.

—¿Dónde has escuchado eso?

—En tres lugares distintos.

—¿Y todos dijeron lo mismo?

Karev asintió.

El carro volvió a sacudirse y un cuerno sonó en la distancia.

Rayhem clavó la mirada en él.

—Dime las palabras exactas.

Karev cerró los ojos un instante.

—«Que vengan sin cadenas y sin dioses que pidan sangre».

Anara frunció el ceño.

—¿Sin dioses?

—Eso dijeron.

Rayhem soltó una risita.

—Entonces no les gustará ver nuestro éxodo.

Anara apoyó la mano sobre el amuleto.

—No obligaremos a nadie a creer.

—Ellos tampoco obligan —respondió Karev—. Pero lo observan todo.

Fuera, un segundo cuerno rasgó el aire, esta vez sonó mucho más cerca. Las ruedas chirriaron y el avance de la columna se volvió torpe.

—¡Exploradores al frente! ¡Movimiento en la garganta!

Anara apartó la lona del carro y el viento le lanzó polvo a la cara. Un soldado corría junto a las ruedas con la lanza en la mano.

—¿Cuántos son? —preguntó ella.

—No lo sabemos.

Rayhem siguió mirando al exterior.

—Karev.

El emisario se volvió.

—Ve con ellos. Conoces este paso. Elige por dónde debemos avanzar para que no muramos aquí.

Karev asintió y saltó del carro. Su figura desapareció entre capas, escudos y hombres cubiertos de polvo rojo.

Rayhem esperó hasta perderlo de vista. Entonces se inclinó hacia Anara y bajó la voz.

—¿Qué te parece?

—¿El qué?

—Él.

Anara sostuvo la lona abierta mientras el viento agitaba su capa.

—No sé… Algo me escama —susurró pensativo el embajador cerca de la oreja de Anara—. ¿Crees que tiene algo que ver con este movimiento en el desfiladero? ¿No te fías de tu propio emisario?

Rayhem mantuvo la vista fija en el exterior.

—Demasiados emisarios acabaron muertos. Y él vuelve diciendo que las tribus nos esperan desde hace años.

Anara guardó silencio unos segundos.

—A veces la suerte acompaña.

—No creo en la suerte —murmuró Rayhem.

El carro se detuvo por completo. Fuera, las órdenes de Shuraz corrían de boca en boca.

Anara dejó caer la lona y ambos descendieron.

En cuanto tocaron el suelo, un olor raro les golpeó de frente.

En lo alto de las rocas aparecieron varias sombras que se movían a toda velocidad entre las grietas del desfiladero.

Shuraz no apartó la vista de la garganta. Tenía un pie adelantado sobre una roca rojiza y la mano apoyada en la empuñadura de Oscuria. El viento agitaba su capa roja mientras observaba cada movimiento entre las alturas.

A su lado, Zarya trazaba líneas en la tierra con el mango del martillo de guerra.

—Si bajan por aquí, los partiremos en dos —dijo marcando una curva seca sobre el polvo—. Lanceros delante y que nadie rompa la formación.

Shuraz negó despacio.

—No cierres la garganta del todo. Deja espacio entre filas. Si corren, quiero ver hacia dónde.

Zarya levantó la mirada. La cicatriz de su mejilla se tensó.

—Si corren, será lo último que hagan.

Un cuerno corto sonó desde abajo. La señal de espera.

Anara y Rayhem alcanzaron la cresta pocos instantes después. El polvo del ascenso cubría sus botas y capas. Detrás de ellos, varios lanceros mantenían las armas bajas, aunque ninguno apartaba la vista de las rocas.

Entonces el viento trajo un sonido extraño.

Risas.

Shuraz frunció el ceño.

—¿Quién demonios se ríe ahí abajo?

Zarya avanzó un paso y sujetó el martillo con ambas manos. El cuero de los guantes crujió bajo sus dedos.