Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 26 La diosa del comercio
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26 La diosa del comercio

Karath descendió entre nubes rotas y restos de piedra que flotaban en el aire sin caer. El viento cortaba la piel y el Tercer Umbral se abría bajo ellos en grietas negras y caminos que no llevaban a ningún lugar.

Edoz movió la mano demonio adherida al cuello del dragón y con la humana, señaló hacia abajo.

—Ahí.

El gigasulo entendió el gesto. Apretó las rodillas contra las escamas negras, se agarró bien a ellas y golpeó dos veces su costado. Karath giró con un gruñido y se lanzó en picado.

El soldado alzó el puño.

—Karath.

Edoz repitió el nombre en voz baja, como si lo probara.

—Karath.

El dragón bufó aceptando la orden y aterrizaron sobre piedra lisa.

El mundo se torció ante ellos. Parecía un templo.

Las columnas nacían del vacío y crecían hacia abajo; las estatuas colgaban con los rostros inclinados hacia una oscuridad sin fondo.

Cadenas de hierro cruzaban el espacio y sostenían altares invertidos, y monedas oxidadas quedaban atrapadas en la piedra, suspendidas, hasta el tiempo parecía haberlas olvidado.

Edoz avanzó un paso. Su bota tocó el suelo sin emitir sonido alguno.

El gigasulo se quedó atrás, con el escudo en alto, observando las figuras, la cuerda tallada en la roca y la balanza rota que colgaba de un brazo de bronce. Sus labios se movieron despacio.

—Senith.

Edoz alzó la vista hacia él.

—¡Senith! —repitió el soldado con voz más firme.

La palabra cayó en el templo como una piedra en un pozo y el aire pareció cerrarse a su alrededor. Las monedas incrustadas en la piedra vibraron con un temblor leve.

Entonces surgió ella.

Lo hizo poco a poco; primero fue solo una silueta en el vacío, luego la piel que tomó forma sobre ella y, por último, aparecieron los ojos.

Una mujer descalza.

La luz no la tocaba; nacía de su propio cuerpo y dibujaba su figura contra la oscuridad.

Su piel brillaba como el metal pulido, marcada por líneas finas que latían como rutas trazadas sobre el mar.

Su cabello cayó pesado, oscuro, movido por una marea invisible.

Sus ojos, duros como monedas antiguas, juzgaban cuanto miraban.

Alzó la balanza azul y la cuerda dorada…

y ambas se disolvieron en su piel, como si nunca hubieran existido.

El aire obedeció. El mundo contuvo el aliento.

Avanzó hacia ellos sin prisa y, al pasar, rozó una de las cadenas. El hierro respondió con un sonido tenso, casi vivo.

Era la diosa del comercio y protectora de los senicios.

—Has tardado —susurró ella entre dientes, mirando a Edoz.

Él no soltó la empuñadura de la espada.

—No sabía que me esperabas —murmuró expectante.

Ella sonrió sin mostrar los dientes.

—Siempre espero.

El soldado permanecía unos pasos atrás, atento, casi oculto entre las sombras. Sujetaba la lanza con ambas manos y no apartaba la vista de ella ni un instante, aunque la mujer ni siquiera parecía notar su presencia.

Los ojos de la diosa descendieron despacio hasta el brazo demonio de Edoz. Las escamas negras se agitaron bajo su mirada, reaccionaban a su presencia.

—Escucho gritar a tu brazo demonio.

Edoz se tensó y la miró a los ojos.

—Lo sé. Últimamente es más popular que yo.

Ella negó despacio mientras acortaba la distancia, sin apartar los ojos de él.

—No lo sabes.

Alzó la mano y sin que Edoz se lo esperara, la apoyó sobre su pecho.

El mundo se abrió ante él y lo arrastró sin darle tiempo a reaccionar: el fuego le llenó la vista, una risa que no era suya le atravesó la cabeza y la voz de su daga Ansia volvió a clavarse en su cerebro como ocurría cuando la llevaba encima.

El orbe negro de la Eterna Liraela, la Bruja Araña, latió frente a sus ojos, pequeño, del tamaño de un ojo humano, pesado, vivo y ajeno.

Entre todo aquello apareció una figura anciana envuelta en hilos y, al inclinarse sobre él, una voz le habló al oído. Luego otra y otra más.

Edoz se apartó de golpe y tomó aire con fuerza, igual que si emergiera de las profundidades del mar.

—¡Basta! —soltó al fin.

Ella ladeó la cabeza y lo observó en silencio.

—Eso es lo que oyes cuando despiertas.

Edoz no respondió. Sus dedos se cerraron con más fuerza, sobre la empuñadura de su espada.

—¿Sigue dentro de mí? —preguntó Edoz.

Ella asintió sin apartar la mirada.

—En tu cuerpo. En tu cabeza. En tu sangre.

El gigasulo dio un paso al frente y alzó la lanza amenazante hacia ella. No dijo nada; no hacía falta.

Ella lo miró un instante.

El soldado se quedó rígido y, tras un segundo, sus brazos descendieron poco a poco; la lanza le pesaba demasiado y perdió el interés de hacer nada más.

—Esto no va contigo —susurró ella.

Luego volvió a Edoz y puso en él toda su atención.

—Puedo callarlo —sentenció ella.

El silencio se instaló entre ambos, denso, casi físico. Edoz levantó la mirada sin apartarse.

—¿Cómo?

Ella se acercó hasta dejar su rostro a un suspiro del suyo.

—Con un trato.

Edoz dejó escapar una breve risa seca.

—Claro, cómo no.

—Yo soy eso: tratos —dijo ella orgullosa y le tomó la mano.

El contacto quemó a Edoz desde dentro de la piel y, antes de que pudiera reaccionar, el templo había desaparecido.

Edoz sintió un tirón en el pecho y el suelo dejó de existir bajo sus pies. El aire sabía a sal. Se oían voces y el golpe de madera contra madera.

Abrió los ojos.

Un puerto se alzaba ante él bajo un inmenso cielo azul. Las velas blancas se inflaban sobre altos mástiles. Las cuerdas tensas crujían con cada ráfaga de viento. Los hombres gritaban precios a voces. Las monedas pasaban de mano en mano con un sonido constante.

Karath no estaba, ni el soldado tampoco.

Solo él… y ella.

Senith caminaba a su lado, descalza sobre los tablones húmedos del muelle. Nadie la miraba, o más bien, nadie parecía verla.

Edoz giró la cabeza.

—Esto no es el Umbral, ¿verdad?

Senith alzó una mano y una moneda con su cara apareció del aire. Ella la dejó caer entre sus dedos, sin apenas tocarla y la dejó en el suelo.

—Esto es luz para nuestro trato.

Un niño lloraba en un rincón mientras una mujer gritaba vendiendo pescado recién traído del mar.

Un poco más allá, un hombre discutía con una mujer a voz en grito.

El brillo del acero cortó el aire. Un cuchillo, rápido y preciso, cruzó entre los cuerpos de ambos y encontró su sitio bajo las costillas de la mujer.

—¡Que Senith te reciba tras la muerte! —escupió el asesino mientras retiraba la hoja—. Ella guía mi mano y tú mueres en su nombre.

La mujer cayó al suelo sin fuerza, igual que un títere al que le hubieran cortado los hilos.

La vendedora de pescado, demasiado ocupada con la pelea, dejó de gritar un instante.

El pescado húmedo se le escapó de las manos y cayó sobre los tablones mojados del muelle.

Apenas tocó el suelo, un gato gris de pelo largo salió de debajo de un puesto y huyó con él entre los dientes antes de que pudiera atraparlo.

—¡Maldito bicho! —exclamó ella.

La furia le endureció el rostro, pero entonces vio algo brillar entre los charcos. Bajó la vista.

La moneda.

Senith la había dejado caer junto a sus pies.

La mujer la recogió con rapidez y la mordió sin perder tiempo. Sus dientes no dejaron marca sobre el metal. Después lanzó una mirada alrededor, guardó la moneda bajo las mallas de su ropa con un movimiento rápido y la ira desapareció de golpe.

Una sonrisa amplia le cruzó la cara enrojecida por el sol.

El puerto siguió, ajeno a todo. Nadie se detuvo por la pelea. Nadie miró más de la cuenta. Las voces no cesaron, las monedas siguieron pasando de mano en mano, y los pasos esquivaron el cuerpo del muerto, sin romper el ritmo del puerto.

Solo una niña le prestó atención.

Se quedó quieta junto al cadáver sin poder moverse. Sus ojos no parpadearon mientras seguían el rastro de la sangre que corría entre las tablas y se abría paso por las grietas.

Edoz frunció el ceño y avanzó un paso.

—Espera…

La niña alzó la mirada hacia él, con los ojos brillantes, uno de cada color.

No lloraba, solo miraba fijamente a Edoz.

Él se quedó quieto, con la mirada fija en la niña.

—Se parece a…

Senith lo observó con curiosidad, sin apartar los ojos de él.

—Mírala bien.

El viento movió el cabello de la niña y la sangre alcanzó sus pies descalzos, rodeándolos sin que ella se apartara.

Edoz apretó la mandíbula.

—Sairah.

Senith asintió una sola vez.

—Yo corté ese hilo.

El ruido del puerto se apagó durante un instante, pero Edoz no pudo apartar la mirada de la niña.

—Mataste a su madre —acusó él—. ¿Por qué?

Senith hizo aparecer otra moneda con su cara, y la dejó caer, pero el sonido no llegó al suelo.

—Le di un ancla.

Edoz giró la cabeza hacia ella.

—¿Así lo llamas tú a esto? —preguntó Edoz mientras señalaba el cuerpo de la mujer en el suelo. La niña no se movía, el mundo tampoco.

Senith avanzó hasta pasar junto a la niña sin tocarla.

—El mar arrastra todo lo que no está atado —dijo—. Yo lo ato para que no se lo lleve la corriente.

Edoz soltó el aire por la nariz.

—¿Y decides quién muere y quién vive? —preguntó Edoz enfadado.

—¿Acaso no lo haces tú? —respondió ella—. Decido quién permanece. Su vida con su madre habría sido completamente diferente y jamás habría llegado donde está ahora.

El silencio cayó entre ambos y Edoz volvió a mirar a la niña.

—Por eso… —murmuró él y se detuvo un instante.

—Por eso, ella puede callar tus voces internas —continuó Senith clavando los ojos en él—. No es relevante, ni te importa por qué maté a su madre. Pero sí su resultado, porque ahora ella cuida de ti en el mundo de los hombres.

Edoz no respondió. Sus dedos rozaron la empuñadura de la espada.

—¿No te importa que la hija te recuerde? ¿Aunque sea el odio quien alimente su venganza? —acusó Edoz y levantó la mirada fija en la de la diosa.

—Deben recordarme. Mientras alguien conserve mi nombre, seguiré siendo yo. Además, esa niña ha nacido para algo mucho más grande que la sangre de su familia.

Senith sonrió.

—Ella puede acallar tus voces solo cuando estás cerca, pero yo puedo hacerlo para siempre —explicó ella—, solo que tiene un precio.

El puerto empezó a deshacerse. Las voces se alargaron hasta romperse. Las figuras se fragmentaron en destellos de luz que el viento arrastró.

La niña fue lo último en desaparecer.