25 Ruta de piedra #2
Shuraz caminaba a su lado sin escolta. La coraza reflejó la luz del atardecer.
Durante un trecho ninguno de los dos habló.
Anara se llevó la mano al pecho y cerró los ojos un instante.
—La he visto otra vez.
—¿Nela-Shur? —preguntó Shuraz, guiado por su instinto.
Ella asintió, sorprendida por la respuesta; aún seguían teniendo esa conexión que los había unido en el pasado.
—No fue en este mundo.
Ella se detuvo, luego él. El terreno ya no era verde; la tierra se había tornado rojiza y dura bajo sus botas. Más allá, la silueta de la montaña crecía.
—Fue en el Tercer Umbral.
Shuraz se giró hacia ella.
—Pensé que no recordabas nada.
—No quería recordar. —El viento golpeó su capa blanca contra sus piernas—. Estaba encadenada —continuó—. No tenía grilletes de hierro, sino de algo vivo. Me retenía en el interior de una torre que respiraba. Sus muros se cerraban y abrían. Cada latido me apretaba el pecho.
Shuraz tensó la mandíbula.
—El traidor de Suezoj.
El nombre flotó entre ambos como un mal recuerdo.
—Su látigo no me dañaba solo la piel —Anara bajó la vista a sus manos—. Cada golpe me arrojaba a un recuerdo. Vi la liberación de Alonia; vi el desierto; vi a Mushan caer; vi Nela-Shur en ruinas… y también en pie. De todo, no sé qué era verdad y qué no.
El comandante dio un paso más cerca de ella.
—Tranquila, no volverás allí. Rayhem acabó con él.
Ella alzó la mirada. Sus ojos verdes no temblaron.
—No estoy tan segura.
Shuraz frunció el ceño.
—No hables así.
—En el último golpe… vi algo más.
El viento cesó un segundo. El sonido del éxodo sonó lejano.
—Una figura blanca. No parecía humana, tampoco era un dios antiguo. Era el Eterno. No habló, solo estaba ahí.
Shuraz sostuvo su mirada.
—¿Bel-Hur?
—No —contestó ella convencida.
—¿Kudram?
—No —dijo aliviada.
Un silencio.
—Era alguien distinto. Una esperanza.
El comandante apartó la vista hacia la montaña.
—Suezoj te mostró lo que quiso que vieras.
—No. —Anara negó despacio—. Lo que vio lo aterrorizó también a él. Lo negó y la torre tembló.
Shuraz la observó con atención, parecía cansada.
—Eran visiones —dijo él.
—Eran advertencias —susurró ella.
Un carro chirrió al chocar con una piedra y un niño lloró a lo lejos.
El éxodo siguió adelante.
Shuraz dio un paso más, hasta casi rozarla.
—Me siento débil. No soy el símbolo que quieren que sea —continuó ella—. No soy una reliquia que se guarda intacta. Soy de carne y hueso.
—Eres la suma sacerdotisa de Bel-Hur —dijo Shuraz orgulloso—. La primera mujer en la historia de nuestro pueblo que ocupa ese cargo.
—Y también soy Anara —masculló ella.
El viento le levantó la capa blanca y la empujó contra la coraza de Shuraz.
Él la miró a los ojos.
—Cuando estabas en esa torre… ¿tuviste miedo?
Ella tardó en contestar.
—Sí —confesó con lágrimas en los ojos.
—¿De morir? —insistió Shuraz. Pensaba en cómo hacerla sentir que ella podía con eso y con mucho más.
—De quedarme sola —susurró ella.
El comandante bajó la voz.
—Yo también tuve miedo —confesó Shuraz y bajó la mirada hacia el suelo—, de perderte.
Anara le levantó suavemente la barbilla con sus finos dedos y le sostuvo la mirada de nuevo. Por un instante no hubo montaña, ni éxodo, ni nada.
—Si el Eterno que vi es real —susurró—, algo va a cambiar. No será solo política, no será solo una invasión de territorio. Será un acto de fe.
Shuraz miró hacia el sur.
—Entonces, necesitamos llegar vivos para verlo.
Un explorador corrió ladera arriba interrumpiendo el momento en el que sus labios casi se rozaron.
—¡Comandante!
Shuraz giró y el explorador bajó la mirada al darse cuenta de la situación.
—Habla —ordenó Shuraz.
—Hay huellas en el desfiladero y no son nuestras. Son de un caballo ligero. Un jinete solitario.
Anara intercambió una mirada furtiva con Shuraz.
—¿Recientes?
—De hoy.
El comandante clavó los ojos en la sombra que se abría entre las rocas y asintió al explorador para que se fuera.
—¿Serán los nómadas? —preguntó ella.
—Aún no estamos en sus tierras —contestó Shuraz.
Anara apretó los dedos sobre la tela de su capa.
—Aguardábamos al emisario de los pueblos nómadas, ¿verdad? —preguntó Shuraz sin esperar respuesta—, pues creo que ya lo hemos encontrado.
El sol se ocultó tras la Montaña Roca Roja y la sombra del desfiladero se alargó como una herida abierta.
Desde lo alto, la figura inmóvil del emisario contemplaba el avance del éxodo antes de adentrase en el campamento entre los belurios para buscar al embajador.
La tela oscura de la tienda no dejó pasar ni una brizna de luz. Fuera, el murmullo del campamento murió al cruzar el umbral; dentro, el aire pesaba.
El Profeta alzó la mano izquierda. Los dos encapuchados cerraron la entrada sin una palabra.
—Que nadie entre —espetó el Profeta.
Las sombras se asentaron.
El talismán de hueso colgaba sobre su pecho. El ojo tallado en él parecía observar la estancia. El Profeta lo rozó con los dedos.
—Hoy sí…
El Ungido Ciego avanzó a tientas. Sus manos huesudas le ofrecieron el libro envuelto en tela. Mantenía la cabeza baja, a pesar de que no podía mirar al Profeta.
—Lo guardé como ordenaste.
El Profeta tomó el bulto y retiró la tela con sumo cuidado. El hierro de la cubierta devolvió un brillo rojo.
—Has hecho bien.
El Ungido inclinó la cabeza.
—¿Habrá sangre?
El Profeta sonrió.
—La justa.
El guardia pálido tras el Profeta no se movió. Permanecía de pie junto al poste central, con la espada negra apoyada en el suelo, nunca parpadeaba.
El Profeta abrió el grimorio. Las páginas crujieron. Se detuvo en un pasaje marcado con signos rojos, arañados en el margen.
—Es aquí.
Pasó la mano izquierda sobre las letras. Sus labios trazaron sílabas que no pertenecían a ninguna lengua viva.
La tinta se encendió.
No era fuego. Era una luz roja y fría. Las palabras latieron.
El Ungido dio un paso atrás, parecía percibir todo lo que ocurría, a pesar de carecer del sentido de la vista.
—Eso no estaba antes en el libro —masculló el Ungido.
—Siempre estuvo ahí —afirmó el Profeta con seguridad—. Solo hay que saber mirar.
El Profeta sacó la daga. El acero brilló con motivos de bestias entrelazadas. Los rubíes de la daga captaron la luz y se la devolvieron al libro.
—La magia se pudre —susurró—. Se diluye y se vuelve inútil si no se alimenta.
Clavó la punta del puñal en la yema de su pulgar izquierdo. La sangre brotó, oscura y densa.
Dejó caer una gota sobre el texto y la página la absorbió con avidez.
Las letras se abrieron como si respiraran. Un hilo de luz subió por la hoja y se enroscó en la muñeca del Profeta.
El Ungido que escuchaba atentamente, tragó saliva.
—Exige más —dijo en voz baja.
—Siempre exige más —susurró entre dientes el Profeta. Cerró los ojos un instante. Luego acercó el pulgar a los labios, probó su propia sangre y la mantuvo en la boca.
—Así se equilibra.
El guardia alzó la barbilla.
—¿Equilibrio? —preguntó el Ungido.
El Profeta giró el rostro hacia él.
—No sangraré por capricho. Ni vaciaré el campamento. No necesito un río, solo una muestra, un pulso.
—¿De quién? —volvió a preguntar el Ungido.
El Profeta volvió al libro.
—De los que nadie echará en falta.
El Ungido Ciego tensó los dedos.
—Hay menos de los que crees —se excusó.
—Entonces, elegiremos mejor.
El Profeta pronunció otra frase. La luz se extendió por la página siguiente. Símbolos nuevos se formaron, húmedos, escritos en sangre luminosa y humeante.
La temperatura descendió y el interior de la tienda se enfrió de golpe. El talismán golpeó el pecho del Profeta con un leve sonido.
El ojo tallado se agrietó y el Profeta sonrió.
—Te gusta.
El Ungido retrocedió otro paso.
—No es… una bendición.
—No —admitió—. Es poder.
Pasó la mano por el texto. La piel se le erizó. Las venas del antebrazo se oscurecieron, tomando un tono negruzco.
—Si salvo al príncipe cuando nadie más pueda hacerlo —murmuró—, estará en deuda conmigo.
El Ungido Ciego habló sin cambiar de postura.
—¿Y si no te cree?
—Lo creerá cuando lo vea.
El Profeta levantó la daga y la apoyó sobre la página abierta. La hoja no la tocó; flotó a un suspiro del papel, atraída por la luz.
—Aún no es el momento.
El Profeta cerró el libro de golpe, asustando al Ungido.
La luz quedó atrapada dentro, pero no se apagó. Las rendijas de la cubierta dejaron escapar un tenue brillo rojo.
El Ungido respiró con dificultad.
—Ha quedado abierto.
—No.
El Profeta lo miró.
—Ha quedado despierto.
Un golpe seco sonó fuera. Eran voces apagadas. Un cuerpo cayó contra la tela.
Los dos encapuchados de la entrada permanecieron en silencio.
El guardia pálido de dentro giró la cabeza hacia la entrada. Sus ojos grises no mostraron nada.
—Traedlo —ordenó El Profeta, inclinando la cabeza.
La tela se abrió un instante. Arrastraron a un joven cubierto de polvo. Tenía la cabeza rapada y la piel marcada con tatuajes color ceniza.
Era un Sin Dios.
El muchacho, de no más de veinte años, alzó la vista.
—No… no he hecho nada —soltó asustado.
El Profeta lo observó en silencio. Luego miró su pulgar aún ensangrentado.
—Perfecto.
El Ungido Ciego apretó los dientes.
—Dijiste lo justo.
El Profeta alzó la daga.
—Lo es.
El joven forcejeó.
—¡Anara no permitirá…! —exclamó antes de morir en el acto.
La frase quedó inconclusa en el aire.
El Profeta sonrió mientras apretaba la daga, hundiéndola más profundamente en el corazón del pobre diablo.
—Anara no está aquí —murmuró con desprecio el Profeta.
La hoja descendió por el pecho, cortando al muchacho en dos.
La sangre tocó uno de los rebordes metálicos del grimorio y el libro se abrió solo.
Las páginas se agitaron sin viento y las letras ardieron de poder. Y algo respondió desde dentro en un idioma prohibido y con una voz que jamás había sido emitida en el mundo de los vivos.