Ecos de la costa perdida (Retorno a Nela-Shur 6) 25 Ruta de piedra
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25 Ruta de piedra

El rumor del éxodo no cesó en todo el día.

Ruedas que chirriaban sobre las piedras húmedas.

Bestias que bufaban bajo el peso de los carros.

Voces cansadas que pedían paso entre filas abarrotadas de gente.

El polvo se levantaba bajo miles de pies y terminaba pegado a las telas mojadas, a la piel sudada y al acero de las armaduras.

Rayhem avanzaba por un sendero abierto a golpes de hacha entre la maleza. Las ramas recién cortadas aún sangraban savia y el olor a madera húmeda flotaba en el aire.

Azniel caminaba detrás de él, sujetando tablillas y pergaminos contra el pecho para que no cayeran al barro.

Dos exploradores aparecieron entre los árboles y regresaron al trote hasta la columna. Uno llevaba la capa rasgada desde el hombro hasta la cintura; el otro tenía sangre seca en la mejilla y barro hasta las rodillas.

—Agua a media jornada hacia el este —anunció el primero mientras recuperaba el aliento—. Un pequeño arroyo. No tardará mucho en secarse.

Rayhem levantó la vista hacia la línea de carros que avanzaba detrás de él.

—Marcad el camino con tela roja —ordenó—. Quiero a los carros pesados allí antes de que caiga el sol.

El explorador asintió y se apartó.

El segundo hombre escupió al suelo antes de hablar.

—También encontramos una aldea. Pocas casas y empalizadas bajas. Nos miraron con miedo desde lejos.

Rayhem dio un paso hacia él.

—¿Son hostiles?

—Al principio no. —El hombre se limpió la sangre seca de la mejilla—. Cerraron las puertas cuando nos acercamos. Solo salió un viejo. Llevaba un saco de grano en una mano y un cuchillo en la otra.

Azniel dejó escapar una risilla.

—Eso no es hostilidad, eso es hambre.

Rayhem soltó el aire por la nariz y miró hacia el humo gris que se alzaba entre los árboles, en la dirección de la aldea.

—¿Cuántos viste?

—No más de veinte. Viejos, mujeres y algunos niños. Apenas tenían ganado.

Rayhem guardó silencio unos segundos.

Pensó que el éxodo necesitaba comida, pero esa gente necesitaba no morir pisoteada por catorce mil desesperados.

—Iremos con cinco hombres y dos mulas —decidió al fin—. Sin armaduras ni estandartes. Quiero lanzas cortas y las manos siempre visibles.

El explorador frunció el ceño.

—Puede ser una emboscada.

—Si quisieran matarnos, habrían disparado desde los árboles —replicó Rayhem—. Lo que tienen es miedo.

Azniel levantó una ceja.

—¿Y qué llevaremos para comerciar? Apenas queda sal.

Rayhem miró la columna del éxodo. Una niña lloraba subida a un carro mientras su madre intentaba taparla con una manta rota. Más atrás, un anciano tosía sangre apoyado contra una rueda.

—Nos llevaremos mantas y hierro de herradura —respondió—. Nadie rechaza eso antes del invierno.

El segundo explorador cruzó los brazos.

—¿Y si piden más?

Rayhem clavó los ojos en el sendero que se abría entre el bosque.

—Entonces, hablaremos. Y si hablar no basta… Saldremos con comida igualmente.

El viento movió las hojas por encima de sus cabezas.

A lo lejos, entre el murmullo del éxodo, volvió a escucharse el golpe seco de las hachas abriendo camino hacia el sur.

La aldea olía a comida recién hecha, a pan caliente y a cebolla cocida. Se veía el humo limpio saliendo de chimeneas de piedra.

El olor golpeó a los hombres de Rayhem con más fuerza que cualquier discurso. Algunos tragaron saliva sin darse cuenta. Llevaban días alimentándose de caldo aguado y carne seca.

Las puertas de la empalizada no se abrieron hasta que los aldeanos vieron las mantas dobladas sobre las mulas y las cajas de hierro atadas con cuerdas.

Un anciano salió primero.

Llevaba un cuchillo de carnicero en una mano y la espalda encorvada bajo varias capas de lana sucia. Sus ojos pequeños no abandonaron las manos de Rayhem ni un instante.

Detrás de él, varias figuras observaban desde el interior de la empalizada. Mujeres con niños en brazos, hombres que sujetaban herramientas de labranza convertidas en armas. Nadie parecía preparado para luchar y aun así todos estaban listos para hacerlo.

—No venimos a coger nada —dijo Rayhem antes de acercarse más. Desató una de las mantas y se la tendió al anciano—. Soy Rayhem, embajador de Beluria. Venimos a intercambiar.

El viejo observó la manta sin moverse. Sus dedos apretaron el mango del cuchillo antes de bajar un poco el brazo.

—¿Intercambiar? —repitió con desconfianza.

Rayhem señaló las mulas.

—Mantas y hierro por grano y sal.

Uno de los exploradores abrió una de las cajas. Dentro había herraduras, clavos, cuchillas cortas y herramientas ennegrecidas por el uso.

—También buscamos agujas, hilo, telas o hierbas secas —añadió Rayhem—. Todo lo que podáis ofrecernos.

Una mujer apareció tras el anciano llevando un pequeño cesto de grano entre los brazos. Tenía el rostro agotado y los ojos hundidos por noches sin descanso.

Miró más allá de Rayhem. Hacia el éxodo.

La larga columna de humo y carros podía verse entre los árboles incluso desde allí.

—Sois demasiados —murmuró ella.

El miedo en su voz era más fuerte que el odio.

Rayhem siguió su mirada.

Ni siquiera desde aquella distancia podía verse el final de la columna beluria.

—Lo sé —respondió—. Por eso no entraremos en vuestra aldea. Solo queremos alimentar a los más necesitados y seguir hacia el sur.

El anciano entrecerró los ojos.

—Los hombres hambrientos siempre dicen eso.

Rayhem dio otro paso y dejó la manta en el suelo, frente a él.

—Si quisiera quitaros lo que tenéis, no habría venido con cinco hombres.

El silencio se hizo dueño del lugar.

Un niño asomó tras una puerta entreabierta y observó a las mulas con ojos enormes. Una mujer lo agarró del brazo y lo escondió de nuevo dentro de la casa.

El anciano respiró hondo al fin y bajó el cuchillo.

—Deprisa —gruñó hacia el interior de la aldea—. Traed lo que podamos cambiar antes de que lleguen más.

Las puertas terminaron de abrirse.

Los aldeanos comenzaron a salir poco a poco, todavía desconfiados. Traían pequeños sacos de sal, cestas de cebada, raíces secas y tiras de carne ahumada envueltas en tela.

Los hombres de Rayhem descargaron las mantas y las herramientas sin hacer ruido.

Durante unos minutos solo se escuchó el roce de los sacos y el murmullo de las negociaciones.

Una anciana palpó una manta con dedos temblorosos.

—Esto vale más que el grano que damos —susurró.

Azniel, ocupado anotando el intercambio sobre una tablilla encerada, levantó la vista.

—Entonces, guardadla bien —respondió—. El invierno no negocia con nadie.

La mujer del cesto seguía observando a Rayhem.

—¿Qué sois exactamente? —preguntó al fin—. No parecéis un ejército, pero tampoco un pueblo.

Rayhem tardó unos segundos en responder.

Detrás de él, el rumor del éxodo seguía avanzando entre los árboles. Miles de personas caminando hacia un lugar que muchos ni siquiera conocían.

—Somos gente que perdió su hogar —dijo al fin—. Y se niega a morir lejos de él.

La mujer bajó la mirada al cesto de grano que llevaba entre las manos.

Esta vez ya no parecía asustada.

Solo cansada.

Cuando el sol cayó, los carros ya cargaban los sacos nuevos. Por lo menos ese día los niños comerían. Un caballo cayó de cansancio y no volvió a levantarse. Lo apartaron del camino y se lo llevaron a los carniceros en un carro. La fila no se detuvo.

Más allá, el verde empezó a romperse. La tierra cambió de color. Manchas rojizas asomaron entre la hierba y al día siguiente, la hierba cedió dando paso a la piedra roja, roca desnuda.

El viento trajo un sabor seco.

Un explorador alzó el brazo desde una loma. Shuraz subió hasta él. Anara llegó poco después. La luz del atardecer dibujó la línea de una mole lejana, oscura en la base, roja en la cima.

—Roca Roja —dijo el explorador.

Shuraz clavó los ojos en la montaña.

—¿Hay algún paso?

El hombre negó.

—Al norte hay barrancos; al oeste, caída a pico, y al este, un rodeo de muchos días. Por no mencionar que el agua escasea allí.

Anara avanzó hasta el borde. Miró en silencio. Abajo, un laberinto de piedra se abría entre muros irregulares.

—¿Y ahí? —preguntó ella señalando lo que parecía la entrada a un desfiladero.

El explorador dudó.

—Un desfiladero estrecho. Vadeable a tramos; si llueve, se convierte en un río.

Shuraz miró el cielo limpio.

—No lloverá hoy.

Anara giró hacia la línea interminable de carros.

—Pero mañana puede que sí —replicó ella.

El viento levantó el polvo rojo y lo lanzó contra sus caras.

—Si damos un rodeo, perderemos muchos días —dijo Shuraz—. La comida escasea, no nos alcanzará.

—Rayhem se ha adelantado a comerciar con algunas aldeas de la zona —dijo ella— conseguirá provisiones.

Shuraz asintió pensativo.

—Si entramos y el agua sube —siguió él—, nos quedaremos atrapados.

Detrás, el éxodo siguió su marcha lenta.

Shuraz dio un paso más cerca de ella.

—Necesitamos guías por esa zona.

Anara asintió.

—Los nómadas.

—Aún no estamos en sus tierras —contestó Shuraz—, todavía no los tenemos localizados.

—Pero seguro que ellos sí saben dónde estamos nosotros —dijo ella.

Un golpe seco llegó desde abajo. Un carro había volcado entre las rocas. Se oían gritos mientras varios hombres tiraban de las cuerdas. Una rueda había cedido.

—No podemos detenernos —continuó Anara sin apartar la vista.

Shuraz bajó la loma con paso firme y dio órdenes con gestos cortos. Las cuerdas se tensaron y el carro volvió a su sitio. La fila retomó el paso.

Anara atendió a los heridos, por suerte nada de gravedad, y observó a Shuraz un instante. Luego se acercó a él.

—Entraremos por el desfiladero al amanecer. ¿Te parece? —preguntó ella mientras miraba sus ojos azules.

Shuraz asintió.

—Que los exploradores se adelanten en dos líneas —continuó el comandante—. Si hay agua, lo sabremos antes de que lleguen los carros.

Un cuerno sonó a lo lejos. Era la señal de alto para la retaguardia.

El cielo se tornó rojo sobre la montaña y a la sombra del desfiladero. El éxodo permanecía a la espera.

El polvo rojizo cubrió los bordados dorados de la capa de Anara.

El viento arrastró arena fina y la dejó en su sedoso pelo castaño.

La fila del éxodo avanzaba lentamente a lo lejos.