24 Estos son mis lobos
Valcara, algún día me gustaría que pisaras mi cubierta, pero antes quiero que sepas quiénes son los que me siguen.
Partimos de puerto cincuenta y seis, aunque ahora somos uno menos, el que intentó matarme.
Escribo esto mientras el Desgarrador avanza sin apenas viento que lo empuje. La madera cruje bajo las botas y la lámpara se balancea sobre la mesa. Fuera, la mar guarda en silencio. Hoy no susurra tanto. Hoy solamente observa.
No me gusta.
Digo que son mis lobos, todos ellos con nombre, pero la verdad es otra: son los que me siguen y aún no han muerto.
Lo que la gente no suele saber es que, en la mar, los nombres pesan más que en tierra.
Aquí no basta con llamarte de una forma.
La mar no perdona a los que no dejan rastro.
En cubierta, un nombre puede repetirse, confundirse, perderse entre la sal y el viento.
Por eso usamos nombre y apellido. Para que quede claro quién eres, de dónde vienes…
y quién debe responder cuando la sangre toca la madera.
En tierra, basta con un nombre. Allí siempre hay alguien que recuerda tu cara. Aquí, si caes por la borda, solo queda lo que otros digan de ti.
También hay excepciones.
Gente que deja el apellido atrás a propósito. No quieren que el mar lo pronuncie. No quieren que nadie pueda seguir ese hilo hasta lo que fueron antes. Aquí se hacen otro nombre, uno más corto, más limpio… o más sucio, depende de lo que arrastren.
La mar guarda mejor los secretos que la tierra.
Por supuesto, esto no se aplica al capitán. El capitán no necesita apellido.
El capitán es el barco.
Yo no soy un nombre completo en cubierta. No lo necesito. Aquí basta con uno:
Gorham, el Capitán del Desgarrador.
Comencemos:
Mi segunda es Nairé, a la que llaman la Silente.
No habla nunca. Ordena de dos formas, con la mirada y con el acero de su espada.
Ella es quien mantiene la disciplina, reparte turnos, pone orden donde hace falta.
Cuando saltamos al abordaje, ella está siempre a mi lado.
La verdad es que no sé si me sigue o me vigila.
Lleva a Nair, el dios de los pueblos nómadas, tatuado en la piel, para no olvidarlos nunca.
El ladrón del barco es Karel Zarek, zarego.
De manos rápidas y risa fácil. No suelta los dados ni cuando duerme, jura que la diosa zarega Avisha, le mira en cada tirada.
Le vi vaciarle los bolsillos a un hombre sin dejar de hablarle.
Se cuela en tabernas, roba mapas, escucha lo que no debe.
En el abordaje entra siempre el primero.
Suele arrodillarse antes del combate y reza, supongo que a la diosa del abismo de las Islas Zaregas, pero no lo tengo claro. Quizá ni él lo sepa.
El gigasulo es Brann Garlik, mi matasanos.
Es alto y de manos firmes. Cose carne y decide quién merece seguir respirando.
Habla del dios emperador Azhor mientras cierra heridas.
No falla un punto y nunca duda. Me observa más de la cuenta.
A veces siento que me abriría en canal para ver qué tengo dentro.
El Maestro arponero es Harok Piedraverde. No es muy alto pero sus manos son de roca. Coordina cada disparo, sabe medir la distancia sin mirar. Reza a Gundar antes de lanzar y luego ríe cuando el hierro atraviesa carne. En cubierta es un muro. En combate, siempre es el primero en cerrar filas.
El senicio responde al nombre de Selvis Dorn.
Maestro destilador y mercader. Se encarga del ron, del botín, de vender lo que robamos y comprar lo que necesitamos.
Habla con todos, y los engaña a placer. Dice que la diosa Senith pesa en cada decisión; yo lo que le veo pesar, es cada moneda.
Tengo claro que me sigue porque le conviene… por ahora.
El jersa es Jorvan Buen Cuchillo. Es el cocinero.
En tierra firme fue carnicero y a veces algo más.
Sus manos no tiemblan cuando corta la carne, viva o muerta.
Siempre está sonriendo. Dice que el dios Kudram le escucha y le guía; yo lo dudo, creo que es más una pose.
En combate usa los mismos cuchillos que en la cocina.
Por si acaso no le quito el ojo de encima.
No sé si le temo o si le necesito. Quizá sean las dos cosas.
Al timón está Dargan Muel, también jersa. Tiene las manos enormes y la cabeza bien dura. Gruñe más de lo que habla. Mantiene el rumbo incluso cuando el mar no quiere. Discute mis órdenes en privado, y hace bien. No cree en dioses. Cree en el timón. A veces eso basta, otras veces no.
En el palo mayor está Lysa Farvian, vigía de Beluria, cómo tu.
Sus ojos ven más lejos que los del resto.
Detecta velas donde otros solo ven niebla.
Dispara de forma certera con su ballesta desde arriba cuando hace falta.
Es poco habladora. Confía solo en lo que ve, no en lo que susurra el mar. Eso la hace valiosa… y peligrosa.
Voy a ir acabando, si hablase de todos, no terminaría nunca.
Entre todos los marinos hay un grumete que se llama Rurik Aishen.
De este sí me gustaría hablarte. Barre la cubierta, sube a la jarcia, corre cuando le llaman.
Hijo de un viejo lobo de mar que navegó con mi última capitana, Aish.
Lleva una moneda al cuello y la aprieta cuando cree que nadie le mira.
Me observa como si yo fuera una historia. Aún no entiende bien dónde está.
Y por último, la gata del barco es Alia-Murn, aunque a bordo la llaman Niebla. No es parte de la tripulación, pero tampoco se marcha. Caza ratas, duerme donde quiere y me mira como si supiera algo que yo no. En sueños me habla. No siempre dice lo mismo. Nunca miente, eso es lo que más me inquieta.
Estos son mis lobos.
Mi jauría.
Me siguen, pelean, sangran, se ríen cuando deberían callar, ninguno pregunta más de lo necesario y ninguno sabe por qué navego hacia donde navego.
Creen que busco botines, puertos, sangre fácil. Les dejo creerlo. Es más sencillo así. Para ellos y para mí.
Si supieran que te busco, Valcara, no todos seguirían a bordo, y no puedo culparlos.
No quiero arrastrarlos a algo que no entienden. No quiero verlos caer por algo que es mío.
Aun así, si llego a ti… quiero que los conozcas.
Porque, aunque no lo sepan, ya forman parte de esto.